Prefacio
Comencé a escribir Roderick Hudson durante la primavera de 1874 en Florencia, y la concebí al principio para ser publicada por entregas en el Atlantic Monthly,
donde se estrenó en enero de 1875, y continuó durante el resto del año.
Cedo al placer de consignar estas circunstancias, al igual que haré con
otras, como he cedido a la necesidad de volver a este libro después de
un cuarto de siglo. Este resurgir de una casi extinta relación con una
obra temprana puede producir a menudo en el artista, creo yo, más
sensaciones de interés y de emoción de las que él puede expresar con
facilidad, y, sin embargo, no alumbrará en lo más mínimo, a sus ojos,
aquel velado rostro de su musa que él se siente condenado a estudiar en
todo momento y con un anhelo absoluto. El arte de la representación está
repleto de interrogantes cuyos mismos términos son difíciles de aplicar
y de valorar; pero independientemente de que la hagan ardua, también la
hacen, para nuestro alivio, infinita, provocando que la práctica de la
representación —con la experiencia— nos vaya rodeando de un círculo que
se ensancha, y no lo contrario. De ahí que la experiencia deba
organizar, por comodidad y regocijo propios, algún sistema de
observación, ante el temor a perder su propio camino en la admirable
inmensidad. La vemos haciendo una pausa de vez en cuando para consultar
sus notas, para medir (con el fin de orientarse) tantos aspectos y
distancias como sea posible, tantos pasos dados y obstáculos superados y
frutos recogidos y bellezas disfrutadas. Todo cuenta, nada es superfluo
en tal estudio; el cuaderno del explorador me resulta aquí
infinitamente receptivo. A esto me refiero, por lo tanto, cuando hablo
de la aportación —o, dicho con sencillez y desde mi punto de vista—, del
seductor encanto de los hechos accesorios en determinada obra
artística.
Información texto 'Roderick Hudson'