Textos más vistos de Hector Hugh Munro "Saki" publicados por Edu Robsy | pág. 2

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autor: Hector Hugh Munro "Saki" editor: Edu Robsy


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La Reticencia de Lady Anne

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Egbert entró en la amplia sala oscura con el aire de quien no sabe si entra a un palomar o a un polvorín y viene preparado para ambas contingencias. No habían rematado la pequeña disputa doméstica sostenida durante el almuerzo, y ahora la cuestión era tantear hasta qué punto lady Anne estaba de humor para renovar o abandonar las hostilidades. Su postura en el sillón junto a la mesa de té era más bien elaborada y tiesa; y en la penumbra de la tarde decembrina los anteojos de Egbert no ayudaban gran cosa a discernir la expresión de su cara.

Para romper el hielo superficial que pudiera existir, Egbert dijo algo sobre lo tenue y místico de la poca luz. Alguno de los dos solía hacer esta observación entre las 4:30 y las 6 en las tardes de invierno y finales de otoño; hacía parte de su vida conyugal. Carecía de respuesta fija, y lady Anne no adelantó ninguna.

Don Tarquinio se encontraba tendido sobre la alfombra persa, calentándose a la lumbre del hogar con majestuosa indiferencia por el posible mal humor de lady Anne. Su pedigrí era tan intachablemente persa como la alfombra, y su pelaje entraba ya en el esplendor de un segundo invierno. El criado, que tenía inclinaciones renacentistas, lo había bautizado don Tarquinio. De ser por ellos, Egbert y lady Anne de seguro le habrían puesto Pelusa; pero no eran personas obstinadas.

Egbert se sirvió el té. Como nada indicaba que el silencio fuera a ser roto por iniciativa de lady Anne, se dispuso a realizar otro esfuerzo heroico.

—Lo que dije al almuerzo tenía intenciones puramente académicas —anunció—; pero parece que le das un sentido innecesariamente personal.


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3 págs. / 5 minutos / 98 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Tregua

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


—Le he pedido a Latimer Springfield que pase el domingo con nosotros y se quede a pasar la noche —anunció la señora Durmot durante el desayuno.

—Creía que estaba en medio de unas elecciones —comentó su marido.

—Exactamente; las elecciones son el miércoles, y para entonces el pobre hombre habrá trabajado hasta convertirse en una sombra. Imagina cómo debe ser la campaña electoral con esta lluvia terrible que lo empapa todo, recorrer caminos rurales cubiertos de barro para hablar ante un público humedecido en un salón escolar lleno de corrientes de aire, y así un día tras otro durante quince días. El domingo por la mañana tendrá que hacer una aparición en algún lugar de culto, e inmediatamente después puede venir con nosotros a tomarse un respiro de todo lo que esté relacionado con la política. Ni siquiera voy a permitir que piense en ella. He ordenado que quiten del rellano de la escalera el cuadro de Cromwell disolviendo el Parlamento, y también el retrato que hizo «Ladas» de Lord Rosebery, que colgaba del salón de fumadores. Y Vera —añadió la señora Durmot dirigiéndose a su sobrina de dieciséis años—: ten cuidado con el color de la cinta que te pones en el pelo; por ningún motivo debe ser azul o amarillo, pues son los colores de los partidos rivales; los colores naranja o verde esmeralda son casi igual de malos, con este asunto de la independencia irlandesa que tenemos entre manos.

—En las ocasiones importantes siempre me pongo una cinta negra en el pelo —contestó Vera con dignidad aplastante.


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6 págs. / 10 minutos / 91 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

Los Fabuladores

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Era otoño en Londres, esa bendita estación entre la aspereza del invierno y las insinceridades del verano; una estación confiable cuando se compran bulbos y cada uno procede a registrar su voto, creyendo perpetuamente en la primavera y en un cambio de gobierno.

Morton Crosby estaba sentado en un banco en un apartado rincón de Hyde Park, disfrutando indolentemente de un cigarrillo y observando el paseo de un par de gansos árticos que pastaban lentamente; el macho parecía una edición albina de la rojiza hembra. Con el rabillo del ojo Crosby también advertía con cierto interés los vacilantes giros de una figura humana, que había pasado y vuelto a pasar por su asiento dos o tres veces a intervalos cada vez más cortos, como un cuervo cauteloso a punto de posarse cerca de un bocado posiblemente comestible. Inevitablemente, la figura vino a ubicarse en el banco a una distancia adecuada como para conversar con su ocupante original. La vestimenta desaliñada, la agresiva barba grisácea y la mirada furtiva, evasiva, del recién llegado, delataban al vendedor ambulante profesional, el hombre que soportaría horas humillantes de hilvanar historias y soportar desaires antes que aventurarse en un trabajo decente de media jornada.

