Textos por orden alfabético inverso de Francisco A. Baldarena disponibles

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autor: Francisco A. Baldarena textos disponibles


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Zapato de Cristal

Francisco A. Baldarena


cuento


Cenicienta levantó la vista: en el reloj del salón faltaba un minuto para la medianoche. ¡Qué fatalidad!, un minuto y adiós encanto. Se disculpó con el príncipe, diciéndole que iba al baño y ya volvía. Pero agarró el rumbo de la salida, cruzando el salón a alta velocidad. Bajaba la escalinata del castillo cuando se le salió un zapato. Amagó volver a recogerlo, pero entre los bailarines vio al príncipe viniendo hacia la salida. A segundos de la expiración del encanto y volver a ser la zaparrastrosa de siempre, desistió del zapato y se lanzó de cabeza dentro del carruaje, estacionado en la entrada. El cochero, preparado para la emergencia, azotó el lomo de los caballos y con un poderoso "arre, carajo" se alejó a toda prisa. El príncipe, que se había agarrado un metejón de aquellos con la princesita, sin saber qué pensar sobre la repentina huida de su querida, se puso tristongo y agachó la cabeza, y en eso vio el zapato de cristal, caído en uno de los escalones. 


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Publicado el 27 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Wupy

Francisco A. Baldarena


cuento, ciencia ficción


I- UN REGALO PELUDO DESDE LA LUNA


Delante de uno de los grandes ventanales de la terminal espacial, Fergusson escrutaba con ansiedad el inmenso rojizo cielo marciano; de un momento a otro el brillo de las luces denunciarían la proximidad de la nave que traía desde la luna el regalo del próximo cumpleaños de su hijo Sven: un perro. 


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Publicado el 10 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Vampirium

Francisco A. Baldarena


cuento


El vampiro abrió los ojos y encendió el candelabro: en la pared opuesta el reloj, en su pendular infinito, marcaba las seis de la tarde. Tenía hambre y sed, un ansia de ambas en una sola: sangre. Como cada noche en que había luna llena. 

¡Ah, la noche pasada!, suspiró. 

Había estado apostado frente a una plaza durante horas y horas a la espera del alimento. Sí, los buenos tiempos para la caza eran parte de un pasado mejor. En el mundo actual, supervigilado, era necesario una destreza que trescientos años antes, cuando contaba con veinte ágiles años, era impensada. pensando en ello y en la luna llena, le vino entonces a la memoria, una lejana noche de invierno. 

La taberna estaba repleta (a los hombres el frío invernal no les impedí­a llegar, pero sí abandonarla). Afuera, transformado en murciélago, esperaba colgando del arco de un farol que una presa decidiera volver a su casa o salir a orinar. El jolgorio en el interior escapaba por las hendijas de las tablas y llegaba hasta sus oídos sin producirle ninguna emoción (él ya no sufría de ese tipo de mal). En cambio, en noches de luna llena era acometido de uno que lo tenía a mal traer: ansia, un hambre incontrolable que dominaba sus sentidos, haciendo que al momento de capturar la presa la vaciara de una sola chupada. Por aquellos días se preguntaba si sería siempre así o con el tiempo su organismo conseguiría el equilibrio adecuado, donde unos pocos mililitros de sangre le bastasen para igualar sus noches desiguales; hace tiempo que sabe que no. Ah, cómo odiaba las noches de luna llena, porque se sentía como se sienten los viciados, que nunca es lo bastante y siempre están queriendo otro poco. Sí, como un viciado dominado por un solo pensamiento: sangre y más sangre. 


