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autor: Gustav Meyrink fecha: 14-02-2017 contiene: 'u'


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El Rostro Verde

Gustav Meyrink


Novela


Capítulo I

El forastero de vestimenta distinguida, que se había detenido en la acera de la calla Jodenbree, leyó una curiosa inscripción en letras blancas, excéntricamente adornadas, en el negro rótulo de una tienda que estaba al otro lado de la calle:

Salón de artículos misteriosos
de Chidher el Verde

Por curiosidad, o por dejar de servir de blanco al torpe gentío que se apiñaba a su alrededor y se burlaba de su levita, su reluciente sombrero de copa y sus guantes —todo tan extraño en ese barrio de Amsterdam—, atravesó la calzada repleta de carros de verdura. Lo siguieron un par de golfos con las manos hondamente enterradas en sus anchos y deformados pantalones de lona azul, la espalda encorvada, vagos y callados, arrastrando sus zuecos de madera. La tienda de Chidher daba a un estrecho voladizo acristalado que rodeaba el edificio como un cinturón y se adentraba a derecha e izquierda en dos callejuelas transversales. El edificio, a juzgar por los cristales deslucidos y sin vida, parecía un almacén de mercancías cuya parte posterior daría seguramente a un Gracht (uno de los numerosos canales marítimos de Amsterdam destinados al tráfico comercial).

La construcción, en forma de dado, recordaba una sombría torre rectangular que hubiera ido hundiéndose paulatinamente en la blanda tierra turbosa, hasta el borde de su pétrea golilla —el voladizo acristalado—. En el centro del escaparate, sobre un zócalo revestido de tela roja, reposaba una calavera de papel maché amarillo oscuro. Su aspecto era muy poco natural, debido a la excesiva longitud de la mandíbula superior, a la tinta negra de las cuencas de los ojos y a las sombras de las sienes; entre los dientes sostenía un As de picas. Encima había una inscripción que decía: «Het Delpsche Orakel, of de stem uit het Geesteryk» (El oráculo de Delfos, la voz del reino de los fantasmas).


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231 págs. / 6 horas, 45 minutos / 635 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Gabinete de Figuras de Cera

Gustav Meyrink


Cuento


—¡Tuviste una buena idea al telegrafiar a Melichior Kreuzer! ¿Crees que nos hará el favor que le hemos pedido, Sinclair? Si ha cogido el primer tren —y Sebaldus miró su reloj—, estará aquí en cualquier momento.

Sinclair se había levantado y señaló por la ventana en vez de dar una respuesta.

Se vio a un hombre alto y delgado que se aproximaba por la calle a toda prisa.

—Hay veces que los segundos se deslizan por nuestra consciencia y hacen que asuntos cotidianos nos parezcan espantosamente nuevos, ¿lo has sentido alguna vez tú también, Sinclair?

»Es como si de repente nos despertásemos y nos volviéramos a dormir enseguida y, durante ese instante de un latido, hubiésemos mirado largo tiempo en un acontecimiento enigmático.

Sinclair miró a su amigo con atención.

—¿A qué te refieres?

—Será la influencia más sombría que me ha asaltado en el gabinete de figuras de cera —continuó Sebaldus—, hoy estoy indeciblemente sensible; al ver venir a Melchior desde lejos y al contemplar cómo su figura crecía y crecía cada vez más conforme se acercaba, había algo que me atormentaba, algo —¿cómo podría expresarlo?— no siniestro en el sentido de que la lejanía podía engullir todas las cosas, ya sean cuerpos o sonidos, pensamientos, fantasías o acontecimientos. O al revés, las vemos al principio diminutas desde lejos, y poco a poco se tornan más grandes, todas, todas, también las que son inmateriales y no pueden recorrer ningún trecho. Pero no encuentro las palabras adecuadas, ¿no has sentido alguna vez a lo que me refiero? ¡Así parecen estar todas bajo la misma ley!

El otro asintió pensativo.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Seso Esfumado

Gustav Meyrink


Cuento


(Al zapatero Voifft-, con veneración.)

Hiram Witt era un gigante del espíritu, y como pensador superaba al propio Parménides, en fuerza y profundidad. Aparentemente, pues ni un solo europeo hablaba siquiera de sus obras.

La noticia de que había logrado, hace ya veinte años, hacer crecer de células animales sometidas, sobre discos de vidrio, a la influencia de un campo magnético, junto a la rotación mecánica, cerebros completamente desarrollados —cerebros que, a juzgar por lo que se sabía, eran capaces incluso de pensar por sí mismos—, apareció ciertamente acá y acullá en los diarios, pero sin haber despertado un interés científico más profundo.

