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Bola de Sebo

Guy de Maupassant


Cuento




Durante muchos días consecutivos pasaron por la ciudad restos del ejército derrotado. Más que tropas regulares, parecían hordas en dispersión. Los soldados llevaban las barbas crecidas y sucias, los uniformes hechos jirones, y llegaban con apariencia de cansancio, sin bandera, sin disciplina. Todos parecían abrumados y derrengados, incapaces de concebir una idea o de tomar una resolución; andaba sólo por costumbre y caían muertos de fatiga en cuanto se paraban. Los más eran movilizados, hombres pacíficos, muchos de los cuales no hicieron otra cosa en el mundo que disfrutar de sus rentas, y los abrumaba el peso del fusil; otros eran jóvenes voluntarios impresionables, prontos el terror y al entusiasmo, dispuestos fácilmente a huir o acometer; y mezclados con ellos iban algunos veteranos aguerridos, restos de una división destrozada en un terrible combate; artilleros de uniforme oscuro, alineados con reclutas de varias procedencias, entre los cuales aparecía el brillante casco de algún dragón tardo en el andar, que seguía difícilmente la marcha ligera de los infantes.

Compañías de francotiradores, bautizados con epítetos heroicos: Los Vengadores de la Derrota, Los Ciudadanos de la Tumba, Los Compañeros de la Muerte, aparecían a su vez con aspecto de facinerosos, capitaneados por antiguos almacenistas de paños o de cereales, convertidos en jefes gracias a su dinero —cuando no al tamaño de las guías de sus bigotes—, cargados de armas, de abrigos y de galones, que hablaban con voz campanuda, proyectaban planes de campaña y pretendían ser los únicos cimientos, el único sostén de Francia agonizante, cuyo peso moral gravitaba por entero sobre sus hombros de fanfarrones, a la vez que se mostraban temerosos de sus mismos soldados, gentes del bronce, muchos de ellos valientes, y también forajidos y truhanes.

Por entonces se dijo que los prusianos iban a entrar en Ruán.


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41 págs. / 1 hora, 12 minutos / 2.006 visitas.

Publicado el 18 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

La Loca

Guy de Maupassant


Cuento


Oigan, dijo Mathieu de Eudolín, las chochas me recuerdan una siniestra anécdota de la guerra.

Ustedes conocen la finca que tengo, en los alrededores de Cormeil, y saben que cuando los prusianos vinieron, vivía en ella.

Tenía entonces por vecina á una especie de loca á quien los repetidos golpes de la desgracia habían extraviado la razón. En otros tiempos, y en un mes, había perdido á su padre, á su marido y á un hijo pequeño.

Cuando la muerte entra en una casa, casi siempre vuelve al poco tiempo, como si conociese la puerta.

La pobre mujer, abrumada por el pesar, se metió en la cama y estuvo delirando por espacio de seis semanas. Luego, una especie de tranquila lasitud sucedió á esta violenta crisis, y quedó sin movimiento, comiendo apenas, y sólo moviendo los ojos. Cada vez que intentaban hacerla levantar, chillaba como si fuesen á matarla, y por esto la dejaban en la cama sacándola de entre las sábanas nada más que el tiempo preciso para lavarla y sacudir el colchón.

Á su lado estaba una criada vieja que de tiempo en tiempo le daba de beber y la obligaba á comer un poco de carne fría. ¿Qué pasaba en el interior de aquella alma desesperada? Nadie lo supo nunca porque no habló más. ¿Pensaba en sus muertos? ¿Soñaba tristemente sin que sus recuerdos se precisasen ó su aniquilado pensamiento se había quedado inmóvil como el agua estancada?

Por espacio de quince años permaneció inerte y encerrada en sí misma.

Vino la guerra, y, en los primeros días de diciembre, los prusianos llegaron á Cormeil.

