Textos más populares esta semana de Hector Hugh Munro "Saki" publicados por Edu Robsy | pág. 4

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autor: Hector Hugh Munro "Saki" editor: Edu Robsy


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El Huevo de Pascua

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Era evidente que a doña Bárbara, mujer de buena cepa luchadora y una de las más aguerridas de su generación, le resultaba un trago amargo la cobardía sin recato de su hijo. No importa qué otras virtudes haya poseído Lester Slaggby —y en algunos aspectos era encantador—, nadie jamás lo habría tildado de valiente. Cuando niño, había sufrido de timidez infantil; cuando muchacho, de temores no muy varoniles; y ya hecho todo un hombre, había cambiado los miedos irracionales por otros todavía más tremendos, ya que sus fundamentos eran meticulosamente razonados. Les tenía un sincero pavor a los animales, las armas de fuego lo ponían nervioso y nunca atravesaba el canal de La Mancha sin calcular la relación numérica entre los salvavidas y los pasajeros. Cuando iba a caballo parecía necesitar tantos brazos como un dios hindú: por lo menos cuatro para agarrarse de las riendas y otros dos para tranquilizar al caballo con palmaditas en el cuello. Doña Bárbara había dejado de fingir que no veía la principal flaqueza de su hijo; con su habitual valor hacía frente a esta verdad y, como toda madre, no lo quería menos por eso.

Los viajes por el continente, con tal de que fuera lejos de las grandes rutas turísticas, eran una de las aficiones predilectas de doña Bárbara; y Lester la acompañaba todas las veces que podía. Ella solía pasar las Pascuas en Knobaltheim, un pueblo alto de uno de los diminutos principados que manchan con pecas insignificantes el mapa de la Europa Central.


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4 págs. / 8 minutos / 158 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Trastero

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Iban a llevar a los niños, como una fiesta especial, a los arenales de Jagborough. Nicholas había caído en desgracia y no formaría parte del grupo. Aquella misma mañana se había negado a tomar la leche con pan integral por el motivo, evidentemente frívolo, de que dentro había una rana. Personas de más edad, más sabias y mejores le habían dicho que no podía haber una rana en su leche con pan, y que no debía decir tonterías. Sin embargo él siguió diciendo las mayores tonterías y describió con gran detalle el color y las manchas de la supuesta rana. Lo dramático del incidente fue que realmente había una rana en el cuenco de leche y pan de Nicholas: él mismo la había puesto allí, por lo que se sentía con derecho a saberlo. El pecado de coger una rana del jardín y meterla en un cuenco de leche con pan fue considerado muy grave, pero el hecho que con mayor claridad sobresalía en todo el asunto, tal como lo veía Nicholas, fue que las personas de más edad, más sabias y mejores habían demostrado equivocarse totalmente en asuntos sobre los que habían expresado la mayor seguridad.

—Dijisteis que no era posible que hubiera una rana en mi leche con pan; pues había una rana en mi leche con pan —repetía con la insistencia de un experto en táctica que no tenía la menor intención de apartarse de un terreno favorable.


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7 págs. / 12 minutos / 145 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

El Barco del Tesoro

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


El gran galeón yacía semienterrado bajo la arena, los yuyos y el agua de la bahía septentrional donde los azares de la guerra y el tiempo lo habían instalado. Habían pasado tres siglos y un cuarto desde que había navegado en alta mar como una importante unidad de un escuadrón de guerra; precisamente en qué escuadrón era el punto en que los expertos no se ponían de acuerdo. El galeón no había aportado nada al mundo, pero según la tradición y la información, se había llevado mucho de él. ¿Pero cuánto? En esto nuevamente los expertos estaban en desacuerdo. Algunos eran tan generosos en sus cálculos como un asesor de impuestos, otros aplicaban una crítica más fuerte a los cofres del tesoro sumergidos, y otros rebajaban su contenido a una moneda de oro ficticio. A la primera clase pertenecía Lulú, duquesa de Dulverton.


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4 págs. / 7 minutos / 144 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Los Huéspedes

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


—El paisaje que se ve desde nuestras ventanas es verdaderamente encantador —dijo Anabel—; esos huertos de cerezos y esos prados verdes, y el río que serpentea a lo largo del valle, y la torre de la iglesia asomándose entre los olmos, todo eso hace una verdadera pintura. Hay algo aquí terriblemente soñoliento y lánguido, sin embargo; el estancamiento parece ser la nota dominante. Nunca pasa nada; tiempo de sembrar y de cosechar, una ocasional epidemia de sarampión o una tempestad moderadamente destructiva, y un poco de excitación por las elecciones más o menos una vez cada cinco años, eso es todo lo que tenemos para alterar la monotonía de nuestras existencias. ¿Más bien horrible, no es cierto?