Durante un rato, el recién llegado mantuvo la mirada fija hacia el frente con una mirada enérgica aunque sin ver nada; luego su voz resonó con la inflexión de alguien que tiene una historia para contar digna del tiempo requerido por cualquier persona inactiva para escucharla.

—Es un mundo extraño —dijo.

Como la declaración no recibió repuesta, le dio la forma de una pregunta.

—Me atrevo a decir que usted ha descubierto que éste es un mundo extraño, señor.

—En lo que me concierne —dijo Crosby—, la extrañeza se ha agotado en el curso de treinta y seis años.


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4 págs. / 7 minutos / 75 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Tobermory

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Era una tarde lluviosa y desapacible de fines de agosto durante esa estación indefinida en que las perdices están todavía a resguardo o en algún frigorífico y no hay nada que cazar, a no ser que uno se encuentre en algún lugar que limite al norte con el canal de Bristol. En tal caso se pueden perseguir legalmente robustos venados rojos. Los huéspedes de lady Blemley no estaban limitados al norte por el canal de Bristol, de modo que esa tarde estaban todos reunidos en torno a la mesa del té. Y, a pesar de la monotonía de la estación y de la trivialidad del momento, no había indicio en la reunión de esa inquietud que nace del tedio y que significa temor por la pianola y deseo reprimido de sentarse a jugar bridge. La ansiosa atención de todos se concentraba en la personalidad negativamente hogareña del señor Cornelius Appin. De todos los huéspedes de lady Blemley era el que había llegado con una reputación más vaga. Alguien había dicho que era "inteligente", y había recibido su invitación con la moderada expectativa, de parte de su anfitriona, de que por lo menos alguna porción de su inteligencia contribuyera al entretenimiento general. No había podido descubrir hasta la hora del té en qué dirección, si la había, apuntaba su inteligencia. No se destacaba por su ingenio ni por saber jugar al croquet; tampoco poseía un poder hipnótico ni sabía organizar representaciones de aficionados. Tampoco sugería su aspecto exterior esa clase de hombres a los que las mujeres están dispuestas a perdonar un grado considerable de deficiencia mental. Había quedado reducido a un simple señor Appin y el nombre de Cornelius parecía no ser sino un transparente fraude bautismal. Y ahora pretendía haber lanzado al mundo un descubrimiento frente al cual la invención de la pólvora, la imprenta y la locomotora resultaban meras bagatelas.


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8 págs. / 15 minutos / 174 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Alma de la Laploshka

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Laploshka fue uno de los tipos más mezquinos que yo haya conocido, y uno de los más divertidos. Decía cosas horribles de la otra gente, con tal encanto que uno le perdonaba las cosas igualmente horribles que decía de uno por detrás. Puesto que odiamos caer en nada que huela a maledicencia, agradecemos siempre a quienes lo hacen por nosotros y lo hacen bien. Y Laploshka lo hacía de veras bien.

Naturalmente, Laploshka tenía un vasto círculo de amistades; y como ponía cierto esmero en seleccionarlas, resultaba que gran parte de ellas eran personas cuyos balances bancarios les permitían aceptar con indulgencia sus criterios, bastante unilaterales, sobre la hospitalidad. Así, aunque era hombre de escasos recursos, se las arreglaba para vivir cómodamente de acuerdo a sus ingresos, y aún más cómodamente de acuerdo a los de diversos compañeros de carácter tolerante.

Pero con los pobres o los de estrechos fondos como él, su actitud era de ansiosa vigilancia. Parecía acosarlo el constante temor de que la más mínima fracción de un chelín o un franco, o cualquiera que fuera la moneda de turno, extraviara el camino de su bolso o provecho y cayera en el de algún compañero de apuros. De buen grado ofrecía un cigarro de dos francos a un rico protector, bajo el precepto de obrar mal para lograr el bien; pero me consta que prefería entregarse al paroxismo del perjurio antes que declararse en culpable posesión de un céntimo cuando hacía falta dinero suelto para dar propina a un camarero. La moneda le habría sido debidamente restituida a la primera oportunidad —él habría tomado medidas preventivas contra el olvido de parte del prestatario—, pero a veces ocurrían accidentes, e incluso una separación temporal de su penique o sou era una calamidad que debía evitarse.


