Textos más cortos de Horacio Quiroga que contienen 'u' | pág. 22

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O Uno u Otro

Horacio Quiroga


Cuento


—¿Por qué no te enamoras de nosotras?

Zum Felde miró atentamente uno tras otro a los cuatro dominós que habiéndolo notado solo, acababan de sentarse en el sofá, compadecidos de su aislamiento. Zum Felde colocó su silla frente a ellas. Pero como hubiera respondido que posiblemente no sabía qué hacer, un dominó concluía de lanzar aquella pregunta con afectuosa pereza. Bajo el medio antifaz corría en línea fraternal la misma enigmática sonrisa.

—Son muchas —repuso él pacíficamente.

—¡Oh, no esperamos tanta dicha de ti!

—No podría de otro modo. ¿Cómo adivinar a la que luego ha de gustarme?

—¿Es decir, la más linda de nosotras?

—… que no eres tú, ¿cierto?

—Cierto; soy muy fea, Zum… Felde.

—No, no eres fea, aunque alargues tanto mi apellido. Pero creo…

—… ¿te refieres a mí? —observó dulcemente otra. Zum Felde la miró en los ojos.

—¿Eres linda, de veras?

—No sé… Zum Felde. Realmente no sé… Pero creo que de mí te enamorarías tú.

—¿Y tú no de mí, amor?

—No; de ti, yo —repuso otra lánguida voz.

Zum Felde se sonrió, recorriendo rápidamente con la mirada, garganta, boca y ojos.

—Hum…

—¿Por qué hum, Zum Felde?

—Por esto. Tengo un cierto miedo a las aventuras de corazón mezcladas con antifaz. Y si ustedes entendieran un poco de amor, me atrevería a contarles por qué. ¿Cuento?

Los dominós se miraron fugazmente.

—Yo entiendo un poquito, Zum Felde…

—Yo tengo vaga idea…

—Yo otra, Zum Felde…

Faltaba una.

—¿Y tú?

—Yo también un poquito, Zum Felde…


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Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 113 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Fanny

Horacio Quiroga


Cuento


Antes de cumplir doce años, Fanny se enamoró de un muchacho trigueño con quien se encontraba todas las mañanas al ir a la escuela.

Su madre sorprendiolos conversando una mañana, y tras agria reprimenda, el idilio concluyó. Pero ello no obstó para que un mes más tarde Fanny conociera a su modo las ásperas dulzuras del amor prohibido, en casa de su hermana que esa noche contraía matrimonio; pues al ver al recién casado sonriente y ufano, se había quedado mirándolo largo rato sin pestañear, como si él fuera el último novio en este mundo. De modo que un tiempo después la joven casada dijo a su madre:

—¿Sabes lo que creo? Que Fanny está enamorada de mi marido. Corrígela, porque él se ha dado cuenta.

En consecuencia, Fanny recibió una nueva reprensión.

Nada había, sin embargo, de tormentoso en los amores de Fanny, ni sobrada literatura. Era sólo extraordinariamente sensible al amor. Entregábase a cada nueva pasión sin tumulto, en una sabrosa pereza de su ser entero, el de la voluntad, sobre todo. Sus inmovilidades pensativas, soñando con los ojos entrecerrados, tenían para ella misma la elocuencia de casi un dúo de amor. Como su corazón no conocía defensa y estaba siempre henchido de dulzura y credulidad, pocas conquistas eran más felices que la suya. El río de su ternura corría sin cesar; deteníase un día, un mes acaso, pero reanudaba enseguida su curso inagotable hacia un nuevo amor, con igual desborde de profunda y dichosa languidez.

Así llegó a los quince años, y como hasta ese momento sus cariños habían sido pueriles en lo posible, bien que no escasos, su madre creyó era entonces forzoso hablarle seriamente, como lo hizo.


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Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 604 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Lengua

Horacio Quiroga


Cuento


Hospicio de las Mercedes…

No sé cuándo acabará este infierno. Esto sí, es muy posible que consigan lo que desean. ¡Loco perseguido! ¡Tendría que ver…! Yo propongo esto: ¡A todo el que es lengualarga, que se pasa la vida mintiendo y calumniando, arránquesele la lengua, y se verá lo que pasa!

