Textos más vistos de Edgar Wallace publicados por Edu Robsy

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autor: Edgar Wallace editor: Edu Robsy


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El Vagabundo del Norte

Edgar Wallace


Novela


Capítulo I

El vagabundo aquel parecía menos inofensivo de lo que todos suelen ser, y más peligroso, porque estaba jugando con una impresionante pistola automática, tirándola con una mano y cogiéndola con la otra, balanceándola con el gatillo sostenido en el índice, mientras la miraba inclinarse a un lado y a otro, o dejándola, deslizarse entre las manos hasta que el cañón apuntaba al suelo. La pistola era como un juguete; no podía apartar de ella sus ojos ni sus manos, y cuando cansado de la diversión, se la metió en un bolsillo de sus destrozados pantalones, la desaparición fue momentánea. De nuevo la sacó para agitarla y darle vueltas.

—¡Esto no puede ser! —dijo en voz alta, no sólo una vez, sino varias, mientras se entretenía.

Indudablemente era inglés, y lo que un vagabundo inglés hacia en los arrabales de Littleburg, en el estado de Nueva York, es cosa que requiere una explicación, que de momento no se da.

No era una persona atrayente, aun del modo que los vagabundos suelen serlo. Tenía la cara arañada y sucia, llevaba barba de una semana y en un ojo se notaban las huellas de un puñetazo propinado por un compañero, a quien había despertado en momento inoportuno. Podía explicar la hinchazón del rostro por una intoxicación; pero nadie tenía interés en preguntárselo. Su camisa, sin cuello, estaba manchada; lo que quería ser una chaqueta tenía por bolsillos hendiduras sin fondo; y echado para atrás, mientras manejaba la pistola, sostenía en la cabeza un sombrero viejo, deformado y con la cinta comida por las ratas.

—¡Esto no puede ser!—dijo el vagabundo, que se llamaba Robin. La pistola se le fue de las manos y cayó a sus pies. Exclamó: «¡Uf!», y se frotó el dedo que asomaba por debajo del zapato.

Alguien cruzaba el bosquecillo. Se metió la pistola en el bolsillo y acercándose sigilosamente a unos arbustos, se echó a tierra.


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168 págs. / 4 horas, 55 minutos / 216 visitas.

Publicado el 4 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Rostro de la Noche

Edgar Wallace


Novela


I. El hombre del sur

La niebla, que más tarde había de descender sobre Londres borrando todos los contornos, era todavía una gris y sombría amenaza. La luz se había extinguido en el cielo, y los faroles del alumbrado público proyectaban una mancha oscura cuando el hombre del Sur llegó a Portman Square. A pesar de la crudeza del frío, no usaba abrigo ninguno; su camisa era de cuello abierto. Pasó a lo largo, mirando sobre las puertas, y, de pronto, se detuvo frente al núm. 551, examinando las ventanas. La comisura de su espantosa boca se animó con una sardónica sonrisa.

El alcohol exalta todas las pasiones. Transforma el hombre más débil de sus semejantes en un agrio reñidor. Pero en el hombre que alberga un hondo agravio produce la roja neblina que exalta el homicidio. Y Laker tenía ambas cosas: el agravio y el motivo de exaltación.

Ya enseñaría él a este viejo diablo que no podía robar a los hombres impunemente. El sórdido avaro que vivía con el riesgo de que sus ganancias fueran secuestradas. Aquí estaba Laker, casi sin blanca, después de un largo y penoso viaje y con el recuerdo de la visita secreta que sufrió en la Ciudad del Cabo, cuando su vivienda fue registrada por la policía. Una vida de perro era su vida actual. ¿Por qué el viejo Malpas, que no tenía antes medios de existencia, había de vivir en el lujo, mientras su mejor agente vivía duramente? Laker pensaba así cuando estaba borracho.

Éste era el personaje que podía verse paseando frente a la puerta del número 551 de Portman Square. Su largo rostro afeitado, la cicatriz de una cuchillada que cruzaba su mejilla hasta el extremo del mentón, la frente, pequeña, cubierta por unas greñas lacias, y su deplorable indumento, daban la impresión de una abyecta pobreza.


