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Espectros Que Hablan

Horacio Quiroga


Artículo


Una que otra vez vale la pena recordar las definiciones de arte, en particular cuando su concepto peligra, como es el caso con el cinematógrafo, arte realista y mudo por excelencia, que por obra de factores diversos amenaza convertirse en arte espectral y hablado.

El cinematógrafo comenzó remedando a la pantomima, creció imitando al teatro, para adquirir luego, cuando su talla le permitió avanzar sin tutelas, una personalidad marcadísima, tan lejos de la pantomima inicial como de la escena hablada. Mientras el concepto artístico del movimiento, el gesto y la expresión del teatro primó sobre las calidades aún débiles y obscuras del cine, éste se arrastró lánguidamente por las pantallas, extenuado prematuramente por el recargo de la intención, por la violencia de las gesticulaciones, por el peso de las leyendas o títulos, que en vez de dar pie al juego fisonómico, lo avanzaban entero de antemano, en una lamentable literatura cuya cursilería persiste todavía en las cintas de hoy.


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3 págs. / 5 minutos / 5 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.

Carta Abierta Al Señor Benito Lynch

Horacio Quiroga


Artículo


Esta carta que le dirijo —y abierta, por ignorar en un todo dónde pudiera hallarlo— tiene el objeto, extraordinariamente grato para mí, de contarle la profunda emoción con que he leído «Los Caranchos De La Florida». Debo ante todo decirle que no tengo el menor detalle sobre su persona, y desde luego sobre su personalidad —fuera del muy hondo que me ha proporcionado su libro.

Yo vivo en Misiones, en pleno bosque, y desde hace varios años. Conservo muy contado cambio de ideas con ésa, y paso asimismo meses enteros sin que me llegue un libro de allí. Tal es el caso con «Los Caranchos». Ha venido a mis manos anteayer, y pocos impulsos en mi vida han sido tan violentos como el que me hace escribirle en seguida, sin saber quién es usted, dónde vive, y aún si vive usted en realidad. —Vaya, pues, esta suposición idiota, para afirmar el absoluto desinterés de mi carta— cosa, dicha sea de paso, a que no estamos exageradamente acostumbrados.


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Dominio público
2 págs. / 4 minutos / 7 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

Los Fabricantes de Carbón

Horacio Quiroga


Cuento


Los dos hombres dejaron en tierra el artefacto de cinc y se sentaron sobre él. Desde el lugar donde estaban, a la trinchera, había aún treinta metros y el cajón pesaba. Era ésa la cuarta detención —y la última—, pues muy próxima la trinchera alzaba su escarpa de tierra roja.

Pero el sol de mediodía pesaba también sobre la cabeza desnuda de los dos hombres. La cruda luz lavaba el paisaje en un amarillo lívido de eclipse, sin sombras ni relieves. Luz de sol meridiano, como el de Misiones, en que las camisas de los dos hombres deslumbraban.

De vez en cuando volvían la cabeza al camino recorrido, y la bajaban enseguida, ciegos de luz. Uno de ellos, por lo demás, ostentaba en las precoces arrugas y en las infinitas patas de gallo el estigma del sol tropical. Al rato ambos se incorporaron, empuñaron de nuevo la angarilla, y paso tras paso, llegaron por fin. Se tiraron entonces de espaldas a pleno sol, y con el brazo se taparon la cara.

El artefacto, en efecto, pesaba, cuanto pesan cuatro chapas galvanizadas de catorce pies, con el refuerzo de cincuenta y seis pies de hierro L y hierro T de pulgada y media. Técnica dura, ésta, pero que nuestros hombres tenían grabada hasta el fondo de la cabeza, porque el artefacto en cuestión era una caldera para fabricar carbón que ellos mismos habían construido y la trinchera no era otra cosa que el horno de calefacción circular, obra también de su solo trabajo. Y, en fin, aunque los dos hombres estaban vestidos como peones y hablaban como ingenieros, no eran ni ingenieros ni peones.

Uno se llamaba Duncan Dréver, y Marcos Rienzi, el otro. Padres ingleses e italianos, respectivamente, sin que ninguno de los dos tuviera el menor prejuicio sentimental hacia su raza de origen. Personificaban así un tipo de americano que ha espantado a Huret, como tantos otros: el hijo de europeo que se ríe de su patria heredada con tanta frescura como de la suya propia.


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16 págs. / 29 minutos / 92 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Los Cementerios Belgas

Horacio Quiroga


Cuento


Iban en columna por la carretera blanca, llenando el camino de una a otra cuneta. El frío, ya vivo, había echado sobre los fugitivos todos los capotes y mantas posibles. Muchos iban en carros, algunos en carritos tirados por perros; pero la gran mayoría caminaba a pie.

Marchaban, sin embargo, por la admirable alfombra de paz que había sido Bélgica. Ahora, delante, atrás, a diestra y siniestra, no quedaba nada. Nada alcanzaba a dos metros de altura: aldeas, chimeneas, árboles, todo yacía aplanado en negro derrumbe. Los fugitivos huían desde la tarde anterior, sintiendo sobre sus espaldas el tronar de la artillería, que avanzaba a la par de ellos.