¡Maldito sea el día que yo también caí! El individuo no tuvo la más elemental misericordia. Sabía como el que más que un dentista sujeto a impulsividades de sangre podrá tener todo, menos clientela. Y me atribuyó estos y aquellos arrebatos; que en el hospital había estado a punto de degollar a un dependiente de fiambrería; que una sola gota de sangre me enloquecía…

¡Arrancarle la lengua…! Quiero que alguien me diga qué había hecho yo a Felippone para que se ensañara de ese modo conmigo. ¿Por hacer un chiste…? Con esas cosas no se juega, bien lo sabía él. Y éramos amigos.

¡Su lengua…! Cualquier persona tiene derecho a vengarse cuando lo han herido. Supóngase ahora lo que me pasaría a mí, con mi carrera rota a su principio, condenado a pasarme todo el día por el estudio sin clientes, y con la pobreza que yo solo sé…

Todo el mundo lo creyó. ¿Por qué no lo iban a creer? De modo que cuando me convencí claramente de que su lengua había quebrado para siempre mi porvenir, resolví una cosa muy sencilla: arrancársela.

Nadie con más facilidades que yo para atraerlo a casa. Lo encontré una tarde y lo cogí riendo de la cintura, mientras lo felicitaba por su broma que me atribuía no sé qué impulsos…

El hombre, un poco desconfiado al principio, se tranquilizó al ver mi falta de rencor de pobre diablo. Seguimos charlando una infinidad de cuadras, y de vez en cuando festejábamos alegremente la ocurrencia.

—Pero de veras —me detenía a ratos—. ¿Sabías que era yo el que había inventado la cosa?

—¡Claro que lo sabía! —le respondía riéndome.


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Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 450 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Cine En La Escuela

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Por raro que parezca, la semana última no ha registrado un solo estreno. Las casas exhibidoras retienen para el próximo otoño las cintas de última data, lo que nos promete una temporada feliz. Por otro lado, parece ser que existen dificultades entre las casas alquiladoras y los salones, tirantez de relaciones a que no sería ajena la escasez actual de estrenos. Pero no siendo de nuestra incumbencia estos conflictos de pantalla adentro, constatamos el lamentable periodo cinematográfico por que estamos pasando, que es lo que nos interesa en verdad.

El Cine en la Escuela. Sus Apologistas. —Cuando Pablo Deschanel, presidente actual de Francia, presidió en 1914 el banquete de la Cámara Sindical del Cine, dijo entre otras cosas:


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Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 3 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.

Teatro Y Cine I

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Cuando surgió el cine, no se vio en él más que una simple modificación o sucedáneo de la escena teatral. Y se tuvo la certeza de que jamás se apartaría de las normas artísticas creadas y estilizadas por el teatro.

Las primeras proyecciones fueron, en efecto, un simple remedio de las representaciones teatrales: breves situaciones de conflicto, historietas dramáticas con personajes de otras épocas, todo ello sobre un fondo fuertemente sentimental. Por rápido que fuera el acto que nos ofrecía la pantalla, había ya en él, aunque informes, los elementos totales de un drama. Faltaban entonces las leyendas. Aquellos episodios participaban de la pantomima, cuya identidad con el cine, mudo por esencia, fue para los hombres de la época un dogma del que jamás podría apartarse la pantalla; y en mínima escala del teatro, cuya palabra y expresión enfática no se atrevía aún a adoptar.


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Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 8 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.

La Retórica del Cuento

Horacio Quiroga


Ensayo, artículo


En estas mismas columnas, solicitado cierta vez por algunos amigos de la infancia que deseaban escribir cuentos sin las dificultades inherentes por común a su composición, expuse unas cuantas reglas y trucos, que, por haberme servido satisfactoriamente en más de una ocasión, sospeché podrían prestar servicios de verdad a aquellos amigos de la niñez.

Animado por el silencio —en literatura el silencio es siempre animador— en que había caído mi elemental anagnosia del oficio, completéla con una nueva serie de trucos eficaces y seguros, convencido de que uno por lo menos de los infinitos aspirantes al arte de escribir, debía de estar gestando en las sombras un cuento revelador.

Ha pasado el tiempo. Ignoro todavía si mis normas literarias prestaron servicios. Una y otra serie de trucos anotados con más humor que solemnidad llevaban el título común de Manual del perfecto cuentista.

Hoy se me solicita de nuevo, pero esta vez con mucha más seriedad que buen humor. Se me pide primeramente una declaración firme y explícita acerca del cuento. Y luego, una fórmula eficaz para evitar precisamente escribirlos en la forma ya desusada que con tan pobre éxito absorbió nuestras viejas horas.

