¡Ánimo, amigo don Restituto, ánimo! Más trabajo pasaría Colón para
descubrir el Nuevo Mundo, y usted no podrá menos de convenir que se
trataba de una bicoca comparado con el asunto que traemos entre manos.
El Arte, la Arqueología y la Historia aguardan impacientes el resultado
de nuestra arriesgada empresa. La Europa científica tiene sus ojos en
nosotros. Ánimo, amigo mío, ánimo, que ya tocamos al término de la
expedición.
Hora es de que toquemos a cualquier parte, porque, si he de decir la
verdad, confieso que no puedo ya ni con la fe de bautismo en papeles.
¡Qué vericuetos tan horribles y qué sendas tan impracticables! Esto no
es camino de hombres, sino de cabras.
¿Ve usted aquel pueblecito medio oculto entre las ondulaciones del
valle que se extiende a nuestros pies? Pues en el mismo lugar en que se
levantan las cuatro chozas que lo componen, ni un palmo más acá ni más
allá, estuvo situada en los tiempos pretéritos la famosa Micaonia de los
fenicios, la Micegarie o Micogurioe de los romanos y la Guadalmicola de
los árabes, que merced al trastorno de las edades y las cosas ha venido
a ser el Cebollino de nuestros días.
— Pero, ¿está usted seguro?
— Pues, hombre, no faltaba otra cosa... Quinto Curcio lo asegura;
ambos Plinios, el joven y el viejo, lo confirman; Sardanápalo, Príamo y
Confucio habían ya iniciado la misma idea, y si bien el judío don Rabí
Ben— Arras y el moro Tarfe son de distinta opinión, los cronicones del
arzobispo Turpín y las Memorias del preste Juan de las Indias han
resuelto hasta la más insignificante duda que pudiera ocurrir sobre el
asunto.
— ¿De modo que puede darse por cosa hecha que encontraremos lo que se busca?
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