Textos más vistos de Emilio Salgari | pág. 6

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autor: Emilio Salgari


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Dos Abordajes

Emilio Salgari


Novela


CAPITULO I. UN CAÑONAZO A TIEMPO

El día 17 de marzo de 1775, una gran parte de la escuadra inglesa, que había permanecido estacionada en aguas de Boston durante el prolongado asedio de esta ciudad por los americanos, se hacía a la vela con rumbo a alta mar, llevando a bordo la extenuada guarnición, compuesta de más de diez mil hombres.

La rendición de la capital de Massachusetts había sido un rudo golpe para el poderío inglés, que hasta entonces había considerado a los americanos como simples partidas de rebeldes, a los que llamaba despectivamente provinciales, sin reconocer que se trataba de verdaderos soldados.

Antes de salir de la ciudad, aquella guarnición, compuesta en su mayor parte de mercenarios alemanes, había saqueado todas las riquezas de los habitantes, llevándose cuanto pudieron encontrar de valor, y habían inutilizado toda la artillería clavándola o arrojándola al mar.

Únicamente habían respetado los almacenes de víveres, que, por otra parte, contenían bien escasas existencias: 2500 medidas de carbón mineral, otras tantas de trigo, 2300 de cebada, 600 de avena y unas 100 orzas de aceite. Reses, ninguna; hacía ya mucho tiempo que la guarnición había empezado a sacrificar los caballos, y apenas si quedaban unos ciento cincuenta de éstos, reducidos al estado de esqueleto.

Dueños los americanos de todas las alturas que dominan la ciudad, en las cuales habían emplazado gran número de cañones de sitio, permitieron a la guarnición salir de la plaza, a condición de respetar dichos almacenes, pues también los sitiadores se hallaban exhaustos de provisiones de boca y hacía varios meses que venían luchando con el hambre.

Mandaba la escuadra el general Howe, almirante improvisado, y se alejaba de las peligrosas aguas de la amplia bahía de Boston para refugiarse en Halifax, que aún permanecía en poder de los ingleses.


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254 págs. / 7 horas, 25 minutos / 597 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Rey del Aire

Emilio Salgari


Novela


Primera Parte

Capítulo I. Una expedición misteriosa

—¡Alto!… ¡Vista a la costa a proa!

—¡Ah!… ¡Malditos tiburones!… ¡Están por todas partes alrededor de la isla endemoniada!…

—Pues va a ser la tercera noche que nos volvemos al Gavilán con las manos vacías. Pues qué, ¿tienen acaso cien ojos?

—¿Y el bonachón de Bedoff, qué hace?

—Se habrá dormido encima de su botella de aguardiente de centeno mi querido Liwitz.

—Pues a él le han pagado, Ursoff.

—Y espléndidamente; el capitán del Gavilán tiene siempre la bolsa abierta.

—¡Silencio, charlatanes! —dijo una tercera voz—. ¿Creéis que no hay centinelas alrededor de la isla o que ponen sordos para guardar las barracas? Cuidado, porque corremos peligro de que nos fusilen como a salvajes de América.

Un hombre de formas hercúleas, con larga barba rojiza, se levantó a popa de la chalupa, que se deslizaba dulcemente, sin casi producir ningún rumor, sobre las foscas aguas del estrecho de Tartaria, aplacadas por la nevasca que caía en abundancia.

Era un hermoso tipo de anciano del norte, entre los cincuenta y los sesenta años, pero sobre el que parecía que el tiempo no hubiera aún hecho destrozos notables.

Tenía todavía hermosos cabellos, la frente espaciosa, aunque es verdad que cubierta de profundas arrugas, los ojos de un azul oscuro que aún no había perdido nada de su esplendor. Viéndole levantarse y hacer una seña con la diestra, los seis marineros que tripulaban la chalupa, seis jóvenes de poderosa musculatura, interrumpieron su conversación.

Todas las miradas se dirigieron hacia levante donde a través de las oleadas de nieve se veía delinearse confusamente una línea oscura que ocupaba todo el horizonte.

—¿Habéis visto, muchachos? —preguntó el viejo, haciendo una seña de inteligencia


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344 págs. / 10 horas, 2 minutos / 512 visitas.

