Una noche en que no teníamos sueño, salimos afuera y
nos sentamos. El triste silencio del campo plateado por la luna se hizo
al fin tan cargante que dejamos de hablar, mirando vagamente a todos
lados. De pronto Elisa volvió la cabeza.
—¿Tiene miedo? —le preguntamos.
—¡Miedo! ¿De qué?
—¡Tendría que ver! —se rió Casacuberta—. A menos…
Esta vez todos sentimos ruido. Dingo, uno de los perros que dormían,
se había levantado sobre las patas delanteras, con un gruñido sordo.
Miraba inmóvil, las orejas paradas.
—Es en el ombú —dijo el dueño de casa, siguiendo la mirada del
animal. La sombra negra del árbol, a treinta metros, nos impedía ver
nada. Dingo se tranquilizó.
—Estos animales son locos —replicó Casacuberta—, tienen particular odio a las sombras…
Por segunda vez el gruñido sonó, pero entonces fue doble. Los perros
se levantaron de un salto, tendieron el hocico, y se lanzaron hacia el
ombú, con pequeños gemidos de premura y esperanza. Enseguida sentimos
las sacudidas de la lucha.
Las muchachas dieron un grito, las polleras en la mano, prontas para correr.
—Debe ser un zorro. ¡Por favor, no es nada! ¡Toca, toca! —animó Casacuberta a sus perros.
Y conmigo y Vivas corrió al campo de batalla. Al llegar, un animal salió a escape, seguido de los perros.
—¡Es un chancho de casa! —gritó aquél riéndose. Yo también me reí.
Pero Vivas sacó rápidamente el revólver, y cuando el animal pasó delante
de él lo mató de un tiro.
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