Textos más populares esta semana de Emilio Salgari | pág. 7

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autor: Emilio Salgari


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A Través del Atlántico en Globo

Emilio Salgari


Novela


I. UNA SORPRESA DE LA POLICÍA CANADIENSE

—¡Hurra! —rugían diez mil voces.

—¡Viva el Washington!

—¡Hurra por Sir Kelly!

—¿Hay quien acepte una apuesta de mil dólares?

—¿Está usted loco, Paddy? Si apuesta usted, perderá. Yo se lo garantizo.

—¡Doscientas libras esterlinas! —gritó otra voz.

—¿Quién las arriesga?

—¿Por qué?

—Por el éxito de la travesía.

—¡Otro insensato! ¿Tiene usted sobra de dinero para tirarlo así, al mar, Sir Holliday?

—Nada de tirar. Ganaré. Kelly atravesará el océano y descenderá en Inglaterra.

—No; en España —gritó otro.

—¡En España o en Inglaterra, lo mismo da! ¿Quién apuesta doscientas libras?

—¡Mire usted que las va a perder! ¡Que el globo estallará en el aire!

—Y luego se hundirá en el océano.

—Kelly está loco.

—No; está cansado de vivir.

—Ni una cosa ni otra; es un valiente. ¡Hurra por Kelly!

—¡Viva el Washington!

—¡Mil dólares a que perece ahogado!

—¡Dos mil a que su aerostato estalla sobre nuestras cabezas!

—¡Cien libras a que se estrella contra la playa!

—¡Mil a que consigue atravesar el Atlántico!

—¿Las apuesta usted?

—¡Sí!…

—¡No!… ¡Estáis locos!

—¡Hurra por Kelly! ¡Hurra!

Estos diálogos, aquellas exclamaciones, tales apuestas, a cual más extravagantes, cruzábanse en todos sentidos y brotaban por doquier. Yanquis, canadienses e ingleses porfiaban con análoga furia; por todas partes corrían libras y dólares mientras la muchedumbre se agitaba, se empujaba, se agolpaba y se aplastaba contra un vasto recinto, atropellando a los policemen que ya no podían contenerla, y eso que no economizaban los mazazos, que caían como granizo sobre los más impacientes…


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185 págs. / 5 horas, 25 minutos / 905 visitas.

Publicado el 22 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Aventuras Entre los Pieles Rojas

Emilio Salgari


Novela


CAPITULO I. LA PRADERA DEL RIO PECOS

Hace bastantes años, cuando las regiones occidentales de los Estados Unidos dependían de Méjico, una pequeña caravana recorría lentamente, en una calurosa tarde de agosto, las vastas praderas que se extienden a derecha e izquierda del río Pecos.

Ni Tejas ni Nuevo Méjico contaban en aquella época con los numerosos pueblos que tienen en la actualidad. No eran entonces estos Estados más que pequeñísimos centros, a enorme distancia unos de otros y bien fortificados para resistir a las invasiones de los comanches y de los apaches.

Tres personas, que montaban magníficos caballos, componían aquella caravana, que osaba atravesar tan peligrosa región, llevando, además, un pesado furgón arrastrado por ocho parejas de bueyes.

Uno de los tres viajeros era un viejo negro, que probablemente habría sufrido los horrores de la esclavitud; los otros dos, un caballero y una señora, eran de raza blanca, bastante jóvenes y sin duda hermanos, pues se parecían muchísimo.

El hombre no tendría más de treinta años: hermoso tipo, de gran estatura, gallardo y elegante. Tenía la tez bronceada, facciones finas y correctas, ojos negros brillantísimos, y sus cabellos, negros también, caían en desordenados bucles sobre sus hombros.

Su traje, muy cuidado, se componía de unos pantalones de piel de gamo y un jubón de lo mismo, sujeto por ancho cinturón, del que pendían un cuerno lleno de pólvora y un enorme cuchillo de monte; calzaba botas altas, y cubría su cabeza un sombrero de anchas alas, al estilo de los mejicanos.

La joven debía de tener diez años menos y era bellísima. Talle elegante, cabellos más negros que las alas del cuervo, tez aterciopelada y ojos semejantes a los de las mujeres españolas.