Lo recuerdo como si hubiese ocurrido ayer. Hasta la piedras se helaban, y yo estaba en una butaca, inmovilizado por la gota, cuando á mis oídos llegó el pesado ritmo de sus pasos. Desde mi ventana les vi pasar.


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3 págs. / 6 minutos / 541 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Pierrot

Guy de Maupassant


Cuento


La señora Lefèvre era una mujer de campo, una viuda medio campesina, medio señora, que se adornaba con cintas y volantes y llevaba sombrero. Era una de esas personas que hablan enfáticamente, que cuando se encuentran en público se dan tono de grandeza, y que bajo un aspecto cómico y abigarrado esconden un alma de bestia presuntuosa de la misma manera que bajo guantes de seda cruda disimulan sus encarnadas manazas.

Por criada tenía á una honrada campesina, muy sencilla, que se llamaba Rosa.

Y las dos mujeres vivían en una casita pequeña, una casita con persianas verdes, que á lo largo de un camino de Normandía se alzaba en el centro del territorio de Caux.

Como frente á su casa tenían un pequeño jardín, en él cultivaban legumbres.

Pero sucedió que, una noche, les robaron una docena de cebollas.

En cuanto Rosa se enteró del hurto, corrió á prevenir á la señora, que bajó vistiendo refajo de lana. Y se produjo una escena de verdadera desolación, de verdadero terror. Habían robado, robado á la señora Lefèvre... En el país se robaba, y el robo podía repetirse.

Las dos mujeres, aterrorizadas, contemplaban las huellas de los pasos y hacían mil suposiciones. «Por ahí han pasado —decían— y subiendo por la tapia han saltado al camino».

Y el porvenir las aterrorizaba, y ya no podían dormir tranquilas.

La noticia circuló rápidamente: los vecinos llegaron, empezaron á discutir, y las dos mujeres comunicaban sus ideas y sus observaciones á cuantos llegaban.

Un labrador que vivía muy cerca les dió un consejo: «Ustedes deberían tener un perro».

Y era verdad; debían tener un perro aun cuando sólo fuese para dar la voz de alarma. Y no un perro grande, ¡santo Dios! ¿Qué harían con un perro grande? se arruinarían para darle de comer. Un perro pequeñito... con que ladrase sería bastante.


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5 págs. / 10 minutos / 162 visitas.

Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Sillera

Guy de Maupassant


Cuento


Terminaba la comida de apertura de caza en casa del marqués de Bertrán. Once cazadores, ocho mujeres jóvenes, y el médico del lugar, estaban sentados alrededor de la gran mesa profusamente iluminada y cubierta de frutas y de flores.

Se habló de amor, y se inició tremenda discusión, la discusión eterna para saber si se podía amar verdaderamente una ó varias veces. Y se citaron ejemplos de gentes que no habían tenido más que un amor formal; y se citaron otros ejemplos de gentes que habían amado con violencia frecuentemente. Los hombres, en general, pretendían que la pasión, como las enfermedades, puede atacar varias veces al mismo ser, y atacarle y matarle si se oponen obstáculos á su paso. Aun cuando este modo de ver apenas admitía réplica, las mujeres, cuya opinión se fundaba en la poesía mucho más que en la observación, aseguraban que el amor, el amor verdadero, el gran amor, sólo podía ser sentido una vez por los mortales, y que ese amor, semejante al rayo, cuando caía en un corazón, éste quedaba tan vacío, devastado é incendiado, que ningún sentimiento poderoso ni ningún sueño podían germinar de nuevo en él.

El marqués, que había amado mucho, combatía vivamente esta creencia:

—Yo les digo que se puede amar varias veces con todas las fuerzas y con toda el alma. Ustedes me nombran gentes que se han matado por amor, presentándolos como prueba de la imposibilidad de una segunda pasión. Y yo replicaré que si no hubiesen cometido la tontería de suicidarse, que les suprimía todas las probabilidades de recaer, se hubieran curado: se hubieran curado y hubieran vuelto á empezar, y así siempre, hasta que hubiesen muerto de muerte natural. Los enamorados son como los borrachos. Quien ha bebido, beberá; quien ha amado, amará. Es cuestión de temperamento.

