Salvador Torrijos era
muy considerado en la ciudad de Ansora, donde ejercía la Medicina. Se le
auguraba un gran porvenir en su profesión. Sin embargo, se le tenía un
poco de miedo. A cada enfermo que asistía, se enteraba Ansora de alguna
novedad extranjera, aplicada por primera vez. Corría la voz de que hacía
experimentos peligrosos. Y la eterna discusión entre los partidarios de
los sistemas consagrados y conocidos y los perseguidores de la última
moda, se enredaba en el café del Norte, mentidero de la ciudad, y en el
Casino, disputadero universal, muy acaloradamente.
Salvador, por lo regular, no concurría al Casino ni al café. No era
que desdeñase la distracción; pero no tenía tiempo disponible, pues
entre la clientela y la lectura incesante de revistas y obras técnicas,
no le sobraba un minuto. Sólo los domingos se dejaba arrastrar a unas
partidas de ajedrez con su futuro cuñado, el teniente de Infantería
Mauricio Romeral, con quien había hecho, desde el primer instante,
excelentes migas.
También el padre de su novia, el opulento D. Darío Romeral,
fabricante y contratista de paños, le trataba ya como a hijo, y le había
confiado sus temores de que aquel mala cabeza de Mauricio se emperrase
en ir destinado al África.
—Disuádele tú —repetía—. Ya que no hemos podido reducirle a que
siguiese otra carrera menos peligrosa, siquiera, que no corra el albur
sin necesidad. Cuando le toque, bueno, hombre, habrá que aguantarse;
pero eso de buscar ruido por gusto… Nada, nada, a ti te encargo de que
me lo sosiegues… ¡Que se eche novia, que se case él también, ea, a ver
si así…!
Unas lágrimas de Camilita, la prometida del médico, esforzaron más la pretensión del padre.
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