Textos más vistos de Guy de Maupassant | pág. 8

Mostrando 71 a 80 de 174 textos encontrados.


Buscador de títulos

autor: Guy de Maupassant


678910

Idilio

Guy de Maupassant


Cuento


El tren acababa de salir de Génova y se dirigía hacia Marsella, siguiendo las profundas ondulaciones de la larga costa rocosa, deslizándose como serpiente de hierro entre mar y montaña, reptando sobre playas de arena amarilla en las que el leve oleaje bordaba una lista de plata, y entrando bruscamente en las negras fauces de los túneles, lo mismo que entra una fiera en su cubil.

Una voluminosa señora y un hombre joven viajaban frente a frente en el último vagón, mirándose de cuando en cuando, pero sin hablarse. La mujer, que tendría veinticinco años, iba sentada junto a la ventanilla y miraba el paisaje. Era una robusta campesina piamontesa de ojos negros, pechos abultados y mofletuda. Había metido debajo del asiento de madera varios paquetes, y conservaba encima de sus rodillas una cesta.

El joven tendría veinte años; era flaco, curtido; tenía el color negro de las personas que cultivan la tierra a pleno sol. Llevaba a su lado, en un pañuelo, toda su fortuna: un par de zapatos, una camisa, unos pantalones y una chaqueta. También él había ocultado algo debajo del banco: una pala y un azadón, atados con una cuerda. Iba a Francia en busca de trabajo.

El sol, que ascendía en el cielo, derramaba sobre la costa una lluvia de fuego; era en los últimos días de mayo; revoloteaban por los aires aromas deliciosos, que penetraban en los vagones por las ventanillas abiertas. Los naranjos y limoneros en flor derramaban en la atmósfera tranquila sus perfumes dulzones, tan gratos, tan fuertes y tan inquietantes, mezclándolos con el hálito de las rosas que brotaban en todas partes como las hierbas silvestres, a lo largo de la vía, en los jardines lujosos, en las puertas de las chozas y en pleno campo.


Información texto

Protegido por copyright
5 págs. / 9 minutos / 101 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Belleza Inútil

Guy de Maupassant


Cuento


I

Delante de la escalinata del palacio esperaba una victoria muy elegante, tirada por dos magníficos caballos negros. Era a fines del mes de junio, a eso de las cinco y media de la tarde, y por entre el recuadro de tejados del patio principal se distinguía un cielo rebosante de claridad, luz y alegría.

La condesa de Mascaret apareció en la escalinata, en el momento mismo en que su marido, de regreso, entraba por la puerta de coches. Se detuvo unos segundos para contemplar a su mujer, y palideció ligeramente. Era muy hermosa, esbelta, y el óvalo alargado de su cara, su cutis de brillante marfil, sus rasgados ojos grises y negros cabellos le daban un aire de distinción. Subió ella al carruaje sin dirigirle una mirada, como si no lo hubiese visto, con actitud tan altanera que el marido sintió en el corazón una nueva mordedura de los celos que lo devoraban desde hacía mucho tiempo. Se acercó y la saludó, diciendo:

—¿Sale usted de paseo?

Ella dejó escapar cuatro palabras por entre sus labios desdeñosos:

—Ya lo ve usted.

—¿Al Bosque?

—Es probable.

—¿Me permitirá acompañarla?

—Usted es el dueño del carruaje.

Sin manifestar extrañeza por el tono en que ella le contestaba, subió al coche, tomó asiento junto a su mujer y ordenó:

—Al Bosque.

El lacayo saltó al pescante, junto al cochero, y los caballos, siguiendo su costumbre, piafaron y saludaron con la cabeza, hasta que pisaron la calzada de la calle.

Los dos esposos permanecían uno al lado del otro, sin despegar los labios. El marido buscaba la manera de trabar conversación, pero era tal la dureza del semblante de su mujer, que no se arriesgaba a ello.


