Textos más vistos de Guy de Maupassant | pág. 7

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autor: Guy de Maupassant


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El Lisiado

Guy de Maupassant


Cuento


El hecho ocurrió en 1882. Acababa de instalarme en un rincón de un compartimiento vacío, y había cerrado la portezuela con la esperanza de viajar solo, cuando volvió a abrirse de súbito y oí una voz que decía.

—¡Cuidado, señor! Nos hallamos precisamente en un cruce de líneas; el estribo está muy alto.

Otra voz respondió:

—No te preocupes; me sujeto bien.

Luego apareció una cabeza cubierta con un sombrero hongo, y dos manos, que se aferraban con firmeza a los montantes, izaron lentamente un corpachón cuyos pies al tocar el estribo hicieron el ruido que produce una estaca al golpear el suelo.

Cuando el viajero introdujo el torso en el compartimiento, vi aparecer al extremo del pantalón la contera de una pierna de palo pintada de negro, y después otra pierna de iguales características. Surgió detrás del viajero una cabeza que inquirió:

—¿Está bien instalado el señor?

—Sí, muchacho.

—Pues ahí van los paquetes y las muletas.

Y un criado, que parecía un antiguo asistente, subió a su vez con una porción de bultos envueltos en papeles negros y amarillos, cuidadosamente atados, y los dejó en la red por encima de la cabeza de su amo. Luego dijo:

—Bueno; ya está todo. Hay cinco. Los dulces, la muñeca, el fusil, el tambor y el pastel de foie—gras.

—Bien, muchacho.

—Feliz viaje, señor.

—¡Gracias, Lorenzo! ¡Sigue bien!

El criado se marchó, cerrando la portezuela, y miré a mi vecino.

Debía de tener unos treinta y cinco años, aunque su pelo era ya casi blanco. Llevaba condecoraciones; era bigotudo, robusto, muy gordo, con esa gordura que aqueja a los hombres activos y fuertes cuando una enfermedad o un accidente los obliga a permanecer casi inmóviles.

Se enjugó la frente, resopló con fuerza y preguntó, mirándome a los ojos:


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5 págs. / 8 minutos / 63 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Niño

Guy de Maupassant


Cuento


Después de haber jurado durante mucho tiempo que no se casaría nunca, de repente Jacques Bourdillère había cambiado de idea. Esto había ocurrido bruscamente, un verano, en un balneario. Una mañana, estando tumbado en la arena, entretenido observando a las mujeres que salían del agua, un pequeño pie le había llamado la atención por su gracia y delicadeza.

Levantando la vista hacia arriba, toda su figura le sedujo.

De esta persona solamente veía los tobillos y la cabeza surgiendo de un albornoz de franela blanco, cuidadosamente cerrado.

Se decía de él que era sensual y un vividor.

Fue entonces, únicamente por la gracia de la silueta por lo que quedó cautivado al principio, luego fue atraído por el encanto de un dulce carácter de muchacha inocente y bondadoso, tierno como las mejillas y los labios.

Presentado a la familia, gustó y pronto se enamoró locamente. Cuando veía de lejos a Berthe Sannis, en la gran playa de fina arena , se estremecía hasta la médula. A su lado se volvía mudo, incapaz de decir algo e incluso de pensar, con una especie de agitación en el corazón, de zumbido en el oído, de turbación en el alma. Así pues, ¿era esto amor?. No lo sabía, no entendía nada, pero permanecía en todo caso decidido a convertir a esa niña en su esposa.

Los padres de ella dudaron durante mucho tiempo por culpa de su mala reputación. Se decía que tenía una amante, una ex amante, una antigua y fuerte relación, una de esas cadenas que se creen rotas y que todavía se mantienen. Aparte de esto, amaba, durante periodos más o menos largos, a todas las mujeres que estaban a su alcance.


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6 págs. / 10 minutos / 50 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

El Pecio

Guy de Maupassant


Cuento


Ayer estábamos á 31 de diciembre.

Y acababa de almorzar con mi antiguo amigo Jorge Guerín, cuando el criado le entregó una carta cuyo sobre estaba casi completamente cubierto de sellos extranjeros.

Jorge me dijo:

—¿Permites?

—Faltaría más.

Y leyó ocho páginas escritas con letra grande, letra inglesa, que las cruzaban en todos sentidos. Y las leía lentamente, con la formal atención y con el interés con que se hacen las cosas que nos llegan al alma.

Cuando hubo terminado, dejó la carta encima de la chimenea y dijo:

—Ésa es una historia rara, una historia sentimental que nunca te he contado y cuyo protagonista fuí yo. ¡Rarísimo día de año nuevo el del año aquél! Y hace ya veinte años... pues entonces tenía treinta, y ya tengo cincuenta.

