Textos más descargados de Horacio Quiroga que contienen 'u' | pág. 13

Mostrando 121 a 130 de 541 textos encontrados.


Buscador de títulos

autor: Horacio Quiroga contiene: 'u'


1112131415

Un Caso de Visión a Distancia

Horacio Quiroga


Cuento


El señor Lisle tenía en su casa, como inquilino ─a título puramente caritativo y gratuito─, a un ex maestro de escuela, llamado Lorgeril, empleado entonces en los trabajos del arsenal de Tolón, sección entrega de combustible.

Este señor tuvo un día la idea de festejar a una señorita que vivía en Hyeres, a cuatro o cinco leguas de Tolón, y pidió permiso para ir a hablarla y, en caso de entenderse, fijar ya las condiciones de su boda.

El señor de Lisle, después de la partida de Lorgeril, tuvo la idea original de conocer por medio de su sirvienta, la joven Teresa, a quien durmió hipnóticamente, lo que Lorgeril haría durante su viaje y cuál sería el resultado de su tentativa matrimonial.

Hay que advertir que, si bien de Lisle conocía la ciudad de Hyeres, ignoraba en absoluto la calle y la casa donde vivía la pretendida de Lorgeril, y en cuanto a Teresa, ni conocía Hyeres ni el camino que había que tomar para llegar allí.

Una vez dormida y en estado de visión, el señor de Lisle le dijo:

─Quiero que vaya usted a Hyeres.

─Señor ─respondió Teresa─, no sé cómo... No conozco el camino.

─Quiero que vaya ─repitió Lisle─. Búsquelo... ¿Lo encontró?

─Sí, señor.

─Bueno; siga por él.

─Camino, pero está lejos, muy lejos y me falta mucho para llegar.

─¿Llegó ya?

─Sí, señor. Veo sitio en donde hay muchas palmeras.

─Ahora busque la casa en donde se halla Lorgeril.

─No sé dónde está, señor.

─Búsquela bien.

─Ya veo la calle... Hace cuesta y es necesario subir.

─¿Ha llegado?

─Sí, señor; estoy a la puerta de la casa, pero no me atrevo a entrar.

─Quiero que entre usted, obedezca.

─Antes de llegar a la habitación hay muchas escaleras.

─Suba y llame para que le abran.


Leer / Descargar texto

Dominio público
2 págs. / 3 minutos / 32 visitas.

Publicado el 14 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

Recuerdos

Horacio Quiroga


Poema, Lírica


¡Qué encanto el de aquellas tardes de verano, el de nuestros paseos por los alegres alrededores, en la orilla del arroyo, en el cerro, en la vía férrea, sintiendo los aromas de las florecillas campestres, bocanadas de aire frescas y furtivas, muchachas rollizas y jóvenes, la vida toda de nuestra juventud hermosa! ¡Qué encanto el de nuestras pláticas literarias, el de nuestras inspiraciones repentinas, el de nuestros gritos resonando en la soledad de la tarde que caía, el de nuestras declamaciones frente á aquella pared de la avenida, escuchando el eco dulce y apagado de la poesía á Cervantes ó las tristisimas quejas del indio Tabaré. ¡Qué encanto el de los crepúsculos tranquilos, los pompones de cúmulus rosados, la armonía de la luz al extinguirse, dejando en nuestras almas rastros de nostalgias adorables, ternuras melancólicas, prolongándose en el silencio de la noche que empezaba, cuando las hojas y las ramas murmuraban en la sombra, se aspiraban las fragancias que flotaban el aire, y morían las notas de los pájaros.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 7 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2026 por Brian.

Mi Cuarta Septicemia

Horacio Quiroga


Cuento


(Memorias de un estreptococo)

Tuvimos que esperar más de dos meses. Nuestro hombre tenía una ridícula prolijidad aséptica que contrastaba cruelmente con nuestra decisión.

