Dos días de traqueteo
por endiabladas rutas en un cochecillo voluntarioso pero renqueante y
otros dos a lomos de una montura alquilada de temperamento poco sociable
habían llevado al joven Medford, de la Escuela Americana de Arqueología
de Atenas, a cuestionarse el motivo por el que su excéntrico amigo
inglés, Henry Almodham, habría elegido vivir en el desierto.
Ahora lo comprendía.
Justo en ese momento se encontraba apoyado sobre el pretil de la
cornisa de la antigua edificación, entre fortaleza cristiana y palacio
árabe, que había sido el pretexto esgrimido por Almodham. O uno de
ellos. Abajo, en un patio interior y a medida que descendía el sol,
empezaba a levantarse un vientecillo que, con su repiqueteo como de
lluvia, se abría paso entre el palmeral llevando frescor a los
peregrinos del desierto. Una vieja higuera, enorme y exuberante, se
contorsionaba sobre un blanco aljibe, succionando vida de la que parecía
ser la única fuente de humedad entre aquellos muros. Más allá, a uno y
otro lado, se extendía el misterio de las arenas, doradas como promesas,
lívidas como amenazas, según las cubriese o descubriese el sol.
El joven Medford, cansado del viaje desde la costa y abrumado por
aquella primera e íntima impresión de la omnipresencia del desierto,
sintió un súbito estremecimiento y se apartó de la baranda.
Indudablemente era un refugio privilegiado para un erudito misógino.
Pero uno había de ser, por fuerza, ambas cosas.
«Echemos un vistazo a la casa», se dijo Medford a sí mismo, como si
le urgiese tomar contacto con algo realizado por la mano del hombre
para recuperar la sensación de seguridad.
Información texto 'La Botella de Perrier'