Era inspector de la compañía de seguros marítimos que hoy dirijo, y me disponía á pasar el día primero de enero en París, pues es cosa convenida que ese día ha de ser de gran fiesta para todos, cuando recibí una carta del director en la que me ordenaba saliese sin pérdida de momento para la isla de Ré, donde había naufragado un buque de Saint-Nazaire, de tres palos, que nosotros habíamos asegurado. Eran las ocho de la mañana; llegué á las oficinas de la compañía á las diez, con objeto de recibir instrucciones, y la misma noche tomaba el expreso que al día siguiente, 31 de diciembre, tenía que dejarme en la Rochela.


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12 págs. / 21 minutos / 55 visitas.

Publicado el 5 de marzo de 2025 por Edu Robsy.

El Regreso

Guy de Maupassant


Cuento


Con sus olas continuas y monótonas, la mar azota la costa. Impulsadas por el viento, y semejando pájaros, blancas nubecillas pasan rápidamente á través del inmenso cielo azul, y la aldea, situada en el pliegue de un valle que llega hasta el océano, se calienta al sol.

Á la entrada, y al borde del camino, se alza la casa de los Martín Levesque. Es una morada de pescador con los muros de arcilla y el tejado de bálago que ostenta un penacho de azules lirios. Un huerto del tamaño de un pañuelo en el que crecen cebollas, coles y perejil, se extiende ante la puerta; y, á lo largo del camino, lo cierra tosca valla.

El hombre está en la mar, pescando, y la mujer, frente á la morada, repara las mallas de una red enorme que, extendida contra la pared, semeja inmensa tela de araña. Sentada en una silla de paja á la entrada del huerto, una muchachita de catorce años se inclina hacia atrás y arregla ropa blanca, ropa blanca de pobres, remendada y zurcida ya. Otra chiquilla, un año más joven, mece en sus brazos á un niño pequeño, tan pequeño que ni siquiera se mueve ni habla. Y dos pequeñuelos de dos ó tres años, sentados en el suelo y frente á frente, construyen jardines con sus torpes manos y se tiran á la cara puñados de polvo.

Nadie habla. Únicamente el pequeñuelo á quien quieren dormir llora sin descanso, con gritos agrios y cascados. Junto á la ventana, un gato duerme y los abiertos girasoles que se abren al pie del muro, forman un macizo de flores sobre el cual, zumbando, revolotea un mundo de moscas.

De pronto, la muchacha que cose á la entrada grita:

—¡Mamá!

Y la madre responde:

—¿Qué quieres?

—¡Ahí está otra vez!


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5 págs. / 10 minutos / 54 visitas.

Publicado el 3 de marzo de 2025 por Edu Robsy.

El Repartidor de Agua Bendita

Guy de Maupassant


Cuento


En otros tiempos vivía a la entrada del pueblo, en una casita al lado de una gran carretera. Se había establecido como carretero después de su matrimonio con la hija de un granjero de la comarca, como ambos trabajaban duro, llegaron a amasar una pequeña fortuna. Lo único que les apesadumbraba era no tener hijos. Por fin tuvieron uno al que llamaron Jean a quien acariciaban constantemente, arropándolo con su amor, amándolo con tal ternura que no podían pasar una hora sin verlo.

Cuando Jean tenía cinco años, pasaron por la región unos saltimbanquis que montaron sus barracas en la plaza del ayuntamiento.

Él, que los había visto, se escapó de casa, y su padre, después de haberlo buscado durante bastante tiempo, lo encontró lanzando grandes risotadas, sentado en las rodillas de un viejo payaso, entre las cabras sabias y los perros acróbatas.

Tres días más tarde, a la hora de la cena, justo en el momento de sentarse a la mesa, el carretero y su mujer se dieron cuenta de que su hijo no estaba en casa. Lo buscaron por el jardín y, como no lo encontraron, el padre, se puso al borde de la carretera y gritó con todas sus fuerzas: "¿Jean?" —La noche se echaba encima; el horizonte se llenaba de una bruma oscura que empujaba los objetos hacia una lejanía tenebrosa y amedrentadora. Muy cerca de allí, tres grandes pinos parecían llorar. Nadie respondía; pero parecía como si en el aire se percibieran unos gemidos confusos. El padre los escuchó durante largo tiempo siempre queriendo creer que se oía algo, unas veces a su derecha, otras a su izquierda, y como si hubiera perdido la cabeza, se sumergía en la noche llamando sin cesar: "¿Jean?" "¿Jean?"

Así dio vueltas toda la noche, llenando con sus gritos las tinieblas, espantando a los animales vagabundos, asolado por una terrible angustia y creyendo enloquecer por momentos. Su mujer se quedó llorando, sentada en el quicio de la puerta, hasta el amanecer.