¡Eduardo Foxterrier! ¡Qué nombre! Esto fue causa de la vaga consideración que se le tuvo un momento. Nuestro sujeto no era en realidad peor que los otros; antes bien, honraba la medicina —en la cual debía recibirse— con su bella presunción apostólica.

Cuando se rasgó la mano en la vértebra de nuestro muerto en disección —¡qué pleuresía justa!— no se dio cuenta. Al rato, al retirar la mano, vio la erosión y quedó un momento mirándola. Tuvo la idea fugitiva de continuar, y aun hizo un movimiento para hundirla de nuevo; pero toda la Academia de Medicina y Bacteriología se impuso, y dejó el bisturí. Se lavó copiosamente. De tarde volvió a la Facultad; hízose cauterizar la erosión, aunque era ya un poco tarde, cosa que él vio bastante claro. A las 22 horas, minuto por minuto, tuvo el primer escalofrío.

Ahora bien; apenas desgarrada la epidermis —en el incidente de la vértebra— nos lanzamos dentro con una precipitación que aceleraba el terror del bicloruro inminente, seguros de las cobardías de Foxterrier.

A los dos minutos se lavó. La corriente arrastró, inutilizó y abrasó la tercera parte de la colonia. El termocauterio, de tarde, con el sacrificio de los que quedaron, selló su propia tumba, encerrándonos.

Al anochecer comenzó la lucha. En las primeras horas nos reprodujimos silenciosamente. Éramos muchos, sin duda; pero, como a los 20 minutos, éramos el doble (¿cómo han subido éstos, los otros?) y a los 40 minutos el cuádruple, a las 6 horas éramos 180.000 veces más, y esto trajo el primer ataque.


Leer / Descargar texto

Dominio público
2 págs. / 4 minutos / 141 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Los Destiladores de Naranja

Horacio Quiroga


Cuento


El hombre apareció un mediodía, sin que se sepa cómo ni por dónde. Fue visto en todos los boliches de Iviraromí, bebiendo como no se había visto beber a nadie, si se exceptúan Rivet y Juan Brown. Vestía bombachas de soldado paraguayo, zapatillas sin medias y una mugrienta boina blanca terciada sobre el ojo. Fuera de beber, el hombre no hizo otra cosa que cantar alabanzas a su bastón —un nudoso palo sin cáscara—, que ofrecía a todos los peones para que trataran de romperlo. Uno tras otro los peones probaron sobre las baldosas de piedra el bastón milagroso que, en efecto, resistía a todos los golpes. Su dueño, recostado de espaldas al mostrador y cruzado de piernas, sonreía satisfecho.

Al día siguiente el hombre fue visto a la misma hora y en los mismos boliches, con su famoso bastón. Desapareció luego, hasta que un mes más tarde se lo vio desde el bar avanzar al crepúsculo por entre las ruinas, en compañía del químico Rivet. Pero esta vez supimos quién era.

Hacia 1800, el gobierno del Paraguay contrató a un buen número de sabios europeos, profesores de universidad, los menos, e industriales, los más. Para organizar sus hospitales, el Paraguay solicitó los servicios del doctor Else, joven y brillante biólogo sueco que en aquel país nuevo halló ancho campo para sus grandes fuerzas de acción. Dotó en cinco años a los hospitales y sus laboratorios de una organización que en veinte años no hubieran conseguido otros tantos profesionales. Luego, sus bríos se aduermen. El ilustre sabio paga al país tropical el pesado tributo que quema como en alcohol la actividad de tantos extranjeros, y el derrumbe no se detiene ya. Durante quince o veinte años nada se sabe de él. Hasta que por fin se lo halla en Misiones, con sus bombachas de soldado y su boina terciada, exhibiendo como única finalidad de su vida el hacer comprobar a todo el mundo la resistencia de su palo.


