Textos más populares esta semana de Emilio Salgari etiquetados como Novela | pág. 8

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autor: Emilio Salgari etiqueta: Novela


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Los Aventureros del Mar

Emilio Salgari


Novela


1. El “Garona”

En un caluroso día de agosto de 1832, un barco de quilla estrecha y alta arboladura navegaba a cuarenta millas de la desembocadura del Coanza, uno de los mayores ríos de la costa del África ecuatorial. Era un hermoso ejemplar de bergantín a palo, que a primera vista se le hubiese podido confundir con un crucero liviano ya que estaba armado de doce cañones, pero su dotación estaba compuesta de sólo sesenta hombres y al tope de su mástil principal no flameaba la cinta roja, distintivo de las naves de guerra.

En el puente de mando, un hombre de elevada estatura, facciones enérgicas al par que bellas, ojos negros y penetrantes y barba corta muy oscura, observaba las actividades de la tripulación, mientras a su lado otro consultaba atentamente un mapa de la zona. La figura del último contrastaba notablemente con la del primero, pues era bajito, nervudo, de rasgos angulosos, frente angosta, mirada dura, barba rojiza e híspida y piel bronceada.

Después de estudiar algunos minutos la carta se volvió al compañero y le informó con voz áspera:

—Nos hallamos próximos al Coanza, capitán Solilach, y posiblemente mañana lo alcanzaremos.

—No tenía la menor duda de ello, señor Parry— contestó el otro—. Volveremos a ver al querido Pembo.

—Que estará borracho como de costumbre, capitán.

—Es probable, lugarteniente.

—Esperemos que nuestro “Garona” pueda hacer la carga completa, para no tener que ir hasta las costas de la Hotentotia a buscar lo que falte. ¿Cuántos esclavos necesitan los plantadores de Cuba?

—Lo menos quinientos.

—¡Uhm! Dudo que Pembo los tenga.

—En ese caso tendremos que corrernos hasta la costa sur.

—¿No teme a los buques patrulleros?

—Disponemos de doce cañones y sesenta hombres decididos.


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Dominio público
145 págs. / 4 horas, 15 minutos / 628 visitas.

Publicado el 4 de febrero de 2019 por Edu Robsy.

Los Bandidos del Sahara

Emilio Salgari


Novela


Suspiró entonces mío Cid, de pesadumbre cargado, y comenzó a hablar así, justamente mesurado: «¡Loado seas, Señor, Padre que estás en lo alto! Todo esto me han urdido mis enemigos malvados».

Anónimo

PRIMERA PARTE. EL DESIERTO DE FUEGO

CAPÍTULO I. LOS FANÁTICOS MARROQUÍES

Ramadán, la cuaresma de los musulmanes, que solamente dura treinta días, en vez de cuarenta como la nuestra, estaba a punto de concluir en Tafilete, ciudad perdida en los confines meridionales del Imperio marroquí, delante del inmenso mar de arenas del Sahara.

En espera del cañonazo que debía señalar el término del ayuno, después del cual comenzaba la orgía nocturna, la población se había desparramado por las calles y las plazas, admirando a los santones y a los fanáticos, que se destrozaban atrozmente el rostro y el pecho, y que se traspasaban las mejillas con largas agujas de acero, abrasándose también los brazos y las plantas de los pies.

Marruecos continúa siendo el país del fanatismo llevado al último extremo. Han progresado un poco Turquía y Egipto; Trípoli y Argelia también han perdido mucho de su salvaje celo religioso; pero Marruecos, de igual modo que la Arabia, cuna del Islam, se mantienen tal cual eran hace quinientos o mil años.

No se ve en estos países fiesta alguna religiosa que transcurra sin escenas repugnantes de sangre. Ya sea en el Maharem, que se celebra al principio del año, ya en el Ramadán o en el grande y pequeño Btiram, los afiliados a las diversas sectas religiosas, para ganar el Paraíso, se entregan a excesos que inspiran pavor a las gentes civilizadas.


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211 págs. / 6 horas, 9 minutos / 587 visitas.

Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Al Polo Austral

Emilio Salgari


Novela


CAPÍTULO PRIMERO. EL NAUFRAGIO DEL «EIRA»

—¿Es cierto lo que se dice, señor Linderman?

—¿A propósito de qué, señor Wilkye?

—De la expedición polar organizada por sus compatriotas de usted. Se asegura que ha naufragado lastimosamente.

—Es verdad —respondió secamente el llamado Linderman.

—¿Conque su ilustre explorador polar ha sido vencido nuevamente por los hielos?

—¿Y eso qué le importa a usted?

