Textos más vistos de Guy de Maupassant | pág. 6

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autor: Guy de Maupassant


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El Beso

Guy de Maupassant


Cuento


Encanto mío: De modo que te pasas el día y la noche llorando, porque te abandonó tu marido; no sabes qué hacer y solicitas consejo de tu anciana tía, a la que, por lo visto, supones muy experta. No estoy tan enterada como tú te lo imaginas; pero desde luego que no soy del todo ignorante en el arte de amar o, más bien, de hacerse amar, que a ti te falta un poco. A mis años creo que me debe estar permitido confesarlo.

Me cuentas que no tienes para él otra cosa que atenciones, cariños, caricias y besos. De ahí tal vez procede el daño; creo que te excedes en besarlo.

Tenemos en nuestras manos, querida, la potencia más terrible que existe: el amor.

El hombre, dotado de su fuerza física, la ejerce por la violencia. La mujer, dotada del encanto, domina por la caricia. Es nuestra arma, arma temible, incontrastable, pero que es preciso saber manejar.

Somos, sábelo bien, las dueñas de la tierra. Narrar la historia del Amor desde los orígenes del mundo, equivaldría a narrar la historia del hombre mismo. Todo arranca del Amor: las artes, los grandes acontecimientos, las costumbres, la moral, las guerras, el derrumbamiento de los imperios.

En la Biblia tropiezas con Dalíla y Judit; en la Leyenda, con Onfala y Helena; en la Historia, con las Sabinas, Cleopatra y tantas más.

Reinamos, pues, como soberanas omnipotentes. Pero es indispensable que empleemos, lo mismo que los reyes, una diplomacia refinada.

El Amor, pequeña mía, está hecho de primores, de sensaciones imperceptibles.

Sabemos que es fuerte como la muerte; pero es también tan frágil como el vidrio. El choque más insignificante lo quiebra y nuestro dominio se derrumba, sin que podamos ya reconstruirlo.

Tenemos el poder de hacernos adorar, pero necesitamos una cualidad minúscula: el discernimiento de matices en la caricia, la percepción sutil de lo excesivo en la manifestación de nuestra ternura.


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Publicado el 6 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Bicho de Belhomme

Guy de Maupassant


Cuento


La diligencia de El Havre se disponía a salir de Criquetot, y en el patio del hotel del Comercio, cuyo propietario era Malandain hijo, todos los viajeros esperaban a que los llamasen por su nombre.

Era un carruaje amarillo, montado sobre ruedas amarillas también en otros tiempos, pero que el barro acumulado había teñido de gris; y si las de delante eran pequeñas, las de detrás eran altas y frágiles y sostenían, grotesco y abultado, algo que parecía el vientre de una bestia deforme. Tres pencos blancos, que a primera vista llamaban la atención por sus enormes cabezas y sus redondas rodillas, arrastraban la diligencia que, por su estructura, semejaba un monstruo. Y los caballos, enganchados al extraño vehículo, parecía que dormían.

Cesáreo Horlaville, el cochero, era un hombrecillo ventrudo y sin embargo flexible y ágil, a causa de la constante obligación de encaramarse al pescante y escalar el imperial; tenía la piel curtida por el aire de los campos, las lluvias y las borrascas; rojizo el rostro por el uso y tal vez el abuso del alcohol, brillantes los ojos que parpadeaban al viento y al granizo. Cuando apareció en el patio de la posada se secaba los labios con el reverso de la mano.

Grandes cestos redondos llenos de aves asustadas esperaban ante las inmóviles campesinas, y Cesáreo Horlaville, cogiéndolos uno a uno, los colocó en la parte alta de su carruaje; en seguida, y con más cuidado, colocó los que contenían huevos, lanzando después, desde abajo, algunos saquitos de grano y una serie de paquetes envueltos con pañuelos, trapos y periódicos. Luego, abriendo la portezuela, sacó del bolsillo una lista que leyó en voz alta:

—¡Señor cura de Georgeville!

El sacerdote, hombre robusto, fuerte y de amable aspecto, avanzó; y recogiéndose la sotana como las mujeres se recogen la falda, montó en la diligencia.

—¿El maestro de Rollebose-les-Grinets?


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Publicado el 13 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Borracho

Guy de Maupassant


Cuento


El viento del norte soplaba tempestuoso, arrastrando por el cielo enormes nubes invernales, pesadas y negras, que arrojaban al pasar sobre la tierra furiosos chaparrones.

