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autor: Gustav Meyrink etiqueta: Cuento


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La Visita de J.H. Obereit a las Sanguijuelas del Tiempo

Gustav Meyrink


Cuento


En el cementerio de la parroquia del pequeño pueblo de Runkel, un lugar apartado, como fuera del mundo, descansaba para toda la eternidad el cuerpo de mi abuelo. Su tumba de piedra estaba prácticamente cubierta de musgo y apenas se leía el epitafio. Pero bajo dicho epitafio, tan reciente como si hubiera sido hecho ayer mismo, se ven con absoluta claridad cuatro letras alrededor de una cruz:

V
I
V
O

VIVO. Eso quiere decir "estoy vivo". Ese fue el significado del que recibí noticia cuando leí por primera vez la inscripción, siendo apenas un niño. Una palabra que impresionó tan hondamente mi alma como si el muerto hubiera abandonado su tumba.

VIVO. Estoy vivo. Algo extraño, algo muy raro de ver en una tumba de piedra. Algo que aún hoy, al recordarlo, me provoca un vuelco del corazón. Y siempre, cuando rememoro aquel lejano día de mi infancia, experimento la sensación de que caí en un pozo interminable la primera vez que estuve ante la tumba de mi abuelo. La imaginación me hace ver a mi abuelo —al que no conocí vivo— yaciendo en su tumba, incorrupto a pesar del paso del tiempo, con las manos caídas a lo largo del cuerpo, con sus ojos abiertos y translúcidos como el cristal, inmóviles; alguien que ha escapado de la putrefacción y espera paciente y silencioso el momento de resucitar. He visitado los cementerios de las parroquias de muchos pueblos, guiados mis pasos por un deseo vago, extraño, del que no puedo dar cuenta exacta, solo para leer los epitafios de las tumbas. Únicamente dos veces vi el anagrama de la cruz con la palabra VIVO, una en Danzig y otra en Nuremberg. En ambos casos el nombre del muerto había sido casi borrado por el dedo del tiempo; en ambos casos la palabra VIVO brillaba con toda la fuerza del instinto indomable de la vida.


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Publicado el 25 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Petróleo

Gustav Meyrink


Cuento


Fue el viernes, a mediodía, cuando el doctor Kunibaldo Delirrabias vertió lentamente la solución de estricnina en el arroyo.

Un pez surgió a la superficie, muerto, panza arriba.

«Así estarás ahora tú mismo», se dijo Delirrabias, y se desperezó contento de haber arrojado junto con el veneno los pensamientos suicidas.

Por tercera vez en su vida miraba de este modo la muerte en la cara, y cada vez, gracias a un oscuro presentimiento de que aún estaba llamado para algo grande —para una venganza fiera y dilatada—, volvió a aferrarse a la vida.

La primera vez quiso ponerle fin a su existencia cuando le robaron su invención; después, años más tarde, cuando le despidieron de su empleo porque no cejaba en perseguir y poner en evidencia al ladrón de su invento, y ahora, porque…, porque…

Kunibaldo Delirrabias dio un gemido al revivir en la memoria los recuerdos de su pena.

Todo estaba perdido, todo a lo que tenía apego, todo lo que una vez le era querido y caro. Y todo gracias al odio ciego, estrecho e infundado. que una multitud animada de frases hechas siente centra todo cuanto sale de la rutina.

¡Qué de cosas no habrá emprendido, ideado y propuesto!

Pero, apenas se ponía en marcha, tenía que abandonar la tarea; delante de él la «muralla china»; la turba de los amados prójimos y la consigna «pero».

* * *

—…«Azote de Dios», sí, así se llama la salvación. ¡Oh Todopoderoso, Rey de los Cielos, déjame que sea un destructor, ¡un Atila! —hervía la ira en el corazón de Delirrabias.

Tamerlán, el Gengis Khan, que renqueando con sus huestes amarillas de mongoles, asuela los campos de Europa; los caudillos vándalos, que sólo encuentran sosiego en las ruinas del arte romano; todos ellos son de su raza, mozos crudos, fuertes, nacidos en un nido de águilas.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

La Muerte Violeta

Gustav Meyrink


Cuento


El tibetano calló.

Su desmedrada figura permaneció todavía algún tiempo de pie, erguida e inmóvil, y luego desapareció en la jungla.

Sir Roger Thornton miraba fijamente la hoguera. Si no fuera un penitente, un sannyasin, aquel tibetano que, además, iba en peregrinación a Benarés, no hubiera creído ni una sola de sus palabras. Pero un sannyasin no miente ni puede ser engañado. ¡Y luego aquellas contradicciones pérfidas y crueles en el rostro del asiático! ¿O sería que se dejó engañar por el resplandor de la hoguera que tan extrañamente se reflejaba en los ojos mongoles?

