¿Aldeas? En buena hora. Pero en el lienzo para adornar mi gabinete o en el libro para decorar mi estantería. Ni más ni menos.
Así las conocía yo. Y sabía de ellas que contempladas desde el último
cerro de su horizonte al caer el sol, cuando los senderos de la montaña
eran recorridos por los pacíficos campesinos que de vuelta de sus
faenas tornaban al hogar, azada o garrote al hombro, dejando oir
canciones llenas de melancolía, entremezcladas sus notas con el
estruendoso concierto de cigarras, grillos y ranas, meciéndose también
por los espacios el triste son de la campana de oraciones y el tintineo
de las esquilas del ganado; contempladas, decía, a la traslumbre del
crepúsculo, con su esbelta torre en silueta alzada en mitad de
blanquísimas casitas “que como ovejas rodeadas al pastor en apretado
conjunto circundaban la bonita iglesia”, debían de ser el non plus ultra
de las cosas de gusto, con aquellos arroyuelos lamiendo sus viviendas,
con aquellos álamos prestándolas sombra, con aquel imprescindible pozo
de limpio brocal, en que las muchachas del pueblo, limpias como armiños y
lindas como perlas, mostrando bajo la “corta y honesta falda” su media
como la nieve y su zapatito negro, escuchaban idílicas declaraciones del
garrido y apuesto zagal que entre fogoso y ruborizado las miraba de
soslayo, mientras en el viejo pilastrón de cantería verdinegra con
candilillos y hierbas en las junturas, bebía su recua de borricos—alguno
quizá dando también al viento su amorosa queja en un rebuzno
poderoso...
Así las conocía yo... ¡Cuál me engañabais, oh caros novelistas y poetas!
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