Se eligió por árbitro al doctor, viejo médico parisiense, que se había retirado al campo, y se le rogó que diese su opinión.

Precisamente no tenía.


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7 págs. / 12 minutos / 40 visitas.

Publicado el 24 de julio de 2025 por Edu Robsy.

El Miedo

Guy de Maupassant


Cuento


Después de comer subimos á cubierta. Ante nosotros el Mediterráneo, bañado por la luz de la luna, se extendía sin que una sola arruga se dibujase en su superficie. El enorme buque resbalaba lanzando al cielo, lleno de estrellas, una gran serpiente de humo negro, y detrás, el agua blanca, agitada por el paso rápido del pesado navío, batida por la hélice, espumeaba, parecía retorcerse, y agitaba tantas claridades que cualquiera hubiera creído que la luz de la luna estaba en ebullición.

Y allí estábamos seis ú ocho, admirando en silencio la costa de África hacia la cual nos dirigíamos. El comandante, que sentado entre nosotros fumaba un cigarro, reanudó la conversación iniciada durante la comida.

—Sí,—dijo—aquel día tuve miedo. Mi barco permaneció seis horas con esa roca en la barriga y batido por la mar. Afortunadamente, al llegar la noche nos recogió un barco carbonero inglés.

Entonces, un hombre muy alto, de tostado rostro y grave aspecto, uno de esos hombres que se adivina han cruzado grandes países desconocidos en medio de incesantes peligros y cuya tranquila mirada parece conservar en sus profundidades algo de los extraños paisajes vistos, uno de esos hombres que parecen templados en el valor, habló por vez primera.

—Usted dice, comandante, que tuvo miedo, y yo no lo creo. Usted se engaña con respecto á la palabra y con respecto á la sensación que experimentó. Un hombre enérgico no siente nunca miedo ante un peligro inmediato. Se siente emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es cosa muy distinta.

El comandante replicó riendo:

—¡Diablo! Yo le aseguro que tuve miedo y mucho miedo.

Entonces el hombre de bronceada tez, repuso con voz lenta:


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6 págs. / 11 minutos / 138 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

La Muerta

Guy de Maupassant


Cuento


¡Yo la había amado locamente! ¿Por qué amamos? Es raro no ver en el mundo sino a un ser, no tener en la mente sino una idea, en el corazón sino un deseo, y en la boca más que un nombre: un nombre que sube sin cesar, que sube, como el agua de un manantial, de las honduras del alma, que sube a los labios, y que decimos, que repetimos, que murmuramos sin cesar en todas partes, al igual que una plegaria.

No contaré nuestra historia. El amor no tiene más que una, siempre la misma. La encontré y la amé. Nada más. Y viví durante un año en su ternura, en sus brazos, en su caricia, en su mirada, en sus trajes, en sus palabras, enredado, ligado, aprisionado en todo lo que venía de ella, de una forma tan completa que ya no sabía si era de día o de noche, si estaba vivo o muerto, en la vieja tierra o en otro lugar.

Y he aquí que se murió. ¿Cómo? No sé, ya no lo sé.

Volvió a casa empapada, una noche de lluvia, y al día siguiente tosía. Tosió durante una semana aproximadamente y guardó cama.

¿Qué ocurrió? Ya no lo sé.

Los médicos venían, escribían, se iban. Se traían remedios; una mujer se los hacía tomar. Sus manos estaban calientes, su frente ardiente y húmeda, su mirada brillante y triste. Yo le hablaba, ella me respondía. Qué nos dijimos? Ya no lo sé: ¡Lo he olvidado todo, todo! Se murió, recuerdo muy bien su breve suspiro, su breve suspiro tan débil, el último. La enfermera dijo: «¡Ay!» ¡Comprendí, comprendí!