Información texto

Protegido por copyright
22 págs. / 38 minutos / 88 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Cabellera

Guy de Maupassant


Cuento


La celda tenía paredes desnudas, pintadas con cal. Una ventana estrecha y con rejas, horadada muy alto para que no se pudiera alcanzar, alumbraba el cuarto, claro y siniestro; y el loco, sentado en una silla de paja, nos miraba con una mirada fija, vacía y atormentada. Era muy delgado, con mejillas huecas, y el pelo casi cano que se adivinaba había encanecido en unos meses. Su ropa parecía demasiado ancha para sus miembros enjutos, su pecho encogido, su vientre hueco. Uno sentía que este hombre estaba destrozado, carcomido por su pensamiento, un Pensamiento, al igual que una fruta por un gusano. Su Locura, su idea estaba ahí, en esa cabeza, obstinada, hostigadora, devoradora. Se comía el cuerpo poco a poco. Ella, la Invisible, la Impalpable, la Inasequible, la Inmaterial Idea consumía la carne, bebía la sangre, apagaba la vida.

¡Qué misterio representaba este hombre aniquilado por un sueño! ¡Este Poseso daba pena, miedo y lástima! ¿Qué extraño, espantoso y mortal sueño vivía detrás de esa frente, que fruncía con profundas arrugas, siempre en movimiento?

El médico me dijo: —Tiene unos terribles arrebatos de furor; es uno de los dementes más peculiares que he visto. Padece locura erótica y macabra. Es una especie de necrófilo. Además, ha escrito un diario que nos muestra de la forma más clara la enfermedad de su espíritu y en el que, por así decirlo, su locura se hace palpable. Si le interesa, puede leer ese documento.

Seguí al doctor hasta su gabinete y me entregó el diario de aquel desgraciado.

—Léalo —dijo—, y deme su opinión.

He aquí lo que contenía el cuaderno:


Información texto

Protegido por copyright
7 págs. / 13 minutos / 78 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

La Felicidad

Guy de Maupassant


Cuento


Era la hora del té, antes que trajeran las luces. La ciudad dominaba el mar; el sol, que acababa de ponerse, había dejado el cielo rosa a su paso, salpicado de polvo de oro; y el Mediterráneo, sin una arruga, sin un estremecimiento, todavía resplandeciente bajo el día agonizante, parecía una interminable plancha de metal pulimentado.

Lejos, a la derecha, las montañas escarpadas dibujaban su perfil negro sobre el púrpura pálido del poniente.

Se hablaba del amor, se discutía sobre este viejo tema, volviéndose a decir las cosas ya dichas tantas veces. La suave melancolía del crepúsculo hacía pesadas las palabras, produciendo un sentimiento de ternura en las almas, y aquella palabra, «amor», constantemente pronunciada, tan pronto por la voz fuerte de un hombre como por una voz femenina de timbre ligero, parecía llenar el saloncito, en el que revoloteaba como un pájaro, pesando en su atmósfera como una aparición.

¿Se puede amar durante muchos años seguidos?

—Sí —decían algunos.

—No —aseguraban otros.

Distinguían los diversos casos, establecían diferencias, se citaban ejemplos; y todos, hombres y mujeres, estaban llenos de recuerdos que les volvían y turbaban, pero que no podían citar aunque los tenían a flor de labios, y parecían emocionados, hablaban de aquel tema vulgar y soberano, del acuerdo tierno y misterioso de dos seres, con una emoción honda y un interés ardiente.

De pronto, alguien, con la mirada fija en un punto lejano, exclamó:

—¡Miren allí! ¿Qué es aquello?

Sobre el mar, en el horizonte, surgía una masa gris, enorme y confusa.

Las mujeres se levantaron y contemplaron sin comprender aquel fenómeno sorprendente que jamás habían visto.

Alguien dijo:


Información texto

Protegido por copyright
6 págs. / 11 minutos / 84 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Mano

Guy de Maupassant


Cuento


Estaban en círculo en torno al señor Bermutier, juez de instrucción, que daba su opinión sobre el misterioso suceso de Saint—Cloud. Desde hacía un mes, aquel inexplicable crimen conmovía a París. Nadie entendía nada del asunto.