Tales cosas no encajan en absoluto en nuestros tiempos. Y, además, en los países de habla alemana, ¡qué iba a hacerse con cerebros que pensaban por su cuenta!

Cuando Hiram Witt era todavía joven y ambicioso, no transcurría una semana sin que mandara uno o dos de les cerebros trabajosamente producidos por él a los grandes institutos científicos. ¡Podían examinarlos, opinar acerca de ellos!

En honor a la verdad, así se hizo concienzudamente.

Los cerebros fueron colocados en recipientes de cristal, de temperatura apropiada. El famoso profesor de liceo Aureliano Chupatinto les estuvo leyendo, incluso, por intervención de un alto personaje, conferencias a fondo sobre el enigma del universo de Häckel. Pero los resultados fueron hasta tal punto desalentadores, que todos se vieron literalmente forzados a prescindir de toda enseñanza ulterior. Porque, piénsese: ya en la introducción a la primera conferencia, la mayor parte de los cerebros estallaron entre sonoros estampidos, mientras que los demás sufrieron unas cuantas contracciones violentas, para reventar en seguida, sin llamar la atención y apestar más tarde atrozmente.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Ciertamente, sin duda

Gustav Meyrink


Cuento


"Mi querido amigo Warndorfer:

Por desgracia no le hallé en su casa, ni tampoco pude encontrarle en ninguna parte, de modo que tengo que pedirle por escrito se venga esta noche a mi casa, con Zavrel y el doctor Rolof.

Figúrese que el famoso filósofo, profesor Arjuna Monosabio de Suecia (habrá usted leído de él), discutió conmigo anoche, en la Asociación «Loto», durante una hora, sobre fenómenos espiritistas: le invité para hoy, y va a venir.

Está deseoso de conocerles a todos ustedes, y yo pienso que si le sometemos a un fuego cruzado como es debido, podríamos ganarlo para nuestra causa, y prestarle, tal vez, a la humanidad un servicio inestimable.

¿De manera que puedo contar con usted? (El doctor Rolof no debe olvidarse de traer las fotografías.)

Con toda prisa, su sincero

GUSTAVO.”

Después de la cena, los cinco señores se retiraron al salón fumador. El profesor Monosabio jugueteaba con un erizo de mar, lleno de fósforos, que había sobre la mesa: —Todo lo que me está contando usted, doctor Rolof, suena bastante extraño y sorprendente para un profano, pero las circunstancias que usted aduce como prueba de que se pueda cuasi fotografiar el porvenir, no son concluyentes en modo alguno.

"Ofrecen, al contrario, una explicación mucho más inmediata. Resumamos: su amigo, el señor Zavrel, declara ser un llamado médium; es decir, que su mera presencia les basta a ciertas personas para producir fenómenos de naturaleza extraordinaria, que, aunque invisibles para el ojo, son susceptibles de registrarse fotográficamente.

"Como íbamos diciendo, señores, ustedes habían fotografiado un día a una persona, al parecer, completamente sana, y al desarrollar la placa…


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Canto del Grillo

Gustav Meyrink


Cuento


—¿Y bien? —preguntaron los señores al unísono, cuando el profesor Godenius entró con mayor rapidez de la que era habitual en él y con un rostro llamativamente alterado—, ¿y bien?, ¿ha recibido las cartas?, ¿ya está Johannes Skoper en camino a Europa? ¿Qué tal está? ¿Han llegado ya sus colecciones? —gritaron todos pisándose mutuamente las palabras.

—Tan sólo esto —dijo el profesor con seriedad, y dejó sobre la mesa unos legajos atados y un frasco en el que se encontraba un insecto blancuzco del tamaño de un escarabajo, de un «ciervo volante»—. El embajador chino me lo ha dado en persona con el comentario de que acababa de llegar hoy a través de Dinamarca.

—Me temo que ha recibido malas noticias de nuestro colega Skoper —susurró un señor sin barba, tapándose la boca con la mano, a su vecino de mesa, un anciano estudioso con una melena leonina que, como él mismo, era preparador en el museo de ciencias naturales. Este último levantó las gafas y observó con gran interés el insecto en el frasco.

Era una habitación extraña en la que se sentaban los señores, seis en número y todos ellos investigadores en el ámbito de la entomología.

Un olor a alcanfor y a sándalo intensificaba la penetrante atmósfera cadavérica que se desprendía de los diodontes que colgaban del techo sostenidos por cordones —con ojos saltones, como cabezas cortadas de espectrales espectadores—; de las máscaras diabólicas de salvajes tribus insulares, pintadas de un verde y de un rojo chillones; de los huevos de avestruz; de las mandíbulas de tiburón; de deformes cuerpos de simios, y de otras muchas formas grotescas procedentes de regiones exóticas.


