Textos más vistos de Federico Gana publicados por Edu Robsy que contienen 'u' | pág. 3

Mostrando 21 a 24 de 24 textos encontrados.


Buscador de títulos

autor: Federico Gana editor: Edu Robsy contiene: 'u'


123

Estaba de Más...

Federico Gana


Cuento


(Apuntes de un muchacho)


Un pequeño ruido que sentí me despertó, mas no por completo, y me hizo pasar del profundo sopor en que me hallaba sumergido, a una agradable somnolencia.

Todo lo veía como a través de una gasa vaporosa: el ancho rayo de sol que se filtraba por los vidrios de mi ventana, las siluetas de los muebles, el color abirragado del papel de la pieza, el gran cuadro al óleo que representaba a nuestro santo popular, fray Andrés, que la mano piadosa de mi madre colocara frente a mi cama, a manera de ejemplo plástico para mi cumplida conversión al catolicismo apostólico y romano, el gato negro que se restregaba con voluptuosidad contra las patas del catre, roncando dulcemente, y que era el matutino visitante que me había despertado abriéndome la ventana.

Con ese dulce semisueño dejaba yo transcurrir el tiempo; buscaba mil cosas agradables y confusas.

De pronto, vi que la puerta movíase con suavidad, y me pareció, en seguida, escuchar un ruido sobre la alfombra: eran unos pasos vacilantes que yo conocía muy bien.

Mis ojos nublados de sueño, vieron entonces a la vieja Micaela, que avanzaba trabajosamente encorvada, con la cabeza hundida en los hombros, apoyándose en su bastón, hacia una silla que había a los pies de mi lecho. En sus manos traía algo así como un papel o pequeño envoltorio que no pude distinguir con claridad.

Se sentó pesadamente en una silla, dejó a un lado su bastón, apoyó los codos en las rodillas y la barba entre las manos, y así permaneció inmóvil, contemplándome en silencio.


Leer / Descargar texto

Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 55 visitas.

Publicado el 29 de junio de 2022 por Edu Robsy.

La Capa Encarnada

Federico Gana


Cuento


(De las Memorias de un Bohemio)


...Así, escribiendo lo que me pasa por la cabeza, me olvido de lo presente y mi alma parece entibiarse con el recuerdo. Viejo y pobre estoy ahora, y esta mañana de invierno me hace sentirme más viejo, más solo y más pobre que nunca.

La pieza donde estoy hospedado ahora, que no tiene alfombra en el suelo ni papel en las paredes, solo me cuesta una miseria, y hace varios meses que debo el arriendo. ¿Lo pagaré alguna vez?

Como estoy solo, entre algunos amigos pobres paso estas escaseces, y así va corriendo mi vida. ¡Ah! ¡qué vida, Dios mío!

Con los años, y más que con los años, con la soledad, no tengo fuerzas para pensar en hacer algo. Es tan difícil encender e entusiasmo cuando uno no tiene nada que le aliente.

Y así voy por las calles pascando mi levita raída y mi cabeza gris, sin saber a dónde ir.

Ahí, en la pared blanqueada de cal, colgando fúnebremente de un clavo, está mi viejo paletó de invierno. ¡Cuántos anos, cuántos inviernos han pasado sobre los dos!

En otro tiempo, cuando lo compre, yo era casi tan pobre como ahora; pero, en fin, había algo que hacer, algo en que pensar...

Trabajaba yo en una imprenta, la de la primera “Linterna” que se fundó. ¡Con cuánto entusiasmo, ingenuidad y alegría se escribía entonces sobre la libertad, la igualdad, la fraternidad! Ahora todo eso está viejo y gastado como ese pingajo mugriento.

Yo tenía en el diario la sección de la tijera, hacía de cuando en cuando algunas traducciones del francés y contrataba avisos, de todo lo cual solía sacar mis ochenta pesos al mes.

Debo decir aquí que ya en aquella época estaba solo, porque mi madre había muerto y jamás llegué a conocer a mi padre.

Poco después de entrar a la imprenta, me trasladé de la casa de pensión en que estaba hospedado, uniéndome a una jovencita con la que me casé en un día de hermoso sol.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 41 visitas.

