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Los Chistes de Arlington Stringham

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Arlington Stringham hizo un chiste en la Cámara de los Comunes. Era exiguo el número de presentes y sumamente exiguo el chiste; algo sobre los muchos ángulos que tiene la raza anglosajona. Es posible que lo haya dicho sin intención, pero un colega suyo, que no quería que lo imaginaran dormido porque sus ojos estuvieran cerrados, se rió. Uno o dos de los periódicos apuntaron entre corchetes: «Una risa», y otro, notorio por la poca seriedad de sus informaciones políticas, mencionó: «Risas». Las cosas a menudo comienzan de este modo.

—Arlington hizo un chiste en la Cámara anoche —dijo Eleanor Stringham a su madre—; en todos estos años que estuvimos casados, ninguno de los dos hizo un chiste nunca, y no me gusta empezar ahora. Me temo que sea el comienzo de la hendedura en el laúd.

—¿Qué laúd? —preguntó su madre.

—Era una cita literaria —aclaró Eleanor.

A Eleanor decir que algo era una cita le resultaba un excelente método para eliminarlo de la discusión, de la misma manera que uno siempre podía defender la mediocridad de un cordero ya avanzada la temporada, diciendo: «Es carnero».

Y, por supuesto, Arlington siguió por el espinoso camino de humor deliberado hacia el que lo precipitó el Destino.

—Se ve muy verde el campo, pero después de todo, para eso está —le dijo a su mujer dos días después.

—Eso es muy moderno y, hasta me atrevería a decir, muy ingenioso, pero temo que pierdes el tiempo conmigo —observó ella fríamente. Si hubiera sospechado el esfuerzo que esa observación costó a su marido, la habría recibido con más bondad. La tragedia del humano intento consiste en que con tanta frecuencia permanece invisible e insospechada.


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4 págs. / 7 minutos / 91 visitas.

Publicado el 14 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

Los Lobos de Cernogratz

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


—¿Y no hay viejas leyendas vinculadas al castillo? —preguntó Conrad a su hermana.

A pesar de ser un próspero comerciante de Hamburgo, Conrad era el único miembro de carácter poético de una familia eminentemente práctica.

La baronesa Gruebel alzó sus abultados hombros.

—En estos viejos sitios no faltan las leyendas. Son fáciles de inventar y no cuestan nada. En el caso presente, dicen que cuando alguien muere en el castillo todos los perros de la aldea y las fieras del bosque aúllan la noche entera. No sería agradable escucharlo, ¿verdad?

—Sería misterioso y romántico —dijo el comerciante de Hamburgo.

—De todos modos no es verdad —dijo la baronesa, llena de complacencia—. Desde que adquirimos el lugar hemos podido comprobar que nada de eso ocurre. Cuando mi buena suegra murió en la pasada primavera todos prestamos atención, pero no hubo aullidos. Se trata simplemente de un cuento que le imprime dignidad al lugar sin costo alguno.

—La leyenda no es como usted la ha contado —dijo Amalie, la vieja y peliblanca institutriz.

Todos volvieron hacia ella la cabeza, llenos de asombro. De costumbre se sentaba a la mesa en silencio, compuesta y apartada, sin hablar nunca, a menos que alguien le dirigiera la palabra; y eran pocos los que se tomaban la molestia de entablar conversación con ella. Hoy la invadía una locuacidad insólita. Siguió hablando, con voz rápida y excitada, mirando al frente y al parecer sin dirigirse a nadie en particular.


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5 págs. / 9 minutos / 66 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Piel

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


—Pareces preocupada, querida —dijo Eleanor.

—Lo estoy —admitió Suzanne—; en realidad, no preocupada, sino ansiosa. Entiéndeme, mi cumpleaños es la próxima semana...

—Qué afortunada —le interrumpió Eleanor—. El mío no es hasta finales de marzo.

—Verás, el viejo Bertram Kneyght acaba de llegar a Inglaterra desde Argentina. Es una especie de primo distante de mi madre, pero tan rico que nunca hemos permitido que la relación desapareciera. Aunque no le veamos ni sepamos nada de él durante años, siempre es el primo Bertram cuando aparece. No es que pueda decir que hasta ahora nos haya servido de mucho, pero ayer surgió el tema de mi cumpleaños y se interesó por saber lo que quería como regalo.

—Entiendo la ansiedad —comentó Eleanor.

—Lo habitual es que cuando alguien se ve frente a un problema así desaparecen todas las ideas —dijo Suzanne—. Es como si no se tuviera un solo deseo en el mundo. Resulta que me he quedado prendada de una figurita de Dresden que vi en una tienda de Kensington; cuesta unos treinta y seis chelines, lo que queda más allá de mis posibilidades. Casi le estaba describiendo la figura, y dándole a Bertram la dirección de la tienda, cuando de pronto me pareció que treinta y seis chelines era una suma ridículamente inadecuada para que un hombre de su inmensa riqueza gastara en un regalo de cumpleaños. Puede dar treinta y seis libras con la misma facilidad que tú o yo podemos comprarnos un ramillete de violetas. Y no es que quiera ser codiciosa, pero no me gusta desperdiciar las oportunidades.


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Publicado el 13 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

Sredni Vashtar

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Conradín tenía diez años y, según la opinión profesional del médico, el niño no viviría cinco años más. Era un médico afable, ineficaz, poco se le tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora De Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora De Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con aquéllos, estaban representados por él mismo y su imaginación. Conradín pensaba que no estaba lejos el día en que habría de sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias y cansadoras: las enfermedades, los cuidados excesivos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.

