Confieso tener antipatía a los cisnes blancos. Me han
parecido siempre gansos griegos, pesados, patizambos y bastante malos.
He visto así morir el otro día uno en Palermo sin el menor trastorno
poético. Estaba echado de costado en el ribazo, sin moverse. Cuando me
acerqué, trató de levantarse y picarme. Sacudió precipitadamente las
patas, golpeándose dos o tres veces la cabeza contra el suelo y quedó
rendido, abriendo desmesuradamente el pico. Al fin estiró rígidas las
uñas, bajó lentamente los párpados duros y murió.
No le oí canto alguno, aunque sí una especie de ronquido sibilante.
Pero yo soy hombre, verdad es, y ella tampoco estaba. ¡Qué hubiera dado
por escuchar ese diálogo! Ella está absolutamente segura de que oyó eso y
de que jamás volverá a hallar en hombre alguno la expresión con que él
la miró.
Mercedes, mi hermana, que vivió dos años en Martínez, lo veía a
menudo. Me ha dicho que más de una vez le llamó la atención su rareza,
solo siempre e indiferente a todo, arqueado en una fina silueta
desdeñosa.
La historia es ésta: en el lago de una quinta de Martínez había
varios cisnes blancos, uno de los cuales individualizábase en la
insulsez genérica por su modo de ser. Casi siempre estaba en tierra, con
las alas pegadas y el cuello inmóvil en honda curva. Nadaba poco, jamás
peleaba con sus compañeros. Vivía completamente apartado de la pesada
familia, como un fino retoño que hubiera roto ya para siempre con la
estupidez natal. Cuando alguien pasaba a su lado, se apartaba unos
pasos, volviendo a su vaga distracción. Si alguno de sus compañeros
pretendía picarlo, se alejaba despacio y aburrido. Al caer la tarde,
sobre todo, su silueta inmóvil y distinta destacábase de lejos sobre el
césped sombrío, dando a la calma morosa del crepúsculo una húmeda
quietud de vieja quinta.
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