Los tibetanos odian a los europeos y guardan celosamente sus mágicos secretos, con los que esperan aniquilar un día a los orgullosos extranjeros cuando llegue la hora. Sea como fuere, Sir Roger Thornton desea comprobar con sus propios ojos si, efectivamente, existen fuerzas ocultas en ese pueblo extraño. Pero necesita compañeros, hombres valerosos cuya voluntad no se quiebre ante los horrores de un mundo diferente. El inglés pasa revista a sus compañeros... Aquel afgano sería el único entre los asiáticos para ser tomado en cuenta. Es intrépido como una fiera, pero supersticioso. Así pues, solo queda su criado europeo.


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Publicado el 25 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Esfera Negra

Gustav Meyrink


Cuento


La noticia llegó al principio como una leyenda, un rumor. De Asia penetró a los centros de cultura occidentales, y decía que en Sikkhim, al Sur del Himalaya, unos penitentes totalmente incultos y semibárbaros, los llamados gosaines, habían hecho un descubrimiento realmente fabuloso.

Aunque los diarios anglo-hindúes publicaron el rumor, parecían estar peor informados que los rusos, pero los entendidos no se extrañaban de ello, pues es sabido que Sikkhim elude con asco a todo lo inglés.

Ese sería, sin duda, el motivo por qué el misterioso descubrimiento llegase a Europa dando rodeo a través de San Petersburgo-Berlín.

A los círculos científicos de Berlín por poco les dio el baile de San Vito al serles presentados los fenómenos.

La gran sala, destinada exclusivamente a conferencias científicas, estuvo totalmente llena.

En el centro, sobre un estrado, estaban los dos experimentadores hindúes: el gosain Deb Shumsher Dshung, con la cara hundida, cubierta de sagrada ceniza blanca, y el moreno brahmán Radshendralamitra, sólo identificable como tal por el delgado cordel de algodón que le colgaba sobre la mitad izquierda del pecho.

Desde el techo de la sala pendían de alambres, a la altura de un hombre, matraces químicos de vidrio en los que podían verse huellas de un polvo blancuzco, presumiblemente yoduros, según explicaba el intérprete.

Entre el silencio del auditorio el gosain se acercó a uno de los matraces, ató una delgada cadenilla de oro al cuello del recipiente y enlazó los extremos alrededor de las sienes del brahmán. Después se puso detrás de aquél, lanzó los brazos y murmuró los mantrams, fórmulas mágicas, de su secta.

Las dos ascéticas figuras parecían estatuas, con esa inmovilidad que sólo se encuentra en los arios asiáticos cuando se entregan a sus meditaciones religiosas.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Canto del Grillo

Gustav Meyrink


Cuento


—¿Y bien? —preguntaron los señores al unísono, cuando el profesor Godenius entró con mayor rapidez de la que era habitual en él y con un rostro llamativamente alterado—, ¿y bien?, ¿ha recibido las cartas?, ¿ya está Johannes Skoper en camino a Europa? ¿Qué tal está? ¿Han llegado ya sus colecciones? —gritaron todos pisándose mutuamente las palabras.

—Tan sólo esto —dijo el profesor con seriedad, y dejó sobre la mesa unos legajos atados y un frasco en el que se encontraba un insecto blancuzco del tamaño de un escarabajo, de un «ciervo volante»—. El embajador chino me lo ha dado en persona con el comentario de que acababa de llegar hoy a través de Dinamarca.

—Me temo que ha recibido malas noticias de nuestro colega Skoper —susurró un señor sin barba, tapándose la boca con la mano, a su vecino de mesa, un anciano estudioso con una melena leonina que, como él mismo, era preparador en el museo de ciencias naturales. Este último levantó las gafas y observó con gran interés el insecto en el frasco.

Era una habitación extraña en la que se sentaban los señores, seis en número y todos ellos investigadores en el ámbito de la entomología.

Un olor a alcanfor y a sándalo intensificaba la penetrante atmósfera cadavérica que se desprendía de los diodontes que colgaban del techo sostenidos por cordones —con ojos saltones, como cabezas cortadas de espectrales espectadores—; de las máscaras diabólicas de salvajes tribus insulares, pintadas de un verde y de un rojo chillones; de los huevos de avestruz; de las mandíbulas de tiburón; de deformes cuerpos de simios, y de otras muchas formas grotescas procedentes de regiones exóticas.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Las Plantas del Doctor Cinderella

Gustav Meyrink


Cuento


¿Ves aquella negra estatua de bronce entre las dos lámparas? Pues bien, ha sido la causa de todas mis extrañas experiencias en los últimos años.

