Textos por orden alfabético inverso de Horacio Quiroga | pág. 12

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autor: Horacio Quiroga


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Para Estudiar el Asunto

Horacio Quiroga


Cuento


No ha habido probablemente empresa más contrariada en sus principios que la Hidráulica Continental de Luz, Calefacción y Fuerza motriz. Ya se ve: un rival de ese calibre perjudicaba en lo más hondo de sus estatutos a todas las compañías existentes nacionales o transatlánticas, de gas o electricidad. Hubo obstrucciones sin cuenta, tratándose naturalmente de una lucha de millones. Pero cuando el pozo de la Continental hubo llegado a cuatrocientos ochenta y tres metros, y la columna artesiana surgió con mucho mayor empuje del calculado, la hostilidad arreció.

La Continental, sin embargo, maniobró tan sabiamente, que obtuvo maravillosas garantías, y acto seguido la concesión pasaba al Congreso.

Ahora bien, la mayoría de los diputados halló que las garantías del gobierno eran excesivas, y la concesión, con proyecciones hasta el Juicio Final.

De modo que la Hidráulica, viendo en esa resistencia un peligro mucho mayor que los hasta entonces corridos, resolvió iluminar debidamente el cerebro de los congresales.

El primero a quien le cupo el honor de esta respetable enseñanza —y decimos «primero» por simple cálculo de probabilidades— fue David Seguerén, correntino, jurisconsulto, y de blancura más bien disimulada. Este joven sensato, electo por cualquier misterio de la política, debía concluir su periodo el próximo año. Hallábase desprovisto de toda esperanza de reelección, y aunque antes había atendido su naciente estudio con éxito, volviendo allá no tendría mucho que hacer, después de cuatro años de clientela perdida. Luego, había una madre y muchas hermanas, pobres como él y como lo habían sido siempre. Seguerén veía, pues, acercarse el momento de su cesantía, con la constante inquietud del hombre que alimenta a su familia paterna.

Esta inquietud fue la brecha a que se dirigió la empresa.


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2 págs. / 4 minutos / 100 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Otra Leyenda

Horacio Quiroga


Poema, Relato


Había una vez una cáscara de nuez que estaba vacía. Pero también había un hombre. Y dijo la nuez: "—No me gustan las nueces con pepita", por lo que el hombre respondió: "—Tú eres necia".

En esto fue que un can perdió la cola.

P. D. Ruégasele aporte estas leyendas el sábado.


En un caballito ni bueno ni malo

que a veces me sirve de cabalgadura,

voy por los caminos en descompostura


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Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 2 visitas.

Publicado el 17 de octubre de 2026 por Brian.

O Uno u Otro

Horacio Quiroga


Cuento


—¿Por qué no te enamoras de nosotras?

Zum Felde miró atentamente uno tras otro a los cuatro dominós que habiéndolo notado solo, acababan de sentarse en el sofá, compadecidos de su aislamiento. Zum Felde colocó su silla frente a ellas. Pero como hubiera respondido que posiblemente no sabía qué hacer, un dominó concluía de lanzar aquella pregunta con afectuosa pereza. Bajo el medio antifaz corría en línea fraternal la misma enigmática sonrisa.

—Son muchas —repuso él pacíficamente.

—¡Oh, no esperamos tanta dicha de ti!

—No podría de otro modo. ¿Cómo adivinar a la que luego ha de gustarme?

—¿Es decir, la más linda de nosotras?

—… que no eres tú, ¿cierto?

—Cierto; soy muy fea, Zum… Felde.

—No, no eres fea, aunque alargues tanto mi apellido. Pero creo…

—… ¿te refieres a mí? —observó dulcemente otra. Zum Felde la miró en los ojos.

—¿Eres linda, de veras?

—No sé… Zum Felde. Realmente no sé… Pero creo que de mí te enamorarías tú.

—¿Y tú no de mí, amor?

—No; de ti, yo —repuso otra lánguida voz.

Zum Felde se sonrió, recorriendo rápidamente con la mirada, garganta, boca y ojos.

—Hum…

—¿Por qué hum, Zum Felde?

—Por esto. Tengo un cierto miedo a las aventuras de corazón mezcladas con antifaz. Y si ustedes entendieran un poco de amor, me atrevería a contarles por qué. ¿Cuento?

Los dominós se miraron fugazmente.

—Yo entiendo un poquito, Zum Felde…

—Yo tengo vaga idea…

—Yo otra, Zum Felde…

Faltaba una.

—¿Y tú?

—Yo también un poquito, Zum Felde…


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2 págs. / 5 minutos / 113 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Nuestro Primer Cigarro

Horacio Quiroga


Cuento


Ninguna época de mayor alegría que la que nos proporcionó a María y a mí, nuestra tía con su muerte.