Publicado el 23 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Tesoro del Presidente del Paraguay

Emilio Salgari


Novela


CAPÍTULO PRIMERO. UNA NAVE MISTERIOSA

La noche del día 22 de enero de 1869 un buque de vapor de un porte de 450 a 500 toneladas, con arboladura de goleta y que parecía haber surgido repentinamente del mar, ejecutaba extrañas maniobras cambiando de rumbo cada doscientos o trescientos metros, a distancia de cerca de cuarenta kilómetros de la amplia desembocadura del Río de la Plata en América del Sur.

Su esbelta silueta, su proa provista de espolón, sus numerosas troneras que parecían destinadas a bocas de cañón o por lo menos a cañones de ametralladoras, su velocidad muy superior a la de los buques mercantes, y, sobre todo, sus ochenta hombres quo en aquel momento ocupaban la toldilla, todos armados con fusiles, y su cañón grueso, montado en una torreta blindada que se levantaba delante del árbol de trinquete, le daban a conocer a primera vista, como uno de aquellos barcos llamados cruceros poderosos auxiliares de los buques acorazados.

Ni en el mastelero del mayor, ni en la verga de la randa, ni en el asta dé popa, llevaba bandera alguna que pudiese indicar a qué nación pertenecía, y aunque la noche fuese oscura como la recámara de un cañón y navegase por parajes bastante frecuentados, donde una colisión podía de un momento a otro echarlo a pique, no llevaba ninguna de las luces prescritas por los reglamentos marítimos.

Extrañas conversaciones se cruzaban en lengua española entre los marineros, especialmente entre aquellos que vigilaban a proa, bastante lejos de los oficiales que estaban de pie en el puente de mando, ocupados en escudriñar el mar con poderosos anteojos.

—Dime, Pedro —decía un mozalbete que masticaba con visible satisfacción un gran pedazo de cigarra, volviéndose hacia un contramaestre que estaba apoyado en una pequeña ametralladora tapada con una funda de tela embreada—, ¿se atraca o seguimos navegando?


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238 págs. / 6 horas, 57 minutos / 690 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Tren Volador

Emilio Salgari


Novela


1. RUMBO A ZANZÍBAR

En la mañana del 15 de agosto del año 1900, un pequeño vapor de dos mástiles surcaba velozmente las aguas del Océano Índico,, en dirección a la isla de Zanzíbar.

A pesar de la ligera neblina que aún flotaba sobre el mar, se alcanzaban a divisar las costas de esa tierra de promisión. Poco a poco fueron perfilándose las colinas rocosas, aunque cubiertas de vegetación, y hacia un costado el esplendor de una gran ciudad oriental, con sus torres macizas y sus típicos minaretes.

Cerca del puerto podía apreciarse el palacio del sultán, con sus sólidas murallas, y, un poco más lejos, el barrio comercial, verdadero emporio donde se acumulan y negocian los productos de la India, África y Europa, y donde viven, en una armonía relativa, mercaderes pertenecientes a las razas más diversas y heterogéneas.

Dos europeos, ubicados en la proa del barco, observaban con sumo interés el aspecto de la ciudad. Si bien ambos conversaban en francés, su porte y su acento permitían deducir que pertenecían a razas distintas.

El de más edad, que aparentaba tener unos cuarenta o cuarenta y cinco años, era alto, delgado, de bigotes y cabellos rubios; por la blancura de su piel parecía dinamarqués o alemán.

El otro, en cambio, bajo y macizo, de tez oscura y cabellos renegridos, aparentaba diez o doce años menos. Mientras el primero accionaba con la flema característica de los sajones, el segundo demostraba la extraordinaria vivacidad típica de las razas meridionales.

—¡Por fin! —exclamó el rubio al ver delinearse el contorno de la ciudad—. Me estaba cansando de este viaje.

—Tú siempre has preferido volar entre las nubes, Otto —le contestó el más joven.

—Sí, Mateo. Yo he nacido para navegar entre las nubes, y no para ser un marinero como tú.


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Dominio público
129 págs. / 3 horas, 46 minutos / 423 visitas.

Publicado el 3 de febrero de 2019 por Edu Robsy.

