Textos más vistos de Bram Stoker | pág. 2

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autor: Bram Stoker


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El Regreso de Abel Behenna

Bram Stoker


Cuento


El pequeño puerto de Cornualles, en Pentcastle, relucía en los primeros días de abril a la luz de un sol que parecía haber llegado para quedarse tras un duro y largo invierno. El peñón se erguía desafiante sobre un fondo azul añil, donde el cielo, cubierto de niebla, se juntaba con el horizonte. El mar tenía el auténtico tono Cornualles, todo él de color zafiro, salvo en esas zonas impenetrables bajo los acantilados donde se volvía de color verde esmeralda oscuro y donde las cuevas abrían sus amenazadoras mandíbulas. En las laderas del peñón la hierba estaba seca y era de color pajizo. Los arbustos de aliaga exhibían un tono ceniza, pero el dorado de sus flores se esparcía por toda la ladera, dibujaba líneas hacia la cima e iba quedando reducido a pequeños parches y puntos, para terminar desapareciendo allí donde los vientos marinos barren los acantilados y cortan la vegetación como si se tratasen de unas tijeras que trabajaran sin descanso. Toda la ladera, de color tierra con reflejos dorados, parecía un inmenso martillo amarillo.

El pequeño puerto se abría al mar entre altísimos acantilados y por detrás de un solitario peñasco, horadado por multitud de cuevas y orificios, por entre los que el mar enviaba su voz ensordecedora y chorros de espuma en época de tormenta. El puerto se abría serpenteando hacia el Oeste y, a izquierda y derecha, defendía su entrada en forma de curva con dos pequeños embarcaderos. Estos estaban toscamente construidos con láminas de pizarra oscura, colocadas unas tras otras y sujetas entre sí por unos ganchos de hierro.


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23 págs. / 40 minutos / 252 visitas.

Publicado el 17 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

La Cadena del Destino

Bram Stoker


Cuento


1. El aviso

El día que llegué a Scarp era tan tarde que apenas me di cuenta del aspecto exterior de la casa pero, por lo que pude apreciar a la débil luz del crepúsculo, se trataba de un edificio majestuoso, de aspecto bastante antiguo y construido en piedra blanca. Sin embargo, al atravesar el pórtico, pude apreciar más de cerca su belleza: en el vestíbulo ardía una gran chimenea y todas las habitaciones y pasillos estaban iluminados. El vestíbulo podía ser, por su tamaño, el de un palacio y daba a una escalera de roble oscuro tan ancha y empinada que casi podía subir por ella un carruaje. Las habitaciones eran espaciosas, de techos altos y con las paredes revestidas de roble negro igual que la escalera. Este oscuro material habría hecho que la casa pareciera terriblemente lóbrega de no ser por lo espacioso y alto de las habitaciones y los pasillos. La impresión que causaba era una acogedora combinación de calidez y estilo. Las ventanas estaban encajadas en profundos alféizares y, en la planta baja, casi llegaban desde el suelo hasta el techo. Las chimeneas eran de estilo antiguo, grandes y con tallas de roble macizo, que representaban escenas de la Historia Sagrada. A ambos lados de las mismas se erguían dos atizadores de hierro macizo con forma de perro. Era justo el tipo de edificio que hubiera emocionado a Washington Irving o a Nathaniel Hawthorne.

Hacía poco que habían restaurado la casa, sin olvidar por ello las comodidades, y le habían añadido todas aquellas mejoras que pudieran hacer más acogedoras las habitaciones. Las viejas ventanas de hoja romboidal, que probablemente databan de la época isabelina, habían sido sustituidas por otras de vidrio, mucho más prácticas. Y, de idéntica manera, se habían incorporado otros muchos cambios, pero se había hecho con tan buen gusto que nada de lo antiguo desentonaba con lo moderno. Se había conseguido una armonía de conjunto.


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52 págs. / 1 hora, 32 minutos / 220 visitas.

Publicado el 17 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Una Profecía Gitana

Bram Stoker


Cuento


—Creo que lo mejor —dijo el doctor— es que uno de nosotros vaya a comprobar si se trata o no de un engaño.

—De acuerdo —contestó Considine—. Cuando acabemos de cenar, nos fumamos un puro y nos acercamos al campamento.

Y así, después de cenar, y tras haber terminado el Latour, Joshua Considine y su amigo el doctor Burleigh se encaminaron hacia el lado este del páramo, donde se levantaba el campamento gitano. Según salían, Mary Considine, que se había acercado hasta el final del jardín, justo donde empezaba el camino, llamó a su marido:

—Joshua, por favor, recuerda que vas a darles una oportunidad, no la fórmula para hacerse ricos. No tontees con ninguna mujer gitana ni dejes que Gerald haga ninguna tontería.

Considine alzó la mano como única respuesta, como si estuviera haciendo un juramento, y se puso a silbar la vieja canción «La Condesa Gitana». Gerald se le unió en la melodía y, entre risas, saludaron una y otra vez con la mano a Mary, que estaba apoyada en la verja contemplando cómo se alejaban a la luz del atardecer.

Era una hermosa noche de verano. Todo estaba en completa calma y se respiraba una felicidad serena, como si aquella alegría y aquel sosiego hubieran hecho del hogar de la joven pareja un paraíso. La vida de Considine había sido bastante normal. El único acontecimiento digno de mención, del que él tuviera conciencia, había sido su relación con Mary Winston y la continua oposición de sus ambiciosos padres, que esperaban un buen partido para su única hija.


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10 págs. / 18 minutos / 398 visitas.

Publicado el 17 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

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