—¡Por Dios! A un miembro distinguido de la Sociedad Geográfica de los Estados Unidos puede interesarle mucho.

—Me lo dice usted con cierta ironía, señor Wilkye, lo cual me hace suponer que está contento de que mi compatriota Smith no haya salido victorioso de su empresa.

—Puede ser, señor Linderman. ¡Qué quiere usted! Me agradaría que el descubridor del Polo fuera un americano y no un inglés.

—Ya se ha visto cómo lo han descubierto sus compatriotas de la Jannette.

—Su misión era diferente, señor Linderman. La Jannette iba en busca de un paso libre entre el estrecho de Bering y el de Davis, y no del Polo Norte.

—Y naufragó lastimosamente —repitió el señor Linderman con tono zumbón.

—Es que si se hubiera dirigido directamente hacia el Polo, sin perder tantos meses en buscar el paso, habría llegado.

—Sí; a estrellarse contra los hielos muchos meses antes.

—¡No tanto, señor Linderman!

—¿Eh? ¿Tiene usted la pretensión de que los americanos han de triunfar en todo? ¿Qué cree usted que somos los ingleses? ¿Acaso hombres de cartón-piedra? Mis compatriotas navegaban ya por los mares polares cuando en Europa no se sabía aún que existiera América.


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188 págs. / 5 horas, 30 minutos / 569 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Flor de las Perlas

Emilio Salgari


Novela


PRIMERA PARTE. FLOR DE LAS PERLAS

CAPÍTULO I. EL NAUFRAGIO DE LA CAÑONERA

—¿Es verdad, pues?

—No se habla de otra cosa en Binondo.

—¿Y las autoridades españolas?

—Confirman la noticia.

—¿Todos perdidos?

—¡Quién sabe!

—¿Pero Romero… el comandante… la Perla?… —Se ignora si perecieron o se salvaron.

—Habla bajo.

—¿Está despierto la pobre Than-Kiu?…

—Pocos minutos ha, no se había dormido todavía.

¿Qué dirá cuando sepa la terrible noticia?

—No hace falta comunicársela, Pram-Li; podría morir; está aún débil por la pérdida de sangre. ¡Qué golpe!… ¡Hang-Tu y Romero a la vez!… valiera haber muerto con su hermano.

—¿Eh?… ¡Quién sabe! El amor más ardiente se trueca a veces en odio implacable… ¿Acaso el mar no la ha vengado de la felicidad de la mujer blanca?

—Than-Kiu no sabe odiar, y además… amaba demasiado a Romero, y creo que, mientras conserve un átomo de vida, acariciará el hermoso sueño de su alma juvenil.

—¿Habla siempre de Romero?

—Siempre, Pram-Li. Hasta de noche sueña con él, llamándole con voces tan lastimeras que me desgarra el alma.

—¿Y no lanza imprecaciones contra la joven blanca?

—Nunca una palabra de cólera o desdén salió de labios de la pobre Than-Kiu contra la Perla de Manila. Cree en la fatalidad y culpa sólo al destino de la terrible catástrofe que la ha herido.

—Y el destino la vengó, Sheu-Kin; el mar se ha tragado, indudablemente, a Teresita y a su padre.

—Acaso sí; y quizá también a Romero.

—¿Ha venido el médico?

—Si, Pram-Li.

—¿Y qué ha dicho?

—Que Than-Kiu está ya curada y puede abandonar el lecho del dolor. La herida está bien cicatrizada.

—¿Qué va a hacer?


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277 págs. / 8 horas, 6 minutos / 513 visitas.

Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

La Rosa del Dong-Giang

Emilio Salgari


Novela


Capítulo I

La noche del 28 de febrero de 1861, mientras el ejército anamita, desbaratado por las armas francoespañolas, huía en completo desorden en todas direcciones, abandonando en manos de los vencedores la ciudad de Saigón, una gran barca, después de burlar audazmente el bloqueo de los navíos franceses, navegaba aguas arriba del Dong-Giang, bellísimo río de la Baja Conchinchina que desemboca en el Tan-binch-giang.

Era una embarcación del tipo que los habitantes de la región llaman balón, construida a base de un gigantesco tronco de teca de más de cuarenta metros de largo, pesada, sólida, levantada por proa y popa, adornada con penachos de plumas variopintas y banderitas de seda y con una especie de elegante cúpula en medio, sostenida por columnas doradas y rematada por amplias sombrillas abiertas y por antenas con banderas al viento.

Cincuenta hombres medio desnudos, de caras chatas, ojos oblicuos y piel amarilla, remaban con todas sus fuerzas colocados en doble fila. En popa, un número aproximadamente igual de hombres, pero mejor vestidos, con casacas de seda roja, pantalones y sombreros con plumas y con la cabeza y las extremidades envueltas en vendas empapadas de sangre, yacían en completo desorden, aferrados con rabia a sus largos fusiles.