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Publicado el 3 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Una Mano

Francisco A. Baldarena


cuento


La mano apareció una noche del invierno pasado. 
   Yo andaba por la cocina cuando oí que llamaban a la puerta. Pregunté quién era y nadie respondió; sospeché que fuese un ladrón, por eso no abrí. Por unos momentos me quedé con la oreja pegada a la puerta, pero como no oía nada, volví a la cocina. Al rato, nuevos golpes se hicieron oír. 
   ¿Por qué no toca el timbre?, me dije. 
   Recuerdo que lo primero que noté cuando vine a ver la casa fue la falta de mirilla en la puerta. Se lo comenté al corredor de inmuebles y él me respondió, imprimiendo a la respuesta un carácter justificativo, que por el precio que pedía el dueño la falta de mirilla no era nada. Y tenía razón, pero vaya a saber por qué la dejé así como estaba. 
   Volví a preguntar quién era, y nuevamente nadie contestó. Entonces fui a ver por la ventana. Nada. 
   Tal vez un gracioso, pensé. Hubo un tiempo en que yo hacía gracias de ese tipo. ¡Si habré tocado timbres cuando era chico! ¡¿Y cascotear techos entonces?! 
   Ya volvía a la cocina cuando volvieron a llamar. 
   ¡Pero la puta madre!, grité, perdiendo la paciencia, y tras la puteada me mandé a la pieza, y del ropero saqué el bate de baseball que encontré un día tirado por ahí. 
   Abrí la puerta de golpe, dispuesto a rajarle la cabeza al primero que asomase la cara. ¡Pero qué carajo!, no vi a nadie. Inspeccioné entre las plantas del jardín y nada. 
   Pero... 
   Justo en la entrada de casa, creí tocar algo con el pie y fue ahí que la vi: una mano, una mano humana, viva, autónoma. Rápidamente me di vuelta y fui a registrar el jardín, pero no di con el cuerpo al cual pertenecía la mano. Pensé, y valga la redundancia, por qué no darle una mano a esta mano. Así que la llevé adentro.


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Publicado el 27 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Tristeza

Francisco A. Baldarena


cuento


La incertidumbre de su ser, su ser sin identidad, su ser de ausencia de nombre y de voz, lo perturbaba, pero sobre todo le perturbaba la indiferencia para con él, y más aún cuando todos le dieron la espalda al desviar sus miradas hacia otros ángulos; primero hacia la televisión recién comprada y un tiempo después hacia la calle, luego que la asfaltaron y parecía que todo el pueblo pasaba frente a la casa. Pero la verdad su naturaleza siempre había sido de tristeza permanente, y lo peor: sin un por qué, y que si lo había, lisa y llanamente, él lo ignoraba. Y así permaneció, más ignorado que nunca, hasta que la tristeza se ensanchó cuando los hijos crecieron y se fueron de la casa y los padres y los tres perros no alcanzaron para rellenar tanta soledad a su alrededor. 
   Y eso se prolongó por años. 
   Con el tiempo, la mujer dejó de arrastrar sus penosas horas por los rincones oscuros y se recluyó en su habitación, de la cual no salió más, y el hombre empezó a sumirse en el sofá el día entero, donde miraba con ojos cansados, de la mañana a la noche, la realidad del mundo televisada, todo el tiempo quejándose del destino de viejo olvidado por los hijos y por la sociedad y maldiciendo al gobierno de turno y los constantes aumentos de todo menos de su pensión. Para agravar la tristeza, la suya y la de la casa, una mañana las persianas no se abrieron y así continuaron día tras día, clausuradas, cerradas como a perpetuidad. Fue entonces cuando la penumbra se apoderó de cada rincón, y solo en días de mucho sol alguna que otra sombra muda, como sombra de fantasma, se colaba por los intersticios de las persianas, apenas insinuando que más allá de la casa la vida continuaba.


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Publicado el 27 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Soñé con Gatos

Francisco A. Baldarena


cuento


1

 

Anoche soñé con gatos. Uno era mío, totalmente negro y que yo sospeché que fuese Boris, una réplica de pantera en miniatura, que una vez ya lejana fue parte de mi vida por muy poco tiempo, exactamente hasta que se le dio por robarse una milanesa, y no se me ocurrió mejor cosa que revolearlo a una casa de tapial alto a diez cuadras de la mía. 