En el Mar de las Perlas

Emilio Salgari


Novela


1. Los bancos de perlas de Manaar

El cañonazo del crucero inglés había retumbado por largo tiempo sobre las profundas aguas azules, que a la sazón comenzaban a teñirse con los primeros reflejos del alba, señalando así la apertura de la pesca.

Cientos de barcas, tripuladas por numerosos hombres, casi enteramente desnudos, acudían impelidas por los remos, desde las costas de la India y de la gran isla de Ceilán.

Todas se dirigían hacia los famosos bancos de Manaar, en cuyas arenas, año tras año, anidan millones de ostras perlíferas y acuden enormes legiones dé tiburones ferocísimos para darse un hartazgo con la carne de los desdichados pescadores.

Había barcas de toda especie y de todas las formas imaginables. Unas largas y estrechas como canoas; otras redondas y anchas de costados; algunas con las bordas altas y las proas terminadas en punta, como acostumbran a hacerlas los indios de las regiones meridionales, y las velas desplegadas al viento.

Entre todas ellas sobresalía una por su anchura y la riqueza de sus bordajes. Era, más que una barca, un buque pequeño, con la proa muy aguda y adornada con una cabeza de elefante dorada; los costados esculpidos, la popa bastante alta también y embellecida con pinturas y las velas de color rosa en vez de blanco.

Una enorme bandera de seda azul, sobre la cual se veían campear tres perlas en campo de oro, flotaba en el tope del segundo palo, ondeando al soplo de la brisa matinal.

Veinte hombres componían su tripulación, casi todos ellos de elevada estatura, aunque delgados, con la tez moreno—rosada, los cabellos largos y de color azabache, las orejas adornadas con gruesos aretes y vestidos como los cingaleses, esto es, con largas túnicas de tela blanca floreada, que descendían hasta los tobillos y subían hasta la mitad del pecho, sujetas, por anchas fajas.


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230 págs. / 6 horas, 43 minutos / 518 visitas.

Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

La Estrella de la Araucania

Emilio Salgari


Novela


I. El esqueleto de una ballena

En la guanera del puerto de Stokes se trabajaba febrilmente y sin un momento de tregua, entre el incesante vocerío de los vigilantes y las roncas imprecaciones de los mineros. Unos y otros se sentían a un tiempo casi asfixiados por las pestíferas emanaciones del guano y por el polvo que éste levantaba entre espesísimas nubes sobre las hediondas capas de excremento que por espacio de siglos y siglos depositaran allí las aves marinas.

Había empezado el mes de julio y se presentaba frío y tempestuoso entre frecuentes huracanes que al desencadenarse, levantaban las poderosas olas del Océano Pacífico.

Las numerosísimas islas que flanquean el borde extremo de la América meridional y la cercana tierra del Fuego se hallaban cubiertas de nieve; hasta las mismas costas del Estrecho de Magallanes empezaban a hacerse impracticables a causa de las violentísimas resacas producidas por los impetuosos vientos que suelen reinar en aquellas desoladas regiones.

En la América meridional el mes de julio corresponde al de enero; de modo que cuando en nuestro hemisferio septentrional nos abrasa el calor, allí se hielan de frío.

Había llegado, pues, el momento de abandonar la guanera del puerto de Stokes, de dar un adiós a la isla de la Desolación que estaba a punto de convertirse en un desierto de nieve y retirarse a Punta Arenas o a los puertos chilenos del Pacífico.

Sólo faltaba completar la carga del último buque, que se balanceaba desesperadamente entre las olas del puerto y tenía prisa por salir, antes que un huracán formidable lo lanzara contra la costa o lo condujese a las peligrosísimas y selváticas escolleras de las Once mil Vírgenes.


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224 págs. / 6 horas, 32 minutos / 579 visitas.

Publicado el 23 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Los Dramas de la Esclavitud

Emilio Salgari


Novela


CAPITULO I. LA BAHÍA DE LÓPEZ

—¡Ten cuidado, muchacho, y abre bien los ojos!

—Pero, ¿a qué venimos aquí, maestro Hurtado?

—¡Quién lo sabe, Vasco!