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298 págs. / 8 horas, 42 minutos / 463 visitas.

Publicado el 19 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

Los Cuatro Hombres Justos

Edgar Wallace


Novela


Prologo. El oficio de Terrí

Si, partiendo de la Plaza de Mina, bajáis la estrecha calle donde, de diez a cuatro, pende indolentemente la gran bandera del consulado de los Estados Unidos; cruzáis la plaza donde se alza el Hotel de Francia, rodeáis la iglesia de Nuestra Señora y proseguís a lo largo de la pulcra y estrecha vía pública que es la arteria principal de Cádiz, llegaréis al Café de las Naciones.

A las cinco suele haber pocos clientes en el amplio local sostenido por columnas, y generalmente las redondas mesitas que obstruyen la acera frente a sus puertas permanecen desocupadas.

El verano pasado (en el año del hambre) cuatro hombres sentados en torno a una de las mesas hablaban de negocios.

León González era uno, Poiccart otro, George Manfred era un notable tercero, y Terrí, o Saimont, era el cuarto.

De este cuarteto, únicamente Terrí no requiere ser presentado al estudioso de historia contemporánea. Su historial se encuentra archivado en el Departamento de Asuntos Públicos. Allí está registrado como Terrí, alias Saimont.

Podéis, si sois inquisitivos y obtenéis el permiso necesario, examinar fotografías que lo presentan en dieciocho posturas: con los brazos cruzados sobre el ancho pecho, de frente, con barba de tres días, de perfil, con…, pero ¿para qué enumerarlas todas?

Hay también fotografías de sus orejas (de fealdad repelente, parecidas a las de los murciélagos) y una larga y bien documentada historia de su vida.

El señor Paolo Mantegazza, director del Museo Nacional de Antropología de Florencia, ha hecho a Terrí el honor de incluirlo en su admirable obra (véase el capítulo sobre «Valor intelectual de un rostro»); de aquí que considere que, para todos los estudiantes de criminología y fisiognomía, Terrí no necesita presentación.


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126 págs. / 3 horas, 41 minutos / 553 visitas.

Publicado el 19 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

El Jeroglífico

Edgar Wallace


Novela


I. LA CASA DE LOMBARD STREET

El señor William Spedding de la razón social "Spedding, Mortimer y Larach, Notarios", adquirió el terreno en la forma habitual. La propiedad fue puesta en venta a la muerte de una vieja dama que vivía en Market Harborough (que nada tiene que ver con este relato) y subastóse de una manera completamente normal.

El señor William Spedding adquirió la casa por ciento seis mil libras esterlinas, suma lo bastante elevada para despertar el interés de todos los periódicos de la noche y un gran número de los diarios de la mañana siguiente.

A fin de ser todo lo meticuloso que el caso requiere, añadiré qué los planos para la erección de un nuevo edificio en aquel lugar fueron presentados a la oficina investigadora de la city. El arquitecto que los examinó mostróse un poco sorprendido por la disposición interior del nuevo edificio pero como se hallaba conforme con todas las disposiciones que regían la. Erección de casas en la city de Londres, y ninguna falta podía encontrarse en su aspecto exterior (su fachada había sido tan artísticamente trazada que uno hubiera podido pasar doce veces en un día ante ella sin observar nada extraordinario en aquella construcción), ni en su sistema de entrada de aire y luz, el hombre se encogió de hombros y dio el visto bueno.

Lo que no comprendo, señor Spedding, —dijo apoyando un dedo sobre el plano, —es cómo su cliente piensa conservar el debido aislamiento. Hay un vestíbulo y un gran hall. ¿Dónde están las oficinas privadas, qué significa esa enorme caja de caudales en medio del hall y dónde se sentaran los empleados? Porque supongo que tendrá empleados, ¿no? ¡Pero si no van a tener ni un minuto de paz!

