El amor a la caza es tal vez la pasión que más liga
al hombre moderno con su remoto pasado. En la infancia es, sobre todo,
cuando se manifiesta más ciego este anhelo de acechar, perseguir y matar
a los pájaros, crueldad que sorprende en criaturas de corazón de oro.
Con los años, esta pasión se aduerme; pero basta a veces una ligera
circunstancia para que ella resurja con violencia extraordinaria.
Yo sufrí una de estas crisis hace tres años, cuando hacía ya diez años que no cazaba.
Una madrugada de verano fui arrancado del estudio de mis plantas por
el aullido de una jauría de perros de caza que atronaban el monte, muy
cerca de casa. Mi tentación fue grande, pues yo sabía que los perros de
monte no aúllan sino cuando han visto ya a la bestia que persiguen al
rastro.
Durante largo rato, logré contenerme. Al fin no pude más y, machete en mano, me lancé tras el latir de la jauría.
En un instante estuve al lado de los perros, que trataban en vano de
trepar a un árbol. Dicho árbol tenía un hueco que ascendía hasta las
primeras ramas y, aquí dentro, se había refugiado un animal.
Durante una hora busqué en vano cómo alcanzar a la bestia, que gruñía
con violencia. Al fin distinguí una grieta en el tronco, por donde vi
una piel áspera y cerdosa. Enloquecido por el ansia de la caza y el
ladrar sostenido de los perros, que parecían animarme, hundí por dos
veces el machete dentro del árbol.
Volví a casa profundamente disgustado de mí mismo. En el instante de
matar a la bestia roncante, yo sabía que no se trataba de un jabalí ni
cosa parecida. Era un agutí, el animal más inofensivo de toda la
creación. Pero, como hemos dicho, yo estaba enloquecido por el ansia de
la caza, como los cazadores.
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