Tanto por profesión
como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos
nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un
sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirle que Sir Aaron
Armstrong había sido asesinado. Había algo de incongruente y absurdo en
la idea de que una figura tan agradable y popular tuviera la menor
relación con la violencia secreta del asesinato. Porque Sir Aaron
Armstrong era agradable hasta el punto de ser cómico, y popular hasta
ser casi legendario. Era aquello tan imposible como figurarse que “Sunny
Jim” se había colgado, o que el pacífico “el señor Pick Wicks” de
Dickens había muerto en el manicomio de Hanwell. Porque, aunque Sir
Aaron, como filántropo que era, tenía que conocer los oscuros fondos de
nuestra sociedad, se enorgullecía de hacerlo de la manera más brillante
posible. Sus discursos políticos y sociales eran cataratas de anécdotas y
carcajadas; su salud corporal era tremenda; su ética, el optimismo más
completo. Y trataba el problema de la embriaguez (su tópico favorito)
con aquella alegría perenne y aun monótona, que es muchas veces la señal
de una absoluta y provechosa abstinencia.
La historia corriente
de su conversación era muy conocida en los círculos y púlpitos más
puritanos: cómo, de niño, había sido arrastrado de la teología escocesa
al whisky escocés; cómo se había redimido de lo uno y lo otro, y había
llegado a ser (según él modestamente decía) lo que era. La verdad es que
su barba blanca y bellida, su cara de querubín, sus gafas
deslumbradoras, y las innúmeras comidas y congresos a que asistía,
hacían difícil creer que hubiera sido nunca persona tan tétrica como un
borrachín o un calvinista. No: aquél era el más seriamente alegre de
todos los hijos de los hombres.
Información texto 'Los Tres Instrumentos de la Muerte'