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5 págs. / 9 minutos / 67 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Casamentero

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


El reloj del comedor dio las once con la respetuosa prudencia de alguien cuya misión en la vida es ser ignorado. Cuando el paso del tiempo hiciera imperativas la abstinencia y la migración, las luces darían la señal en la forma acostumbrada.

Seis minutos más tarde Clovis se acercó a la mesa con la ferviente expectativa de quien ha comido esquemáticamente y mucho tiempo atrás.

—Estoy muriéndome de hambre —anunció esforzándose por tentarse con gracia y leer el menú al mismo tiempo.

—Lo imaginé —respondió su anfitriona— al ver que ha sido usted casi puntual. Debí advertirle que soy una Revolucionaria Alimenticia. Pedí dos cuencos de pan y leche y algunos bizcochos dietéticos. Espero que no tenga inconveniente.

Clovis pretendió después que no había palidecido durante una fracción de segundo.

—De cualquier modo —dijo—, no debería usted bromear con tales cosas. Esa especie de gente existe en realidad. Sé de quienes las han conocido. ¡Pensar en todos los manjares que existen, pasarse la vida masticando aserrín, y enorgullecerse por añadidura!

—Son como los flagelantes de la Edad Media que vivían mortificándose.

—Ellos estaban justificados hasta cierto punto —dijo Clovis—. Lo hacían para salvar sus almas inmortales, ¿no es así? No me diga usted que un hombre al que no le gustan las ostras, los espárragos y los buenos vinos tiene alma o siquiera estómago. Sencillamente tiene el instinto de desdicha altamente desarrollado.

Clovis se entregó durante unos pocos dulces instantes a la tierna intimidad de unas ostras que iban desapareciendo velozmente.


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2 págs. / 5 minutos / 330 visitas.

Publicado el 14 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

El Cuentista

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Era una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente parada, Templecombe, estaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño también pequeño. Una tía, que pertenecía a los niños, ocupaba un asiento de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto, estaba ocupado por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimiento. Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero persistente, recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser rechazada. La mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos los de los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta.

—No, Cyril, no —exclamó la tía cuando el niño empezó a golpear los cojines del asiento, provocando una nube de polvo con cada golpe—. Ven a mirar por la ventanilla —añadió.

El niño se desplazó hacia la ventilla con desgana.

—¿Por qué sacan a esas ovejas fuera de ese campo? —preguntó.

—Supongo que las llevan a otro campo en el que hay más hierba —respondió la tía débilmente.

—Pero en ese campo hay montones de hierba —protestó el niño—; no hay otra cosa que no sea hierba. Tía, en ese campo hay montones de hierba.

—Quizá la hierba de otro campo es mejor —sugirió la tía neciamente.

—¿Por qué es mejor? —fue la inevitable y rápida pregunta.

—¡Oh, mira esas vacas! —exclamó la tía.

Casi todos los campos por los que pasaba la línea de tren tenían vacas o toros, pero ella lo dijo como si estuviera llamando la atención ante una novedad.

—¿Por qué es mejor la hierba del otro campo? —persistió Cyril.


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6 págs. / 11 minutos / 108 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Membrillo

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


—Acabo de ver a la pobre Betsy Mullen —le anunció Vera a su tía, la señora Bebberly Cumble—. Parece que lleva bastante mal lo de la renta. Debe unas quince semanas y dice que no sabe dónde puede conseguir el dinero.

—Betsy Mullen siempre tiene dificultades con el alquiler, y cuanto más le ayuda la gente menos se preocupa al respecto —contestó la tía—. Lo que es seguro es que no voy a ayudarla más. La verdad es que tendrá que irse a una casita más pequeña y barata; hay varias al otro lado del pueblo por la mitad del alquiler que está pagando, o que se supone debería estar pagando. Hace ya un año que le dije que debía mudarse.

—Pero no conseguiría un jardín tan agradable en ningún otro lugar —protestó Vera—. Con ese membrillo tan alegre en la esquina. Creo que no existe otro membrillo en toda la parroquia. Además, jamás hace dulce de membrillo; creo que tener un membrillo y no hacer dulce con él demuestra una gran fuerza de carácter. No es posible que abandone ese jardín.

