Al destaparse la botella de dorado casco, se oscurecieron los
ojos de la compañera momentánea de Raimundo Valdés, y aquella
sombra de dolor o de recuerdo despertó la curiosidad del joven, que
se propuso inquirir por qué una hembra que hacía profesión de
jovialidad se permitía mostrar sentimientos tristes, lujo reservado
solamente a las mujeres honradas, dueñas y señoras de su espíritu y
su corazón.
Solicitó una confidencia y, sin duda, «la prójima» se encontraba
en uno de esos instantes en que se necesita expansión, y se le dice
al primero que llega lo que más hondamente puede afectarnos, pues
sin dificultades ni remilgos contestó, pasándose las manos por los
ojos:
—Me conmueve siempre ver abrir una botella de champagne, porque
ese vino me costó muy caro… el día de mi boda.
—Pero ¿tú te has casado alguna vez… ante un cura? —preguntó
Raimundo con festiva insolencia.
—Ojalá no —repuso ella con el acento de la verdad, con franqueza
impetuosa—. Por haberme casado, ando como me ves.
—Vamos, ¿tu marido será algún tramposo, algún pillo?
—Nada de eso. Administra muy bien lo que tiene y posee miles de
duros… Miles, sí, o cientos de miles.
—Chica, ¡cuántos duros! En ese caso… ¿Te daba mala vida? ¿Tenía
líos? ¿Te pegaba?
—Ni me dio mala vida, ni me pegó, ni tuvo líos, que yo sepa…
¡Después sí que me han pegado! Lo que hay es que le faltó tiempo
para darme vida mala ni buena, porque estuvimos juntos, ya casados,
un par de horas nada más.
—¡Ah! —murmuró Valdés, presintiendo una aventura
interesante.
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