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12 págs. / 22 minutos / 130 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Monje Laskaris

Gustav Meyrink


Cuento


Federico III, el dilapidador y amante del lujo, el último Príncipe Elector de Brandemburgo y el primer rey de Prusia, cambió en el año 1701 el tocado curial por la corona real. Al principio, las consecuencias de este paso no fueron tan ventajosas como el ambicioso príncipe se había imaginado. Nuevas ordenanzas a favor del Estado y del ejército destruyeron rápidamente el bienestar que su predecesor, el Gran Elector, había logrado en sus territorios en sus últimos años de gobierno, mediante una cuidadosa política económica.

Este repentino cambio de las circunstancias se advirtió sobre todo en la capital. El orgullo de los berlineses de albergar ahora entre sus muros una residencia real y ya no meramente curial, tuvo que pagarse muy pronto con una desmesurada carga de impuestos y contribuciones. Por esta razón, la ciudadanía de Berlín, en parte aún rústica, así como las autoridades municipales, no tardaron en criticar con lengua viperina la nueva situación de la capital, siguiendo el ejemplo de los parisinos y otros ciudadanos ilustrados que habían despertado a la madurez política.

En aquel tiempo los ciudadanos de reputación no sólo se reunían para discutir acerca de política en las cervecerías, sino también en las pocas farmacias de la ciudad.

La más frecuentada de estas farmacias era la que se llamaba «Zum Elephanten», cuyo propietario, el digno y docto farmacéutico Zorn, gozaba de una gran fama como hombre muy prudente y conocedor del mundo. En su juventud había viajado mucho, había estado en Bolonia y Praga, en Sevilla y París; había trabajado en los laboratorios de famosos químicos, regresando a su ciudad natal, Berlín, como un hombre acomodado, maduro y muy experimentado. Adquirió la renombrada farmacia «Zum Elephanten» y en ella abrió asimismo un comercio con los más novedosos artículos de ultramarinos, donde se vendía el mejor café holandés.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Petróleo

Gustav Meyrink


Cuento


Fue el viernes, a mediodía, cuando el doctor Kunibaldo Delirrabias vertió lentamente la solución de estricnina en el arroyo.

Un pez surgió a la superficie, muerto, panza arriba.

«Así estarás ahora tú mismo», se dijo Delirrabias, y se desperezó contento de haber arrojado junto con el veneno los pensamientos suicidas.

Por tercera vez en su vida miraba de este modo la muerte en la cara, y cada vez, gracias a un oscuro presentimiento de que aún estaba llamado para algo grande —para una venganza fiera y dilatada—, volvió a aferrarse a la vida.

La primera vez quiso ponerle fin a su existencia cuando le robaron su invención; después, años más tarde, cuando le despidieron de su empleo porque no cejaba en perseguir y poner en evidencia al ladrón de su invento, y ahora, porque…, porque…

Kunibaldo Delirrabias dio un gemido al revivir en la memoria los recuerdos de su pena.

Todo estaba perdido, todo a lo que tenía apego, todo lo que una vez le era querido y caro. Y todo gracias al odio ciego, estrecho e infundado. que una multitud animada de frases hechas siente centra todo cuanto sale de la rutina.

¡Qué de cosas no habrá emprendido, ideado y propuesto!

Pero, apenas se ponía en marcha, tenía que abandonar la tarea; delante de él la «muralla china»; la turba de los amados prójimos y la consigna «pero».

* * *

—…«Azote de Dios», sí, así se llama la salvación. ¡Oh Todopoderoso, Rey de los Cielos, déjame que sea un destructor, ¡un Atila! —hervía la ira en el corazón de Delirrabias.

Tamerlán, el Gengis Khan, que renqueando con sus huestes amarillas de mongoles, asuela los campos de Europa; los caudillos vándalos, que sólo encuentran sosiego en las ruinas del arte romano; todos ellos son de su raza, mozos crudos, fuertes, nacidos en un nido de águilas.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Asnoglobina

Gustav Meyrink


Cuento


Mote: Dulce et decorum est pro patria morí

I

El profesor Domiciano Lacarraca, bacteriólogo de fama mundial, había hecho un descubrimiento científico de proyecciones incalculables; tal era el rumor que corría de boca en boca, de periódico a periódico.

—Se espera una reforma del ejército, tal vez una subversión completa de todo lo existente en este orden; si no fuera esto, ¿por qué tendría el Ministro de la Guerra tanta prisa en citar al sabio en su despacho, eh? —se decía en todas partes.

Y más aún, cuando salió a relucir que en las Bolsas se habían formado ya sindicatos secretos para la explotación del invento, que le adelantaban al profesor Lacarraca una importante cantidad para facilitarle un indispensable viaje de estudio a… Borneo, entonces la marea de comentarios se desató como para nunca acabar.

