Textos más vistos de Gustav Meyrink etiquetados como Cuento | pág. 3

Mostrando 21 a 28 de 28 textos encontrados.


Buscador de títulos

autor: Gustav Meyrink etiqueta: Cuento


123

El Maestre Leonardo

Gustav Meyrink


Cuento


El maestre Leonardo se sienta inmóvil en su butaca gótica y mira fijamente ante sí con ojos muy abiertos.

El resplandor del fuego de chamarasca en la pequeña chimenea tremola sobre su manto de piel, pero el brillo no puede quedarse prendido en la quietud que rodea al maestre Leonardo: se desliza por la larga barba blanca, por el temible rostro y las manos del anciano, las cuales parecen haberse soldado con los tonos marrones y dorados de los brazos tallados de la butaca.

El maestre Leonardo mantiene su mirada fija hacia la ventana, hacia la colina nevada que rodea la ruinosa y semihundida capilla del castillo en que se sienta, pero en espíritu ve tras él las paredes desnudas y vacías, las miserables estancias y el crucifijo sobre la carcomida puerta; ve la jarra de agua, los panes horneados por él mismo, y el cuchillo al lado con el filo dentado en el nicho de la esquina.

Oye cómo crujen los árboles en el exterior por la helada, y ve cómo los carámbanos, a la luz deslumbrante de la luna, brillan desde las blancas astas. Ve su propia sombra caer a través del arco ojival de la ventana y enzarzarse con las siluetas de los abetos en la fulgurante nieve en un juego espectral, cuando el fuego de las astillas de pino alarga su cuello en la chimenea o se encoge; a continuación la vuelve a ver contraída, como si hubiera adoptado la forma de un macho cabrio en un trono negro azulado y los puños de la butaca fueran los cuernos del diablo sobre las orejas puntiagudas.


Información texto

Protegido por copyright
41 págs. / 1 hora, 13 minutos / 55 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Ópalo

Gustav Meyrink


Cuento


El ópalo que Miss Hunt lucía en el dedo despertaba la general admiración.

—Lo he heredado de mi padre, que sirvió mucho tiempo en Bengala, y procede de las posesiones de un brahmán —dijo ella, y acarició con la punta del dedo la gran piedra reluciente—. Semejante fuego sólo se aprecia en una joya india. No sé si se debe a la luz o al labrado, pero a veces me parece como si el brillo tuviera en sí mismo algo de dinámico, inquieto, como si fuera un ojo vivo.

—Como si fuera un ojo vivo —repitió reflexivo Mr. Hargrave Jennings.

—¿No lo percibe, Mr. Jennings?

Se hablaba de conciertos, de bailes, de teatro, de todos los temas posibles, pero al final siempre se volvía al ópalo indio.

—Le podría contar algo sobre esa piedra, sobre esa supuesta piedra —dijo finalmente Mr. Jennings—, pero a lo mejor, Miss Hunt, si se lo cuento podría arrepentirse de poseerla. Espere un minuto, buscaré el manuscrito entre mis cosas.

Los reunidos esperaron con incertidumbre.

—Escúcheme, por favor (lo que voy a leer es un fragmento de las anotaciones de viaje de mi hermano. Por entonces decidimos no publicar lo que habíamos vivido juntos).

»Comienzo: en Mahawalipur, la jungla llega por una estrecha franja casi hasta el mar. Canales de agua, abiertos por el gobierno, atraviesan la región desde Madrás hasta Tritschinopolis, sin embargo, el interior está inexplorado y se asemeja a una selva virgen: un lugar impenetrable que a su vez es un foco de infecciones.

»Nuestra expedición acababa de llegar, y los criados de piel oscura descargaron de los botes las numerosas tiendas de campaña, las cajas y baúles, para que los nativos los transportaran a través de los campos de arroz, donde de vez en cuando se veía un grupo de palmeras como islas en un mar verdoso, a la ciudad rocosa de Mahwalipur.


Información texto

Protegido por copyright
5 págs. / 9 minutos / 68 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Relato del Asesino Babinski

Gustav Meyrink


Cuento


Me sentaba en un banco de piedra a la orilla del Moldau, sumido en un melancólico ensueño y miraba hacia la niebla nocturna. El agua saltaba por encima del muro protector y su bramido apagaba los últimos murmullos de la soñolienta ciudad.

De vez en cuando me rebozaba en el abrigo y miraba hacia arriba; el río se encontraba en profundas sombras, en un extremo quedaba completamente envuelto por la pesada noche, fluyendo en un gris monótono y divisándose la espuma del dique como una franja blanca que corría de una orilla a otra. Me estremecía con sólo pensar que tenía que volver a mi triste casa, que estaba situada, como una tumba para los vivos, en lo más profundo del sucio y taciturno barrio judío.

El esplendor de una breve alegría vespertina, que yo creía no se iba a volver a repetir nunca, me había convertido para siempre en un extraño en mi propio barrio.

