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El Beso

Guy de Maupassant


Cuento


Encanto mío: De modo que te pasas el día y la noche llorando, porque te abandonó tu marido; no sabes qué hacer y solicitas consejo de tu anciana tía, a la que, por lo visto, supones muy experta. No estoy tan enterada como tú te lo imaginas; pero desde luego que no soy del todo ignorante en el arte de amar o, más bien, de hacerse amar, que a ti te falta un poco. A mis años creo que me debe estar permitido confesarlo.

Me cuentas que no tienes para él otra cosa que atenciones, cariños, caricias y besos. De ahí tal vez procede el daño; creo que te excedes en besarlo.

Tenemos en nuestras manos, querida, la potencia más terrible que existe: el amor.

El hombre, dotado de su fuerza física, la ejerce por la violencia. La mujer, dotada del encanto, domina por la caricia. Es nuestra arma, arma temible, incontrastable, pero que es preciso saber manejar.

Somos, sábelo bien, las dueñas de la tierra. Narrar la historia del Amor desde los orígenes del mundo, equivaldría a narrar la historia del hombre mismo. Todo arranca del Amor: las artes, los grandes acontecimientos, las costumbres, la moral, las guerras, el derrumbamiento de los imperios.

En la Biblia tropiezas con Dalíla y Judit; en la Leyenda, con Onfala y Helena; en la Historia, con las Sabinas, Cleopatra y tantas más.

Reinamos, pues, como soberanas omnipotentes. Pero es indispensable que empleemos, lo mismo que los reyes, una diplomacia refinada.

El Amor, pequeña mía, está hecho de primores, de sensaciones imperceptibles.

Sabemos que es fuerte como la muerte; pero es también tan frágil como el vidrio. El choque más insignificante lo quiebra y nuestro dominio se derrumba, sin que podamos ya reconstruirlo.

Tenemos el poder de hacernos adorar, pero necesitamos una cualidad minúscula: el discernimiento de matices en la caricia, la percepción sutil de lo excesivo en la manifestación de nuestra ternura.


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Publicado el 6 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Barrilito

Guy de Maupassant


Cuento


El señor Chicot, dueño de la posada de Epreville, detuvo su tartana delante de la finca de la señora Magloire. Chicot era un hombrón rayando en la cuarentena, coloradote, panzudo y con fama de malicioso.

Ató el caballo a un poste de la valla y entró en el patio. Poseía unos campos contiguos a los de la vieja y deseaba ensanchar su posesión. Veinte veces había propuesto la compra; pero la señora Magloire se negaba obstinadamente a formalizar ningún trato.

—He nacido aquí, y aquí moriré —decía ella.

Aquel día la encontró mondando papas en el umbral de la puerta. Con setenta y dos años cumplidos, era seca, rugosa, encorvada, pero infatigable como una moza. Chicot, afectuosamente, le dio unos golpecitos en el hombro, y después tomó asiento junto a ella en una banquetilla.

—¡Magnífico! ¿Cómo estamos de salud?

—No estoy del todo mal. ¿Y usted, señor Próspero?

—Sin unos dolorcitos que de cuando en cuando me importunan, estaría perfectamente.

—Hay que conservarse.

Y no dijo más la vieja. Chicot la veía pelar papas. Sus dedos encorvados, nudosos, duros como patas de cangrejo, agarraban a manera de pinzas cada papa, haciéndola girar vivamente y sacándole tiras largas de la piel con un viejo cuchillo que sostenía en la otra mano. Y a medida que las mondaba, las iba echando en un cubo de agua. Tres gallinas se acercaban hasta sus pies para recoger las mondeduras; luego corrían, alejándose y llevando en el pico su botín.

Chicot parecía inquieto, ansioso, no sabiendo cómo decir lo que deseaba. Al cabo se atrevió:

—Oiga usted, señora Magloire.

—Diga. ¿En qué puedo servirle?

—¿Con que no se decide usted a venderme la finca?

—Eso no. Si no le traen otras intenciones, pierde usted el tiempo en venir. Es inútil que me hable usted de semejante cosa.


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Publicado el 6 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Buhonero

Guy de Maupassant


Cuento


Breves memorias, asuntos insignificantes, dramas humildes presenciados, adivinados, tal vez sospechados, para mi alma joven e ignorante aún, son como hilos que me arrastran poco a poco hacia el conocimiento de la desconsoladora verdad.