Como se ve, cuanto era de desenfadada y segura mi posición al divulgar los trucos del perfecto cuentista, es de inestable mi situación presente. Cuanto sabía yo del cuento era un error. Mi conocimiento indudable del oficio, mis pequeñas trampas más o menos claras, sólo han servido para colocarme de pie, desnudo y aterido como una criatura, ante la gesta de una nueva retórica del cuento que nos debe amamantar.


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Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 71 visitas.

Publicado el 8 de mayo de 2026 por Edu Robsy.

Episodio

Horacio Quiroga


Cuento


La guerra, prolongándose, se exacerbaba. Como la montonera no tenía cuartel, no podía darlo, según la frase de uno de ella. Los realistas, por su lado, simplificaban la victoria de igual modo. Si el ánimo era abundante, la munición no. De aquí que el degüello reemplazara no pocas veces al fusilamiento, proceso tardo y dispendioso.

En tales odios, del degüello a la tortura no hay más que un paso, y ambos beligerantes salvábanlo con frecuencia, so pretexto de patriótica redención.

A los reveses diarios sucedían nuevas fortunas. El país, jugado a golpes de sable, cambiaba de bandera cada día o semana. El flamante dueño llevaba siempre a la población conquistada su pequeño saco de venganzas sobre las personas de estos delatores, de aquéllos pasados al enemigo. Y como las tropas realistas operaban en país hostil, sus infortunios en tal género eran mucho mayores que los de la montonera.

Así su ira viose enérgicamente solicitada en cierta ocasión por un joven patriota que hizo veinte leguas en una noche para ir a avisar a una fuerza de la patria que el enemigo, escaso, había entrado en su pueblo. El muchacho montaba mal. Cuando llegó, lívido, tuvieron que sostenerlo. Temblaba, los ojos desvariados, escupiendo sangre a cada instante, sin poder hablar.

A la noche siguiente la montonera cayó sobre el villorio oscuro y masacró a los realistas.

Los patriotas mantuviéronse diez días en el pueblo, hasta que la aproximación de un regimiento enemigo los puso sobre alerta. Recibieron orden de evacuar la posición, y, aunque de mala gana, antes de la llegada de aquél se fueron.


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Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 12 visitas.

Publicado el 15 de enero de 2026 por Edu Robsy.

El Vampiro

Horacio Quiroga


Cuento


—Sí—dijo el abogado Rhode—. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbico de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda forastero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.

En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un fúnebre loco. Al principio se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareció hallar en mí al hombre digno de oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.

—¡Ah! ¡Usted me entiende!—exclamó, fijando en mí sus ojos de fiebre. Y continuó con un vértigo de que apenas puede dar idea lo que recuerdo:

—¡A usted le diré todo! ¡Sí! ¿Qué cómo fue eso del ga... de la gata? ¡Yo! ¡Solamente yo!

—Óigame: Cuando yo llegué... allá, mi mujer...

—¿Dónde allá?—le interrumpí.

—Allá... ¿La gata o no? ¿Entonces?...

Cuando yo llegué mi mujer corrió como una loca a abrazarme. Y en seguida se desmayó. Todos se precipitaron entonces sobre mí, mirándome con ojos de locos.

¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tenía dentro! ¡Ésa, ésa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía!

Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió el hombro, gritándome:

—¿Qué hace? ¡Conteste!

Y yo le contesté:

—¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado!

Entonces se levantó un clamor:

—¡No es ella! ¡Ésa no es!


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 2.434 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Urutaú

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Cierta vez tuvimos en casa un muchacho de doce a trece años, cuyo principal quehacer consistía en revisar todas las mañanas las trampas que la tarde anterior habíamos dispuesto en el monte. El muchacho era muy listo, nativo del mismo bosque, y escolar número uno de su grado. Estábamos entonces en vacaciones. El chico se levantaba, obscuro todavía, y volvía del monte a las ocho de la mañana con los informes del caso acerca de nuestras trampas. Cuatro o cinco horas empleadas en la inspección sobrepasaban en mucho, sin embargo, el tiempo que ésta requería. Como le preguntara por consiguiente qué le retenía tanto en el monte, el chico me respondió, con vanidad halagadísima:

—Estaba haciendo una composición sobre la Naturaleza...

Recordé entonces que el muchacho gozaba fama por sus composiciones que le prometían, —al decir de sus maestros,— gran porvenir literario. Pedíle su composición, que comenzaba más o menos en estos términos:


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 7 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

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