Comprendí que carecía de un hogar, ni en una ni en la otra orilla del río. De repente emergió una imagen del pasado en mi interior y me ayudó a olvidar por un instante mi ánimo sombrío: al resplandor de una lámpara se sentaba mi viejo amigo, el anciano titiritero Zwakh y me sonreía con alegría, como si quisiera llamarme. Veía claramente el brillo de sus ojos, que destacaban extrañamente por encima de sus pómulos rígidos, como tallados en madera, pero de un color juvenil, y de su barba blanca, como si estuviera de verdad delante de mí. Comparé involuntariamente sus rasgos con los rostros como máscaras de sus marionetas, con las que él, todas las Navidades, hacía sus maravillosas representaciones en el mercado del Alstädter Ring.


Información texto

Protegido por copyright
5 págs. / 9 minutos / 95 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Soldado Tórrido

Gustav Meyrink


Cuento


Los médicos militares tuvieron no poca tarea con vendar a todos esos legionarios heridos. Los anamitas tenían malos fusiles y las balas quedaban casi siempre incrustadas en los cuerpos de los pobres soldados.

La ciencia médica había hecho grandes progresos en los últimos años; esto era sabido incluso de aquellos que no sabían leer ni escribir; de modo que, como no les quedaba otra alternativa, se sometían dócilmente a todas las operaciones.

Es cierto que la mayor parte moría, pero sólo después de la operación, y aun así sólo porque las balas de los anamitas eran manejadas evidentemente sin asepsia antes de disparar o bien porque en su trayectoria por el aire habían arrastrado bacterias nocivas para la salud.

Los informes del profesor Cabezudo, que, por razones científicas y con la confirmación del gobierno, se había enrolado en la Legión Extranjera, no dejaban lugar a dudas.

También fue gracias a sus enérgicas disposiciones el que tanto los soldados como los indígenas sólo se atrevían a hablar en voz baja de las curas milagrosas del piadoso penitente hindú Mukhopadaya.

* * *

Como último herido y mucho tiempo después de la escaramuza, ingresó en el hospital de campaña, llevado por dos mujeres anamitas, el soldado Wenceslao Zavadil, natural de Bohemia. Al ser interrogadas las mujeres por qué y de dónde venían tan tarde, contaron que habían hallado a Zavadil medio muerto delante de la choza de Mukhopadaya y que trataron inmediatamente de volverlo a la vida mediante la instilación de un líquido opalescente, lo único que podía encontrarse en la choza abandonada del faquir.

El médico no pudo encontrar ninguna herida, y por toda respuesta a sus preguntas recibió solamente un salvaje gruñido del paciente, que tomó por sonido de un dialecto eslavo.

En todo caso ordenó una lavativa y se fue a la carpa de los oficiales.


Información texto

Protegido por copyright
4 págs. / 8 minutos / 42 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Enfermo

Gustav Meyrink


Cuento


La sala de espera del sanatorio estaba concurrida, como siempre; todo el mundo permanecía quieto, esperando a la salud.

La gente no se hablaba por temor de oír la historia de la enfermedad del otro, o dudas acerca del tratamiento.

Todo era indeciblemente desolado y aburrido, y las insulsas sentencias y máximas, fijadas en letras negras de brillo sobre cartulinas blancas, obraban como un emético.

Junto a una mesa, enfrente de mí, estaba sentado un chico, al que yo miraba sin cesar, pues de otro modo tendría que colocar la cabeza en una postura aun más incómoda.

Vestido con mal gusto parecía infinitamente estúpido, con su frente baja. En sus bocamangas y pantalones puso la madre adornos de encaje blancos.

* * *

El tiempo pesaba sobre todos nosotros, nos succionaba como un pulpo.

No me extrañaría si de pronto toda esa gen-te se levantase de un salto y, sin motivo justificado, lo destruyese todo —mesas, ventanas, lámparas—, como un solo hombre delirante.

El porqué yo mismo no obraba así me resultaba, en verdad, inexplicable; probablemente dejé de hacerlo por temor de que los demás no me secundaran al mismo tiempo, y de que tuviese que volver a sentarme, avergonzado, después.

Volví a mirar los adornos de encaje blancos y sentí que el tedio se había hecho aún más torturador y deprimente. Tuve la sensación de soportar en la cavidad bucal una gran esfera gris de caucho, que se hacía cada vez más grande y me estaba desplazando el cerebro.

En tales momentos de desolación, incluso la idea de cualquier cambio le causa a uno horror.

El chico iba alineando fichas de dominó en su estuche, pero las sacaba de nuevo con un miedo febril, para volverlas a colocar de otro yodo. Pues, aunque no le sobraba ninguna ficha, el estuche seguía sin llenarse del todo; como él lo esperaba, le faltaba todavía una hilera entera para llegar al borde.


Información texto

Protegido por copyright
1 pág. / 3 minutos / 70 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

La Preparación

Gustav Meyrink


Cuento


Los dos amigos estaban sentados en el rincón del Café Radetzky, al lado de la ventana, con las cabezas juntas.

—Se ha ido, se marchó esta tarde con su criado a Berlín. La casa está vacía; acabo de llegar y lo comprobé sin lugar a duda. Los dos persas eran los únicos habitantes.