—¿Te ha dicho algo el capitán?

—Sí y no.

—No comprendo ese enigma, maestro.

—Ni te hace falta; y calla, que mientras hablamos como papagayos, no observamos el banco. ¿No oyes cerca la resaca?

—Un golpe de timón y salimos adelante, maestro. Está esto tan oscuro, que en la cala de la Guadiana, a medianoche, se ve mejor que aquí.

—Lo creo, Vasco. ¡Uf! ¡Qué olor a pólvora se siente aquí!

—¡Y a cuerda de verdugo, maestro mío!

—Tu, ríete. ¡Quién sabe si dentro de un cuarto de hora te encontrarás colgado de una verga y haciendo trenzados con las piernas!

—¿Lo cree usted así, Hurtado?

—¡Que si lo creo! ¡Mil diablos! ¿No sabes que el Kentucky ha sorprendido al brasileño?

—No, Hurtado. ¿Y los castigaron a todos?

—Como a ladrones. Los corsarios no bromean, y cuando apresan una nave negrera, castigan a la tripulación con verdadera crueldad.

—Pues ya sabemos que el capitán Cabral no nos hará más la competencia.

—No; le colgaron de una verga del Kentucky, así como a toda su tripulación. Se dice que nadie ha visto un fandango tan animado como el que aquellos negreros bailaron.

—¡Me da frío de oírte! ¡Veintisiete hombres bailando la danza de la muerte!

—¡Pues abre bien los ojos si no quieres bailarla tú también! ¡Por los cien mil cuernos del demonio! ¿Qué es lo que se ve allí?

El maestro se levantó violentamente, haciendo oscilar la chalupa, escupió el tabaco que masticaba y dirigió los ojos hacia el Sur, arrugando la frente.

—Es la punta de Fetiche —dijo Vasco.

—La veo.

—¿Y en ella nos espera Bango?

—Sí; le he avisado por medio de los negros costeros.


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139 págs. / 4 horas, 3 minutos / 494 visitas.

Publicado el 24 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Los Horrores de la Siberia

Emilio Salgari


Novela


Ver una vez es mejor que oír cien veces.

Proverbio japonés.

CAPITULO I. LOS DESTERRADOS

Tobolsk es una de las más importantes y pintorescas ciudades del Obi. Situada cerca de la confluencia del Tobol y del Irtich, afluente del Obi, alzase orgullosa aún sobre la estepa, haciéndose distinguir desde larga distancia por sus altivas cúpulas pintadas de vivos colores, y por su imponente kremlin, rodeado de almenados muros.

Como todas las ciudades asiáticas, se divide en dos partes completamente diferentes: la ciudad alta, protegida por el kremlin, situado al pie de una roca que se levanta un centenar de metros sobre el río, y en la que se agrupan el palacio de los agentes gubernativos, con cuarteles y pabellones para la guarnición y la policía; las prisiones de los desterrados, la catedral y otra iglesia secundaria. La ciudad baja está compuesta de casas de mezquina apariencia, habitadas por la población indígena y tártara; de chozas con tejados, en los que relucen al sol las chillonas tintas de sus pinturas.

Aunque muy antigua, pues fue erigida a raíz de la conquista de la Siberia, su aspecto es absolutamente moderno, distinguiéndose en ella como único monumento de pasadas edades el obelisco levantado en honor de Iermak, valiente atamán de los cosacos del Don, que, al frente de seis mil guerreros, aseguró a la Rusia en la mitad del siglo XVI la posesión de aquellas regiones que se extienden desde los confines de Europa hasta el estrecho de Behring.

Su población, compuesta en una pequeña parte de rusos, dedicados al comercio de pieles, de tártaros y de samoyedos, consta de unas quince mil almas, pero tiende constantemente a disminuir.

De cuando en cuando aumenta en algunos millares el número de sus vecinos; pero tal aumento es de poca duración y nada agradable ni deseado por los habituales habitantes, porque se trata de desterrados.


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158 págs. / 4 horas, 38 minutos / 617 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Los Náufragos del Oregón

Emilio Salgari


Novela


I. El abordaje

La oscuridad era total en el puente.

—¿Se ve ya?

—Aún no, patrón O’Paddy.