Como eslabones se relacionan estas inquietudes espectrales que me chupan la fuerza vital y, si sigo la cadena hacia el pasado, el punto de partida siempre es el mismo: ese bronce.

Si me miento a mí mismo y me imagino otras causas, una y otra vez vuelve a emerger como un indicador en el camino.

Y no quiero saber hacia dónde puede conducir este camino, si a la luz del conocimiento o a un espanto creciente, así que me aferraré a los breves días de descanso que me deje mi sino hasta el próximo estremecimiento.

Encontré la estatuilla en Tebas, en la arena del desierto, de donde la desenterré casualmente con el bastón y, desde el primer momento en que la contemplé, me asaltó la obsesiva curiosidad de averiguar qué significa en realidad. ¡Nunca he tenido semejante sed de saber!

Al principio pregunté a todos los investigadores que encontraba, pero sin éxito. Tan sólo un coleccionista árabe pareció sospechar de qué se trataba.

«La imitación de un jeroglífico egipcio», opinó; la extraña posición de los brazos debía indicar algún desconocido estado extático.

Traje conmigo la estatua a Europa, y apenas pasó una noche en la que no me perdiera en los pensamientos más audaces sobre su enigmático significado. Me invadió un sentimiento siniestro, pensaba en algo venenoso, maligno, que con taimado placer se desprendía a mi costa del conjuro de su inanidad, para después succionarme como una enfermedad incurable ser para siempre el oscuro tirano de mi vida. Y un día, en una actividad sin importancia, me vino a la mente la idea que resolvía el enigma, con tal fuerza y de manera tan inesperada que me estremecí hasta lo más hondo.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Ópalo

Gustav Meyrink


Cuento


El ópalo que Miss Hunt lucía en el dedo despertaba la general admiración.

—Lo he heredado de mi padre, que sirvió mucho tiempo en Bengala, y procede de las posesiones de un brahmán —dijo ella, y acarició con la punta del dedo la gran piedra reluciente—. Semejante fuego sólo se aprecia en una joya india. No sé si se debe a la luz o al labrado, pero a veces me parece como si el brillo tuviera en sí mismo algo de dinámico, inquieto, como si fuera un ojo vivo.

—Como si fuera un ojo vivo —repitió reflexivo Mr. Hargrave Jennings.

—¿No lo percibe, Mr. Jennings?

Se hablaba de conciertos, de bailes, de teatro, de todos los temas posibles, pero al final siempre se volvía al ópalo indio.

—Le podría contar algo sobre esa piedra, sobre esa supuesta piedra —dijo finalmente Mr. Jennings—, pero a lo mejor, Miss Hunt, si se lo cuento podría arrepentirse de poseerla. Espere un minuto, buscaré el manuscrito entre mis cosas.

Los reunidos esperaron con incertidumbre.

—Escúcheme, por favor (lo que voy a leer es un fragmento de las anotaciones de viaje de mi hermano. Por entonces decidimos no publicar lo que habíamos vivido juntos).

»Comienzo: en Mahawalipur, la jungla llega por una estrecha franja casi hasta el mar. Canales de agua, abiertos por el gobierno, atraviesan la región desde Madrás hasta Tritschinopolis, sin embargo, el interior está inexplorado y se asemeja a una selva virgen: un lugar impenetrable que a su vez es un foco de infecciones.

»Nuestra expedición acababa de llegar, y los criados de piel oscura descargaron de los botes las numerosas tiendas de campaña, las cajas y baúles, para que los nativos los transportaran a través de los campos de arroz, donde de vez en cuando se veía un grupo de palmeras como islas en un mar verdoso, a la ciudad rocosa de Mahwalipur.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Los Cuatro Hermanos de la Luna

Gustav Meyrink


Cuento


Un documento.

Rápidamente diré quién soy yo. Desde los veinticinco hasta los sesenta años fui criado del señor conde du Chazal. Antes había servido como ayudante del jardinero en el convento de Apanua, donde pasé, asimismo, los años monótonos y melancólicos de mi juventud. Aprendí a leer y a escribir gracias a la bondad del abate.

Era expósito; cuando recibí la confirmación fui adoptado por mi padrino, el viejo jardinero del convento y, desde entonces, llevo el apellido Meyrink.

