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La Corruptora y la Buena Maestra

Fernán Caballero


Novela corta


Al Excmo. Sr. D. Cándido Nocebal

Señor y amigo:

Cuando hace algún tiempo escribí el adjunto bosquejo, había pensado, antes de darlo a la estampa, haber hecho del bosquejo un cuadro con detalles más concluídos y con colores más vivos, pero en vista de que una reciente enfermedad me tiene por ahora con las fuerzas perdidas y el ánimo caído, mando a usted el bosquejo tal cual lo escribí, semejante a un capullo al que un norte frío y seco ha pasmado, sin dejarlo dilatarse y tomar colores. La idea en que se funda está demostrada; si esto basta, reciba usted este pobre y débil «sietemesino» con esa indulgencia, hija de su amistad, que tanto complace, favorece y honra a su agradecido amigo.

Fernán Caballero.

I

Parose ante la puerta de una casa principal, en una de las calles más céntricas de Madrid, uno de esos ligeros carruajes para uso de los jóvenes ricos y fastuosos que bien o mal guían sus propios dueños. Saltó al suelo el de este carruaje, entregando al lacayo las riendas del magnífico caballo extranjero que de él tiraba, y se dirigió a la casa.

Era un joven alto, bien parecido, cuya elegancia en el traje no tenía más defecto que su misma exageración; la exageración en todas materias es el ímpetu que traspasa el blanco.

En el portal se encontró frente a frente con otro joven que llegaba a pie a la misma casa. Su físico era agradable; grave y dulce la expresión de sus ojos negros, vestido bien, aunque con mucha más sencillez y modestia que el primero.

Apenas se vieron, cuando, con una exclamación de gozo, cayeron en brazos uno de otro.

—¡Isidro! Provinciano inamovible, ¿tú en la coronada villa? —preguntó el del carruaje.

—¿Y tú, injerto parisiense? ¿Cómo tú por estos vulgares Madriles, privado de todos los encantos en las orillas del Sena? Verte por aquí me causa a mí igual extrañeza —contestó el interrogado.


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Dominio público
43 págs. / 1 hora, 16 minutos / 255 visitas.

Publicado el 11 de mayo de 2019 por Edu Robsy.

La Flor de las Ruinas

Fernán Caballero


Cuento


Capítulo I

A principios de este siglo, y antes de la invasión de los franceses en la Península Ibérica, se había reunido una numerosa sociedad en una de las casas de campo que circundan a Lisboa como macetas de flores.

Entonces la política estaba circunscrita al Gobierno. ¡Ojalá sucediese hoy lo mismo! Así podríamos decirle con el descanso que exclamaba un marido al contemplar el panteón de su mujer:


Ci gît ma femme... ¡Ah! qu'elle est bien
pour son repos, et pour le mien!


(Aquí yace mi mujer...
Ella descansa, y yo también.)


De esto resultaba que en las sociedades no disputaban, sino que se divertían, los concurrentes. No tomaban los hombres, para darse importancia y talante de hombres públicos, esos afectados aires de madurez, harto desmentidos en la vida privada; ni se anticipaba una agria y criticadora vejez. Por el contrario, se prolongaba, alguna vez con exceso, una alegre y móvil juventud; lo que, a lo menos, no hacía a los hombres antipáticos, hipócritas y arrogantes, ni peor al Gobierno.

Las mujeres, sin tener pretensiones algunas al espíritu de independencia que les quieren inocular las ideas avanzadas, no aspiraban a ser libres; pero eran de hecho soberanas; lo que engendraba el buen gusto y finura de aquella sociedad. La influencia de la mujer es la más selecta cultura que recibe el hombre.


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Dominio público
18 págs. / 31 minutos / 286 visitas.

Publicado el 28 de junio de 2020 por Edu Robsy.

Un Vestido

Fernán Caballero


Cuento


Caridad quiere decir amor. Hay tres clases de amor incluidas en esta denominación: el amor a Dios, que es la adoración; el amor a nuestros iguales, que es la benevolencia, y el amor a los pobres y los que padecen, que conserva el nombre de este amor teologal: caridad.

Si, por desgracia, en nuestra acerba y descreída era están tibios y aminorados los dos primeros, no lo está por suerte el último, que permanece en el siglo como una cruz en la cúspide de un edificio que van invadiendo, al menos al exterior, las frías aguas del indiferentismo.

Mientras más cunda la miseria merced a causas que no es del caso ni de nuestra incumbencia examinar, pero entre las cuales, no obstante, citaremos el lujo, que, semejante a un despreciable afeite, pero siendo en realidad una mortífera lepra, se va extendiendo sobre toda la sociedad y la carestía de los artículos de primera necesidad, que oprime y ahoga a las clases menesterosas como un dogal, mientras más cunda, decimos, la miseria, más ostensiblemente corre a su auxilio la caridad. Desde los graves hermanos de San Vicente de Paúl, que edifican al público, hasta los alegres histriones que lo divierten, todos concurren al misino objeto. Centuplica la caridad sus recursos y después que las señoras, imitando el ejemplo de las santas, le han dedicado los primores de sus agujas, los hombres, a su vez, las imitan, dedicando al mismo fin los trabajos de sus plumas. No elogiaremos este buen propósito; las buenas obras, sinceras y puras, tienen su pudor, que rechaza el elogio como una recompensa, puesto que la dádiva que obtiene premio no es tan dádiva como la que nada recibe, y esta es la razón por la que tantas almas piadosas ocultan el bien que hacen, mortificadas que son por la alabanza que excita.


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Dominio público
7 págs. / 12 minutos / 179 visitas.

Publicado el 2 de enero de 2019 por Edu Robsy.

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