El señor Bermutier, de pie, de espaldas a la chimenea, hablaba, reunía las pruebas, discutía las distintas opiniones, pero no llegaba a ninguna conclusión.

Varias mujeres se habían levantado para acercarse y permanecían de pie, con los ojos clavados en la boca afeitada del magistrado, de donde salían las graves palabras. Se estremecían, vibraban, crispadas por su miedo curioso, por la ansiosa e insaciable necesidad de espanto que atormentaba su alma; las torturaba como el hambre.

Una de ellas, más pálida que las demás, dijo durante un silencio: —Es horrible. Esto roza lo sobrenatural. Nunca se sabrá nada.

El magistrado se dio la vuelta hacia ella: —Sí, señora es probable que no se sepa nunca nada. En cuanto a la palabra sobrenatural que acaba de emplear, no tiene nada que ver con esto. Estamos ante un crimen muy hábilmente concebido, muy hábilmente ejecutado, tan bien envuelto en misterio que no podemos despejarle de las circunstancias impenetrables que lo rodean.

Pero yo, antaño, tuve que encargarme de un suceso donde verdaderamente parecía que había algo fantástico. Por lo demás, tuvimos que abandonarlo, por falta de medios para esclarecerlo.

Varias mujeres dijeron a la vez, tan de prisa que sus voces no fueron sino una: —¡Oh! Cuéntenoslo.


Información texto

Protegido por copyright
6 págs. / 11 minutos / 126 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Las Caricias

Guy de Maupassant


Cuento


No, amigo mío, no piense usted más en ello. Lo que me pide es una cosa que me subleva y me repugna. Diríase que Dios..., porque yo creo en Dios..., se propuso estropear cuanto había hecho de bueno, agregándole algo que fuese horrible. Nos hizo el don del amor, que es la cosa más agradable que existe en el mundo; pero, pareciéndole demasiado hermoso y demasiado puro para nosotros, inventó los sentidos, esa cosa innoble, sucia, indignante, brutal: los sentidos; disponiéndolos de tal manera que pareciesen una burla, entremezclándolos con las inmundicias del cuerpo, para que no podamos pensar en ellos sin sonrojamos, ni hablar de ellos sino en voz baja. La horrible función de los sentidos está toda ella envuelta en vergüenza. Se esconde, subleva el alma, lastima los ojos y, desterrada por la moral, perseguida por la ley, no se realiza sino en la oscuridad, como si fuese un crimen.

¡No me hable usted jamás de cosa semejante, jamás!...

Ignoro si lo amo a usted, pero sí sé que me agrada estar a su lado, que su mirada es para mí una dulzura y que el timbre de la voz de usted me acaricia el corazón. Desde el instante mismo en que consiguiese usted de mi debilidad lo que desea, me resultaría usted odioso. Se quebraría el lazo delicado que hoy nos une a los dos. Se abriría entre nosotros un abismo de infamias.

Sigamos siendo lo que somos. Y... ámeme usted, si ése es su gusto; yo se lo permito.

Su amiga,

Genoveva.

¿Me permite usted, señora, que yo, a mi vez, le hable brutalmente, sin miramientos galantes, lo mismo que hablaría a un amigo que me declarase su propósito de pronunciar los votos perpetuos?

Yo no sé tampoco si estoy enamorado de usted. Únicamente lo sabría después de esa cosa que de tal modo la subleva. ¿Ha olvidado usted los versos de Musset?


Información texto

Protegido por copyright
4 págs. / 7 minutos / 104 visitas.

Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Las Joyas

Guy de Maupassant


Cuento


El señor Lantín la conoció en una reunión que hubo en casa del subjefe de su oficina, y el amor lo envolvió como una red.

Era hija de un recaudador de contribuciones de provincia muerto años atrás, y había ido a París con su madre, la cual frecuentaba a algunas familias burguesas de su barrio, con la esperanza de casarla.

