Textos más populares esta semana de Edith Wharton | pág. 3

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autor: Edith Wharton


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La Campanilla de la Doncella

Edith Wharton


Cuento


I

Era el otoño, después de haber pasado el tifus. Había estado en el hospital, y cuando salí tenía un aspecto tan endeble y vacilante que las dos o tres damas a las que pedí trabajo no me aceptaron, por temor. Se me había agotado casi todo el dinero, y después de vivir de la pensión durante dos meses, frecuentando agencias de colocaciones y escribiendo a todos los anuncios que me parecían respetables, casi perdí las esperanzas, porque el andar de un lado para otro no me había permitido recuperar peso; así que no veía cómo podía cambiar mi suerte. Pero cambió…, o así lo creí yo entonces. Un día me tropecé con una tal señora Railton, amiga de la señora que me había traído a Estados Unidos, y me paró para saludarme; era de esas personas que hablan siempre con mucha familiaridad. Me preguntó qué me pasaba que estaba tan pálida, y cuando se lo conté, dijo:

—Vaya, Hartley; creo que tengo precisamente el puesto que necesitas. Ven mañana a verme y hablaremos de esto.

Al día siguiente, cuando fui a visitarla, me contó que se había acordado de una sobrina suya, una dama joven, aunque algo delicada, que vivía todo el año en su finca de Hudson, ya que no soportaba el ajetreo de la vida ciudadana.


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27 págs. / 48 minutos / 73 visitas.

Publicado el 28 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

La Misión de Jane

Edith Wharton


Cuento


1

Algún cambio difícil de precisar en el aspecto de la señora Lethbury provocó que la mirada conyugal de su esposo, habitualmente indiferente, se demorara aquella noche sobre ella, por encima de la mesa dispuesta para la cena.

—¡Qué atractiva te encuentro hoy! ¿Es nuevo ese vestido?

Ella le correspondió con una mirada vagamente resentida, como ofendida por que él la juzgase capaz de incurrir en la extravagancia de despilfarrar en un vestido sólo para él y, justo entonces, su marido cayó en la cuenta de que el cambio que había detectado iba más allá de la anécdota indumentaria. Un rubor sutil y amedrentado le demostró que su esposa era, a su vez, consciente de tal cambio. Una de las ventajas del infantilismo crónico de la señora Lethbury era que todavía se sonrojaba con la candidez de los dieciocho años. También su cuerpo había sido bendecido para no exceder a su mente, por lo que el uno y la otra, pensaba Lethbury, estaban destinados a surcar juntos una eterna adolescencia.

—No sé a qué te refieres —repuso ella.

Nunca parecía saberlo, y a su esposo no dejaba de asombrarle que semejante respuesta sonase invariablemente igual que una renovada crítica hacia su persona. Sin embargo, como su asombro carecía de resentimiento, le respondió de buen talante:

—Es que estás tan deslumbrante que pensé que te habías puesto tus diamantes.

Ella suspiró y se ruborizó aún más.

—Debe de ser —continuó él— que has estado en la inauguración del taller de alguna modista. Irradias el placer de lo prohibido.

Ella volvió a mirarle perpleja, esta vez confundida por el adjetivo. Los adjetivos de su esposo, que se le antojaban ininteligibles y llenos de resonancias impúdicas, siempre lograban desconcertarla.

—En resumen —concluyó el señor Lethbury—, que has estado haciendo algo de lo que te avergüenzas profundamente.


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24 págs. / 42 minutos / 71 visitas.

Publicado el 29 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Santuario

Edith Wharton


Novela corta


Primera parte

I

Resulta poco frecuente que la juventud se permita una felicidad perfecta. Da la impresión de que deben realizarse demasiadas operaciones de selección y rechazo como para poder ponerse al alcance del subyugante despertar de la vida. Pero, por una vez, Kate Orme había decidido rendirse a la felicidad permitiendo que ésta impregnara cada uno de sus sentidos como una lluvia primaveral empapa un fértil prado. No había nada que justificara tan repentina placidez. Y, sin embargo, ¿no era precisamente eso lo que la hacía tan irresistible, tan irrefrenable? A lo largo de los dos últimos meses —desde su compromiso con Denis Peyton— nada significativo se había añadido a la suma total de su felicidad y no existía posibilidad alguna, tal y como ella misma habría afirmado, de que nada viniese a aumentar de modo apreciable lo que constituía ya de por sí un saldo incalculable. Las circunstancias de su vida se mantenían inalterables tanto en lo externo como en lo que se refería a su propio mundo interior. Pero mientras antes el aire había estado cargado de alas que revoloteaban a su alrededor, ahora esas mismas alas parecían haberse posado sobre ella, y podía entregarse a su protección.


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95 págs. / 2 horas, 47 minutos / 69 visitas.

Publicado el 29 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Los Niños

Edith Wharton


Novela


A mis pacientes oyentes de Sainte-Claire

Libro Primero

I

Mientras el gran buque de pasaje flotaba entre un enjambre de remolcadores en la bahía de Argel, Martin Boyne contemplaba desde la cubierta de paseo el pelotón de pasajeros de primera clase que abarrotaban la pasarela, mirando arriba, ofreciendo inconscientemente el rostro a su observación.

«¡Ni un alma con quien me apetezca hablar… como siempre!»

Ciertos hombres tenían una suerte increíble en sus viajes. Les bastaba con subir a un tren o a un barco para encontrarse con un antiguo amigo o trabar amistad con alguien, lo cual era mucho más emocionante. Siempre coincidían en el mismo compartimento o en el mismo camarote con alguna celebridad errante, con el propietario de una casa famosa, de una colección notoria o de una personalidad divertida y peculiar, siendo este último, claro está, el caso más infrecuente, por ser el más reconfortante.


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310 págs. / 9 horas, 3 minutos / 65 visitas.

Publicado el 27 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

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