Las provisiones recogidas con terrible urgencia no alcanzaban a alimentar suficientemente a la densa columna. Los pequeños recién salidos del pecho materno, y sin poder tomar una sola gota de leche, sufrían de enteritis desde el primer día.

A las diez de la noche el alucinante tronar de los cañones se aproximó más aún, y los fugitivos aceleraron la marcha.

Como la noche anterior, la negra columna iba envuelta en el llanto de chicos que no habían comido ni dormido suficientemente, y en los gemidos de criaturas de pecho que sentían dolores de vientre por la leche materna aterrorizada.

El día llegó, sin embargo, y con la lívida madrugada comenzó a llover. Los hombres se calaron la capucha de los capotes, y las madres, tras una larga mirada de desesperación a sus vecinos masculinos más próximos, alzaron sobre sus criaturas ateridas el borde chorreante de sus mantos.

La columna se detuvo, y reuniendo los últimos alimentos —los últimos; no quedaba nada ya—, las mujeres y las criaturas pudieron mitigar el hambre. Sobró algo asimismo, pues muchas mujeres, muertas de fatiga y sueño, prefirieron continuar durmiendo en los carritos. Los viejos y enfermos tuvieron así un mínimo suplemento.


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5 págs. / 9 minutos / 137 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Los Bebedores de Sangre

Horacio Quiroga


Cuento infantil


Chiquitos:

¿Han puesto ustedes el oído contra el lomo de un gato cuando runrunea? Háganlo con Tutankamón, el gato del almacenero. Y después de haberlo hecho, tendrán una idea clara del ronquido de un tigre cuando anda al trote por el monte en son de caza.

Este ronquido que no tiene nada de agradable cuando uno está solo en el bosque, me perseguía desde hacía una semana. Comenzaba al caer la noche, y hasta la madrugada el monte entero vibraba de rugidos.

¿De dónde podía haber salido tanto tigre? La selva parecía haber perdido todos sus bichos, como si todos hubieran ido a ahogarse en el río. No había más que tigres: no se oía otra cosa que el ronquido profundo e incansable del tigre hambriento, cuando trota con el hocico a ras de tierra para percibir el tufo de los animales.

Así estábamos hacía una semana, cuando de pronto los tigres desaparecieron. No se oyó un solo bramido más. En cambio, en el monte volvieron a resonar el balido del ciervo, el chillido del agutí, el silbido del tapir, todos los ruidos y aullidos de la selva. ¿Qué había pasado otra vez? Los tigres no desaparecen porque sí, no hay fiera capaz de hacerlos huir.

¡Ah, chiquitos! Esto creía yo. Pero cuando después de un día de marcha llegaba yo a las márgenes del río Iguazú (veinte leguas arriba de las cataratas), me encontré con dos cazadores que me sacaron de mi ignorancia. De cómo y por qué había habido en esos días tanto tigre, no me supieron decir una palabra. Pero en cambio me aseguraron que la causa de su brusca fuga se debía a la aparición de un puma. El tigre, a quien se cree rey incontestable de la selva, tiene terror pánico a un gato cobardón como el puma.

¿Han visto, chiquitos míos, cosa más rara? Cuando le llamo gato al puma, me refiero a su cara de gato, nada más. Pero es un gatazo de un metro de largo, sin contar la cola, y tan fuerte como el tigre mismo.


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3 págs. / 6 minutos / 157 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Las Siete Palabras

Horacio Quiroga


Cuento


El adolescente abrió el sobre precipitadamente y leyó:

"Carlos: todo ha concluido entre nosotros. Elvira"

Súbitamente quedó helado y estuvo a punto de caerse, como si toda la vida de su ser, precipitándose de golpe en el corazón, le hubiera dejado vacío el cuerpo.

¡Concluido, todo! ¡Ya no!... Se levantó con la vista extraviada, y miró el ropero, el mapamundi, sin saber lo que hacía. Vio en el espejo su cara lívida y descompuesta, y tornó a sentarse.

Carlos: todo ha concluido entre nosotros. Elvira. ¡Oh, qué desesperación! ¡Todo ha acabado, todo, todo muerto! ¡Muerto! ¡Cómo ella, su Elvira, su Elvira suya, ya no era más de él!

Sentía en las sienes el latido cargado que retornaba por fin del corazón en plenas ondas de angustia, y respiraba con dificultad. ¡Luego sus ojos, su voz, su amor adorado e idolatrado, anda ya! ¡Su entusiasmo de triunfar, su propia vida, nada ya! Y en un solo momento... Toda está concluido entre nosotros... ¡No, no, no!

La respiración le faltaba cada vez más, y hacíale daño el corazón hinchado en sofocante angustia.

Todo está... ¡es decir que ya nunca más le hablaría! ¡Es decir que debía olvidarla del todo! ¡Que ya nunca, nunca más volvería... a... concluído entre nosotros!

De golpe, sus cuatro meses de radiante felicidad subieron a su memoria, vertiendo en el se acabó final la desolación de lo que fue inmensa dicha un día. Su dolor fue tan grande que perdió un instante la conciencia de esa atroz realidad, y suspiró hondamente, como al final de una pesadilla que nos deja ya en paz.


