Textos más descargados de Horacio Quiroga que contienen 'u' | pág. 15

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El Techo de Incienso

Horacio Quiroga


Cuento


En los alrededores y dentro de las ruinas de San Ignacio, la subcapital del Imperio Jesuítico, se levanta en Misiones el pueblo actual del mismo nombre. Lo constituyen una serie de ranchos ocultos unos de los otros por el bosque. A la vera de las ruinas, sobre una loma descubierta, se alzan algunas casas de material, blanqueadas hasta la ceguera por la cal y el sol, pero con magnífica vista al atardecer hacia el valle del Yabebirí. Hay en la colonia almacenes, muchos más de los que se pueden desear, al punto de que no es posible ver abierto un camino vecinal, sin que en el acto un alemán, un español o un sirio se instale en el cruce con un boliche. En el espacio de dos manzanas están ubicadas todas las oficinas públicas: comisaría, juzgado de paz, comisión municipal, y una escuela mixta. Como nota de color, existe en las mismas ruinas —invadidas por el bosque, como es sabido— un bar, creado en los días de fiebre de la yerba mate, cuando los capataces que descendían del Alto Paraná hasta Posadas bajaban ansiosos en San Ignacio a parpadear de ternura ante una botella de whisky. Alguna vez he relatado las características de aquel bar, y no volveremos por hoy a él.

Pero en la época a que nos referimos no todas las oficinas públicas estaban instaladas en el pueblo mismo. Entre las ruinas y el puerto nuevo, a media legua de unas y otro, en una magnífica meseta para goce particular de su habitante, vivía Orgaz, el jefe del Registro Civil, y en su misma casa tenía instalada la oficina pública.


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Dominio público
14 págs. / 25 minutos / 434 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Regreso de Anaconda

Horacio Quiroga


Cuento


Cuando Anaconda, en complicidad con los elementos nativos del trópico, meditó y planeó la reconquista del río, acababa de cumplir treinta años.

Era entonces una joven serpiente de diez metros, en la plenitud de su vigor. No había en su vasto campo de caza, tigre o ciervo capaz de sobrellevar con aliento un abrazo suyo. Bajo la contracción de sus músculos toda vida se escurría, adelgazada hasta la muerte. Ante el balanceo de las pajas que delataban el paso de la gran boa con hambre, el juncal, todo alrededor, empenachábase de altas orejas aterradas. Y cuando al caer el crepúsculo en las horas mansas, Anaconda bañaba en el río de fuego de sus diez metros de oscuro terciopelo, el silencio circundábala como un halo.

Pero no siempre la presencia de Anaconda desalojaba ante sí la vida, como un gas mortífero. Su expresión y movimientos de paz, insensibles para el hombre, denunciábanla desde lejos a los animales. De este modo:

— Buen día — decía Anaconda a los yacarés, a su paso por los fangales.

— Buen día — respondían mansamente las bestias al sol, rompiendo dificultosamente con sus párpados globosos el barro que los soldaba.

— ¡Hoy hará mucho calor! — saludábanla los monos trepados, al reconocer en la flexión de los arbustos a la gran serpiente en desliz.

— Sí, mucho calor... — respondía Anaconda, arrastrando consigo la cháchara y las cabezas torcidas de los monos, tranquilos sólo a medias.


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Dominio público
17 págs. / 30 minutos / 372 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Proscripto

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Hace unos días recordábamos en esta misma página que la Paramount, en conmemoración de su sexto aniversario, había hecho una segunda edición de la cinta The squawman, con que se iniciara dicha empresa. La nueva filmación de dicha obra, con los mismos actores que la interpretaron hace seis años, tenía por objeto poner de relieve los progresos del cine en punto a técnica: dirección, vestuarios, efectos de luz, etc. Y en efecto, parece que la confrontación de ambas cintas, con seis años de diferencia, pone nuevamente de manifiesto el inmenso adelanto efectuado.


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Dominio público
2 págs. / 4 minutos / 4 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.

El Mono Ahorcado

Horacio Quiroga


Cuento


Estilicón, un mono mío de antes, tuvo un hijo, cuya vida amargué. Éste murió en 1904, y como escribí su historia —por lo menos la de la catástrofe— el mismo día de haberlo enterrado, la fecha de estas impresiones es, pues, anterior a diciembre de 1904.