La señora De Ropp, aun en los momentos de mayor franqueza, no hubiera admitido que no quería a Conradín, aunque tal vez habría podido darse cuenta de que al contrariarlo por su bien cumplía con un deber que no era particularmente penoso. Conradín la odiaba con desesperada sinceridad, que sabía disimular a la perfección. Los escasos placeres que podía procurarse acrecían con la perspectiva de disgustar a su parienta, que estaba excluida del reino de su imaginación por ser un objeto sucio, inadecuado.


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5 págs. / 9 minutos / 135 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Tendencias Encontradas

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Vanessa Pennington tenía un marido que era pobre, con pocos atenuantes, y un enamorado que, si bien era holgadamente rico, tenía el inconveniente de ser escrupuloso. Su fortuna lo hacía aceptable a los ojos de Vanessa, pero su código de honor lo impulsaba a alejarse y olvidarla, o cuando más a recordarla al hacer una pausa entre las muchas otras ocupaciones que tenía. Y aunque Alaric Clyde amaba a Vanessa y creía que la amaría por siempre, sin darse cuenta se fue dejando cortejar y conquistar por una amante más seductora: se figuraba que su continua huida del trato de los hombres era un exilio que él mismo se había impuesto, pero su corazón estaba preso en el hechizo de la naturaleza, y la naturaleza se le mostraba amable y bella. Cuando se es libre, joven y robusto, las tierras primitivas pueden ser muy amables y muy bellas. Lo prueban las legiones de hombres que una vez fueron libres, jóvenes y robustos, y que ahora sacan de la basura el alimento de sus almas; porque, habiendo antaño conocido y amado a la naturaleza, se desprendieron de sus lazos y se desviaron por caminos trillados.


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7 págs. / 12 minutos / 63 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Un Toque de Realismo

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


—Espero que venga lleno de sugerencias para la Navidad —dijo lady Blonze al último en llegar de sus invitados—. Ya hemos tenido muchas Navidades a la antigua y Navidades puestas al día. Este año quiero algo realmente original.

—El mes pasado estuve con los Matheson y tuvimos una idea muy buena —intervino Blanche Boveal con ilusión—. Cada uno de los invitados a la fiesta era un personaje y se tenía que comportar coherentemente con él todo el tiempo; al final, había que adivinar cuál era el personaje de cada uno. Aquel al que se le adivinaba qué personaje había representado, ganaba un premio.

—Parece divertido —comentó lady Blonze.

—Yo era San Francisco de Asís —siguió diciendo Blanche—. No era necesario que el personaje fuera de nuestro sexo. Me levantaba en mitad de una comida y echaba de comer a los pájaros; ya sabéis, lo que más recuerda uno de San Francisco es que estaba enamorado de los pájaros. Pero todos fueron muy estúpidos y pensaron que yo era el anciano que da de comer a los gorriones en los jardines de las Tullerías. El coronel Pentley era el Alegre Miller a las orillas del Dee.

—¿Y cómo pudo representarlo? —preguntó Bertie van Tahn.

—Se pasaba todo el tiempo riendo y cantando, de la mañana a la noche —explicó Blanche.

—Pues qué terrible para los demás —comentó Bertie—. Y además no estaba a las orillas del Dee.

—Eso teníamos que imaginárnoslo —respondió Blanche.

—Pues si se podía imaginar esto, también se podía imaginar que el ganado estaba a la otra orilla y él lo llamaba para que volviera a casa a través de las arenas del Dee. O se podía cambiar el río por el Yarrow e imaginar que estaba encima, y decir que era Willie, o como quiera qué se llamase, ahogado en el Yarrow.


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6 págs. / 11 minutos / 59 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

Una Tarea de Vacaciones

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


Kenelm Jerton entró en el comedor del Golden Galleon Hotel en el momento de la aglomeración de la hora del almuerzo. Estaban ocupados casi todos los asientos, por lo que habían puesto unas pequeñas mesas adicionales allí donde el espacio lo permitía para acomodar a los rezagados, con el resultado de que muchas de las mesas casi se tocaban. Jerton fue conducido por un camarero hasta la única mesa libre que podía verse, tomando asiento con la incómoda idea, totalmente infundada, de que todos los que estaban allí le miraban. Era un hombre joven de aspecto ordinario, de vestido y maneras discretas, pero no podía deshacerse totalmente de la idea de que estaba intensamente iluminado ante la atención pública, como si fuera un notable o un conocido excéntrico. Tras haber pedido su almuerzo, se produjo el inevitable intervalo de espera, en el que no tenía otra cosa que hacer que mirar el jarrón de flores que había en su mesa y ser contemplado (en su imaginación) por varias jóvenes vestidas a la moda, algunas personas más maduras del mismo sexo y un judío de aspecto satírico. Con el fin de enfrentarse a la situación con cierta apariencia despreocupada, se mostró falsamente interesado por el contenido del jarrón.

—¿Sabe usted cómo se llaman estas rosas? —preguntó al camarero. El camarero estaba dispuesto en todo momento a ocultar su ignorancia respecto a los elementos de la lista de vino o del menú, pero respecto al nombre específico de las rosas era absolutamente ignorante.

—Amy Silvester Partington —dijo una voz junto al codo de Jerton.

La voz procedía de una joven de rostro agradable y bien vestida, sentada en la mesa que casi tocaba la de Jerton. Éste le agradeció, presurosa y nerviosamente, la información, añadiendo algún comentario inconsecuente acerca de las flores.


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6 págs. / 10 minutos / 54 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

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