Impia tortorum longas hic turba furores sanguinis innocui, non satiata, aluit,
sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro, mors ubi dira fuit vita salusque patent.
(Cuarteto compuesto para las puertas de un mercado que debió erigirse en el solar del Club de los Jacobinos, en París.)
Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga agonía.
Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté que perdía el
conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la
última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Luego, el
sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se apagaba en el
indefinido zumbido de un sueño. El ruido aquel provocaba en mi espíritu
una idea de rotación, quizá a causa de que lo asociaba en mis
pensamientos con una rueda de molino. Pero aquello duró poco tiempo,
porque, de pronto, no oí nada más. No obstante, durante algún rato pude
ver, pero ¡con qué terrible exageración! Veía los labios de los jueces
vestidos de negro: eran blancos, más blancos que la hoja de papel sobre
la que estoy escribiendo estas palabras; y delgados hasta lo grotesco,
adelgazados por la intensidad de su dura expresión, de su resolución
inexorable, del riguroso desprecio al dolor humano. Veía que los
decretos de lo que para mí representaba el Destino salían aún de
aquellos labios. Los vi retorcerse en una frase mortal, les vi
pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido
no seguía al movimiento.
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