Leer / Descargar texto

Dominio público
15 págs. / 26 minutos / 482 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Lógica al Revés

Horacio Quiroga


Cuento


A fines de 1894, Alberto Durero y yo trabamos relación íntima y especial. Llámola especial, porque ella nació de circunstancias puramente filosóficas, gracias al empeño de un tercero en concordia que puso uno enfrente de otro dos fogosos espíritus, como era los nuestros por aquel bello entonces. Dimos en hablar de todo y para todo, sacando al fin consecuencias no comunes de nuestras charlas. En tierras ideológicas, sobre todo, tan bien carpimos la mala hierba, tal acrobacia nos aligeró el ánimo, que estuvimos a un paso de dar con nuestra razón en el vacío, en fuerza de sondar abismos a que Dios ha puesto intraspasable cancel. Recuerdo que, entre otras cosas, nos preocupaba establecer la cabal diferencia que existe entre lo que es y lo que puede ser. La negación de lo último está compensada por el desborde de evidencia que es lo primero. Una verdad bien establecida ─la más nimia─ lleva en sí la sustancia de varias existencias, una de las cuales, por lo menos pertenece a cosas que pueden ser. Decíamos también, recordando la insinuación de los rayos X, qué distancia de tiempo y espacio separa las alucinaciones, de los cuerpos invisibles cuya sombra luminosa se proyecta en nuestro cuarto. Y para todo esto nos recostábamos como en un muro en aquel principio de que basta que el cerebro autorice una idea, la más bizarra, para que ella pueda ser ─no verdad, pues su sola posibilidad lo prueba─ sino evidente en el orden visual. Lo principal estaba hallado; la dificultad residía en conocer el grado de interés que hay en cada cosa, y que nosotros, so pena de caer en lamentables errores, debíamos encontrar.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 32 visitas.

Publicado el 18 de enero de 2026 por Edu Robsy.

¡Es Natural!

Horacio Quiroga


Poema, Lírica


Esther no me ha conocido. He pasado a su lado, temblando de emoción. Cuatro meses que no la veía, y me ha olvidado. Ya no se acuerda de mí, ella que me hizo conocer algo hermoso, yo que la quise tanto, que llegué á dudar de su existencia, ¡oh virgen de oro!

Y no me ha conocido —Allá cuando estaba muy lejos, soñé que me adoraba, pensé que pudiera no verla jamás, pensé que me despreciaba, que sus ojos mentían; pero en medio de mis luchas y cavilaciones, nunca, nunca creí que Esther no me conociera!

¿Qué puedo esperar, cuando mi dulce Esther, como la llamaba en mis momentos de ternura, ha perdido la memoria y le soy indiferente? ¡Pobre principio!


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 8 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2026 por Brian.

El Crisol

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


En una noche de lluvia, y en un pueblo del sudoeste del país, tuve ocasión de apreciar debidamente el valor metafórico del utensilio que titula estas líneas.

Por mera casualidad yo asistía esa noche a una manifestación escolar que se celebraba allí con motivo de una fiesta patria. El pueblo contaba escasamente mil habitantes, y los alumnos de la escuela alcanzaban a doscientos. Prolíficas, pues, debían ser las gentes que rendían tan alto porcentaje de hijos.

Estos, rubios y de ojos claros casi todos, eran en su mayoría muy altos para su edad. Vestían uniformemente delantal rosa los varones, y pollerita violeta las mujeres. Colores ambos sin sentido particular en la fiesta, y que respondían sin duda a una simple predilección, por esos tonos del proveedor local. Los chicos, bajo una garúa que no se había logrado hacer cesar, salieron en fila de la escuela, empuñando cada cual una antorcha de bleck. Con ellas en la mano y cantando recorrieron las calles del pueblo, rodearon la manzana baldía, reservada para plaza, y cantando siempre regresaron a la escuela, ante cuya puerta el director dirigió a su grey una conceptuosa aunque larga alocución patriótica. Dos chicos, más altos, rubios y desteñidos que el resto, treparon uno tras otro sobre una mesa afirmada en el barro, desde la cual, con acento tan extraño como vehemente entonación, repitieron algunas bellas expresiones de nuestros próceres. Referíanse aquéllas a la formación étnica de la Argentina, tan llena de reservas vitales para el porvenir, y a aquello de «crisol donde se funden todas las razas».