   El otro era una gata azul, sentada sobre un par de piernas hermosas de las cuales no quise mirar la cara de su dueña para no ilusionarme, o lo contrario, que sería mucho peor. 

   Estábamos los cuatro dentro de un cine, en el intervalo de una película, y separados por el pasillo entre las filas de butacas. Fue la insistencia de mi gato, que también estaba sobre mis piernas, en mirar hacia el otro lado del pasillo lo que me hizo seguir la dirección de su mirada y descubrir la gata azul, y las piernas hermosas. 

   Dale, anímate, le dije, a Boris, claro. La dueña de la gata, quizás pensando casi lo mismo que yo, le habría dicho algo parecido a su mascota porque la gata saltó al piso y por debajo de las butacas llegó hasta el palco, donde se metió por un hueco de una tabla que faltaba. Entonces mi gato fue atrás de la aventura. 

   Después el sueño se volvió caótico como todo sueño, donde no faltó un freezer, un tío despreciable, un caballo medio ahorcado, verduras y un amigo colombiano llevándose un manojo de ajo porro fiado que yo vendía sobre una manta, entre la primera fila de butacas y el palco.

 

2

 


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Publicado el 6 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Shinegoni

Francisco A. Baldarena


cuento


Shinegoni Kido, leyendo en la sección amor por correspondencia en un diario de Matsue, se interesó por una chica cubana llamada Rosario y decidió escribirle. 


La carta de Shinegoni decía así: 


   Quelida Losalio: me encantalía colespondelme contigo. Aquí van algunos datos soble mi pelsona. Soy muy tlabajadol, tengo casa plopia y me gusta el mal, la alena y también paseal pol la montaña. Además soy bastante caselo y me gustalía tenel tles niños: dos valones y una mujel. Bien, quelida Losalio, pol ahola no tengo mucho más pala decilte. Espelo tu lespuesta espelanzoso. 


Con caliño, Shinegoni. 


   Pasó un mes y llegó la respuesta de Rosario. 


La carta de Rosario decía así: 


   Quelido Shinegoni, te cuento que tu calta me ha dejado muy contenta. Veo que ambos cleemos en el amol sin flontelas. A mí también me encantalía conocelte y de sel posible lo más bleve posible. Soble mí debo decilte que me gusta tlabajal, me gustan las laboles del hogal, asal pan, hacel toltas, en fin, la culinalia en genelal. Yo también soy muy casela, aunque de vez en cuando me gusta il a vel el mal. Bien, quelido Shinegoni, hasta ahola esto es todo lo que tengo pala contalte soble mi vida. 


Atentamente: tu cubanita enamolada. 


   La madre de Shinegoni al ver que su hijo, que tan contento se había puesto cuando lo llamó el cartero y ahora, sin embargo, se lo veía triste y callado, se le acercó para indagar al respecto. 


   Dime, hijo mío, ¿qué tienes que te veo tliste y cabizbajo, tan contento que estabas hace poco? Shinegoni rompió en lágrimas y se arrojó a los brazos de su amada madre y entre sollozos desgarradores le contó sobre su pesar: 


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Publicado el 27 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Sarajevo

Francisco A. Baldarena


cuento





28 de julio de 1914, Sarajevo, Bosnia y Herzegovina  


A la señora Vedrana Sabo le gustan demasiado las lechuzas, como si no existieran otros animales; vive rodeada de incontables objetos de los materiales más diversos, cuyo motivo es una lechuza, o varias juntas. Cuadros, alfombras, cortinas, manteles, toallas, pequeñas estatuas... Para donde quiera que uno mire, dentro y fuera de la casa, siempre hay una lechuza en algún lugar, o varias juntas. Sus únicas compañías, por cierto, ya que vive sola; su marido ha muerto por una bala perdida en las revueltas de 1875 y no tuvieron hijos. 