Bajo el templete, sentados sobre ricos cojines de seda y entre telas de vivos colores, dos hombres estaban fumando. Uno de ellos ostentaba las insignias de larih-binch, es decir, general de los ejércitos de una provincia anamita; el otro, las de teniente de la marina fluvial.

El primero aparentaba unos cincuenta años, era alto, de anchas espaldas que delataban una fuerza nada común; el rostro, varonil y fiero, sombreado por una barba rala. El otro tendría unos veinte años, se le veía ágil, de fisonomía menos expresiva y con la piel menos bronceada.


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65 págs. / 1 hora, 54 minutos / 434 visitas.

Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Los Piratas de las Bermudas

Emilio Salgari


Novela


CAPÍTULO I. LA CAZA A LA CORBETA

EL sol iba al ocaso entre grises nubarrones, que, hinchados por el viento de poniente, se habían ido extendiendo poco a poco sobre el Atlántico.

Las olas, que reflejaban los últimos fulgores del día, murmuraban, corriendo libremente la extensión inmensa que existe entre las costas americanas y las cuatrocientas Bermudas, islotes colocados en torno de la Gran Bermuda, que es la única isla habitada de aquel gran montón de tierras perdidas en medio del grande Océano oriental.

Dos naves, cubiertas de velas hasta los topes, avanzaban dulcemente empujadas por las olas, que batiendo contra ellas a babor, alzábanlas con mesurado murmullo, que sonaba cual la gran poesía de los mares.

El viento de lebeche, bastante fresco, hinchaba las telas, silbando entre centenares y centenares de jarcias y cables y poleas.

Una de dichas naves era una espléndida corbeta, larga y sutil, pero de mucho porte, puesto que de sus bordas salían veinticuatro bocas de cañón, mientras que en el puente y en el ancho castillo de popa había dispuestos en barbeta cuatro gruesas piezas de caza.

Estaba, como hemos dicho, cubierta de velas de un extremo a otro. Las mismas bonetas habían sido desplegadas y tendidas las banderas.

La otra era, en cambio, una barca gruesa, ancha, pesada, de aforo muy inferior a la corbeta que la precedía, con poquísimas piezas de artillería colocadas todas en cubierta.

Ambas naves llevaban, sin embargo, un número considerable de tripulantes, cual si fuesen buques de guerra.

En la corbeta, en lo alto del palo mayor, ondeaba una bandera roja, señal de fuego permanente, a cada hora, a cada instante, contra todos y contra todo; en la barca una bandera listada, blanca y azul y sin estrellas, porque los Estados Unidos no se habían coligado todavía, ni tenían fijas las orgullosas estrellas de la confederación.


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221 págs. / 6 horas, 27 minutos / 832 visitas.

Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Los Bandidos del Rif

Emilio Salgari


Novela


CAPÍTULO I. LA NAVE CONTRABANDISTA

Un gran destello, parecido a una cimitarra de fuego surcó las nubes tormentosas, proyectando sobre las islas Chafarinas un vivo resplandor. En ese instante, el barco español a pesar de que tenía recogidas todas sus velas y tenía casco muy ancho, se ladeó bajo una terrible ráfaga, mientras que una gran ola barrió la cubierta.

El capitán, un hombre de casi dos metros, negro como un senegalés, gritó a sus cuatro marineros argelinos una serie de órdenes.

Casi al mismo tiempo, entre el sonido del silbido del viento y el ruido de las olas, se oyó una voz gritar:

—¡Abajo esa navaja o te estrello la guitarra en la cabeza!

—¡No, señor! Has hablado largamente con Zamora, aprovechándote de la tormenta.

—¿Es que no puedo hablar con la gitana de Salamanca que viene aquí?

—¡No!…

—¿Con qué derecho?

—El jefe de los gitanos me ha mandado vigilar a Zamora.

—¿Por qué?…

—¡Ve y pregúntale!

—Entonces… ¿me quieres matar?

—¡Si!, antes de que el barco tome tierra en las orillas del Rif.

—¿Quién lo dice?…

—¡Yo, Janko!…

—¡Atácame valiente, si tienes la suficiente audacia! Usa tu navaja, yo usaré mi guitarra, y luego te echaré al mar.

Los dos adversarios, que se enfrentaban en medio de la tormenta que asaltaba el barco contrabandista, eran dignos uno del otro.


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285 págs. / 8 horas, 20 minutos / 462 visitas.

Publicado el 24 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

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