El mar encrespado bramaba y azotaba la costa, precipitando sobre la orilla olas enormes, lentas y babosas, que se desplomaban con detonaciones de artillería. Llegaban suavemente, una tras otra, altas como montañas, esparciendo en el aire, bajo las ráfagas, la espuma blanca de sus crestas, igual que el sudor de un monstruo.

El huracán se precipitaba en el vallecito de Yport, silbaba y gemía, arrancando las pizarras de los tejados, rompiendo los sobradillos, derribando las chimeneas, lanzando por las calles tales rachas de viento que sólo se podía andar sujetándose a las paredes, y capaces de levantar a un niño como si fuera una hoja y de arrojarlo al campo por encima de las casas.

Las barcas de pesca habían sido sirgadas hasta el pueblo, por miedo al mar que iba a barrer la playa cuando subiese la marea, y algunos marineros, ocultos tras el redondo vientre de las embarcaciones tumbadas de costado, contemplaban a aquella cólera del cielo y del agua.

Después se marchaban poco a poco, pues la noche caía sobre la tormenta, envolviendo en sombras el océano enloquecido, y todo el estruendo de los irritados elementos.

Quedaban aún dos hombres, las manos en los bolsillos, encorvados bajo la borrasca, el gorro de lana calado hasta los ojos, dos corpulentos pescadores normandos, con una sotabarba áspera, con la piel quemada por las saladas ráfagas de alta mar, de ojos azules con una pinta negra en el centro, esos ojos penetrantes de los marinos que ven a lo lejos en el horizonte, como un ave de presa.

Uno de ellos decía:

—Hala, vente, Jérémie. ¿Qué tal si echamos una partida de dominó? Yo pago.


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Publicado el 6 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Ciego

Guy de Maupassant


Cuento


¿Qué será esta alegría del primer sol? ¿Por qué esta luz caída sobre la tierra nos llena así de la dulzura de vivir? El cielo está todo azul, la campiña toda verde, las casas todas blancas; y nuestros ojos embelesados beben esos colores vivos a los que convierten en júbilo para nuestras almas. Y nos entran ganas de bailar, ganas de correr, ganas de cantar, una dichosa ligereza del pensamiento, una especie de ternura por todo; quisiéramos abrazar al sol.

Los ciegos de las puertas, impasibles en su eterna oscuridad, permanecen tan tranquilos como siempre en medio de esta nueva alegría y, sin comprender, apaciguan a cada minuto a su perro que quisiera brincar.

Cuando regresan, terminado el día, del brazo de un hermano más pequeño o de una hermanita, si el niño dice: «¡Ha hecho muy bueno hoy!», el otro responde:

«Ya me he dado cuenta de que hacía bueno, Loulou era incapaz de quedarse en su sitio».

He conocido a uno de esos hombres, cuya vida fue uno de los más crueles martirios que imaginarse pueda.

Era un campesino, el hijo de un granjero normando. Mientras vivieron su padre y su madre, cuidaron más o menos de él; apenas sufrió por su horrible invalidez; pero en cuanto los viejos desaparecieron, se inició una atroz existencia. Recogido por una hermana, todos en la granja lo trataban como a un mendigo que come el pan de los otros. En cada comida, le echaban en cara su alimento; le llamaban holgazán, patán; y aunque su cuñado se había apoderado de su parte de la herencia, le daban a regañadientes la sopa, lo justo para que no muriera.


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3 págs. / 6 minutos / 251 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Conejo

Guy de Maupassant


Cuento


Maese Lecacheur salió a la puerta de su casa a la hora de costumbre, entre cinco y cinco y cuarto de la mañana, con objeto de vigilar a sus criados, que se disponían a emprender las diarias tareas.

Encarnado, semidormido, con el ojo derecho abierto y el izquierdo casi cerrado, se abrochaba con mil trabajos los tirantes sobre su grueso vientre, examinando, con una mirada experta, todos los rincones conocidos de su granja. Los oblicuos rayos del sol, atravesando las copas de las hayas y de los redondos manzanos del patio, hacían cantar a los gallos en el estercolero y arrullarse en el tejado a las palomas. El olor del establo salía por la puerta abierta, mezclándose el aire fresco de la mañana con el acre olor de la cuadra, donde los caballos relinchaban con la cabeza vuelta hacia la luz.

Cuando su pantalón hubo quedado sólidamente sujeto, el señor Lecacheur se puso en marcha, yendo en primer lugar al gallinero, para contar los huevos de la mañana, pues, desde hacía algún tiempo, tenía la sospecha de que le robaban.

