Textos más populares esta semana de Carmen de Burgos que contienen 'b' | pág. 5

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¡Sacrificio!

Carmen de Burgos


Cuento


Como los viajeros que han atravesado el desierto y después de una larga caminata entran en la ciudad admirados de todo cuanto ven, así penetraron Rosa y Pedro en el matrimonio; parecía imposible que el amor hubiese aproximado seres tan distintos, y no acertaba la razón á explicarse una unión tan desigual.

Rosa era alta, delgada, rubia, de ojos azules, dulces, dormidos y soñadores, orlados de largas pestañas, que retorciéndose en manojos, daban á su mirada algo de varonil y sombrío; ojos en los que se leia un mundo de ideas encontradas, de ardientes deseos, de ensueños ideales; unos ojos verdaderos abismos del pensamiento, iluminando el rostro de facciones irregulares, que seguramente no hubiese tomado por modelo un escultor.

La tez fina, sonrosada y transpaparente, dejaba adivinar la red de sus azules venas, y su cuerpo esbelto, nervioso y flexible, denotaba que bajo la apariencia de debilidad y gracia, Rosa era fuerte como la mitológica Diana. El rubio dorado brillante y metálico de sus largos cabellos; ese rubio que dió fama á las antiguas venecianas, y que Ticiano y Rubens copiaron con sus inimitables pinceles, daba á conocer la poderosa sangre andaluza que animaba aquella esbelta estatua, capaz de los sentimientos más exaltados.

Pedro, por el contrario, era pe queño, rechoncho, coloradote, de tez cobriza, labios gruesos; el infe rior caido y vuelto hacia abajo, le daba apariencia de pasiones poco nobles, y su mirada vaga, estúpida y sin brillo, indicaba un espíritu embrutecido y apático.

Cómo llegaron al matrimonio Pedro y Rosa, es un misterio; quizás los dos soñaran seres distintos, la casualidad los acercó, cada uno creyó ver en el otro el tipo soñado y los dos se equivocaron obrando de buena fe.


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Dominio público
2 págs. / 4 minutos / 59 visitas.

Publicado el 21 de enero de 2025 por Edu Robsy.

¡Imposible!

Carmen de Burgos


Cuento


Al llegar al recodo de la vereda, Ramón se detuvo un momento y volvió la cabeza.

Sus ojos se abrieron como si quisiera abarcar todo el panorama y grabarlo en su cerebro; después la mirada se fijó en un solo punto, en una pequeña casita que blanqueaba en la lejanía; un sollozo levantó su pecho, y, haciendo un supremo esfuerzo, centinuó su camino.

Ocho días después Ramón estaba en Roma principiando su vida de artista.

No le seguiremos paso a paso en sus luchas con la sociedad y consigomismo. Imitaremos á los amigos, que sólo acuden después del triunfo..

Por eso no narro las angustias de Ramón cuando, á solas en su taller, arrojaba desesperado los pinceles que se negaban á dar vida y realidad á las concepciones de su mente.

Al fin, la mano educada empezó á obedecer al pensamiento, y el artista gustó esas dulces emociones que agitan el alma en los momentos de inspiración.

Pero ni aun en ellos, cuando con la carne temblorosa y el espíritu engrandecido por el soplo divino del genio, el mundo entero desaparecía para él; cuando en su retina se di bujaba una mancha negra donde sólo brillaba la luz de la idea, ni en aquellos momentos sublimes olvidaba Ramón el paisaje de su tierra natal, que reproducía en todos sus cuadros.

La habilidad del artista disimulaba que los rasgos de sus mujeres, mo renas ó rubias, niñas ó ancianas, tenían la unidad de un solo tipo, y el fondo de sus lienzos, ya presentaran la luz esplendorosa del medio día ó las sombrías brumas invernales, estaban también inspirados en un solo modelo.

Porque Ramón había dejado aquella tierra soñando conquistarse un nombre y una posición para ofrecérselas á la mujer que amaba.

Ella era rica y noble; sólo el Arte podía elevarlo á él, pobre hijo del pueblo, para llegar hasta ella sin que su dignidad padeciera por una unión desigual.


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 41 visitas.

Publicado el 21 de enero de 2025 por Edu Robsy.

El Último Encargo

Carmen de Burgos


Cuento


Todas las tardes se repetía para Manuel la misma escena; cansado del trabajo monótono, regular y frío de las oficinas, salía á la calle con el cerebro lleno de pesadez calenturienta, y al respirar el aire oxigenado, lanzaba un suspiro de satisfacción, recordando, con amarga conformidad, las sombrías paredes de su despacho, cárcel de los condenados al trabajo forzoso para ganar el pan.

Manuel andaba apresuradamente, durante todo el día, sobre el libro, lleno de fa igosas columnas de números; había creído ver una cabecita rubia, de ojos azules, melancólicos, espirituales, con los labios rosados y el cutis de una blancura diáfana y nacarada.

Al llegar á su modesto cuarto tercero, encontraba Manuel la cabecita rubia de una encantadora niña de diez y ocho años, que se lanzaba á sus brazos llena de infantil alegría.

La mesa, con la modesta comidita, servida sobre blanco mantel, con vasos y platos, deslumbrante de lim pieza, lo esperaba.

Después la pequeña chimenea encendida, la butaca preparada, la mesita con el tabaco y la novela favorita al alcance de su mano, todo parecía destinado á que Manuel olvidase las horas tristes de la oficina.

El joven era feliz; aquel amor constituía toda su dicha y toda su ambición; la sombra de la duda no había empañado nunca su pensamiento; había sido el primer amor de Elena; ella era huérfana y pobre, vivía con una hermana de su madre, que la recogió por caridad, y trabajaba en un obrador de modista.

El la esperaba todas las tardes al salir del taller, y los dos formaban bellas novelas para el porvenir.

La muerte de la que servia de madre á Elena turbó la felicidad de los enamorados; la joven quedaba sin amparo, y el modesto empleado le ofreció su escaso porvenir, que ella aceptó llena de agradecimiento.

Manuel quiso verificar en seguida la boda; pero era menor de edad y la madre no prestó su consentimiento.


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 33 visitas.

Publicado el 21 de enero de 2025 por Edu Robsy.

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