Lo encontré una siesta de fuego a cien metros de su rancho, calafateando una guabiroba que acababa de concluir.
—Ya ve —me dijo, pasándose el antebrazo mojado por la cara aún más
mojada— que hice la canoa. Timbó estacionado, y puede cargar cien
arrobas. No es como esa suya, que apenas lo aguanta a usted. Ahora
quiero divertirme.
—Cuando don Luis quiere divertirse —apoyó Paolo cambiando el pico por
la pala—, hay que dejarlo. El trabajo es para mí entonces; pero yo
trabajo a un tanto, y me arreglo solo.
Y prosiguió paleando el cascote de la cantera, desnudo desde la cintura hasta la cabeza, como su socio Van-Houten.
Tenía éste por asociado a Paolo, sujeto de hombros y brazos de
gorila, cuya única preocupación había sido y era no trabajar nunca a las
órdenes de nadie, y ni siquiera por día. Percibía tanto por metro de
losas de laja entregadas, y aquí concluían sus deberes y privilegios.
Preciábase de ello en toda ocasión, al punto de que parecía haber
ajustado la norma moral de su vida a esta independencia de su trabajo.
Tenía por hábito particular, cuando regresaba los sábados de noche del
pueblo, solo y a pie como siempre, hacer sus cuentas en voz alta por el
camino.
Van-Houten, su socio, era belga, flamenco de origen, y se le llamaba,
alguna vez Lo-que-queda-de-Van-Houten, en razón de que le faltaba un
ojo, una oreja, y tres dedos de la mano derecha. Tenía la cuenca entera
de su ojo vacío quemado en azul por la pólvora. En el resto era un
hombre bajo y muy robusto, con barba roja e hirsuta. El pelo, de fuego
también, caíale sobre una frente muy estrecha en mechones constantemente
sudados. Cedía de hombro a hombro al caminar y era sobre todo muy feo, a
lo Verlaine, de quien compartía casi la patria, pues Van-Houten había
nacido en Charleroi.
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