Llevaba un traje de paño gris con botones de metal, falda corta y un sombrero de paja de Panamá, adornado con cintas.


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161 págs. / 4 horas, 42 minutos / 749 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Los Horrores de la Siberia

Emilio Salgari


Novela


Ver una vez es mejor que oír cien veces.

Proverbio japonés.

CAPITULO I. LOS DESTERRADOS

Tobolsk es una de las más importantes y pintorescas ciudades del Obi. Situada cerca de la confluencia del Tobol y del Irtich, afluente del Obi, alzase orgullosa aún sobre la estepa, haciéndose distinguir desde larga distancia por sus altivas cúpulas pintadas de vivos colores, y por su imponente kremlin, rodeado de almenados muros.

Como todas las ciudades asiáticas, se divide en dos partes completamente diferentes: la ciudad alta, protegida por el kremlin, situado al pie de una roca que se levanta un centenar de metros sobre el río, y en la que se agrupan el palacio de los agentes gubernativos, con cuarteles y pabellones para la guarnición y la policía; las prisiones de los desterrados, la catedral y otra iglesia secundaria. La ciudad baja está compuesta de casas de mezquina apariencia, habitadas por la población indígena y tártara; de chozas con tejados, en los que relucen al sol las chillonas tintas de sus pinturas.

Aunque muy antigua, pues fue erigida a raíz de la conquista de la Siberia, su aspecto es absolutamente moderno, distinguiéndose en ella como único monumento de pasadas edades el obelisco levantado en honor de Iermak, valiente atamán de los cosacos del Don, que, al frente de seis mil guerreros, aseguró a la Rusia en la mitad del siglo XVI la posesión de aquellas regiones que se extienden desde los confines de Europa hasta el estrecho de Behring.

Su población, compuesta en una pequeña parte de rusos, dedicados al comercio de pieles, de tártaros y de samoyedos, consta de unas quince mil almas, pero tiende constantemente a disminuir.

De cuando en cuando aumenta en algunos millares el número de sus vecinos; pero tal aumento es de poca duración y nada agradable ni deseado por los habituales habitantes, porque se trata de desterrados.


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158 págs. / 4 horas, 38 minutos / 619 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Morgan

Emilio Salgari


Novela


I. LA TRAICIÓN

Cuando despuntó el alba la nave no estaba todavía en condiciones de navegar.

Los carpinteros habían trabajado sin tregua, pero aún no habían logrado tapar por completo la vía de agua abierta a proa, cuyas dimensiones ponían en serio peligro a la nave.

Tampoco el timón estaba terminado, así es que Morgan se veía obligado a esperar otras veinticuatro horas antes de alejarse de aquellos parajes que podían ser peligrosísimos, porque eran frecuentados por las naves españolas.

Durante la noche el velero, arrastrado por alguna corriente, se había acercado tanto a la costa venezolana, que a simple vista se la distinguía vagamente. Cuál era, ninguno lo sabía, porque ni aun el capitán español pudo dar información precisa, afirmando que hacía cuarenta y ocho horas que no podían tomar la altura a causa del huracán.

También el otro barco, abandonado a sí mismo, había sido arrastrado hacia el sur durante la noche, y se le veía a una distancia de diez o doce millas, un poco inclinado sobre babor, pero flotante.

Morgan, que tenía prisa por ponerse a la vela y refugiarse en las Tortugas, y por saber si los otros barcos de la escuadra, que llevaban gran parte de las riquezas apresadas, se habían salvado, no había salido de la cala, donde animaba a los carpinteros.

Hasta los prisioneros españoles habían sido empleados en formar una doble cadena, trabajando con achicadores y cubos, que llevaban llenos de la sentina y vaciaban sobre cubierta.

En esto cayó la noche, sin que el trabajo hubiese terminado, con gran disgusto de la tripulación, que comenzaba a desesperar de conseguir que el velero quedase en condiciones de navegar.

Todos estaban exhaustos, especialmente los hombres de las bombas y los prisioneros dedicados a la cadena; tanto, que varios de éstos, no obstante las amenazas de Pedro el Picardo, se habían negado resueltamente a trabajar más.