—… Pero, vamos, ¿qué tiene que ver Borneo con el Ministro de la Guerra? —dijo gesticulando el señor Vesicálculo, honorable miembro de la Bolsa y pariente del sabio, cuando le hicieron una entrevista—. ¡¿¡Qué tiene que ver!?! Y, además, ¿dónde está la dichosa Borneo?

Al día siguiente todos los diarios publicaron las simpáticas palabras del financiero de amplias miras, añadiendo que un experto del gobierno norteamericano, Mr. G. R. S. Slyfox M. D. y F. R. S., acababa de ser recibido en audiencia por el profesor Lacarraca.

La curiosidad del público asumió entonces caracteres de fiebre.


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Bal Macabre

Gustav Meyrink


Cuento


Lord Hopeless me había invitado a sentarme a su mesa y me presentó a los señores que le acompañaban.

Pasaba de la medianoche y no recuerdo la mayoría de los nombres.

Al doctor Zitterbein lo conocía ya de antes.

—Siempre se sienta solo, es una pena —había dicho mientras me estrechaba la mano—, ¿por qué siempre se sienta solo? Sé que no habíamos bebido demasiado, aunque estábamos bajo esa ligera e imperceptible embriaguez que nos hacía oír algunas palabras como si procedieran de la lejanía, lo que suele ocurrir en las horas nocturnas, cuando estamos rodeados del humo de cigarrillos, de risas femeninas y de música frívola.

¿Podía surgir de ese estado de ánimo de cancán, de esa atmósfera de música de gitanos, Cake-Walk y champán, una conversación sobre cosas fantásticas? Lord Hopeless contó algo. Sobre una hermandad que existía con toda seriedad, de hombres o, mejor dicho, de muertos o muertos aparentes, de gente de los mejores círculos, que para los vivos ya hacía tiempo que habían muerto, que incluso tenían lápidas y panteones en el cementerio, con nombre y fecha de la muerte, pero que en realidad se encontraban en una permanente rigidez que duraba años, en algún lugar de la ciudad, en el interior de una villa antigua, vigilados por un criado jorobado con zapatos de hebilla y peluca empolvada, al que se conoce por el nombre de Aron. Sus cuerpos están protegidos contra la putrefacción y guardados en cajones. Algunas noches sus labios cobran una luminosidad fosforescente y eso le da la señal al jorobado para aplicar un enigmático procedimiento en las cervicales de los muertos aparentes. Así dijo.

Entonces sus almas podían vagabundear libremente, liberadas por cierto tiempo de sus cuerpos, y entregarse a los vicios de la gran ciudad. Y esto con una intensidad y una codicia que ni siquiera era imaginable para los más refinados.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Albino

Gustav Meyrink


Cuento


I

—Aún sesenta minutos… hasta la medianoche —dijo Ariost y se sacó la delgada pipa holandesa de la boca—. El de allí —y señaló un retrato oscuro en la pared, de color marrón por el humo, cuyos rasgos apenas eran reconocibles— fue Gran Maestre hace cien años menos sesenta minutos.

—¿Y cuándo se disolvió nuestra Orden? Quiero decir, ¿cuándo degeneramos en compañeros de taberna, como lo somos ahora? —preguntó una voz oculta por el denso humo de tabaco que llenaba la antigua sala.

Ariost acarició su larga barba blanca, llevó luego la mano, dubitativo, a la golilla y, por último, a su sotana de seda.

—Debió suceder en los últimos decenios… tal vez… ocurrió poco a poco.

—Has tocado una herida que tiene en el corazón, Fortunato —susurró Baal Schem, el Archicensor de la Orden con los atavíos de los rabinos medievales, y se acercó a la mesa desde la oscuridad de un nicho de ventana—. ¡Habla de otra cosa! —y en voz alta continuó:

»¿Cómo se llamaba este Gran Maestre en la vida profana?

—Conde Ferdinand Paradies —respondió rápidamente alguien situado junto a Ariost, introduciéndose, comprensivo, en la conversación—, sí, eran nombres ilustres los de aquellos años, y antes también. Los condes Spork, Norbert Wrbna, Wenzel Kaiserstein, el poeta Ferdinand van der Roxas. Todos ellos celebraban el «Ghonsla», el rito de la logia de los «hermanos asiáticos», en el viejo jardín de Angelus, donde ahora está la ciudad. Inspirados por el espíritu de Petrarca y de Cola Rienzos, que también eran nuestros hermanos.

—Así es. En el jardín de Angelus. Llamado así por Angelus de Florencia, el médico personal del emperador Carlos IV, que dio asilo a Rienzo hasta que lo entregaron al Papa —intervino excitado Ismael Gneiting.


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Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

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