Bien —me dije—; he aquí por fin algo cuerdo. Son éstas las más sensatas palabras dichas en el país, aunque el chico las repita con su boquita de ganso.

Con lo cual concluyó el acto, abandonando todos el charco formado ante la escuela. Recién al llegar a la fonda, donde yo era el único que hablaba mal mal español, me di cuenta de que había asistido a la celebración del día de la raza.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 21 visitas.

Publicado el 14 de agosto de 2026 por Brian.

Charlábamos de Sobremesa

Horacio Quiroga


Cuento


Y la conversación recayó sobre el tema a que forzosamente llegaban los cuentos de impresión: las supersticiones.

—En cuanto a creencias más o menos arraigadas —dijo un extranjero—, los pueblos europeos, y en particular el francés, dan un tono tal de verosimilitud a sus narraciones, que el espíritu de los que oyen obsta largo tiempo antes de razonar fríamente. Una leyenda medieval, por ejemplo, oída en mi infancia, me causó una impresión profunda, de que apenas los años transcurridos han logrado desasirme.

Hela aquí, sencillamente contada en dos palabras:

«Un caballero cazaba en una tarde de invierno. Había nevado todo el día; el campo estaba completamente blanco. Con el rifle al hombro, se acercó al castillo de un amigo, que pasaba sobre el puente levadizo. El castellano llegó a la poterna y vio en la contraescarpa al caballero, que le saludó.

»—¿Vas de caza? —preguntó el castellano.

»—Sí —respondió el caballero.

»—Hace mucho frío.

»—No lo siento.

»—Los lobos han salido del bosque.

»—Peor por ellos.

»—Entonces, buena suerte.

»—Gracias, pero cuida de hacer fuego duradero, pues sea la pieza que fuere, vendré a comerla contigo.

»El caballero partió con el rifle preparado y se perdió en la distancia.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 70 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Cacería del Zorrino

Horacio Quiroga


Cuento infantil


Chiquitos:

Uno de los animales salvajes más bonitos de la Argentina y Uruguay es un pequeño zorro de color negro sedoso, con una ancha franja plateada que le corre a lo largo del lomo. Tiene una magnífica cola de largos y nudosos pelos, que enarbola como un plumero.

Este zorrito, en vez de caminar, se traslada de un lado a otro con un galopito corto lleno de gracia. Es mansísimo y a la vista de una persona ni piensa siquiera en huir. Posee una gracia de movimientos que le envidiarían las mismas ardillas, y pocos animalitos del mundo dan más ganas de acariciarlos.

Pero el que pone la mano encima de esta bellísima criatura, chiquitos míos, no vuelve a hacerlo en su vida.

Una vez, en el departamento de Paysandú, en la República Oriental del Uruguay, fui testigo del mal rato que dio este lindo zorrito a un joven inglés recién llegado a América.

Ustedes saben, chiquitos, que nosotros, en la región del Plata, atribuimos siempre a los ingleses las anécdotas o cuentos basados sobre un error de lengua. Los ingleses en general no tienen la tonta vergüenza nuestra de no querer hablar un idioma porque lo pronunciamos mal. Ellos, de lo que sienten vergüenza, es de no hacer lo posible por aprender en seguida la lengua del país donde viven. De aquí que cometan al principio muchos errores de pronunciación, que a nosotros nos hacen reír y que fomentamos muchas veces por malicia.

A un joven inglés, pues, y a propósito del Iindo bichito que nos ocupa, le vi cometer el más tremendo error que sea posible cometer.

Yo había llegado hacía diez 10 a una estancia solitaria poblada por una vieja familia criolla, y amiga, como todos los criollos viejos, de embromar a los extranjeros recién venidos.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 88 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

1112131415