El señor Spedding sonrió comprensivamente.

— ¿Y los sótanos? Creo que para esto hacen falta sótanos.


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Dominio público
133 págs. / 3 horas, 53 minutos / 504 visitas.

Publicado el 4 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Brigada Móvil

Edgar Wallace


Novela


I

Lady’s Stairs era una desvencijada casa de madera que, suspendida sobre la caleta entre el río y el canal, miraba a aquél, dominándolo. Se la veía desde la esclusa, que indicaba el sitio donde terminaba el canal y comenzaba el ancho y barroso estuario.

Era una especie de hórreo ruinoso, soportado por gruesos pilotes de madera, cuya sucia fachada alguna vez, en lejano tiempo, habría sido pintada, pero que no volvió a serlo. Había adquirido un extraño y sombrío colorido, que le hubiese tornado invisible, a no ser por estar empotrado entre un gran almacén y la cúpula de una fundición. Por debajo de los cuartos principales corría la caleta, cuyas aguas, en épocas de crecida, subían hasta pocos pies del salón de Li Yoseph.

Lady’s Stairs, de donde tomaba su nombre, había desaparecido. En algún tiempo este oscuro y sucio desierto fue un agradable remanso del Támesis, y aún había señales de su pasado carácter bucólico. Stock Gardens era un barrio pobre situado paralelamente al canal. Lavender Lane y Lordhouse Road no eran menos desagradables, y donde las casas de vecindad levantaban sus feos tejados y los gritos de los niños que jugaban sonaban día y noche, aún se seguía llamando The Meadows (La Pradera).

Li Yoseph tenía costumbre de sentarse en su saloncito, observar los barcos carboneros amarrar, en marea alta, en Brands Wharf y contemplar las gabarras, remolcadas despacio hacia la esclusa. Encontraba motivo de satisfacción en que, alargando el cuello fuera de la ventana, podía ver también los grandes barcos holandeses que bajaban del río hacia el mar.

La Policía no tenía nada contra Li Yoseph. Le conocía por ser comprador de objetos robados y contrabandista, pero sin pruebas de ello, y no esperaba encontrarlas en esta necesaria visita suya de ahora, como tampoco las había encontrado en las anteriores.


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249 págs. / 7 horas, 16 minutos / 88 visitas.

Publicado el 5 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Caída de Mr. Reader

Edgar Wallace


Cuento


«El Orador» era un hombre de gustos sencillos y poco aficionado a las novedades. Si tenía un aparato de radio era porque se lo había regalado un admirador suyo, pues de no ser así jamás se le habría ocurrido comprar uno. Lo tuvo en el salón de su casa sin utilizarlo ni una sola vez, durante seis meses, y cuando, por fin, se decidió, se dio cuenta de que no funcionaban las baterías, dejando pasar otros seis meses hasta mandarlo arreglar.

Evitaba los programas musicales, sobre todo los clásicos, y prefería las conferencias y charlas, tal vez porque encontraba agradable oír hablar sin tener que dar una respuesta. No obstante, a veces, escuchaba a las orquestas de baile, recreándose en atrapar al vuelo los distintos trozos de conversación que llegaban desde las parejas hasta el micrófono.

En una ocasión pudo oír la voz de un hombre, algo cansado, mencionando algo relativo a sus negocios, con tanta claridad como si el que hablaba se hallase ante él.

—…opino que las cuentas atrasadas nunca deben cancelarse. Yo sé que nos escribió a Glasgow…

Después sintió algo confuso, al mismo tiempo que se oía una risa femenina.

—…precisamente hoy me di de cara con él en la calle y le dije: «¡Oiga! ¡Todavía nos debe usted aquello!…» Es formidable la memoria que tengo; no lo había visto más que una vez… No, únicamente facilitamos el arsénico a los agentes de ventas…

«El Orador» creía ciegamente en la ley de las coincidencias, y por ello no quedó muy sorprendido al leer la palabra «arsénico», la mañana siguiente, en el primer informe redactado por el Jefe de Policía de Wessex, referente al caso «Fainer».

