—¿Y no hay viejas leyendas vinculadas al castillo? —preguntó Conrad a su
hermana.
A pesar de ser un próspero comerciante de Hamburgo, Conrad era el único
miembro de carácter poético de una familia eminentemente práctica.
La baronesa Gruebel alzó sus abultados hombros.
—En estos viejos sitios no faltan las leyendas. Son fáciles de inventar y no
cuestan nada. En el caso presente, dicen que cuando alguien muere en el castillo
todos los perros de la aldea y las fieras del bosque aúllan la noche entera. No
sería agradable escucharlo, ¿verdad?
—Sería misterioso y romántico —dijo el comerciante de Hamburgo.
—De todos modos no es verdad —dijo la baronesa, llena de complacencia—. Desde
que adquirimos el lugar hemos podido comprobar que nada de eso ocurre. Cuando mi
buena suegra murió en la pasada primavera todos prestamos atención, pero no hubo
aullidos. Se trata simplemente de un cuento que le imprime dignidad al lugar sin
costo alguno.
—La leyenda no es como usted la ha contado —dijo Amalie, la vieja y
peliblanca institutriz.
Todos volvieron hacia ella la cabeza, llenos de asombro. De costumbre se
sentaba a la mesa en silencio, compuesta y apartada, sin hablar nunca, a menos
que alguien le dirigiera la palabra; y eran pocos los que se tomaban la molestia
de entablar conversación con ella. Hoy la invadía una locuacidad insólita.
Siguió hablando, con voz rápida y excitada, mirando al frente y al parecer sin
dirigirse a nadie en particular.
Información texto 'Los Lobos de Cernogratz'