De pronto, la criada de la granja corrió a él levantando los brazos y gritando:

—¡Maese Cacheur, maese Cacheur, esta noche se han llevado un conejo!

—¿Un conejo?

—Sí, maese Cacheur; el grande gris, el de la jaula de la derecha.

El campesino abrió del todo el ojo izquierdo y dijo sencillamente:

—Veamos eso.

Y fue a verlo.

La jaula había sido despedazada y el conejo no estaba en ella.

El hombre, en quien la inquietud hizo al punto presa, volvió a cerrar el ojo derecho y se rascó la nariz. Al cabo de unos instantes de reflexión dijo a la criada, que permanecía en estúpida actitud delante de su amo:

—Ve en busca de los gendarmes. Diles que los espero inmediatamente.

Maese Lecacheur era alcalde del lugar, Pavigny—le Gras, y daba en él como amo absoluto, gracias a su dinero y posición.


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Ermitaño

Guy de Maupassant


Cuento


Algunos amigos habíamos ido a visitar al viejo ermitaño que vivía en el túmulo de un antiguo sepulcro cubierto de árboles, en el centro de la inmensa llanura que se extiende desde Cannes a la Napoule.

Regresamos hablando de estos extraños solitarios laicos, que fueron muy numerosos en otros tiempos, pero cuya raza va hoy desapareciendo. Nos esforzábamos por hallar las causas morales, y por determinar la índole de los desengaños que lanzaban en aquellas épocas a los hombres hacia las soledades.

Uno del grupo exclamó de pronto:

—Dos ermitaños he conocido: un hombre y una mujer. Esta última debe vivir todavía. Habitaba, hace cinco años, en unas ruinas situadas en la cumbre de una montaña completamente desierta de las costas de Córcega, a quince o veinte kilómetros de distancia de la casa más próxima. Vivía allí en compañía de una criada; fui a verla. No había la menor duda de que se trataba de una mujer distinguida, que había pertenecido a la buena sociedad. Me acogió con mucha cortesía, y hasta con cordialidad, pero nada conseguí saber de ella, y nada pude adivinar tampoco.

Por lo que al hombre respecta, les voy a contar su siniestra aventura.

Vuélvanse ustedes a este lado. Vean allá lejos aquel monte puntiagudo y cubierto de bosque que se destaca, aislado, detrás de la Napoule, por delante de las cumbres del Esterel; la gente del país lo conoce con el nombre de monte de las Serpientes. Allí vivía el solitario de mi historia, hará unos doce años, entre los muros de un pequeño templo antiguo.


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Guarda

Guy de Maupassant


Cuento


Después de comer se referían aventuras y accidentes de caza.

Un antiguo amigo nuestro, el señor Bonface, gran bebedor de vino, hombre robusto y alegre, ingenioso como pocos, de buen sentido y filosofía irónica y resignada, se distinguía siempre por sus bromas mordaces y nunca por sus tristezas. Y de pronto dijo:

—Yo sé una historia de caza, ó mejor dicho, un drama de caza bastante extraordinario. No se parece á ninguno de los ya contados, y yo mismo no me he atrevido nunca á contarlo por temor á que no interesase. Y todo, porque no es simpático; ¿comprenden ustedes? Quiero decir que carece de ese interés que apasiona, encanta ó emociona agradablemente.

Pero en fin, vamos al caso.

Entonces tenía treinta y cinco años, y mi mayor encanto era la caza. Bastante lejos, en los alrededores de Junquières, poseía unas tierras en cuyos bosques de pinos abundaban las liebres y los conejos. Y en ellas pasaba cuatro ó cinco días al año, yo solo, pues lo primitivo de la instalación no me permitía invitar á ningún amigo.

Un gendarme retirado, hombre honradísimo, violento, severo, terrible para los cazadores furtivos y que no conocía el miedo, me servía de guarda. Vivía solo, lejos de la aldea, en una casita pequeña, más bien una choza, que se componía de dos habitaciones en la planta baja, la cocina y el cillero, y otras dos arriba. Una de ellas, especie de jaula únicamente lo bastante grande para contener una cama, un armario y una silla, me estaba reservada.

La otra la ocupaba Cavalier, pero al decir que vivía solo he dicho mal: con él vivía un sobrino suyo, un ganapán de catorce años que iba á la compra á la aldea, distante tres kilómetros de allí, y que ayudaba al viejo en sus cotidianas tareas.


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Dominio público
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Publicado el 4 de marzo de 2025 por Edu Robsy.