—¡Demonio! ¡Y el vendaval amenaza con echar a pique la corbeta! ¡Podía tener mejores barcos el señor Wan-Baer!…

—Cuidado con las olas…

—¿Es hábil el timonel, Aier-Rajá?

—Sí, patrón.

—Que tenga cuidado, porque un falso movimiento puede hacernos beber agua para siempre.

—No hay nada que temer; es un buen marinero.

—¿Se ve ya el «Oregón»?

—No, patrón.

—¡Caramba! ¡Tan a propósito como está la noche para abordarlo!

—¿Pero qué dice? ¿Vamos a abordarlo?

—Si, Aier-Rajá.

—Quizá nos vayamos a pique todos.

—La costa de Borneo no está a más que tres millas.

—Sí, pero seguro que el canal de Macasar está ahora hecho una furia.

—¡Bribonazo! ¿Crees tú que van a regalarnos un millón por un simple paseo por el mar?

—No pienso tal cosa.

—Pues yo, muy a pesar mío, así lo creo. ¡Eh…, timonel del infierno! ¡Fíjate!

Una ola como una montaña, negruzca y con la cresta erizada de nítida blancura por la espuma, se arrojó con violencia sobre el barco, haciéndolo inclinarse hacia estribor.

—¡Rayos y truenos! —exclamó el patrón—. Si nos viene otra como ésta pierde el «Wangenep» una rueda.

—Ya se ha llevado dos paletas del tambor de babor, patrón O’Paddy.

—¡Y el «Oregón» sin aparecer! ¿Habrá ido costeando? ¡De ser así, vaya una suerte para nosotros!

—Jamás habrá ganado nadie mejor un millón.

—Sí; pero me parece que, a pesar nuestro, no vamos a tener esa suerte. ¡Hemos nacido con mala estrella!

—De todas maneras, lo ganaremos.

—Depende de que el «Wangenep» choque bien; ¡pero está tan averiado!


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160 págs. / 4 horas, 40 minutos / 435 visitas.

Publicado el 24 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Los Náufragos del Spitzberg

Emilio Salgari


Novela


CAPÍTULO I. EL DESASTRE DE LAS BARCAS BALLENERAS

El 29 de septiembre de 1875, hacia el mediodía, reinaba una gran animación en los vastos y famosos establecimientos del islote de Vadsó, propiedad del señor Foyn, el célebre pescador de ballenas y riquísimo armador de Varangefiord. Todo trabajo había sido interrumpido bajo los inmensos cobertizos que se extendían en todas direcciones desde un extremo a otro de las riberas de la isla. Los fundidores de grasa habían abandonado la gigantesca caldera, en la que hervían, esparciendo alrededor nubes de negro y nauseabundo humo, grandes trozos de carne de ballena. Los descuartizadores habían abandonado sus hachas y cuchillos chorreando grasa y sangre y no se ocupaban de descarnar la enorme cabeza del cetáceo; los machacadores de huesos habían dejado de triturar y reducir a polvo costillas de espantosas dimensiones; los muchachos habían abandonado las carretillas cargadas de trozos de carnaza sanguinolenta, que debían servir para extraerles la grasa, y, por último, los marineros y grumetes habían dejado solas las pequeñas naves ancladas en el canal, bajando a tierra para participar de la general animación. Grupos de personas discurrían dentro y fuera de los cobertizos, y toda aquella gente, de ordinario tan flemática y tranquila, discutía con calor, cambiando vivas preguntas y respuestas.

—Pero ¿será verdad? —preguntaban ansiosamente los unos.

—Sí, sí —respondían los otros.

—¿Y están junto a los hielos?

—Así se dice.

—Pero ¿dónde?

—En la isla de los Osos.

—No; en la Nueva Zembla.

—Tampoco. En la de Spitzberg.

—Pero ¿querrán ir al Polo?… Hay ballenas en las costas del Finmark, sin necesidad de ir a buscarlas tan lejos.

—¡Eso es una locura!

—Que costará cara al señor Foyn.

—¿Y qué le importa? Tiene muchos millones.


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93 págs. / 2 horas, 43 minutos / 425 visitas.

Publicado el 25 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

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