Al Señor Conde AUGUSTO-BENJAMIN DE BELLOY
Mi querido conde:
Es al rincón del fuego, en un misterioso y
espléndido retiro que ya no existe, pero que vivirá en nuestro recuerdo y
de donde nuestros ojos descubrían París, desde las colinas de Bellevue
hasta el Arco de Triunfo de la Estrella, que, cierta mañana regada de
té, y a través de las mil ideas que nacen y se extinguen como cohetes en
vuestra centelleante conversación, que usted, pródigo de espíritu,
arrojó bajo mi pluma a este personaje digno de Hoffmann, ese portador de
tesoros ignotos, ese peregrino sentado a la puerta del paraíso, con
oídos para escuchar los cantos de los ángeles y que, no teniendo lengua
para repetirlos agitando sobre las teclas de marfil dedos rotos por las
contracciones de la inspiración divina, creyendo expresar la música del
cielo a estupefactos auditores. Vos habéis creado a Gambara; yo
solamente lo he vestido. Permitidme dar al César lo que pertenece al
César, lamentando que no esgrimáis la pluma en una época en que los
gentilhombres deben servirse tan bien de ella como de su espada, a fin
de salvar su país. Vos podéis no pensar en vos mismo, pero, sin embargo,
nos debéis vuestro talento.
Vuestro sincero amigo,
De Balzac
En los Jardies, febrero de 1839
Información texto 'Gambara'