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2 págs. / 4 minutos / 53 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

“Jazz-Band” Latina

Horacio Quiroga


Artículo


En pos de la oda con que a comienzos de la guerra mundial Rudyard Kipling cantó las esperanzas de fusión de Inglaterra y Francia ante la barbarie que representaba el imperio germánico —ha llegado por fin la hora, dijéronse los ingleses, de que esa raza decrépita asimile de nosotros fuerzas vitales. —Este es el momento, repitieron los franceses, de refrescar con una gota salvaje nuestra sangre supercivilizada.

Francia, bien se sabe, no necesitaba energías guerreras, pues el valor ha sido siempre patrimonio de las razas en decadencia. Hacíanle falta ideales más frescos, más próximos, más serios, como la vida cotidiana que marcha a nuestro lado. La ciencia gala no merecía sino elogios. La inteligencia, como el valor, permanecían incólumes.

No pasaba lo mismo con el espíritu, cuya expresión práctica, por decirlo así, se resuelve en la comprensión de la vida, y cuya parte lírica se expande en alas del arte.


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2 págs. / 4 minutos / 5 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.

Escenarios En Blanco

Horacio Quiroga


Artículo


Los lectores de un drama se imaginan el escenario, y los espectadores necesitan verlo. Esta diferencia de capacidad explica por qué sólo los imaginativos son capaces de gozar con la lectura de una obra de teatro, mientras los cortos de vista mental han menester de la representación para percibir el drama. Los primeros ven con los ojos del alma y los segundos miran con los ojos del cuerpo. Este distingo, viejo como el padre Adán, ha venido desde entonces marcando la pauta de dos capacidades distintas para sentir el arte.

Perfecto —nos observan—. Pero esto era antes. Ni antes ni ahora las piezas de teatro han sido escritas para ser leídas, sino representadas. La representación y no su lectura determina el mérito de aquéllas como obra teatral. Una obra de teatro es un espectáculo totalmente externo; y como tal, para ser visto y no soñado. Quede para el verso y la novela la evocación como instrumento intermediario. Los espectáculos muestran, no sugieren. Y en tal carácter, y de acuerdo con el canon imperante en escenografía, la pieza teatral debe objetivar su atmósfera psíquica, debe desglosar cuidadosamente todas las sugestiones materializables del drama, y crear con ellas la riquísima decoración del teatro nuevo. 


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Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.

El Precio De Su Boda…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


El Precio De Su Boda por Elsie Fergusson. —Desde una buena semana atrás, los cines ya ponían toda su fuerza de reclame al servicio de este film. Y, en efecto, nada más justo, dada la cumbre de arte que representa esta actriz. Con Gladys Brockwell y Dorothy Phillips, Elsie Fergusson completa el luminoso triángulo del arte mudo. No tiene Elsie el temperamento dramático de aquellas dos apasionadas estrellas, ni su Nora, por lo tanto, de Casa De Muñeca, tiene el valer de la misma Nora de la Phillips.


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Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.

El Globo de Fuego

Horacio Quiroga


Cuento


—Mi matrimonio no tiene historia —dijo Rodríguez Peña una vez que hubo cesado el fuerte trueno—. No hemos tenido drama alguno, ni antes ni después. Tal vez antes —agregó— pudo haberlo habitado... Y sin ello no estaría casado.

Otro gran trueno retumbó, más súbito y violento que los anteriores, y tras él se oyó arreciar, a través de las puertas cerradas, la lluvia torrencial que inundaba el patio.

—¡Qué horror de agua! —exclamó una chica, levantándose con algunas compañeras a mirar la lluvia a través de los postigos. Y a cada nueva descarga que hacía temblar la casa, levantaban los ojos inquietos al techo.

—Cuéntenos eso, Rodríguez Peña —dijeron los hombres maduros—. Puede que las niñas casaderas aprovechen su historia.

Nuestro amigo no se hizo de rogar. Y gravemente, según su costumbre, comenzó:

—Ustedes saben —dijo— que mi mujer no es linda. No ignoran tampoco que todos tenemos la vanidad del buen gusto, por lo cual es muy difícil que anunciemos, sin disculpas a otro hombre que nos hemos enamorado de una mujer fea. Comprenderán así ustedes cómo no quise confesarme a mí mismo, los primeros días que la conocí, que amaba a la que es hoy mi mujer.

"Me agradó en seguida, a pesar de su cara sin gracia. Mi mujer tiene la cara menos graciosa que se puede concebir. Lo que me sedujo en ella fue la tranquilidad de su alma, y su metal de voz lleno de bondad. A pesar de esto, no tuve el menor pudor en expresarme así a un amigo que me había visto rendido con ella.

"—No tenía nada que hacer... Es interesante, pero tiene una cara imposible...

"Me mostré en lo sucesivo muy solícito, dándole a comprender que no jugaba con ella; pero, no obstante, mis expresiones no pasaban de un tono muy ligero, tal vez para engañarme a mí mismo sobre lo que en realidad sentía por ella.


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3 págs. / 5 minutos / 1.448 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

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