A cada instante, cuando vuelvo atrás la vista en mis largas divagaciones, aparecen, risueños o terribles, recuerdos aislados que revolotean a poca distancia de mí como los pájaros en los matorrales.

Caminaba yo en verano por la carretera que domina el hermoso lago Bourget, recreando los ojos en el agua tranquila y azul, de un azul abrillantado con los últimos destellos del sol poniente. Al otro extremo de la inmensa llanura líquida, elevábanse las crestas de las montañas, y a los dos lados del camino, se extendían las viñas enlazadas en los árboles, como guirnaldas suspendidas para engalanar los campos, luciendo varios colores: verde, amarillo y rojo, con golpes negros de abundantes y maduros racimos.


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Burro

Guy de Maupassant


Cuento


En la espesa niebla dormida encima del río no calaba el más leve soplo de aire. Parecía una nube de algodón mate posada sobre el agua. Ni siquiera se distinguían las orillas, envueltas en vapores de formas raras que tenían perfiles de montañas. Pero al empezar a alborear fue descubriéndose a la vista la colina. Al pie de la misma, a los nacientes resplandores de la aurora, fueron apareciendo poco a poco las grandes manchas blancas de las casas revocadas de yeso. Cantaban los gallos en los gallineros.

A lo lejos, en la otra orilla del río sepultada en la bruma, delante mismo de La Frette, ruidos ligeros turbaban de cuando en cuando el profundo silencio del cielo sin brisa. Se oía a veces un confuso palmoteo, como de una lancha que avanzase con cuidado; otras, un golpe seco, como de un remo que chocase en la borda, y otras, un ruido como de objeto blando que cayese al agua. Y de pronto, el silencio.

De cuando en cuando, unas palabras dichas en voz baja, sin que se pudiese precisar el sitio, quizá muy lejos, quizá muy cerca, perdidas en las brumas opacas, nacidas tal vez en la tierra, tal vez en el río, se deslizaban tímidas, pasaban como esos pájaros salvajes que han dormido entre los juncos y levantan el vuelo con las primeras claridades del día para seguir huyendo, para huir siempre; se los distingue un segundo, cuando atraviesan de parte a parte la bruma, lanzando un grito suave y tímido que despierta a sus hermanos a lo largo de las riberas.

De pronto, cerca de la orilla, al lado del pueblo, se perfiló sobre el agua una sombra, borrosa al principio, pero que fue agrandándose, dibujándose. Saliendo de la cortina nebulosa que envolvía el río, una embarcación de fondo plano, tripulada por dos hombres, atracó en la orilla cubierta de hierba.


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Hombre de Marte

Guy de Maupassant


Cuento


Estaba trabajando cuando mi criado me anunció:

—Señor, es un hombre que quiere hablar con el señor.

—Hágalo entrar.

De pronto vi a un hombrecillo que saludaba. Tenía aspecto de un enclenque maestro con gafas, cuyo cuerpo endeble no se adhería a ninguna parte de sus ropas demasiado flojas.

Balbuceó:

—Le pido perdón, señor.

Se sentó y continuó:

—Dios mío, señor, estoy demasiado turbado por las gestiones que emprendo. Pero era absolutamente necesario que yo manifestara mis inquietudes a alguien, y no había nadie más que usted... que usted... En fin, me he armado de valor... pero verdaderamente... ya no me atrevo.

—Atrévase pues, Señor.

—Verá, Señor, es que, tan pronto como empiece a hablar usted me tomará por un loco.

—Dios mío, señor, eso dependerá de lo que vaya a contarme.

—Exactamente, señor, lo que voy a decirle es raro. Pero le ruego que considere que no estoy loco, precisamente por esto, yo mismo reconozco lo inusual de mi confidencia.

—Y bien, señor, adelante.

—No señor, no estoy loco, pero tengo ese aspecto propio de los hombres que han reflexionado más que otros y que han franqueado un poco, bien poco, las barreras del pensamiento medio. Piense pues, señor, que nadie piensa en nada en este mundo. Cada uno se ocupa de sus asuntos, de su fortuna, de sus placeres, de su vida, en una palabra, o de pequeñas tonterías divertidas como el teatro, la pintura, la música o la política, la más grande de las necedades, o de cuestiones industriales. ¿Quién piensa? ¿Quién? ¡Nadie! ¡Oh! ¡Me acelero demasiado! Perdón. Vuelvo a mi asunto.


