Al pie del bosque consagrado a Apolo, allí donde una espesura de
mirtos y adelfas en flor oculta el peñasco del cual mana un hilo
transparente, se reunieron para lavar sus pies resecos por el polvo
Demodeo y Evimio, que no se conocían, y habían venido por la mañana
temprano, con ofrendas al numen.
Demodeo era arquitecto y escultor. Muchos de los blancos palacios que
se alzaban en Atenas eran obra suya, y se esperaba de él un monumento
magnífico en que revelase la altura y el arranque vigoroso de su genio.
Evimio era un opulento negociante establecido en Tiro, que expedía
flotas enteras con cargamentos de lana teñida, polvo de oro, plumas de
avestruz y perlas, traficando sólo en esos géneros de lujo en que es
incalculable el beneficio. Contábase que en los subterráneos de su
quinta guardaba tesoros suficientes para costear una guerra con los
persas, si el patriotismo a tanto le indujese.
A pesar de su riqueza, Evimio había querido venir al santuario de
Apolo sin séquito, como un navegante cualquiera, subiendo a pie la
riente montaña, cuyos senderos estaban trillados por el paso de los
devotos; y cual los demás peregrinos, había dejado pendientes de una
rama sus sandalias, y trepado descalzo hasta el edículo, donde, sobre un
ara de mármol amarillento ya, se alzaba la imagen del dios del arco de
plata.
Ahora, el millonario y el artista bañaban con igual fruición sus
plantas incrustadas de arenas —a cuya piel se habían adherido hojas de
mirto— en el hialino raudal y, respirando la fragancia de los ardientes
laureles, arrancada por el sol, se comunicaban sus impresiones. Se
conocían de nombre y fama, y se miraban, buscándose en la faz la causa
de la inspiración del uno y del fabuloso caudal del otro.
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