Este informe fue recibido en Scotland Yard con bastante retraso, cuando Mrs. Fainer estaba ya en la cárcel esperando la vista de la causa. «El Orador» leyó la carta con su tranquilidad habitual.


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14 págs. / 25 minutos / 206 visitas.

Publicado el 5 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Puerta de las Siete Cerraduras

Edgar Wallace


Novela


I

El último trabajo oficial (según creía él) de Dick Martin era el de encontrar a Lew Pheeney quien se suponía complicado en el robo de la Banca Helborough. Y le halló en un pequeño restaura del Soho, en el preciso momento en que terminaba de tomar café.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lew en tono despreocupado, mientras cogía el sombrero.

—El inspector quiere hablar contigo acerca del asunto Helborough—respondió Dick.

Lew arrugó las narices en expresivo gesto de satisfacción.

—¡El asunto Helborough! —exclamó desdeñosamente—. No me ocupo de los negocios de Banca. Creía que lo sabía usted. ¿Qué hace usted aún la Policía, mister Martin? Me han dicho que tiene usted dinero y que se separa del servicio.

—En efecto; tú eres mi último trabajo.

—Pues en este último salto, ha caído usted, demasiado mal. ¡He combinado cuarenta y cinco coartadas! ¿Le sorprendo; mister Martin? Ya sabe usted que no doy golpes de Banco. Mi especialidad son las cerraduras.

—¿Qué hacías el martes a las diez de la noche?

—Si se lo dijese a usted, creería que le estaba mintiendo.

—Vamos a verlo —insistió Dick, clavándole la mirada centelleante de sus ojos azules.

Lew tardó un momento en hablar. Calculaba los peligros de ser demasiado franco. Pero, una vez resuelto, terminó por decir la verdad.

—Esa noche y en esa hora realicé un trabajo particular. Un trabajo del que no quiero decir nada. Un poco sucio, pero en el fondo honrado.

—¿Y te pagaron bien? —preguntó Dick sonriente e incrédulo.


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182 págs. / 5 horas, 19 minutos / 281 visitas.

Publicado el 19 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

Calzado de Blanco

Edgar Wallace


Cuento


1

Jack Trevor no era celoso. Se dijo esto a sí mismo una docena de veces; se lo dijo a Marjorie Banning sólo una vez.

—¡Celoso! —flameó ella, y añadió, ganando control de su ira—: No acabo de comprenderte. ¿Qué entiendes tú por celoso?

Jack se sintió, y pareció, incómodo.

—La palabra «celoso», desde luego, suena tonta en este caso —trompicó—. Lo que quiero decir es «suspicaz».

Volvió a aturullarse.

Estaban sentados en el Parque, bajo un olmo aparrado, y, aunque no se encontraban lejos de la enloquecedora multitud, la misma locura de ésta la ahuyentaba lo suficiente como para dejarla minimizada a una cantidad perdonable. Había a la vista exactamente tres parejas de enamorados, una niñera con un cochecito, un policía y unos cuantos niños jugando.

—Lo que quiero decir es… —dijo Jack desesperadamente—. Me fío de ti, cariño, y… bueno, no quiero conocer tus secretos, pero…

—¿Pero…? —repitió ella fríamente.

—Bueno, meramente señalo el hecho de que te he visto tres veces pasar en un coche despampanante…

—Un coche de una cliente —dijo ella con calma.

—Pero, seguramente, el acicalar el cabello de la gente no requiere el mediodía y la tarde completos —insistió él—. La verdad es que lamento profundamente darte la lata, pero el hecho es que siempre que te he visto en el coche ha coincidido con los días en que, según tus palabras, no podías quedar conmigo por las tardes.

Ella no respondió inmediatamente.

Él se lo estaba poniendo muy difícil, y ella se resintió amargamente, no sólo de las dudas y sospechas albergadas por él respecto a sus movimientos, sino del hecho de no poder ofrecerle explicación alguna. Lo que más le dolía era la justificación que su silencio podía darle.