Acabo de enterrar a Titán. He hecho abrir un agujero en el fondo del jardín, y allí lo hemos puesto con su soga. Confieso que ese desenlace me ha impresionado fuertemente. Después de una corta vida en paz, mis experiencias extravagantes lo han precipitado en un ensayo del que ya no saldrá.

En resumen, quise hacer hablar a mi mono. He aquí lo que yo pensaba entonces:


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 133 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Crisol

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


En una noche de lluvia, y en un pueblo del sudoeste del país, tuve ocasión de apreciar debidamente el valor metafórico del utensilio que titula estas líneas.

Por mera casualidad yo asistía esa noche a una manifestación escolar que se celebraba allí con motivo de una fiesta patria. El pueblo contaba escasamente mil habitantes, y los alumnos de la escuela alcanzaban a doscientos. Prolíficas, pues, debían ser las gentes que rendían tan alto porcentaje de hijos.

Estos, rubios y de ojos claros casi todos, eran en su mayoría muy altos para su edad. Vestían uniformemente delantal rosa los varones, y pollerita violeta las mujeres. Colores ambos sin sentido particular en la fiesta, y que respondían sin duda a una simple predilección, por esos tonos del proveedor local. Los chicos, bajo una garúa que no se había logrado hacer cesar, salieron en fila de la escuela, empuñando cada cual una antorcha de bleck. Con ellas en la mano y cantando recorrieron las calles del pueblo, rodearon la manzana baldía, reservada para plaza, y cantando siempre regresaron a la escuela, ante cuya puerta el director dirigió a su grey una conceptuosa aunque larga alocución patriótica. Dos chicos, más altos, rubios y desteñidos que el resto, treparon uno tras otro sobre una mesa afirmada en el barro, desde la cual, con acento tan extraño como vehemente entonación, repitieron algunas bellas expresiones de nuestros próceres. Referíanse aquéllas a la formación étnica de la Argentina, tan llena de reservas vitales para el porvenir, y a aquello de «crisol donde se funden todas las razas».

Bien —me dije—; he aquí por fin algo cuerdo. Son éstas las más sensatas palabras dichas en el país, aunque el chico las repita con su boquita de ganso.

Con lo cual concluyó el acto, abandonando todos el charco formado ante la escuela. Recién al llegar a la fonda, donde yo era el único que hablaba mal mal español, me di cuenta de que había asistido a la celebración del día de la raza.


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Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 21 visitas.

Publicado el 14 de agosto de 2026 por Brian.

Dieta de Amor

Horacio Quiroga


Cuento


Ayer de mañana tropecé en la calle con una muchacha delgada, de vestido un poco más largo que lo regular, y bastante mona, a lo que me pareció. Me volví a mirarla y la seguí con los ojos hasta que dobló la esquina, tan poco preocupada ella por mi plantón como pudiera haberlo estado mi propia madre. Esto es frecuente.

Tenía, sin embargo, aquella figurita delgada un tal aire de modesta prisa en pasar inadvertida, un tan franco desinterés respecto de un badulaque cualquiera que con la cara dada vuelta está esperando que ella se vuelva a su vez, tan cabal indiferencia, en suma, que me encantó, bien que yo fuera el badulaque que la seguía en aquel momento.

Aunque yo tenía qué hacer, la seguí y me detuve en la misma esquina. A la mitad de la cuadra ella cruzó y entró en un zaguán de casa de altos.

La muchacha tenía un traje oscuro y muy tensas las medias. Ahora bien, deseo que me digan si hay una cosa en que se pierda mejor el tiempo que en seguir con la imaginación el cuerpo de una chica muy bien calzada que va trepando una escalera. No sé si ella contaba los escalones; pero juraría que no me equivoqué en un solo número y que llegamos juntos a un tiempo al vestíbulo.

Dejé de verla, pues. Pero yo quería deducir la condición de la chica del aspecto de la casa, y seguí adelante, por la vereda opuesta.

Pues bien, en la pared de la misma casa, y en una gran chapa de bronce, leí:


DOCTOR SWINDENBORG
FÍSICO DIETÉTICO
 

¡Físico dietético! Está bien. Era lo menos que me podía pasar esa mañana. Seguir a una mona chica de traje azul marino, efectuar a su lado una ideal ascensión de escalera, para concluir…


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 268 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Cuento

Horacio Quiroga


Cuento


Recaredo volvió la cabeza e hizo girar suavemente la guía de su máquina. El carruaje que estuvo a punto de atropellarle, un elegante cupé, pasó a escape entre un raro ruido de cadenas que el desorden del precipitado galope hacía más timpánico.