—Por el contrario —dijo Matilde— me parece suave y reposado; pero, por supuesto, tú sabes que yo he vivido en países en los que sí pasan cosas, muchísimas al mismo tiempo, cuando uno no está preparado para que pasen todas a la vez.

—Eso, por supuesto, es algo distinto —dijo Anabel.

—No podría olvidar —dijo Matilde—, la vez que el Obispo de Bequar nos hizo una visita inesperada; iba a poner la primera piedra de la casa de una misión o algo por el estilo.

—Yo pensaba que allá ustedes estaban siempre preparados para que les cayeran huéspedes de emergencia —dijo Anabel.


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Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Gallina

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


—Dora Bittholz viene el jueves —dijo la señora Sangrail.

—¿Este jueves? —preguntó Clovis.

Su madre asintió.

—Menuda papeleta, ¿eh? —dijo riendo entre dientes—. Jane Mardet sólo lleva aquí cinco días, y no se queda nunca menos de quince aunque haya dicho claramente que viene por una semana. Nunca conseguirás sacarla de la casa para el jueves.

—¿Y por qué iba a hacerlo? —preguntó la señora Sangrail—. Dora y ella son buenas amigas, ¿no es así? O solían serlo, por lo que recuerdo.

—Solían serlo; por eso ahora están más resentidas. Cada una de ellas siente que ha alimentado una víbora en su pecho. Nada estimula más la llama del resentimiento humano como el descubrimiento de que el propio pecho ha sido utilizado como un criadero de serpientes.

—¿Pero qué ha sucedido? ¿Alguna de ellas ha hecho algo mal?

—No exactamente —contestó Clovis—. Una gallina se interpuso entre ellas.

—¿Una gallina? ¿Qué gallina?

—Fue una Leghorn oscura, o una de esas de raza exótica, que Dora le vendió a Jane a un precio también bastante exótico. Como ya sabes, ambas tienen afición por las aves de precio, y Jane pensó que recuperaría su dinero teniendo una gran familia de gallinas de pedigrí. Pero resultó que ese ave se abstenía de la costumbre de poner huevos, y me han contado que las cartas que se cruzaron fueron una revelación en cuanto a las invectivas que es posible poner sobre una hoja de papel.

—¡Qué ridículo! —exclamó la señora Sangrail—. ¿Y ninguno de sus amigos pudo zanjar la disputa?


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6 págs. / 10 minutos / 140 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

Sredni Vashtar

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Conradín tenía diez años y, según la opinión profesional del médico, el niño no viviría cinco años más. Era un médico afable, ineficaz, poco se le tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora De Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora De Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con aquéllos, estaban representados por él mismo y su imaginación. Conradín pensaba que no estaba lejos el día en que habría de sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias y cansadoras: las enfermedades, los cuidados excesivos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.

La señora De Ropp, aun en los momentos de mayor franqueza, no hubiera admitido que no quería a Conradín, aunque tal vez habría podido darse cuenta de que al contrariarlo por su bien cumplía con un deber que no era particularmente penoso. Conradín la odiaba con desesperada sinceridad, que sabía disimular a la perfección. Los escasos placeres que podía procurarse acrecían con la perspectiva de disgustar a su parienta, que estaba excluida del reino de su imaginación por ser un objeto sucio, inadecuado.


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5 págs. / 9 minutos / 135 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Programa de Gala

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Era un día auspicioso en el calendario romano; el del nacimiento del popular y talentoso joven emperador Plácidus Superbus. Todo el mundo en Roma se disponía a celebrar una gran fiesta, el clima era el mejor y, naturalmente, el circo imperial estaba colmado. Unos minutos antes de la hora fijada para el comienzo del espectáculo, una sonora fanfarria de trompetas proclamó la llegada del César, y el Emperador ocupó su asiento en el Palco Imperial entre las aclamaciones vociferantes de la multitud. Mientras la gritería del público se apagaba se comenzaba a oír un saludo aún más excitante, en la distancia próxima: el rugido furioso e impaciente de las fieras enjauladas en los Bestiarios Imperiales.

—Explícame el programa —le ordenó el emperador al maestro de ceremonias, a quien había mandado llamar a su lado. Este eminente funcionario tenía un aspecto preocupado.

—Generoso César —anunció—, se ha imaginado y preparado el más promisorio y entretenido de los programas para vuestra augusta aprobación. En primer lugar habrá una competencia de carros de un brillo y un interés insólitos; tres cuadrigas que nunca han sido derrotadas competirán por el trofeo de Herculano, junto con la bolsa que vuestra imperial generosidad ha agregado. Las probabilidades de las cuadrigas competidoras son tan parejas como es posible y hay grandes apuestas entre el populacho. Los tracios Negros son tal vez los favoritos.