—¿Quién ha estado inoculándote esas ideas? —preguntó ella—. ¿Lennox Mayne?


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19 págs. / 34 minutos / 142 visitas.

Publicado el 5 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Caso Chopham

Edgar Wallace


Cuento


Los jurisconsultos que escriben libros no gozan, generalmente, de nombre favorable entre sus colegas; pero Archibald Lenton, el más brillante de los abogados penalistas, era una excepción. Llevaba un registro de jurisprudencia y publicaba extractos de vez en cuando. No llegó a publicar sus teorías sobre el caso Chopham, aunque creo que formuló una. A continuación expongo su intervención en el caso, así como la verdad sobre Alphonse o Alfonso Ribera.

Este último tenía un don especial para las mujeres, sobre todo aquellas que no se habían graduado en la mundana escuela de la experiencia. Decía ser español, si bien su pasaporte había sido expedido por una república sudamericana. A veces presentaba tarjetas de visita en las que figuraba la inscripción «Marqués de Ribera», pero esto sólo lo hacía en ocasiones muy especiales.

Era joven, de tez olivácea y facciones impecables, y al sonreír mostraba dos hileras de dientes deslumbrantemente blancos. Consideraba conveniente cambiar su aspecto alguna que otra vez. Por ejemplo: cuando era un compañero de baile por alquiler, agregado al personal de un hotel egipcio, llevaba unas pequeñas patillas que, curiosamente, acentuaban su juventud; en el casino de Enghien, donde por algún medio había conseguido el puesto de crupier, lucía un pequeño bigote negro. Ciertos espectadores de sus numerosas aventuras, serios, sobrios y faltos de imaginación, se asombraban irritadamente de que las mujeres le dirigieran la palabra, pero bien es verdad que es extremadamente difícil para cualquier hombre, incluso un hombre sin imaginación, descubrir cualidades atractivas en los amantes con éxito.


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14 págs. / 26 minutos / 105 visitas.

Publicado el 5 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Círculo Carmesí

Edgar Wallace


Novela


Prologo: El clavo

Resulta admirable el hecho de que, de no haber sido un cierto 29 de septiembre el aniversario del nacimiento de monsieur Victor Pallion, no hubiera existido el misterio del Círculo Carmesí; una docena de hombres, ahora muertos, con toda probabilidad seguirían vivos y, ciertamente, Thalia Drummond nunca habría sido descrita por un comisario de policía ecuánime como «una ladrona y cómplice de ladrones».

Monsieur Pallion invitó a cenar a sus tres ayudantes en el Coq d’Or, en Toulouse, y la velada transcurrió con alegría y afabilidad. A las tres de la madrugada monsieur Pallion cayó en la cuenta de que el motivo de su visita a Toulouse era la ejecución de un malhechor inglés llamado Lightman.

—Hijos míos —dijo con gravedad, aunque vacilante—, son las tres y la «dama roja» aún no se ha montado.

De modo que se trasladaron al lugar frente a la prisión en donde una vagoneta que contenía las partes esenciales de una guillotina había estado esperando desde medianoche; y con la destreza que surge de la práctica, montaron el horripilante aparato y encajaron la cuchilla en las ranuras correspondientes.

Pero ni siquiera la pericia mecánica era suficiente protección contra los embriagadores vinos del sur de Francia y, cuando probaron la cuchilla, ésta no se deslizaba como debía.

—Yo lo arreglaré —dijo monsieur Pallion, e introdujo un clavo en la estructura, exactamente en un lugar donde no se deben introducir clavos.

Lo había hecho con verdadera precipitación, ya que los soldados habían invadido el lugar…

Cuatro horas después (había luz suficiente para que un fotógrafo innovador pudiera inmortalizar al reo desde muy cerca), obligaban a un hombre a marchar desde la prisión…

—¡Valor! —murmuró Pallion.


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214 págs. / 6 horas, 15 minutos / 735 visitas.

Publicado el 19 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

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