—Cuando una tiene dieciséis años dice que son imposibles algunas cosas que simplemente son desagradables —contestó severamente la señora Bebberly Cumble—. No sólo es posible que Betsy Mullen se mude a una casa más pequeña, sino también deseable; apenas tiene muebles suficientes para llenar esa gran casa.

—Si hablamos de valor —añadió Vera tras una breve pausa—, hay más en la casa de Betsy que en cualquier otra casa en millas a la redonda.

—Tonterías; hace tiempo que se deshizo de toda la porcelana antigua que tenía —dijo la tía.

—No estoy hablando de nada que pertenezca a la propia Betsy —añadió oscuramente Vera—. Pero claro, no sabes lo que yo sé, y supongo que no debería decírtelo.


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4 págs. / 7 minutos / 58 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

El Ratón

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Desde la infancia hasta ya entrada la edad madura, Theodoric Voler había sido criado por una madre solícita cuya principal preocupación era mantenerlo a resguardo de lo que llamaba las crudas realidades de la vida. Al morir dejó a Theodoric en un mundo que era tan real como de costumbre y mucho más crudo de lo que él consideraba necesario. Para un hombre de su temperamento y crianza, aun un viaje por tren estaba colmado de pequeñas molestias y disonancias menores. Y al acomodarse una mañana de setiembre en un compartimiento de segunda clase, fue consciente de sentimientos desapacibles y una general crispación mental. Había estado alojándose en una vicaría de campaña cuyos residentes no se habían mostrado por cierto ni brutales ni orgiásticos, pero la supervisión doméstica había adolecido de esa flojera que invita al desastre. El carruaje que debía llevarlo a la estación no fue adecuadamente preparado, y cuando se acercó el momento de la partida, el criado que debía haberlo traído no se encontraba por ninguna parte. En esta emergencia, Theodoric, con mudo pero muy intenso disgusto, se vio obligado a colaborar con la hija del vicario en la tarea de uncir al pony, para lo cual fue necesario andar a tientas por un mal iluminado galpón que era llamado establo y que olía como tal, salvo por trechos en los que olía a ratón. Sin llegar a temer a los ratones, Theodoric los clasificaba entre los crudos incidentes de la vida, y consideraba que la Providencia, con un pequeño esfuerzo de coraje moral, podría haber reconocido desde mucho atrás que no eran indispensables y retirarlos de circulación. Al partir el tren de la estación, la nerviosa imaginación de Theodoric lo acusó de exhalar un ligero olor a establo y posiblemente de exhibir una o dos briznas de paja en su traje, habitualmente tan bien cepillado.


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4 págs. / 8 minutos / 1.046 visitas.

Publicado el 14 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

El Soñador

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Era la temporada de las rebajas. El augusto establecimiento de Walpurgis and Nettlepink había rebajado los precios durante toda una semana como concesión a las costumbres comerciales, de manera muy semejante a como una archiduquesa podría contraer, entre protestas, una gripe por el insatisfactorio motivo de que abundara esa enfermedad. Adela Chemping, que pensaba que estaba en cierta medida por encima de los atractivos de unas rebajas ordinarias, decidió acudir a la semana de Walpurgis and Nettlepink.

—No soy una buscadora de rebajas —comentó—. Pero me gusta acudir cuando las ofrecen.

Mostraba con ello que bajo su fuerte carácter superficial fluía una graciosa corriente subterránea de debilidad humana.

Con el fin de contar con un acompañante masculino, la señora Chemping había invitado a su sobrino más joven a que la acompañara en el primer día de la expedición de compras, añadiendo el atractivo adicional de una sesión de cine y la perspectiva de un ligero refresco. Puesto que Cyprian todavía no había cumplido los dieciocho años, ella esperaba que no hubiera llegado todavía a esa fase del desarrollo masculino en la que el acarreo de paquetes se considera como una actividad aborrecible.

—Espérame fuera de la floristería a las once —le escribió—, que llegaré enseguida.

Cyprian era un muchacho que había llevado con él durante toda su vida la mirada sorprendida de un soñador; los ojos de aquel que ve cosas que no son visibles para los mortales ordinarios y reviste las cosas comunes de este mundo con cualidades que no pueden sospechar los seres más sencillos: tenía los ojos de un poeta o un agente inmobiliario. Iba vestido muy discretamente: con esa discreción en el vestir que suele acompañar a la adolescencia temprana y que los novelistas atribuyen habitualmente a la influencia de una madre viuda.


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4 págs. / 8 minutos / 221 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

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