No supe nada más. Nada. Vi a un sacerdote que pronunció estas palabras. «Su querida.» Me pareció que la insultaba. Puesto que ella había muerto, nadie tenía derecho a saber eso. Lo despedí. Vino otro que fue muy bondadoso, muy dulce. Yo lloraba cuando él me habló de ella.

Me consultaron mil cosas sobre el entierro. Ya no lo sé. Recuerdo muy bien, sin embargo, el ataúd, el ruido de los martillazos cuando la clavaron dentro. ¡Ay, Dios mío!


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5 págs. / 9 minutos / 733 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Tombouctou

Guy de Maupassant


Cuento


El bulevar, ese río de vida, hormigueaba envuelto en la lluvia de oro del sol poniente. El cielo parecía de grana, cegaba, y detrás de la Magdalena las inmensas nubes incendiadas lanzaban sobre la larga avenida un chaparrón de fuego vibrante como vapor de hoguera.

La muchedumbre alegre, palpitante, paseando bajo esa bruma inflamada, parecía surgir en apoteosis. Los rostros parecían dorados; los sombreros y los trajes negros tenían reflejos de púrpura, y el charol de las botas arrojaba llamas sobre el asfalto de las aceras.

En las terrazas de los cafés los hombres tomaban bebidas brillantes y coloreadas que cualquiera hubiera creído piedras preciosas fundidas en el cristal.

Y en medio de los consumidores vestidos con trajes claros ú obscuros, dos oficiales con uniforme de gala hacían que todos los ojos, al tropezar con el oro de sus galones, se dirigiesen á otro lado. Hablaban, alegres sin saber por qué, contentos de vivir en aquella resplandeciente y radiante tarde, y contemplaban á la muchedumbre: hombres que pasaban lentamente y mujeres que dejaban tras sí agradable y turbador perfume.

De pronto, un negro enorme, vestido de negro, tripudo, cargado de dijes que pendían de su chaleco de dril, y resplandeciente el rostro como si le hubiese dado brillo con betún, pasó por delante de ellos con aire triunfal. Dedicaba sonrisas á los paseantes, sonrisas á los vendedores de periódicos, sonrisas al cielo resplandeciente, y sonrisas á París entero. Era tan alto, que sobresalía por encima de todas las cabezas, y á su paso, los mirones se volvían para contemplarle vuelto de espalda.


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Publicado el 9 de marzo de 2025 por Edu Robsy.

En los Campos

Guy de Maupassant


Cuento


Las dos chozas se alzaban una junto á otra al pie de una colina situada muy cerca de la población de aguas. Y los dos campesinos, para mantener á los pequeños, trabajaban de firme la infecunda tierra. Cada matrimonio tenía cuatro, y los chiquillos jugaban ante las puertas vecinas desde por la mañana hasta por la noche. Los dos mayores tenían seis años, los dos pequeños poco más de quince meses, y tanto en un hogar como en el otro, los matrimonios y luego los nacimientos se habían producido casi simultáneamente.

Apenas si en el montón las dos madres podían distinguir sus productos, y los padres los confundían siempre. Los ocho nombres daban vueltas por su cabeza, se mezclaban, y cuando precisaba llamar á uno, con frecuencia nombraban á tres antes de dar con el verdadero.

La primera morada, más cercana á la estación termal de Rolleport, estaba ocupada por los Tuvache que tenían tres niñas y un niño, y la otra albergaba á los Vallín que tenían una niña y tres muchachos.

Y todos vivían penosamente, alimentándose con sopa, patatas y aire libre. Á las siete, por la mañana, á mediodía, y por la noche á las seis, las madres reunían á los rapaces para darles de comer, del mismo modo que las que guardan gansos reúnen á las bestias. Por orden de edad los niños se sentaban á una mesa de madera que cincuenta años de uso habían pulido, y la boca del más pequeño apenas llegaba á la altura del tablero. Ante ellos se colocaba un plato sopero, lleno de pan cocido en el agua que había servido para hervir media col, patatas y tres cebollas, y todos comían hasta matar el hambre. La madre se cuidaba del más pequeño. Los domingos, la carne del cocido era un plato exquisito para todos, y ese día el padre prolongaba la comida á puro de repetir: «Así comería yo todos los días».