El Huérfano

Guy de Maupassant


Cuento


La señorita Source había adoptado a aquel muchacho en otros tiempos, en circunstancias muy tristes. Tenía entonces treinta y seis años y su deformidad (se había caído desde las rodillas de su aya a la chimenea, cuando era muy pequeña y su cara, completamente quemada, se le había quedado horrible de ver), su deformidad la había decidido a no casarse, pues no quería que nadie la desposara por su dinero.

Una vecina, que había enviudado estando embarazada, murió en el parto sin dejar ni un céntimo. La señorita Source recogió al recién nacido, le puso una nodriza, lo crió, lo envió a un internado, luego lo retomó a la edad de catorce años, con el fin de tener en su casa vacía a alguien que la quisiera, que la cuidara, que le hiciera dulce la vejez.


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Lisiado

Guy de Maupassant


Cuento


El hecho ocurrió en 1882. Acababa de instalarme en un rincón de un compartimiento vacío, y había cerrado la portezuela con la esperanza de viajar solo, cuando volvió a abrirse de súbito y oí una voz que decía.

—¡Cuidado, señor! Nos hallamos precisamente en un cruce de líneas; el estribo está muy alto.

Otra voz respondió:

—No te preocupes; me sujeto bien.

Luego apareció una cabeza cubierta con un sombrero hongo, y dos manos, que se aferraban con firmeza a los montantes, izaron lentamente un corpachón cuyos pies al tocar el estribo hicieron el ruido que produce una estaca al golpear el suelo.

Cuando el viajero introdujo el torso en el compartimiento, vi aparecer al extremo del pantalón la contera de una pierna de palo pintada de negro, y después otra pierna de iguales características. Surgió detrás del viajero una cabeza que inquirió:

—¿Está bien instalado el señor?

—Sí, muchacho.

—Pues ahí van los paquetes y las muletas.

Y un criado, que parecía un antiguo asistente, subió a su vez con una porción de bultos envueltos en papeles negros y amarillos, cuidadosamente atados, y los dejó en la red por encima de la cabeza de su amo. Luego dijo:

—Bueno; ya está todo. Hay cinco. Los dulces, la muñeca, el fusil, el tambor y el pastel de foie—gras.

—Bien, muchacho.

—Feliz viaje, señor.

—¡Gracias, Lorenzo! ¡Sigue bien!

El criado se marchó, cerrando la portezuela, y miré a mi vecino.

Debía de tener unos treinta y cinco años, aunque su pelo era ya casi blanco. Llevaba condecoraciones; era bigotudo, robusto, muy gordo, con esa gordura que aqueja a los hombres activos y fuertes cuando una enfermedad o un accidente los obliga a permanecer casi inmóviles.

Se enjugó la frente, resopló con fuerza y preguntó, mirándome a los ojos:


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Niño

Guy de Maupassant


Cuento


Después de haber jurado durante mucho tiempo que no se casaría nunca, de repente Jacques Bourdillère había cambiado de idea. Esto había ocurrido bruscamente, un verano, en un balneario. Una mañana, estando tumbado en la arena, entretenido observando a las mujeres que salían del agua, un pequeño pie le había llamado la atención por su gracia y delicadeza.

Levantando la vista hacia arriba, toda su figura le sedujo.

De esta persona solamente veía los tobillos y la cabeza surgiendo de un albornoz de franela blanco, cuidadosamente cerrado.

Se decía de él que era sensual y un vividor.

Fue entonces, únicamente por la gracia de la silueta por lo que quedó cautivado al principio, luego fue atraído por el encanto de un dulce carácter de muchacha inocente y bondadoso, tierno como las mejillas y los labios.

Presentado a la familia, gustó y pronto se enamoró locamente. Cuando veía de lejos a Berthe Sannis, en la gran playa de fina arena , se estremecía hasta la médula. A su lado se volvía mudo, incapaz de decir algo e incluso de pensar, con una especie de agitación en el corazón, de zumbido en el oído, de turbación en el alma. Así pues, ¿era esto amor?. No lo sabía, no entendía nada, pero permanecía en todo caso decidido a convertir a esa niña en su esposa.

Los padres de ella dudaron durante mucho tiempo por culpa de su mala reputación. Se decía que tenía una amante, una ex amante, una antigua y fuerte relación, una de esas cadenas que se creen rotas y que todavía se mantienen. Aparte de esto, amaba, durante periodos más o menos largos, a todas las mujeres que estaban a su alcance.


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Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

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