Dos mujeres pobres y honradas, amables y tranquilas. La muchacha parecía ser el modelo de la mujer honesta, como la soñaría un joven prudente para confiarle su porvenir. Su hermosura plácida ofrecía un encanto angelical de pudor, y la imperceptible sonrisa, que no se borraba de sus labios, parecía un reflejo de su alma.

Todo el mundo cantaba sus alabanzas; cuantos la conocieron repetían sin cesar: "Dichoso el que se la lleve; no podría encontrar cosa mejor".

Lantín, entonces oficial primero de negociado en el Ministerio del Interior, con tres mil quinientos francos anuales de sueldo, la pidió por esposa y se casó con ella.

Fue verdaderamente feliz. Su mujer administraba la casa con tan prudente economía, que aparentaba vivir hasta con lujo. Le prodigó a su marido todo género de atenciones, delicadezas y mimos: era tan grande su encanto, que a los seis años de haberla conocido, él la quería más aún que al principio.

Solamente le desagradaba que se aficionase con exceso al teatro y a las joyas falsas.

Sus amigas, algunas mujeres de modestos empleados, le regalaban con frecuencia localidades para ver obras aplaudidas y hasta para algún estreno; y ella compartía esas diversiones con su marido, al cual fatigaban horriblemente, después de un día de trabajo. Por fin, para librarse de trasnochar, le rogó que fuera con alguna señora conocida, que pudiese acompañarla cuando acabase la función. Ella tardó mucho en ceder, juzgando inconveniente la proposición de su marido; pero, al fin, se decidió a complacerlo, y él se alegró muchísimo.


Información texto

Protegido por copyright
7 págs. / 12 minutos / 349 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Los Alfileres

Guy de Maupassant


Cuento


—¡Ay, amigo mío, qué marrajas son las mujeres!

—¿Por qué dices eso?

—Es que me han jugado una pasada abominable.

—¿A ti?

—Sí, a mí.

—¿Las mujeres o una mujer?

—Dos mujeres.

—¿Dos mujeres al mismo tiempo?

—Sí.

—¿Qué pasada?

Los dos jóvenes estaban sentados delante de un gran café del bulevar y bebían licores mezclados con agua, esos aperitivos que parecen infusiones hechas con todos los matices de una caja de acuarelas.

Tenían más o menos la misma edad: de veinticinco a treinta años. Uno era rubio y otro moreno. Tenían la semielegancia de los agentes inmobiliarios, de los hombres que van a la Bolsa y a los salones, que entran en todas partes, viven en todas partes, aman en todas partes. El moreno prosiguió:

—Te conté mis relaciones, ¿verdad?, con aquella burguesita encontrada en la playa de Dieppe.

—Sí.

—Amigo mío, ya sabes lo que pasa. Yo tenía una amante en París, alguien a quien amo infinitamente, una vieja amiga, una buena amiga, una costumbre, en fin, y la quiero conservar.

—¿Tu costumbre?

—Sí, mi costumbre y a ella. Está casada también con un buen muchacho, a quien quiero igualmente, un chico muy cordial, ¡un auténtico camarada! En fin, una casa donde había alojado mi vida.

—¿Y qué?

—¿Y qué? Ellos no podían salir de París, y me encontré viudo en Dieppe.

—¿Por qué ibas a Dieppe?

—Por cambiar de aires. Uno no puede estar todo el tiempo en el bulevar.

—¿Y entonces?

—Entonces encontré en la playa a la chiquilla de la que te he hablado.

—¿La mujer del jefe de negociado?

—Sí. Se aburría mucho. Su marido, además, sólo iba los domingos, y es un tipo horroroso. La comprendo perfectamente. Conque nos divertimos y bailamos juntos.

—¿Y el resto?


Información texto

Protegido por copyright
4 págs. / 8 minutos / 76 visitas.

Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Mademoiselle Fifí

Guy de Maupassant


Cuento


El teniente coronel, comandante prusiano, conde de Farlsberg, acababa de leer su correo, arrellanado en un amplio sillón de tapiz y sus botas sobre el refinado mármol de la chimenea, donde sus espuelas, después de tres meses que tomaron el castillo de Uville, habían trazado dos surcos profundos, horadando un poco más cada día.

Una taza de café humeante sobre una mesita de marquetería manchado por los licores, quemado por los cigarros, rayado por el cortaplumas del oficial conquistador que, algunas veces, después de afilar un lápiz, trazaba sobre el mueble delicado unos signos o unos dibujos, según la fantasía de sus sueños irreflexivos.

Cuando terminó sus cartas y hojeó los periódicos alemanes que su cartero le había traído, se levantó, y, luego de tirar al fuego tres o cuatro enormes leños verdes, ya que estos señores arrasaban poco a poco el parque para calefaccionarse, se acercó a la ventana.

La lluvia caía en oleadas, una lluvia normanda que se diría que era lanzada por una mano furiosa, una lluvia al sesgo, espesa como una cortina, formando una suerte de muro de rayas oblicuas, una lluvia punzante, mojadora, ahogándolo todo, una verdadera lluvia de los alrededores de Rouen, esa bacinica de Francia.

El oficial miró largo tiempo el césped inundado, y, al fondo, el Andelle crecido que desbordaba; y tamborileaba contra el vidrio un vals del Rhin, cuando un ruido le hizo volverse; era su segundo, el barón de Kelweingstein, que tenía el grado equivalente de capitán.

El comandante era un gigante, de anchas espaldas, guarnecido de una larga barba en abanico formando un mantel sobre su pecho; y todo su continente solemne evocaba la idea de un pavo militar, un pavo que tuviera su cola desplegada en su mentón. Tenía ojos azules, fríos y gentiles, una mejilla cortada por un golpe de sable en la guerra de Austria; se decía que era un buen hombre y un valiente oficial.


Información texto

Protegido por copyright
13 págs. / 23 minutos / 83 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Minué

Guy de Maupassant


Cuento


—Las grandes desgracias no me impresionan. He visto muy de cerca la guerra y he pasado sin emocionarme por encima de montones de cadáveres —decía Juan Bridelle, un solterón con cara de escéptico—. Las tremendas atrocidades de la naturaleza y de la humanidad pueden arrancarnos gritos de indignación o de espanto, pero no alcanzan a darnos esa punzada en el corazón, ese escalofrío que nos corre por la espina dorsal cuando vemos ciertas escenas pequeñas y tristes.

Para una madre, perder un hijo es la cosa más penosa que le puede ocurrir, como es, para cualquier hombre, la pérdida de su madre. Son desgracias crueles, terribles, que trastornan y desgarran; pero de la misma manera que se cicatrizan las heridas profundas y sangrientas, se cura también el alma que ha sufrido tales catástrofes. Sin embargo, ciertos hechos pequeños, ciertas realidades apenas advertidas, apenas adivinadas, ciertos pesares secretos, ciertas perfidias del destino que remueven en nuestro interior todo un mundo de dolorosos pensamientos, que nos entreabren la puerta misteriosa de los sufrimientos morales, complicados e incurables, tanto más profundos cuanto menos benignos, tanto más vivos cuanto más fugaces, tanto más persistentes cuanto menos espontáneos, nos dejan en el alma un reguero de tristeza, un regusto de amargura, un sensación de desencanto de la cual nos cuesta mucho desprendernos.

En este momento recuerdo dos o tres hechos en los que quizás otros no habrían reparado, pero que se metieron en mí como punzadas hondas e incurables.

Les parecerá a ustedes incomprensibles la emoción que me han dejado esas fugaces impresiones. Voy a relatarles solamente una, que data de antiguo, pero que sigue tan palpitante como si fuese de ayer. Es posible que el enternecimiento que me produce sea obra por completo de mi imaginación.

Hoy tengo cincuenta años. Entonces era un muchacho estudiante de derecho.


Información texto

Protegido por copyright
4 págs. / 8 minutos / 48 visitas.

Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

678910