La princesa bizantina
Cábeme la honra de contar la historia del caballero franco
Brandimarte de Normandía, flor de la nobleza cristiana y vástago de una
gloriosa familia. Su larga vida sin mancha, rota al fin, es tema para un
alto ejemplo. Llamábanle a menudo Brandel. Hagamos un silencio sobre el
galante episodio de su juventud que motivó este nombre, y que el alma
dormida de nuestro caballero disfrute, aun después de nueve siglos, de
esa empresa de su corazón.
Tenía por divisa: La espada es el alma, y en su rodela se veía una
cabeza de león en cuerpo de hiena (el león, que es valor y fuerza, y la
hiena, animal cobarde, pero en cuya sombra los perros enmudecen). Su
brazo para el sarraceno infiel fue duro y sin piedad. De un tajo hendía
un árbol. No sabía escribir. Hablaba alto y claro. Su inteligencia era
tosca y difícil. Hubiera sido un imbécil si no hubiera sido un noble
caballero. Partía con toda su alma y honor de rudo campeón, y estuvo en
la tercera cruzada, en aquella horda de redentores que cargaban la cruz
sobre el pecho.
Adolescente, sirvió el hipocrás en la mesa del barón de la Tour
d’Auvergne, nombre glorioso entre todos: túvole el estribo con las dos
manos (estribos de calcedonia, ¡ay de mí!) e hizo la corte a la
baronesa, puesto que su paje era.
Treinta años tenía cuando llevó a cabo las siguientes hazañas:
En Flandes arrebató la vida a quince villanos que le asaltaron en pleno bosque.
En España aceptó el reto del más esforzado campeón sarraceno y le
desarzonó siete veces seguidas, resultas de lo cual obtuvo en posesión
admirable doncella, pues el infiel, en su orgullo, insensato, había
puesto por premio a quien le venciera la propiedad absoluta de su
prometida en amor. El paladín rescatóla mediante diez mil zequíes que
Brandimarte llevó consigo a Francia en letras de cambio.
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