—Ya sé, ya sé —interrumpió el César, quien había oído hablar toda la mañana, hasta el cansancio, del mismo tema—, ¿qué más hay en el programa?


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Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Cuentista

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Era una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente parada, Templecombe, estaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño también pequeño. Una tía, que pertenecía a los niños, ocupaba un asiento de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto, estaba ocupado por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimiento. Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero persistente, recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser rechazada. La mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos los de los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta.

—No, Cyril, no —exclamó la tía cuando el niño empezó a golpear los cojines del asiento, provocando una nube de polvo con cada golpe—. Ven a mirar por la ventanilla —añadió.

El niño se desplazó hacia la ventilla con desgana.

—¿Por qué sacan a esas ovejas fuera de ese campo? —preguntó.

—Supongo que las llevan a otro campo en el que hay más hierba —respondió la tía débilmente.

—Pero en ese campo hay montones de hierba —protestó el niño—; no hay otra cosa que no sea hierba. Tía, en ese campo hay montones de hierba.

—Quizá la hierba de otro campo es mejor —sugirió la tía neciamente.

—¿Por qué es mejor? —fue la inevitable y rápida pregunta.

—¡Oh, mira esas vacas! —exclamó la tía.

Casi todos los campos por los que pasaba la línea de tren tenían vacas o toros, pero ella lo dijo como si estuviera llamando la atención ante una novedad.

—¿Por qué es mejor la hierba del otro campo? —persistió Cyril.


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6 págs. / 11 minutos / 108 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Las Siete Jarras para Crema

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


—Supongo que ya no veremos más por aquí a Wilfrid Pigeoncote, ahora que heredó la dignidad de baronet y un montón de dinero —dijo tristemente la señora de Peter Pigeoncote a su marido.

—No podemos pretenderlo —replicó él—. Siempre tratábamos de impedir que viniera a vernos cuando era un don nadie. Creo que no lo veo desde que era un niño de doce años.

—Había una razón para no fomentar su amistad —dijo la señora de Peter—. Con ese notorio defecto suyo, no era la clase de persona con la que uno desea tener tratos.

—Bien, el defecto todavía existe, ¿no? —dijo su marido—, ¿o supones que las propiedades producen una alteración del carácter?

—Oh, por supuesto, hay siempre esa desventaja —admitió la mujer—, pero a uno le gustaría hacer amistad con la futura cabeza de la familia, aunque sea por mera curiosidad. Además, cinismo aparte, su riqueza alterará el modo en que la gente considere su defecto. Cuando un hombre es absolutamente rico, no meramente acomodado, toda sospecha de motivos sórdidos desaparece; la cosa se reduce a una desagradable enfermedad.


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Publicado el 14 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

Clovis y las Responsabilidades de los Padres

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Marión Eggelby estaba sentada junto a Clovis hablando del único tema del que le gustaba conversar: sus hijos y sus diversas perfecciones y logros. El estado de ánimo en el que se encontraba Clovis no podría describirse como receptivo; la generación juvenil de Eggelby, representada con los improbables colores brillantes del impresionismo maternal, no despertaba en él entusiasmo alguno. Pero la señora Eggelby tenía entusiasmo suficiente para los dos.

—Le gustaría Eric —dijo en un tono que, más que la esperanza, expresaba su disponibilidad a la discusión. Clovis ya le había dado a entender de manera absolutamente inequívoca que era muy improbable que se interesara demasiado por Amy o por Willie—. Sí, estoy convencida de que Eric le gustaría. Le cae bien a todo el mundo enseguida. ¿Sabe?, siempre me recuerda ese famoso cuadro del joven David... he olvidado quién lo pintó, pero es muy conocido.

—Eso bastaría para ponerme en su contra, si le veo demasiado —intervino Clovis—. Imagínenos, por ejemplo, en un bridge subastado, cuando uno trata de concentrarse en cuál ha sido la afirmación primera de su compañero, y recodar qué palos rechazaron en principio sus oponentes... piense lo que sería tener a alguien que persistentemente te recuerda un cuadro del joven David. Sería simplemente enloquecedor. Si me pasara eso con Eric, le detestaría.

—Eric no juega al bridge —afirmó con dignidad la señora Eggelby.

—¿Que no juega? —preguntó Clovis—. ¿Por qué no?

—He educado a mis hijos para que no jueguen a las cartas. Les estimulo para que jueguen a las damas, al salto de fichas, a ese tipo de cosas. A Eric se le considera como un jugador de damas maravilloso.


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3 págs. / 5 minutos / 101 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

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