Hasta donde puedo recordar, tengo siempre presente la sensación de un aro de hierro, ajustado alrededor de mi cabeza, oprimiéndome el cerebro y que me impide el desarrollo de lo que comúnmente se llama imaginación. Casi podría decir que me falta un sentido interior; quizá por eso mi vista y mi oído son agudos como los de un salvaje. Si cierro los ojos, veo hoy todavía con deprimente claridad, los perfiles rígidos y negros de los cipreses, recortados contra los muros descascarados del monasterio. Veo, como entonces, las desgastadas baldosas que formaban el piso del claustro, una por una; las podría contar, pero todo está helado, mudo, no me dice nada, tal como suelen hablarle las cosas a los hombres, según he leído a menudo. Revelo con toda franqueza mi condición pasada y presente porque quiero ser absolutamente creído. Me anima, además, la esperanza de que esto que escribo aquí, sea leído por hombres que saben más que yo y que me gratifiquen, con luz y conocimiento, sobre la cadena de insolubles enigmas que han acompañado el devenir de mi vida; siempre, claro está, que puedan y quieran hacerlo.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

La Maldición del Sapo

Gustav Meyrink


Cuento


Amplio, moderadamente movido y grave.
«Los Maestros Cantores».

Sobre el camino de la pagoda azul brilla caluroso el sol indio — caluroso el sol indio.

La gente canta en el templo y cubre a Buda con flores blancas, y los sacerdotes rezan solemnemente: om maní padme hum; om maní padme hum.

El camino desierto y abandonado: hoy es día de fiesta.

Las largas gramíneas de kusha formaron una espaldera en los prados junto al camino de la pagoda azul — al camino de la pagoda azul. Las flores todas esperaban al milpiés que vivía más allá, en la corteza de la venerable higuera.

La higuera era el barrio más distinguido.

«Soy la venerable —había dicho de sí misma— y con mis hojas pueden hacerse taparrabos — pueden hacerse taparrabos».

Pero el gran sapo, que siempre estaba sentado en la piedra, la despreciaba por estar arraigada, y los taparrabos tampoco le importaban gran cosa. Y en cuanto al milpiés, lo odiaba. No podía devorarlo, porque era muy duro y tenía un jugo venenoso — jugo venenoso.

—Por eso lo odiaba — lo odiaba.

Quería destruirlo y hacerlo desdichado, y durante toda la noche estuvo celebrando consultas con los espíritus de los sapos muertos.

Desde el amanecer estaba sentado en la piedra y esperaba y daba a veces golpecitos con la pata trasera — golpecitos con la pata trasera.

De vez en cuando escupía sobre las gramíneas de kusha.

Todo estaba silencioso: las flores, los escarabajos y las gramíneas. Y el vasto, vasto cielo. Pues era un día de fiesta.

Sólo las ranas en la charca —las impías— cantaban canciones sacrílegas:

Me cisco en la flor de loto,
Me cisco en mi vida.
Me cisco en mi vida,
Me cisco en mi vida…


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Monje Laskaris

Gustav Meyrink


Cuento


Federico III, el dilapidador y amante del lujo, el último Príncipe Elector de Brandemburgo y el primer rey de Prusia, cambió en el año 1701 el tocado curial por la corona real. Al principio, las consecuencias de este paso no fueron tan ventajosas como el ambicioso príncipe se había imaginado. Nuevas ordenanzas a favor del Estado y del ejército destruyeron rápidamente el bienestar que su predecesor, el Gran Elector, había logrado en sus territorios en sus últimos años de gobierno, mediante una cuidadosa política económica.

Este repentino cambio de las circunstancias se advirtió sobre todo en la capital. El orgullo de los berlineses de albergar ahora entre sus muros una residencia real y ya no meramente curial, tuvo que pagarse muy pronto con una desmesurada carga de impuestos y contribuciones. Por esta razón, la ciudadanía de Berlín, en parte aún rústica, así como las autoridades municipales, no tardaron en criticar con lengua viperina la nueva situación de la capital, siguiendo el ejemplo de los parisinos y otros ciudadanos ilustrados que habían despertado a la madurez política.

En aquel tiempo los ciudadanos de reputación no sólo se reunían para discutir acerca de política en las cervecerías, sino también en las pocas farmacias de la ciudad.

La más frecuentada de estas farmacias era la que se llamaba «Zum Elephanten», cuyo propietario, el digno y docto farmacéutico Zorn, gozaba de una gran fama como hombre muy prudente y conocedor del mundo. En su juventud había viajado mucho, había estado en Bolonia y Praga, en Sevilla y París; había trabajado en los laboratorios de famosos químicos, regresando a su ciudad natal, Berlín, como un hombre acomodado, maduro y muy experimentado. Adquirió la renombrada farmacia «Zum Elephanten» y en ella abrió asimismo un comercio con los más novedosos artículos de ultramarinos, donde se vendía el mejor café holandés.


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133 págs. / 3 horas, 54 minutos / 143 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

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