Ha trabajado mucho hoy en el jardín y está exhausta. Se recuesta en la cama y pronto se duerme plácidamente. Unos chirridos la despiertan violentamente. 





Son chirridos conocidos por todos y también temidos. Se sienta, tiembla; el miedo se le mete por las orejas. Mira a un lado, mira al otro y las ve: la talladita en marfil sobre la cómoda, regalo del fallecido, y su doble, reflejado de espalda en el espejo oval que tiene atrás, y la que está posada en un gajo de un árbol en un bosque iluminado de un gris muy denso, en el cuadro colgado en la pared opuesta. Abriendo los picos y chirriando, las dos juntas, complotadas. Pero la forma implacable como la miran, sobre todo, es lo que más la perturba. 





Se arma de coraje y sale de la habitación: más chirridos ensordecen todo el pasillo en penumbras. No ve a ninguna de las otras todavía, pero las oye; y el mensaje ominoso es claro: ella es la única destinataria. 
   
   "Lechuza chirriando es muerte segura". 
   
   Se estremece más y se paraliza, y duda. Está entre que tiene un disturbio mental, síntoma del declinio de su mente octogenaria, y que está sufriendo una especie de delirio.


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Publicado el 2 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Sábado

Francisco A. Baldarena


cuento


Estoy en mi cuarto, tranquilo, escuchando música, sin pensar en nada. De pronto veo la figura siniestra de mi mamá, entrando de sopetón. Aclaro: lo de siniestra es porque hoy es sábado (cero escuela, apenas descanso), pero si doña Mirtita está acá, es que quiere que haga algo por ella.    


Y antes que abra la boca yo ya sé (nunca falla), que lo que sea quiera que haga me demandará toda la mañana, es decir, un cuarto de fin de semana perdido para siempre. 


Prepárate que tenés que pasar por la casa de tu abuela Toti (qué dije), que necesita que le comprés unos remedios en la farmacia, me ordena Mirtita, con el acostumbrado olvido de preguntar si uno puede o no hacer lo que ella quiere. 

   


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Publicado el 15 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Regalo de Navidad

Francisco A. Baldarena


cuento


1 - 


Dentro de casa, sentada en la mesa de la cocina, Laurencia contaba las moneditas que guardaba desde hacía mucho tiempo en una lata de galletas en el armario encima del fogón y la batea de cemento, mezclada con otras latas; economía extra destinada a la compra de un televisor en blanco y negro, usado, en la próxima navidad. 
   
"Si Dios quiere", decía a cada monedita que dejaba caer dentro de la lata, y llena de esperanza se santiguaba varias veces, a modo de completar el pedido para que le llegara al Creador bien bonito. 

      Las monedas, una a una, ahora que ya habían tapado por completo el fajo de billetes, que Lurencia a cada cierta cantidad de monedas cambiaba en el almacén de ramos generales de los López, repiqueteaban en un monótono tin-tin, mientras Laurencia soñaba con la navidad.     

     De pronto un grito la arrancó de sus pensamientos: Alguien la llama, de afuera venía el llamado. Laurencia arrojó el puñado de monedas que faltaba contar y gritó: 
   
   !Ya va! Y enseguida se asomó de la penumbra de la cocina, amparándose la vista con las dos manos; asimismo, porque el solazo de aquella hora abarcaba todo el patio, una muralla de fuego amarillo casi blanco le impedía distinguir al hombre. Laurencia siguió la huella fosforescente del caminito de ladrillos, que conducía al portón, como si caminara en el aire. 
      
   Era un vecino, que a los gritos de "¡Doña Laurencia!" "¡Doña Laurencia!", la llamaba desde el portón de la calle. 
      
   La silueta humana que ya distinguía gritó nuevamente: 
      
   "¡Doña Laurencia, apúrese! Venga, venga a ver". 

   Resultó ser don Ramoncito, el viejo solterón que vivía en el ranchito pintado de celeste frente a su casa.


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Publicado el 11 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

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