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4 págs. / 8 minutos / 115 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

El Vagabundo

Guy de Maupassant


Cuento


Llevaba más de un mes caminando en busca de trabajo por todas partes. Por falta de él había dejado su país, Ville-Avaray, en la Mancha. Maestro carpintero, de unos veintisiete años, honrado trabajador, había estado durante dos meses sosteniendo a su familia, por ser el mayor de los hijos, teniendo que cruzarse de brazos ante la escasez de todo. El pan empezó a faltar en la casa; las dos hermanas trabajaban a jornal, pero sus ganancias eran escasas, y él, Santiago Randel, el más fuerte, no hacía nada porque no tenía nada en qué emplearse y había de comerse la ración de los otros. Entonces se presentó en la Alcaldía y el secretario le dio esperanzas de encontrar trabajo en el Departamento Central. Partió, pues, provisto de papeles y certificados, con siete francos en el bolsillo y llevando al hombro, en un pañuelo azul sujeto al extremo de un palo, un par de zapatos de repuesto, un pantalón y una camisa.

Había caminado sin descansar ni de día ni de noche, por interminables caminos, bajo el sol y la lluvia, sin llegar nunca a ese país misterioso donde encuentran trabajo fácilmente los obreros.


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12 págs. / 22 minutos / 79 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Viejo

Guy de Maupassant


Cuento


Un tibio sol de otoño se cernía sobre el patio de la hacienda, por encima de las grandes hayas de las cunetas. Bajo la hierba pelada por las vacas, la tierra, impregnada de lluvia reciente, mojada, se hundía bajo los pies produciendo un chapoteo; y los manzanos cargados de manzanas sembraban sus frutos de un verde pálido sobre el verde oscuro de los herbazales. Cuatro jóvenes terneras pacían, atadas en línea, y mugían por momentos en dirección a la casa; las aves ponían un movimiento colorido sobre el estiércol, delante del establo, y escarbaban, se removían, cacareaban, mientras que los dos gallos cantaban sin cesar, buscando gusanos para sus gallinas, a las que llamaban con un intenso cloqueo.

La barrera de madera se abrió; entró un hombre, de unos cuarenta años, pero que parecía un viejo de sesenta, arrugado, derrengado, andando con grandes pasos lentos, entorpecidos por el peso de unos grandes zuecos llenos de paja. Sus brazos, demasiado largos, le colgaban a ambos lados del cuerpo. Cuando se acercó a la casa, un perro amarillo, atado al pie de un enorme peral, junto a un barril que le servía de caseta, movió la cola, luego se puso a ladrar como muestra de alegría. El hombre gritó:

—¡Calla, Finot! —El perro se calló.

Una campesina salió de la casa. Su cuerpo huesudo, ancho y plano, se dibujaba bajo un justillo de lana que le oprimía la cintura. Una falda gris, demasiado corta, le caía hasta la mitad de las piernas, cubiertas por medias azules, y ella también llevaba zuecos llenos de paja. Un gorro blanco, que se le había puesto amarillo, cubría unos pocos cabellos pegados al cráneo, y su cara oscura, delgada, fea, sin dientes, mostraba la fisonomía salvaje y bruta que tienen con frecuencia los campesinos.

El hombre preguntó: «¿Cómo sigue?»

La mujer contestó: «El señor párroco dice que es el final, que no saldrá de esta noche.»


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

En el Agua

Guy de Maupassant


Cuento


El verano pasado alquilé una casita de campo situada á orillas del Sena, á varias leguas de París, y allí iba á dormir todas las noches. Poco tardé en entablar relaciones con uno de mis vecinos, hombre de treinta á cuarenta años, que, indudablemente, era el tipo más curioso que nunca me he echado á la cara. Era un canoero viejo, pero un canoero furibundo que estaba siempre cerca del agua, en el agua, dentro del agua; que sin duda había nacido en una canoa, y que seguramente en una canoa morirá también.

Y una noche, que paseábamos juntos por las orillas del Sena, le supliqué que me refiriese algunas anécdotas de su vida náutica. Mi hombre se animó inmediatamente, se transfiguró, y juzgándole por la elocuencia de que hizo gala, le creí poeta. En su corazón anidaba una pasión muy grande, una pasión devoradora é irresistible: el río.

—¡Ah!—me dijo.—¡Cuántos recuerdos míos se relacionan con este río qué mansamente se desliza á nuestro lado! Ustedes, los que viven en calles, no saben lo que es un río; pero oiga á un pescador pronunciar estas palabras. Para él, es el abismo misterioso, profundo, desconocido; es el país de los espejismos y de las fantasmagorías donde se ven, de noche, cosas que no existen, y donde se oyen ruidos que no se han oído nunca. En él se tiembla sin saber por qué, lo mismo que al cruzar un cementerio, y efectivamente, el cementerio más siniestro es aquél en que no hay tumbas.