—¿De modo que cayó en la trampa del telegrama?

—No dudé de ello ni por un momento; cuando oye hablar de Fabio Maríni, no hay quién le detenga.

—Así y todo, me resulta extraño, pues han vivido juntos durante años, hasta su muerte; de manera que, ¿qué novedades de él pudo haber esperado encontrar en Berlín?

—¡Oh! Al parecer el profesor Marini se tuvo calladas muchas cosas; él mismo lo dejó caer una vez en medio de una conversación, hará de eso medio año, más o menos, cuando el bueno de Axel aún se hallaba entre nosotros.

—¿Hay realmente algo de verdad en ese misterioso método de preparación de Fabio Marini? ¿Lo crees de veras, Sinclair?

—No es cuestión de «creer». Con estos ojos he visto en Florencia el cadáver de un niño preparado por Marini. Te aseguro que cualquiera juraría que el niño sólo estaba dormido; nada de rigidez, nada de arrugas; incluso el cutis estaba sonrosado tal como el de un ser vivo.

—Hum. Piensas, entonces, que el persa pudo realmente haber asesinado a Axel, y…


Información texto

Protegido por copyright
5 págs. / 9 minutos / 49 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Los Cuatro Hermanos de la Luna

Gustav Meyrink


Cuento


Un documento.

Rápidamente diré quién soy yo. Desde los veinticinco hasta los sesenta años fui criado del señor conde du Chazal. Antes había servido como ayudante del jardinero en el convento de Apanua, donde pasé, asimismo, los años monótonos y melancólicos de mi juventud. Aprendí a leer y a escribir gracias a la bondad del abate.

Era expósito; cuando recibí la confirmación fui adoptado por mi padrino, el viejo jardinero del convento y, desde entonces, llevo el apellido Meyrink.

Hasta donde puedo recordar, tengo siempre presente la sensación de un aro de hierro, ajustado alrededor de mi cabeza, oprimiéndome el cerebro y que me impide el desarrollo de lo que comúnmente se llama imaginación. Casi podría decir que me falta un sentido interior; quizá por eso mi vista y mi oído son agudos como los de un salvaje. Si cierro los ojos, veo hoy todavía con deprimente claridad, los perfiles rígidos y negros de los cipreses, recortados contra los muros descascarados del monasterio. Veo, como entonces, las desgastadas baldosas que formaban el piso del claustro, una por una; las podría contar, pero todo está helado, mudo, no me dice nada, tal como suelen hablarle las cosas a los hombres, según he leído a menudo. Revelo con toda franqueza mi condición pasada y presente porque quiero ser absolutamente creído. Me anima, además, la esperanza de que esto que escribo aquí, sea leído por hombres que saben más que yo y que me gratifiquen, con luz y conocimiento, sobre la cadena de insolubles enigmas que han acompañado el devenir de mi vida; siempre, claro está, que puedan y quieran hacerlo.


Información texto

Protegido por copyright
20 págs. / 35 minutos / 179 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Petróleo

Gustav Meyrink


Cuento


Fue el viernes, a mediodía, cuando el doctor Kunibaldo Delirrabias vertió lentamente la solución de estricnina en el arroyo.

Un pez surgió a la superficie, muerto, panza arriba.

«Así estarás ahora tú mismo», se dijo Delirrabias, y se desperezó contento de haber arrojado junto con el veneno los pensamientos suicidas.

Por tercera vez en su vida miraba de este modo la muerte en la cara, y cada vez, gracias a un oscuro presentimiento de que aún estaba llamado para algo grande —para una venganza fiera y dilatada—, volvió a aferrarse a la vida.

La primera vez quiso ponerle fin a su existencia cuando le robaron su invención; después, años más tarde, cuando le despidieron de su empleo porque no cejaba en perseguir y poner en evidencia al ladrón de su invento, y ahora, porque…, porque…

Kunibaldo Delirrabias dio un gemido al revivir en la memoria los recuerdos de su pena.

Todo estaba perdido, todo a lo que tenía apego, todo lo que una vez le era querido y caro. Y todo gracias al odio ciego, estrecho e infundado. que una multitud animada de frases hechas siente centra todo cuanto sale de la rutina.

¡Qué de cosas no habrá emprendido, ideado y propuesto!

Pero, apenas se ponía en marcha, tenía que abandonar la tarea; delante de él la «muralla china»; la turba de los amados prójimos y la consigna «pero».

* * *

—…«Azote de Dios», sí, así se llama la salvación. ¡Oh Todopoderoso, Rey de los Cielos, déjame que sea un destructor, ¡un Atila! —hervía la ira en el corazón de Delirrabias.

Tamerlán, el Gengis Khan, que renqueando con sus huestes amarillas de mongoles, asuela los campos de Europa; los caudillos vándalos, que sólo encuentran sosiego en las ruinas del arte romano; todos ellos son de su raza, mozos crudos, fuertes, nacidos en un nido de águilas.


Información texto

Protegido por copyright
6 págs. / 11 minutos / 86 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

123