I
Si la Historia, menos desmemoriada que el Tiempo, no se cuidase de
retener y fijar toda humana ocurrencia, ya sea de las públicas y
resonantes, ya de las domésticas y silenciosas, hoy no sabría nadie que
los Carrascos, en su tercer cambio de domicilio, fueron a parar a un
holgado principal de la Cava Baja de San Francisco, donde disfrutaban
del discorde bullicio de las galeras y carromatos, y del grande acopio
de vituallas, huevos, caza, reses menores, garbanzos, chorizos, etc.,
que aquellos descargaban en los paradores. Escogió D. Bruno este barrio
mirando a la baratura de las viviendas; fijose en él por exigencia de su
peculio (que con las dispendiosas vanidades de la vida en Madrid iba
enflaqueciendo), y por dar gusto a su esposa, la señora Doña Leandra,
cuyo espíritu con invencible querencia tiraba hacia el Sur de Madrid,
que entonces era, y hoy quizás lo es todavía, lo más septentrional de La
Mancha. En mal hora trasplantada del cortijo a la corte,
aliviaba la infeliz mujer su inmenso fastidio poniéndose en contacto con
arrieros y trajinantes, con zagalones y mozos de mulas, respirando
entre ellos el aire de campo que pegado al paño burdo de sus ropas
traían.
Leer / Descargar texto 'Bodas Reales'