Una nube de polvo, sobre la boca abierta de los espectadores, ahogó la carrera.

Dejó la bicicleta; paseó, miró; el sol de un atardecer de verano, ya en el horizonte, incendiaba las lejanías inacabables, llenaba de oro las pulverizaciones del macadam, flotaba en los átomos, bajo un venturoso cielo de rosa en que iba a abismarse la difusión amarillenta de los soles decrépitos. Los surtidores de agua se elevaban sin inclinarse, las melodías se hacían oscuras, los bambúes del invernáculo recostaban sin espera en los cristales, como en un pecho para el cual hace tiempo somos indiferentes, su desmesurada delgadez. Y en las ya silenciosas avenidas la extenuación se hacía metódica, sobre un perfume que tarda siglos en aspirarse, sobre un tono que no puede sostenerse por más tiempo, sobre una mano —a la hora en que se conoce de lejos a las mujeres enfermas— en su dolorosa ineptitud.

Adolescencia cruel, idealidades fácilmente disyuntivas, Recaredo huyó muy pronto de las universidades, destrozó muchos ídolos, fue lleno de similitud con las ideas raras. En pos de cada crisis, no obstante, mucho de lo muerto iba con él, marchaba con los fragmentos de su ídolo debajo del brazo, avanzaba herido y lleno de dolor, como esos pobres mutilados que para caminar tienen que apoyarse a guisa de bastón, en el miembro tronchado. Recorrió los hospitales y en cada camilla se detuvo con desconfianza, mirando bien en los ojos a los poetas que estaban malditos. Pero en la escasa luz de la sala, el cerebro perturbado por un advenimiento excesivamente radical, bajo la influencia de un fonógrafo distante en que una manipulación bien amistosa lograba dar a las voces igual intensidad, no pudo apreciar las miradas.


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7 págs. / 12 minutos / 27 visitas.

Publicado el 10 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Charlábamos de Sobremesa

Horacio Quiroga


Cuento


Y la conversación recayó sobre el tema a que forzosamente llegaban los cuentos de impresión: las supersticiones.

—En cuanto a creencias más o menos arraigadas —dijo un extranjero—, los pueblos europeos, y en particular el francés, dan un tono tal de verosimilitud a sus narraciones, que el espíritu de los que oyen obsta largo tiempo antes de razonar fríamente. Una leyenda medieval, por ejemplo, oída en mi infancia, me causó una impresión profunda, de que apenas los años transcurridos han logrado desasirme.

Hela aquí, sencillamente contada en dos palabras:

«Un caballero cazaba en una tarde de invierno. Había nevado todo el día; el campo estaba completamente blanco. Con el rifle al hombro, se acercó al castillo de un amigo, que pasaba sobre el puente levadizo. El castellano llegó a la poterna y vio en la contraescarpa al caballero, que le saludó.

»—¿Vas de caza? —preguntó el castellano.

»—Sí —respondió el caballero.

»—Hace mucho frío.

»—No lo siento.

»—Los lobos han salido del bosque.

»—Peor por ellos.

»—Entonces, buena suerte.

»—Gracias, pero cuida de hacer fuego duradero, pues sea la pieza que fuere, vendré a comerla contigo.

»El caballero partió con el rifle preparado y se perdió en la distancia.


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 70 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Artículos de Artes, Cine Y Teatro Dispersos

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Compilación


El Arte Salvaje


El primer hombre que, descontento de la forma insípida del cacharro en que bebía, quiso embellecerlo, creó una obra de arte. Con seguridad aquel nuevo cacharro no tenía nada de lo que miles o millones de años después conceptuamos artístico: el salvaje remedaba lo que veía: hombre, animal, planta. Remedo inmensamente tosco, pero que encerraba una virtud extraordinaria como obra de arte: respondía dicha obra, exactamente, a la concepción que de lo bello nacía en el espeso cráneo primitivo. Daba el salvaje, en ese esfuerzo de alma rudimentaria, cuanto había en él.


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Dominio público
55 págs. / 1 hora, 37 minutos / 12 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.

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