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Becada

Guy de Maupassant


Cuento


El anciano barón de Ravots había sido durante cuarenta años el rey de los cazadores de su provincia. Pero hacia ya cinco o seis que una parálisis de las piernas lo tenía clavado en su sillón, y tenía que contentarse con tirar a las palomas desde una ventana de la sala o desde la gran escalinata de su palacio. El resto del tiempo lo pasaba leyendo.

Era hombre de trato agradable, que había conservado mucho de la afición a las letras que distinguió al siglo pasado. Le encantaban las historietas picarescas, y también le encantaban las anécdotas auténticas de que eran protagonistas personas allegadas suyas. En cuanto llegaba de visita un amigo le preguntaba:

—¿Qué novedades hay?

Tenía la habilidad de un juez de instrucción para interrogar.

En los días de sol se hacía llevar en su amplio sillón de ruedas que parecía una cama, a la puerta del palacio. Detrás de él se situaba un criado con las escopetas, las cargaba y se las iba pasando a su señor. Otro criado, oculto en un bosquecillo, daba suelta a un pichón de cuando en cuando, a intervalos regulares, para que le cogiese de sorpresa, obligándolo a estar en constante alerta.

Se pasaba el día tirando a aquellas aves ligeras, se desesperaba si conseguían burlarle y se reía hasta saltársele las lágrimas cuando el animal caía a plomo o daba alguna voltereta extraña y cómica. Se volvía entonces hacia el mozo que le cargaba las armas y le preguntaba con espasmódica alegría:

—¡A ése le di lo suyo, José! ¿Viste cómo cayó?

Y José respondía indefectiblemente:

—El señor barón no marra uno.


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Amor

Guy de Maupassant


Cuento




Páginas del "Diario de un cazador"

En la crónica de sucesos de un periódico acabo de leer un drama pasional. Uno que la ha matado y se ha matado después; es decir, uno que amaba. ¿Qué importan él y ella? Sólo su amor me importa; y no porque me enternezca, ni porque me asombre, ni porque me conmueva, ni me haga soñar, sino porque evoca en mí un recuerdo de la mocedad, recuerdo extraño de una cacería en que se me apareció el Amor, como se aparecían a los primeros cristianos cruces misteriosas en la serenidad de los cielos.

Nací con todos los instintos y emociones del hombre primitivo, muy poco atenuados por las sensaciones y los razonamientos de la civilización. Amo la caza con pasión, y la bestia ensangrentada, con sangre en su plumaje, ensangrentándome las manos, me hace desfallecer de gusto.

Aquel año, al final del otoño, se presentó impetuosamente el frío, y mi primo Karl de Ranyule me invitó a cazar con él, a la alborada patos magníficos en los pantanos de su posesión.

Mi primo, un buen mozo de cuarenta años, encarnado, con mucha vida en el cuerpo y muchos poles, en la cara, semibruto y semicivilizado, de alegre carácter, dotado de ese esprit gaulois que tan agradablemente vela las deficiencias. del ingenio, vivía en una especie de cortijo con aires de castillo señorial, escondido en un amplio valle.

Coronaban las colinas de la derecha y de la izquierda hermosos bosques señoriales, con árboles antiquísimos y poblados de caza excelente. Algunas veces se abatían allí águilas soberbias, y esos pájaros errantes, que raramente se aventuran en países demasiados poblados para su azorada independencia, encontraban en aquella selva secular asilo seguro, como si reconocieran en ella alguna rama que en otros tiempos les acogiera durante sus excursiones sin rumbo.


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Publicado el 18 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

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