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Dominio público
145 págs. / 4 horas, 14 minutos / 612 visitas.

Publicado el 4 de febrero de 2019 por Edu Robsy.

La Estrella de la Araucania

Emilio Salgari


Novela


I. El esqueleto de una ballena

En la guanera del puerto de Stokes se trabajaba febrilmente y sin un momento de tregua, entre el incesante vocerío de los vigilantes y las roncas imprecaciones de los mineros. Unos y otros se sentían a un tiempo casi asfixiados por las pestíferas emanaciones del guano y por el polvo que éste levantaba entre espesísimas nubes sobre las hediondas capas de excremento que por espacio de siglos y siglos depositaran allí las aves marinas.

Había empezado el mes de julio y se presentaba frío y tempestuoso entre frecuentes huracanes que al desencadenarse, levantaban las poderosas olas del Océano Pacífico.

Las numerosísimas islas que flanquean el borde extremo de la América meridional y la cercana tierra del Fuego se hallaban cubiertas de nieve; hasta las mismas costas del Estrecho de Magallanes empezaban a hacerse impracticables a causa de las violentísimas resacas producidas por los impetuosos vientos que suelen reinar en aquellas desoladas regiones.

En la América meridional el mes de julio corresponde al de enero; de modo que cuando en nuestro hemisferio septentrional nos abrasa el calor, allí se hielan de frío.

Había llegado, pues, el momento de abandonar la guanera del puerto de Stokes, de dar un adiós a la isla de la Desolación que estaba a punto de convertirse en un desierto de nieve y retirarse a Punta Arenas o a los puertos chilenos del Pacífico.

Sólo faltaba completar la carga del último buque, que se balanceaba desesperadamente entre las olas del puerto y tenía prisa por salir, antes que un huracán formidable lo lanzara contra la costa o lo condujese a las peligrosísimas y selváticas escolleras de las Once mil Vírgenes.


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224 págs. / 6 horas, 32 minutos / 581 visitas.

Publicado el 23 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Águilas de la Estepa

Emilio Salgari


Novela


PRIMERA PARTE

Capítulo 1. Un Suplicio Espantoso

—¡A él, sartos!… ¡Ahí está!…

Alaridos ensordecedores respondieron a este grito y una ola humana se derramó por las angostas callejuelas de la aldea flanqueadas por pequeñas casas de adobe, de color gris y miserable aspecto, como todas las habitadas por los turcomanos no nómades de la gran estepa turana.

—¡Deténganlo con una bala en el cráneo!

—¡Maten a ese perro!… ¡Fuego!. . .

Una voz autoritaria que no admitía réplica dominó todo ese alboroto.

—¡Guay de quien dispare!!… Cien "thomanes" al que me lo traiga vivo!

El que había pronunciado estas palabras era un soberbio tipo de anciano, mayor de sesenta años, de aspecto rudo y robusto, anchas espaldas, brazos musculosos y bronceada piel que los vientos punzantes y los rayos ardientes del sol de la estepa habían vuelto áspera. Sus ojos negros y brillantes, la nariz como pico de loro y una larga barba blanca le cubría hasta la mitad del pecho. Por las prendas que vestía se notaba en seguida que pertenecía a una clase elevada: su amplio turbante era de abigarrada seda entretejida con hilos de oro; la casaca de paño fino con alamares de plata y las botas, de punto muy levantada, de marroquí rojo. Empuñaba un auténtico sable de Damasco, una de esas famosas hojas que se fabricaban antiguamente en la célebre ciudad y que parecían estar formadas por sutilísimas láminas de acero superpuestas para que fueran flexibles hasta la empuñadura.

A la orden del anciano todos los hombres que lo rodeaban bajaron los fusiles y pistolas y echaron mano de sus "cangiares", arma muy parecida al "yatagán" de los turcos, para proseguir su furiosa carrera a los gritos de:

—¡Atrápenlo!… ¡Rápido!

—¡No hay que dejarlo escapar!

—¡Cien "thomanes" a ganar!…


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183 págs. / 5 horas, 21 minutos / 574 visitas.

Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Los Solitarios del Océano

Emilio Salgari


Novela


PRIMERA PARTE. LOS SOLITARIOS DEL OCÉANO

CAPÍTULO I. LA FURIA HUMANA

Un rugido inmenso, terrible, que parecía salir de las fauces de cien, fieras enfurecidas, brotó como un trueno de la profundidad de la estiba, haciendo huir precipitadamente a las aves marinas que se habían posado sobre los mástiles de la nave.

Al oír aquel rugido, que parecía el anuncio de una tormenta | horrible, más tremenda que las que suelen conmover los mares, los marineros esparcidos por proa y popa interrumpieron las maniobras y se miraron con ojos espantados.

Hasta el capitán, que paseaba por la pasarela, se detuvo bruscamente y una intensa palidez se difundió por su tez, quemada por el sol de los trópicos.

Un joven marinero que se encontraba en el castillo de proa dejó escapar la escota de trinquete y lanzó una rápida mirada sobre el mar.

—¡Los tiburones acuden a devorar otro hombre! —exclamó.

—¡Pues es el décimo!

—¡Eh, bosman! ¡Ya puedes preparar otra hamaca y otra bala de cañón!

El viejo marinero de encorvadas espaldas, con el pecho desnudo y velludo como el de un mono y el rostro cubierto de pelo casi hasta los ojos, se acercó vivamente a la obra muerta.

—¿Los ves, bosman? —preguntó el joven que había anunciado la presencia de los tigres del mar—. ¡Han olfateado otro muerto!

Tres enormes peces-perros, del género de los charcharias, de cinco a seis metros de largo, sacaban su cabezota monstruosa y enseñaban los dientes triangulares que guarnecían su inmensa boca semicircular.

Sus pequeños ojos, casi redondos, con el iris verde oscuro y la pupila azulada, se fijaban con intensidad en la amura de babor, como si desde allí debiera caer entre sus mandíbulas la presa largo tiempo esperada.

—¡Canallas! —exclamó el viejo, amenazándolos con el puño—. ¡Ya os habéis tragado diez!


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270 págs. / 7 horas, 54 minutos / 538 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

La Montaña de Oro

Emilio Salgari


Novela


CAPÍTULO 1. RUMBO A ZANZÍBAR

En la mañana del 15 de agosto del año 1900, un pequeño vapor de dos mástiles surcaba velozmente las aguas del Océano Índico, en dirección a la isla de Zanzíbar.

A pesar de la ligera neblina que aún flotaba sobre el mar, se alcanzaban a divisar las costas de esa tierra de promisión.

Poco a poco fueron perfilándose las colinas rocosas, aunque cubiertas de vegetación, y hacia un costado el esplendor de una gran ciudad oriental, con sus torres macizas y sus típicos minaretes.

Cerca del puerto podía apreciarse el palacio del sultán, con sus sólidas murallas, y, un poco más lejos, el barrio comercial, verdadero emporio donde se acumulan y negocian los productos de la India, África y Europa, y donde viven, en una armonía relativa, mercaderes pertenecientes a las razas más diversas y heterogéneas.

Dos europeos, ubicados en la proa del barco, observaban con sumo interés el aspecto de la ciudad. Si bien ambos conversaban en francés, su porte y su acento permitían deducir que pertenecían a razas distintas.

El de más edad, que aparentaba tener unos cuarenta o cuarenta y cinco años, era alto, delgado, de bigotes y cabellos rubios; por la blancura de su piel parecía dinamarqués o alemán.

El otro, en cambio, bajo y macizo, de tez oscura y cabellos renegridos, aparentaba diez o doce años menos.

Mientras el primero accionaba con la flema característica de los sajones, el segundo demostraba la extraordinaria vivacidad típica de las razas meridionales.

—¡Por fin! —exclamó el rubio al ver delinearse el contorno de la ciudad—. Me estaba cansando de este viaje.

—Tú siempre has preferido volar entre las nubes, Otto —le contestó el más joven.

—Sí, Mateo. Yo he nacido para navegar entre las nubes, y no para ser un marinero como tú.


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129 págs. / 3 horas, 46 minutos / 536 visitas.

Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

La Perla del Río Rojo

Emilio Salgari


Novela


1. LA PAGODA DEL ESPÍRITU MARINO

Un trueno espantoso, que parecía que iba a derrumbarlo todo, seguido de un relámpago deslumbrador, había hecho conmover las inseguras bóvedas de la antigua pagoda Tang-Ki.

La campana, suspendida en lo alto de la pirámide, que ni el tiempo ni los huracanes habían destruido todavía, a pesar de que contaba ya con más de seis siglos de existencia, produjo un sonido broncíneo, semejante al lamento de un moribundo.

Siguieron después mil extraños rumores, como si una muchedumbre de almas en pena se complaciese en, recorrer las desiertas galerías del Monasterio de los bonzos. Retemblaban las paredes, oscilaban, las gigantescas linternas que aún pendían de las bóvedas, golpeaban las pesadas puertas de madera de teca, abriéndose y cerrándose con estrépito.

Gemían los armazones de las pirámides con incesante lamento, mientras ráfagas impetuosas de viento entraban, por las puertas abiertas de la pagoda, arrojando al interior montones de hojas arrebatadas a los bosques vecinos, las cuales rodaban por el pavimento brillante, con un rumor que daba escalofríos.

Sai-Sing se había acurrucado a los pies de Nairan, el dios marino de los tonkineses, cuya estatua, aún blanca, se erguía en medio de la pagoda agigantándose en la oscuridad. Vivo terror se había dibujado en las graciosas facciones de la muchacha y su rostro de color casi alabastrino, se había tornado lívido.

—Tengo miedo —murmuró, envolviéndose apretadamente en su amplio manto de seda blanca—. ¿Oyes, Man-Sciú?

Una forma humana, que estaba echada en tierra junto a la estatua del espíritu Marino, se levantó, dejando oír una carcajada burlona.

—¿La Perla del Río Rojo tiene miedo? —preguntó con voz estridente. ¿Para qué, entonces, me hizo venir? ¿Habrá olvidado ya el juramento de vengar el secuestro del valeroso Lin-Kai?


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152 págs. / 4 horas, 26 minutos / 455 visitas.

Publicado el 24 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

La Costa de Marfil

Emilio Salgari


Novela


Primera Parte. La Costa de Marfil

I. En las orillas del Ousme

—¿Qué podemos hacer?

—¡Aguarda un momento! ¿Estás nervioso por estrenar la carabina?

—Deseo enormemente descubrir a uno de esos monstruosos animales en completa libertad. Hasta ahora sólo he tenido oportunidad de verlos encerrados en los zoológicos de Europa.

—¡Te aseguro que son formidables!

—En compañía de un cazador tan bueno como tú, no tengo miedo; además, por muy hábiles que sean esas enormes masas, creo que no podrán aventajar la ligereza de mis piernas.

—No lo creas, Antao. Aún no hace dos semanas que un pobre obrero del Gran Popo, que vino aquí con intención de cazar a esos animales, fue despedazado.

—¿Cómo si se tratase de una galleta?

—¿Crees que miento?

—¡Lo dudo, Alfredo, lo dudo!

—¿Sí? Pues debo añadir que aquel obrero era un siervo de la factoría del señor Zeinger, aquel alemán tan estupendo al que fuimos a visitar el pasado domingo.

—¡Entonces es que el tal obrero debía de ser tan torpe como un topo gris del país de los aschantis!

—Todo lo contrario, amigo mío. Se trataba de un negro tan grande y ágil como un mono; pero el animal, al que había herido, se abalanzó sobre el desdichado cazador, y antes que pudiera huir lo hizo pedazos.

—¿Crees que esta anécdota sirva para aumentar mi valor?

—¿Acaso deseas regresar a mi factoría?

—Sí; pero llevando con nosotros un hipopótamo. No he venido a África para que las alimañas de esta costa me devoren vivo, sino para conocer bien el país y, de paso, cazar alguno de esos colosales animales.

—Y también para establecer una factoría portuguesa.

—No, aún no, Alfredo. Mis negocios con Brasil me han hecho lo suficientemente rico para permitirme…

—¡Cállate!


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Dominio público
287 págs. / 8 horas, 22 minutos / 671 visitas.

Publicado el 22 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

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