Dos Mercados
Benjamín Jarnés
Crónica
Dos mercados
El zoco
Si una mañana, calle arriba de Santa Isabel, sube el viajero desde la estación de Atocha a la plazuela de Antón Martín, tropezará con un zoco. A la ciudad le brota, de repente, una bulliciosa erupción vegetal, y en torno a la erupción, pulula un femenino enjambre. La calle, al morir, forma una suerte de cayado: un cayado florido, no por milagros celestes, sino mercantiles. La flora más cuajada le nace en el puño.
Hay en Madrid mercados monumentales y mercados de vivac. Ciñe a los primeros un muro de hierro. Una plazoleta les forma su valla geométrica. Los segundos surgen impetuosamente en medio de la calle; invaden las aceras; inundan las calles contiguas de colores vivaces, de acres olores de campo; acribillan el barrio con sus gritos broncos. Hay mercados —catedrales del color— donde cada color goza de bien medidos retablos, y la fauna sacrificada se reparte en aras de mármol, idénticas, municipales, burocráticas. Entrar allí es sumergirse en una biblioteca, donde cada texto encasillado aguarda a un aburrido lector. En ella se trazaron unas rectas, se distribuyó sesudamente el espacio: cada familia, animal o vegetal, recibe allí su porción exacta de terreno, que va luego rellenando de color.
En el mercado libre, los colores se agolpan, se apelotonan, entablan violentas escaramuzas, riñen, hasta derrotar definitivamente al más enclenque. Cada fruta se marca, vanidosamente, sus propios confines. Triunfa el grito más osado, el color más vivaz. Si el viajero se detiene ante cada refriega, verá, acaso, un haz de plátanos esconder, tímidamente, su pálido amarillo ante la fanfarrona agresión de un tropel rojo de pimientos. Verá el plebeyo morado de un ramo de berenjenas invadir procazmente el terreno tan firmemente dorado por unos racimos de ámbar.
Dominio público
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Publicado el 7 de octubre de 2026 por Edu Robsy.