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8 págs. / 14 minutos / 119 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

En el Bosque

Guy de Maupassant


Cuento


El alcalde iba a sentarse a la mesa para almorzar cuando le avisaron que el guarda rural lo esperaba en el Ayuntamiento con dos presos.

Se dirigió allá de inmediato, y divisó en efecto a su guarda rural, el tío Hochedur, de pie y vigilando con aire severo a una pareja de maduros burgueses.

El hombre, un tipo gordo, de nariz roja y pelo blanco, parecía abrumado; mientras que la mujer, una abuelita endomingada, muy rechoncha, muy gorda, de mejillas brillantes, miraba con ojos de desafío al agente de la autoridad que los había cautivado.

El alcalde preguntó:

—Qué pasa, tío Hochedur?

El guarda rural hizo su declaración.

Había salido por la mañana, a la hora de costumbre, para realizar su ronda por los bosques de Champioux hasta el límite de Argenteuil. No había observado nada insólito en la campiña, salvo que hacía buen tiempo y que los trigos iban bien, cuando el hijo de los Bredel, que binaba su viña, le había gritado:

—¡Eh, tío Hochedur!, vaya a ver en la linde del bosque, en el primer bosquecillo, encontrará un par de pichones que muy bien pueden tener ciento treinta años entre los dos.

Había salido en la dirección indicada; había entrado en la espesura y había oído palabras y suspiros que le hicieron suponer un flagrante delito de malas costumbres. Así, pues, avanzando a gatas como para sorprender a un furtivo, había apresado a la presente pareja en el momento en que se abandonaba a sus instintos.

El alcalde examinó estupefacto a los culpables. El hombre contaba unos sesenta años y la mujer por lo menos cincuenta y cinco. Se puso a interrogarlos, empezando por el varón, que respondía con una voz tan débil que apenas se le oía.

—¿Su nombre?

—Nicolás Beaurain.

—¿Profesión?

—Mercero, calle de los Mártires, en París.

—¿Qué hacía usted en ese bosque?


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Belleza Inútil

Guy de Maupassant


Cuento


I

Delante de la escalinata del palacio esperaba una victoria muy elegante, tirada por dos magníficos caballos negros. Era a fines del mes de junio, a eso de las cinco y media de la tarde, y por entre el recuadro de tejados del patio principal se distinguía un cielo rebosante de claridad, luz y alegría.

La condesa de Mascaret apareció en la escalinata, en el momento mismo en que su marido, de regreso, entraba por la puerta de coches. Se detuvo unos segundos para contemplar a su mujer, y palideció ligeramente. Era muy hermosa, esbelta, y el óvalo alargado de su cara, su cutis de brillante marfil, sus rasgados ojos grises y negros cabellos le daban un aire de distinción. Subió ella al carruaje sin dirigirle una mirada, como si no lo hubiese visto, con actitud tan altanera que el marido sintió en el corazón una nueva mordedura de los celos que lo devoraban desde hacía mucho tiempo. Se acercó y la saludó, diciendo:

—¿Sale usted de paseo?

Ella dejó escapar cuatro palabras por entre sus labios desdeñosos:

—Ya lo ve usted.

—¿Al Bosque?

—Es probable.

—¿Me permitirá acompañarla?

—Usted es el dueño del carruaje.

Sin manifestar extrañeza por el tono en que ella le contestaba, subió al coche, tomó asiento junto a su mujer y ordenó:

—Al Bosque.

El lacayo saltó al pescante, junto al cochero, y los caballos, siguiendo su costumbre, piafaron y saludaron con la cabeza, hasta que pisaron la calzada de la calle.

Los dos esposos permanecían uno al lado del otro, sin despegar los labios. El marido buscaba la manera de trabar conversación, pero era tal la dureza del semblante de su mujer, que no se arriesgaba a ello.


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La aventura de Wálter Schbaffs

Guy de Maupassant


Cuento


Desde su entrada en Francia con el ejército invasor, Wálter Schnaffs se creía el más desdichado de los hombres. Era gordo, andaba con dificultad, se ahogaba y le dolían los pies. Era pacífico y bondadoso, nunca sanguinario; padre de cuatro niños, a los cuales adoraba, y esposo de una joven rubia, cuyos cuidados, ternuras y caricias echaba de menos a todas horas. Le gustaba levantarse tarde y acostarse pronto, comer lentamente manjares bien condimentados y tomar cerveza en las cervecerías. Afirmaba que todas las dulzuras de la existencia desaparecen con la vida, y sentía un odio inextinguible, instintivo y razonado a un tiempo, hacia los cañones, fusiles, revólveres y sables; pero, sobre todo, le inspiraban horror las bayonetas, sintiéndose incapaz de esgrimir ágilmente semejante arma para defender su vientre.

