A la señorita Sofía Surville
Es un verdadero placer, sobrina querida, el dedicarte un libro cuyo
tema y detalles han recibido la aprobación, tan difícil de obtener, de
una joven que aún desconoce el mundo, que no transige con ninguno de los
nobles principios de una santa educación. Vosotras, las jóvenes,
constituís un público temible; porque no se os deja leer más que los
libros que son puros como vuestra alma, y se os prohíben ciertas
lecturas, de la misma manera que se os impide ver la sociedad tal como
es. ¿No es, entonces, un motivo de orgullo para un autor el hecho de
haber agradado? ¡Quiera Dios que no te haya engañado el afecto que me
profesas! ¿Quién nos lo dirá? El porvenir, que tú lograrás ver, pero que
quizá ya no verá
Tu tío,
BALZAC.
I. Los herederos alarmados
Al entrar en Nemours por el lado de París, se pasa por el canal del
Loings, cuyos ribazos forman a la vez muros campestres y pintorescos
paseos que adornan aquella linda ciudad. Desde el año 1830, por
desgracia, se han construido varias casas del lado de acá del puente. Si
sigue aumentando esta especie de arrabal, la ciudad perderá su graciosa
originalidad. Pero, en 1829, estando expéditos los márgenes de la
carretera, el jefe de posta, hombre alto y gordo, de unos sesenta años
de edad, sentado en el punto culminante de aquel puente, podía, cuando
el día era claro, abarcar perfectamente aquello que en términos de su
oficio recibe el nombre de cinta de cola.
Información texto 'Úrsula Mirouet'