Textos más populares esta semana de Federico Gana | pág. 3

Mostrando 21 a 24 de 24 textos encontrados.


Buscador de títulos

autor: Federico Gana


123

La Jorobada

Federico Gana


Cuento


Aquella tarde de invierno regresaba del pueblo vecino al fundo, de donde partiera a buscar noticias, los diarios, la correspondencia, algo, en fin, para desvanecer el aburrimiento de mis monótonos y solitarios días campesinos; pero aquel poblacho de casas bajas, aplastadas, sucias, de callejas ruinosas, desiertas, llenas de agua y barrizales; aquella pequeña botica de las señoritas Díaz, club del pueblo, donde me detuviera a saber cualquier hecho interesante, aumentaban mi nerviosa hipocondría; los desocupados que acostumbraban reunirse ahí, habíanme mirado con un aburrimiento igual o mayor que el mío, interrogándome, además, ansiosamente, si sabría algo de nuevo.

Marchaba, pues, lentamente por la ancha y desierta avenida de las afueras del pueblo; las bridas flojas caían sobre el cuello de mi caballo. Sobre mi cabeza, gruesas, desgarradas nubes negras preñadas de agua, a través de las cuales divisaba alguna estrella en el azul borroso, dejaban caer sobre mí tal cual grueso goterón; si volvía la vista, divisaba en el creciente crepúsculo una bruma espesa de humo y de nieblas que se elevaba lentamente de ese pueblo maulino edificado entre pantanos y basurales.

Después de marchar buen rato por esa avenida, encontrábame a la salida del pueblo, en los últimos arrabales.

Trasmonté la línea férrea, miré a mi derredor y vi que tenía delante los caminos rurales, el campo libre.

La noche había caído ya por completo; ante mí se extendían los potreros sumergidos en la húmeda sombra.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 66 visitas.

Publicado el 29 de junio de 2022 por Edu Robsy.

En las Montañas

Federico Gana


Cuento


A Nicolás Pena


Me parece verlo todo aun, pero tan confusamente, tan lejano, y sin embargo...

Allí está el pequeño chalet, y, a la entrada, el jardincillo y la senda de arrayanes en flor; al frente, los hornos del establecimiento de fundición, enormes y negros; más allá, los tapiales y los potreros, los verdes potreros de alfalfa junto al río Cachapoal, cuyo sordo ruido me parece escuchar todavía.

Y estoy allá, en la ribera de ese río, entre aquellas grandes piedras violáceas, lamidas por el agua espumosa, tan lisas, tan extrañas... ¡Cómo brillan sobre la arena los guijarros de colores! Los hay rojos como la sangre, blancos como el alabastro y obscuros como el hierro. ¡Cómo caen y desaparecen en la corriente, lanzados por mi mano infantil; con qué ruido metálico chocan contra los grandes peñascos!

Y veo el sauce seco al lado de los corrales; y también estoy yo, allá arriba, encaramado en sus últimas ramas, como un conquistador, rodeado de rapaces harapientos de ambos sexos que, admirados de mi audacia, permanecen desde abajo contemplándome con la boca abierta. Voy a hacer una prueba, una maroma nunca vista... Los niños gritan, agitando atemorizados las manecitas; la rama cruje... mi pie resbala, y caigo, caigo pesadamente sobre la dura tierra. No es nada, me voy a levantar al instante; no es nada, y mis rodillas permanecen como clavadas en el suelo. Los niños corren hacia la casa dando alaridos; una sirviente viene azorada; trato de levantarme, y ruedo de nuevo por el suelo. La sirviente extiende un gran pañuelo verde y negro y me lleva, como en un saco, mientras aprieto los dientes para no gritar y dos gruesas lágrimas resbalan por mis mejillas...


* * *


Leer / Descargar texto

Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 61 visitas.

Publicado el 15 de enero de 2022 por Edu Robsy.

Estaba de Más...

Federico Gana


Cuento


(Apuntes de un muchacho)


Un pequeño ruido que sentí me despertó, mas no por completo, y me hizo pasar del profundo sopor en que me hallaba sumergido, a una agradable somnolencia.

Todo lo veía como a través de una gasa vaporosa: el ancho rayo de sol que se filtraba por los vidrios de mi ventana, las siluetas de los muebles, el color abirragado del papel de la pieza, el gran cuadro al óleo que representaba a nuestro santo popular, fray Andrés, que la mano piadosa de mi madre colocara frente a mi cama, a manera de ejemplo plástico para mi cumplida conversión al catolicismo apostólico y romano, el gato negro que se restregaba con voluptuosidad contra las patas del catre, roncando dulcemente, y que era el matutino visitante que me había despertado abriéndome la ventana.

Con ese dulce semisueño dejaba yo transcurrir el tiempo; buscaba mil cosas agradables y confusas.

De pronto, vi que la puerta movíase con suavidad, y me pareció, en seguida, escuchar un ruido sobre la alfombra: eran unos pasos vacilantes que yo conocía muy bien.

Mis ojos nublados de sueño, vieron entonces a la vieja Micaela, que avanzaba trabajosamente encorvada, con la cabeza hundida en los hombros, apoyándose en su bastón, hacia una silla que había a los pies de mi lecho. En sus manos traía algo así como un papel o pequeño envoltorio que no pude distinguir con claridad.

Se sentó pesadamente en una silla, dejó a un lado su bastón, apoyó los codos en las rodillas y la barba entre las manos, y así permaneció inmóvil, contemplándome en silencio.


Leer / Descargar texto

Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 55 visitas.

Publicado el 29 de junio de 2022 por Edu Robsy.

La Historia del Pobre Giuseppe

Federico Gana


Cuento


Habíamos hablado largo de mil tópicos; no faltó, naturalmente, en esa charla el del alcoholismo, sus males, sus características, el empuje y la decisión de los norteamericanos para cortar de raíz el terrible vicio.

De pronto, un amigo mío dado a las letras, o, más bien dicho, a la pobreza y a la bohemia, dijo alegremente:

—¿Se han fijado ustedes en cómo excita la imaginación el alcohol, en tal forma que casi todos los borrachos son embusteros, verdaderos novelistas, aunque en su estado natural sean los hombres más verídicos del mundo?

Les referiré —agregó— a este propósito algo que yo observé hace poco, la otra noche, y que daría materia para una historia sentimental.

Como ustedes saben —continuó—, hace ya algunos años que estoy separado de mi familia: la vida vagabunda que llevo no me permitiría albergarme en un hogar decente. Estoy hospedado muy lejos del centro, en un barrio que yo me sé y ustedes no conocen, en una piececilla donde no hay más muebles que una cama, un trípode que me sirve de velador y una silla que hace las veces de lavabo. Allí, en estas noches de invierno, hilvano todas esas novelillas y articulejos que ustedes ven aparecer siempre en diarios y en revistas.

Una de estas frías y lluviosas noches de fines del pasado otoño, subo a un tranvía para dirigirme a mi domicilio. Era un atardecer heladísimo; lloviznaba y del cielo nebuloso y sombrío parecía derramarse sobre los hombres y las cosas tristeza, aburrimiento, desazón. El tranvía, casi desierto; algunas mujeres andrajosas aquí, allá, en silencio. De pronto oigo una conversación en voz alta, tan alta que el que la entabla parece querer llamar la atención de todos los pasajeros sobre su persona. Me vuelvo y veo a dos individuos sentados frente a frente.


Leer / Descargar texto

Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 55 visitas.

Publicado el 29 de junio de 2022 por Edu Robsy.

123