Inés volvía de Buenos Aires, donde había pasado tres meses. Esa noche, cuando nos acostábamos, oímos que Inés decía a mamá:

—¡Qué extraño!… Tengo las cejas hinchadas.

Mamá examinó seguramente las cejas de tía, pues después de un rato contestó:

—Es cierto… ¿No sientes nada?

—No… sueño.

Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos de pronto fuerte agitación en casa, puertas que se abrían y no se cerraban, diálogos cortados de exclamaciones, y semblantes asustados. Inés tenía viruela, y de cierta especie hemorrágica que vivía en Buenos Aires.

Desde luego, a mi hermana y a mí nos entusiasmó el drama. Las criaturas tienen casi siempre la desgracia de que las grandes cosas no pasen en su casa. Esta vez nuestra tía—¡casualmente nuestra tía!—¡enferma de viruela! Yo, chico feliz, contaba ya en mi orgullo la amistad de un agente de policía, y el contacto con un payaso que saltando las gradas había tomado asiento a mi lado. Pero ahora el gran acontecimiento pasaba en nuestra propia casa; y al comunicarlo al primer chico que se detuvo en la puerta de calle a mirar, había ya en mis ojos la vanidad con que una criatura de riguroso luto pasa por primera vez ante sus vecinillos atónitos y envidiosos.

Esa misma tarde salimos de casa, instalándonos en la única que pudimos hallar con tanta premura, una vieja quinta de los alrededores. Una hermana de mamá, que había tenido viruela en su niñez, quedó al lado de Inés.


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9 págs. / 16 minutos / 1.509 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Nuestra Industria Del Carbón

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Al comenzar la guerra, la tonelada de leña costaba, puesta en el puerto de Posadas, capital de Misiones, cuatro pesos y medio. Hoy cuesta dieciocho pesos. Esto sólo basta para dar idea del trastorno ocasionado por la gran guerra, y sobre un artículo de extraordinaria abundancia en un territorio que es todo bosque. El mismo carbón, aunque de producción escasa, ha seguido el alza fatal de precio, y es razonable detenerse un momento en este renglón —dicho en términos comerciales— de una futura gran industria. 

La carestía de la hulla, a raíz de la gran guerra, hizo que la leña y el carbón invadieran talleres, fábricas y establecimientos que hasta entonces no los habían conocido.

Siendo su poder calorífico muy inferior al del carbón de piedra, el consumo fue grande, no alcanzando la producción a satisfacerlo. Los obrajes de Santiago del Estero dieron lo que pudieron, pero no fue bastante. Hubo que recurrir a Santa Fe, a Corrientes, al Chaco, y este es el momento en que Misiones, la gran reserva forestal del país, entra en liza con sus cientos de kilómetros sobre el Paraná.


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4 págs. / 8 minutos / 6 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2026 por Brian.

Novelínes Completos

Horacio Quiroga


Cuento, Novela, Drama, Aventura


El Hombre Artificial

I


La rata yacía inmóvil, patas arriba, entre las blancas manos de Donissoff. Los tres hombres, con la respiración suspendida, estaban doblados sobre el animal tendido en la mesa.

—¿Y...? —exclamó Ortiz, ansioso.

Donissoff tardó un rato en contestar. La belleza angelical de su rostro había adquirido un tono duro, implacable, como si la terrible voluntad que se albergaba dentro de aquella cabeza gentil hubiera traspasado el semblante.

—Nada, todavía —respondió al fin—; no es tiempo aún.

De pronto un centelleo fugaz cruzó por sus pupilas.

—¡La temperatura baja! ¿Qué hacer, Ortiz?

El interpelado salió corriendo, y desde el laboratorio se pudo oír el golpe seco de las chispas eléctricas en los conmutadores. La mirada de Donissoff no se apartaba del termómetro suspendido frente a la mesa.

—¿Sube? —gritó Ortiz desde la pieza contigua.

—Sí... 39°... 39°10... 39°30... ¡Basta!

Ortiz volvió enseguida. Entre tanto, la rata, preocupación intensa de los tres hombres, continuaba inmóvil. A ambos lados del grupo, dos grandes mesas ostentaban los más complejos aparatos de química, anatomía y bacteriología. En el laboratorio inmenso y casi todo él en penumbra, a excepción de las ocho lámparas eléctricas con pantalla verde que proyectaban su luz sobre la mesa, los tres experimentadores ofrecían un aspecto poco común y aún sombrío, inclinados y con el alma en suspenso, sobre una simple rata. El calor era asfixiante, pero ellos no parecían darse cuenta. Doblados sobre el animal, el ansia retratada en sus rostros, continuaban devorando con los ojos el inmundo animalucho entre las manos de Donissoff.


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249 págs. / 7 horas, 16 minutos / 22 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2026 por Brian.

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