La tierra es cosa limitada para el pescador, y en la sombra, cuando no hay luna, el río no tiene fin. Los marinos no sienten la misma cosa por la mar. La mar es dura á veces, terrible otras, mala muchas, pero brama, ruge y es leal: el río es silencioso y pérfido. Nunca ruge, siempre se desliza sin ruido, y tengo para mí que ese eterno movimiento del agua murmuradora es cien veces más terrible que las altas olas del Océano.


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Publicado el 2 de marzo de 2025 por Edu Robsy.

Encuentro

Guy de Maupassant


Cuento


Los encuentros constituyen el encanto de los viajes. ¿Quién no siente alegría de un encuentro inesperado, en mil lugares del país, con un parisino, un compañero de colegio, un vecino del campo? ¿Quién no ha pasado la noche con los ojos abiertos, en la incómoda diligencia que discurre por unas comarcas donde el vapor es todavía ignorado, al lado de una muchacha desconocida, entrevista solamente a la débil luz de la lámpara, desde que ella sube al coche ante la puerta de una blanca casa de un pueblo?. Y a la mañana siguiente, cuando el espíritu y los oídos están entumecidos del continuo tintineo de los cascabeles y de la estruendosa vibración de los cristales, qué encantadora sensación al ver la belleza de nuestro lado desgreñada, abrir los ojos y examinar a su vecino; poder ofrecerle mil servicios y escuchar su historia que ella siempre narra cuando se encuentra bien. Y cómo uno se extasía también sin ningún sentido, al verla descender ante la barrera de una casa de campo. Parece captarse en sus ojos, cuando esta amiga de dos horas nos dice adiós para siempre, un atisbo de emoción, de nostalgia, ¿quién sabe?... Y aquél buen recuerdo se conserva hasta la vejez en esos frágiles recuerdos de los viajes.

Al sur, al sur, todo el extremo de Francia, es un país desierto, pero desierto como las soledades americanas, ignorado por los viajeros, inexplorado, separado del mundo por unas cadenas montañosas en las que están asiladas unas aldeas a los márgenes de un gran río, El Argens, al que ningún puente atraviesa. Toda esta comarca de montaña, es conocida bajo el nombre de "macizo de los Maures". Su verdadera capital es Saint Tropez, ubicada en el extremo de esta tierra perdida, al borde del golfo de Grimaud, en la más bella de las costas de Francia.


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4 págs. / 7 minutos / 123 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Ese Cerdo de Morin

Guy de Maupassant


Cuento


A M. Oudinot

I

—Eso, amigo mío —dije a Labarde—; ¡esas cuatro palabras que acabas de pronunciar, «ese cerdo de Morin»! ¿Por qué diablos nunca he oído hablar de Morin sin que se le tratase de cerdo?

Labarde, hoy diputado, me miró con ojos de gato asustado.

—Pero ¡cómo! ¿No sabes la historia de Morin? ¿Y tú eres de La Rochelle?

Confesé que no sabía la historia de Morin. Entonces Labarde se frotó las manos de satisfacción, y comenzó su relato.

—Tú has conocido a Morin y recuerdas su gran almacén de mercería en el muelle de La Rochelle, ¿no?

—Sí, perfectamente.

—Pues bien, en mil ochocientos sesenta y dos, o sesenta y tres, Morin fue a pasar quince días a París, un viaje de placer, o de placeres, pero con el pretexto de renovar las existencias de su comercio. Tú sabes lo que es, para un comerciante de provincias, quince días en París. Eso les enciende la sangre. Todas las noches espectáculos, roces de mujeres, una continua excitación anímica. Se vuelven locos. No ven más que bailarinas con vestidos de malla, actrices descotadas, piernas redondas, hombros soberbios, y todo esto casi al alcance de la mano, sin que se atrevan o puedan tocarlo; pues apenas si disfrutan, una o dos veces, de algunos manjares inferiores. Y se van con el corazón conmovido y el alma toda alegre, con unas ansias de besos que aún les cosquillean en los labios. Morin se hallaba en este estado cuando tomó su billete para La Rochelle en el expreso de las ocho cuarenta de la noche, y se paseaba lleno de confusos sentimientos por la gran sala de la estación de Orléans cuando se paró en seco ante una joven mujer que besaba a una anciana señora. Se había levantado el velo y Morin, maravillado, murmuró:

—¡Oh, qué mujer más guapa!


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12 págs. / 22 minutos / 96 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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