Y cuando, al llegar la noche, se veía obligado a dormir en el suelo, envuelto en su capote, junto a sus camaradas que roncaban, pensaba en la familia que dejó y en los peligros constantes de la guerra. Si muriese, ¿qué sería de sus hijitos? ¿Quién los mantendría? ¿Quién los educaría? Ni aun viviendo él estarían muy sobrados, a pesar del esfuerzo que hizo para dejarles, al partir, algún dinero. Y, a veces, Wálter Schnaffs lloraba.

Al principio de los combates las piernas le flaqueaban de tal modo que se hubiera dejado caer, sin el temor de que toda la tropa lo pisoteara. El silbido de las balas le ponía siempre los pelos de punta.

Vivía siempre atemorizado y angustioso.

El cuerpo de ejército de que formaba parte avanzaba hacia Normandía y en una ocasión lo comisionaron para reconocer un terreno, dándole un corto destacamento que debía explorar la comarca y replegarse inmediatamente. Todo parecía tranquilo en las cercanías y nada indicaba una resistencia.


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Baronesa

Guy de Maupassant


Cuento


Podrás ver antigüedades interesantes —me dijo mi amigo Boisrené—, ven conmigo.

Me llevó, pues, al primer piso de una hermosa casa, en una gran calle de París. Nos recibió un hombre de excelente porte, de modales perfectos, que nos paseó de estancia en estancia enseñándonos objetos raros cuyo precio decía con negligencia. Las grandes sumas, diez, veinte, treinta, cincuenta mil francos salían de sus labios con tanta gracia y facilidad que no cabía duda de que la caja fuerte de aquel comerciante, hombre de mundo, encerraba millones.

Yo lo conocía de nombre desde hacía tiempo. Muy hábil, muy flexible, muy inteligente, servía de intermediario para toda clase de transacciones. Relacionado con todos los coleccionistas más ricos de París, e incluso de Europa y América, conocedor de sus gustos, de sus preferencias del momento, los avisaba con un billete o un despacho, si vivían en una ciudad lejana, en cuanto sabía de un objeto en venta que pudiera convenirles.

Hombres de la mejor sociedad habían recurrido a él en trances apurados, bien para conseguir dinero para el juego, bien para pagar una deuda, bien para vender un cuadro, una joya de familia, un tapiz e incluso un caballo o una finca en los días de crisis aguda. Decían que jamás negaba sus servicios cuando preveía una posibilidad de ganancia.


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Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Opinión Pública

Guy de Maupassant


Cuento


Como acababan de dar las once, los señores empleados, temiendo la llegada del jefe, se apresuraban dirigiéndose a sus despachos.

Cada uno echaba una mirada rápida sobre los papeles traídos en su ausencia; luego, tras haber cambiado la chaqueta o la levita por el viejo uniforme de trabajo, iba a ver al vecino.

Pronto fueron cinco en el despacho donde trabajaba el señor Bonnenfant, un alto funcionario, y la conversación de cada día comenzó como de costumbre. El señor Perdrix, encargado del orden, buscaba piezas perdidas, mientras que el aspirante a subjefe, el señor Piston, ayudante de la Academia, fumaba su cigarrillo calentándose los muslos. El viejo expedicionario, el padre Grappe, ofrecía al corrillo su actuación tradicional, y el señor Rade, burócrata periodístico, escéptico burlón y revolucionario, con voz de grillo, astuto y con gestos bruscos, se divertía escandalizando al mundo.

—¿Qué hay de nuevo esta mañana? —preguntó el señor Bonnenfant.

—Nada nuevo —contestó el señor Piston—, los periódicos siempre están llenos de detalles sobre Rusia y el asesinato del Zar.

El encargado del orden, el señor Perdrix, levantó la cabeza, y articuló en un tono convencido:

—Le deseo mucha felicidad a su sucesor, pero no cambiaría mi puesto por el suyo.

El señor Rade se rió:

—¡Él tampoco! —dijo.

El padre Grappe tomó la palabra, y preguntó en un tono lamentable:

—¿Cómo acabará todo esto?...

El señor Rade lo interrumpió:

—No acabará nunca, padre Grappe. Sólo morimos nosotros. Desde que hay reyes ha habido regicidios.

Entonces el señor Bonnenfant se interpuso:


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Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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