Publicado el 28 de junio de 2022 por Edu Robsy.

La Historia del Pobre Giuseppe

Federico Gana


Cuento


Habíamos hablado largo de mil tópicos; no faltó, naturalmente, en esa charla el del alcoholismo, sus males, sus características, el empuje y la decisión de los norteamericanos para cortar de raíz el terrible vicio.

De pronto, un amigo mío dado a las letras, o, más bien dicho, a la pobreza y a la bohemia, dijo alegremente:

—¿Se han fijado ustedes en cómo excita la imaginación el alcohol, en tal forma que casi todos los borrachos son embusteros, verdaderos novelistas, aunque en su estado natural sean los hombres más verídicos del mundo?

Les referiré —agregó— a este propósito algo que yo observé hace poco, la otra noche, y que daría materia para una historia sentimental.

Como ustedes saben —continuó—, hace ya algunos años que estoy separado de mi familia: la vida vagabunda que llevo no me permitiría albergarme en un hogar decente. Estoy hospedado muy lejos del centro, en un barrio que yo me sé y ustedes no conocen, en una piececilla donde no hay más muebles que una cama, un trípode que me sirve de velador y una silla que hace las veces de lavabo. Allí, en estas noches de invierno, hilvano todas esas novelillas y articulejos que ustedes ven aparecer siempre en diarios y en revistas.

Una de estas frías y lluviosas noches de fines del pasado otoño, subo a un tranvía para dirigirme a mi domicilio. Era un atardecer heladísimo; lloviznaba y del cielo nebuloso y sombrío parecía derramarse sobre los hombres y las cosas tristeza, aburrimiento, desazón. El tranvía, casi desierto; algunas mujeres andrajosas aquí, allá, en silencio. De pronto oigo una conversación en voz alta, tan alta que el que la entabla parece querer llamar la atención de todos los pasajeros sobre su persona. Me vuelvo y veo a dos individuos sentados frente a frente.


Leer / Descargar texto

Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 55 visitas.

Publicado el 29 de junio de 2022 por Edu Robsy.

Una Incorrección Administrativa

Federico Gana


Cuento


Bebíamos en silencio nuestro café aquel amanecer de invierno en casa del secretario del juzgado en aquel proceso criminal, homicidio con reincidencia.

El fusilamiento del delincuente debía verificarse en algunos instantes más; el coche del juzgado nos esperaba a la puerta. Sobre la mesa estaba el expediente, y yo leí in mente estas palabras escritas sobre la portada con grandes letras negras: “Pascual Ortiz.—Homicidio”.

Sabía vagamente el hecho: primer asesinato con ensañamiento, condena a 20 años de presidio; segundo asesinato, en las salas de trabajo de la Penitenciaría, condena a la pena de muerte, que debía cumplirse ese día.

Cierta malsana y juvenil curiosidad profesional de abogados despreocupados como éramos mi amigo y yo entonces, nos había incitado a pedir a nuestro colega Pedro Reyes que nos invitase esa mañana a presenciar el macabro espectáculo.

Y ahí estábamos ahora ante la próxima e inevitable muerte de un ser humano desconocido, hablando futilezas.

Reyes sacó de pronto su reloj y nos dijo, tomando nerviosamente el voluminoso legajo que había sobre la mesa: “Vamos, ya es hora”.

Instalados en el coche, guardábamos silencio, siempre sugestionados tal vez por la impresión que se reflejaba en el bondadoso semblante de Pedro Reyes, que miraba con fijeza hacia un punto indefinido del horizonte, mordiéndose con fuerza los labios.

El coche dejaba atrás los barrios elegantes del centro comercial de Santiago, las calles de Dieciocho, Castro, doblaba por Ejército y bordeaba el oriente del Parque Cousiño. Al contemplar nuestro amigo la libre extensión de los campos del parque envueltos a esa hora matinal en las brumas de ese amanecer nebuloso, su rostro abstraído se contrajo, sus ojos leales y puros parecieron mirar hacia adentro, como atacados de un súbito estrabismo, lanzó un hondo suspiro y exclamó en voz baja, estrangulada:


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 46 visitas.

Publicado el 29 de junio de 2022 por Edu Robsy.

123