Textos más largos de Horacio Quiroga que contienen 'u' | pág. 23

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La Madre de Costa

Horacio Quiroga


Cuento


Un hombre casado se debe a su mujer; pero un soltero sin familia, a su dueña de casa.

Abalcázar Costa —en provincias hay siempre nombres raros— vino de la suya con excelentes notas en bachillerato y escaso dinero. Púsose a buscar una casa de huéspedes donde se comiese bien —porque los muchachos que vienen tienen gran apetito— y hubiera tranquilidad.

Hallola en la calle Cevallos, una vieja casa de dos patios, que quedara enclavada entre altísimos muros. Por cierto, no había sol. En verano, y durante dos meses, alcanzaba a insinuarse hasta el marco superior de las puertas, nada más. En invierno, los frisos tenían una línea verde de humedad y en la casa oscura reinaba un vaho de sótano.

Con todo, había tranquilidad, y Costa propúsose aprovecharla, lo que era innegable, y pensó vivir allí mucho tiempo, lo que no lo fue tanto. Se hospedaban en aquélla ocho o diez inquilinos, y regía su destino la dueña de casa, persona repleta de promesas y que vestía siempre de negro, como conviene a una patrona seria y madre de sus hijos.

Costa encantose de ella, pues es cierto que en los primeros tiempos la dueña de casa tuvo con él gracias extraordinarias. No se sabe cómo pudo Costa obtener un mes entero la comida a la hora que él deseaba. Para los demás —y entre ellos, yo— el problema era irresoluble. Acaso, acaso en un tiempo remoto, cuando nos instalamos, nos cupo a nosotros igual dicha; pero la subsecuente mala suerte nos había hecho olvidar de la buena. Lo cierto es que durante un mes, Costa fue servido antes de media hora de sentarse a la mesa, halló siempre azúcar en la azucarera y agua en las jarras, y demás circunstancias felices, propias de una persona afortunada.

Nosotros llamábamos a nuestra solícita madre, doña Josefa; Costa decía misia Josefa, y la trataba con deferencia. El muchacho era muy culto en sus expresiones.


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Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Moral Del Ford

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica



No es para nadie un misterio que la propiedad de un Ford lleva aparejado un sinfín de disgustos. No reza este contraste con los coches del último modelo. Trátase aquí de un automóvil de verdad, ajeno a la lúgubre nombradía de sus antecesores. El Ford verdadero y legítimo, maravilloso y desesperante, calamitoso e insubstituible, es el otro, catalogado con la letra T. Todos los pertenecientes a esta edición, provengan del año 1927 o hayan perdurado desde 1912 hasta hoy, han contribuido más a la fatiga, la neurastenia y la desesperación de sus propietarios que el resto de sus vicisitudes en la vida.

Cuéntanse estas vicisitudes por billones en tales seres, a causa de la miserable vida que han llevado desde el nacer. Todo puede sospecharse del dueño de un Ford, menos opulento bienestar. Su propiedad indica, denuncia y propala a grito herido la pobreza de su conductor. Y a esta vergonzante condición, dura ya de sobrellevar, se suman las penurias y fatigas sin cuento que la frágil existencia de su vehículo exige.


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Dominio público
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Publicado el 24 de julio de 2026 por Brian.

Una Cacería

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica


Llegó un momento en mi vida en que me sentí harto de la civilización, tal como la gozamos en las ciudades. Por contrapeso a un ejercicio intelectual más o menos intenso, mis brazos no sabían ya apartar un obstáculo del camino, porque todos me eran allanados, merced a ese mismo concepto de civilización. Para engañarme, se me mostró el camino de un gimnasio, donde en un patio herméticamente cerrado y con luz artificial a las dos de la tarde, hice fuerza de abajo para arriba y de frente al costado, con una bola de hierro en cada mano, manteniéndome inmóvil y rígido en el mismo sitio. Esto —se me decía— es muy útil.

¿Útil? ¿Para qué? ¿En qué consiste la utilidad de un ejercicio espantosamente estéril? ¿Útil porque trataba de simular con una vergonzosa pantomima el verdadero esfuerzo, que consiste en vencer la dificultad "natural"? De igual modo se podría llamar útil a la bolsa de oxígeno que prolonga la agonía de un moribundo: necesaria, por sutilezas de biología moral, acaso; pero "útil", jamás.


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4 págs. / 7 minutos / 7 visitas.

Publicado el 19 de julio de 2026 por Brian.

Un Buen Film "El Hombre De Río Perdido"

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Cuando, en la vieja Triangle, Tomás H. Ince producía en silencio una buena cinta por semana, sin que se poseyera entonces la supervisión telescópica y a menudo miope de ahora, House Peters interpretó bajo su dirección y en compañía de Hart, el excelente film Un hombre. 


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Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.

Los Crepúsculos Del Jardín

Horacio Quiroga


Artículo, Crítica


Yo tuve siempre la seguridad de escribir algo cuando aparecieran Los Crepúsculos Del Jardín. Primero de todo, como manifestación de mi propio gozo; segundo, por la potencia de su autor; tercero, en homenaje a mis primeros entusiasmos. Como es común relatar en estos casos el conocimiento personal que del autor se tuvo —y esto implica el mérito de variar lo escrito, aligerando no poco la ineludible gravedad judicial que tales cosas suponen— contaré a mi vez que en 1896 leí la Oda a la desnudez, primera obra suya que conocí. Sentíme lleno de tal alegría, que le llamé repetidas veces hombre de genio. Aún hoy que no siento tales sobresaltos de emoción, el vocablo se me sube a los labios, sobre todo cuando —como ahora— revivo mis impresiones. Al año siguiente leí Las montañas del oro, y sucesivamente algunas poesías, muy pocas. Llegué así a 1900, sin conocer de este hombre nada, ideas, modo de ser, actuación estrepitosa; apenas un amigo que le había conocido antes, y una caricatura en Caras y Caretas. Para mí, tan lleno de fresco humanismo, la ignorancia de todo dato poetiza su figura al extremo de suponerlo indio, muy indio, huraño, hercúleo y violento. Por demás, inabordable, sobre todo para mí con mi ridícula espontaneidad de joven adorador.

Un día en compañía de un amigo en igual crisis, fuimos a verle.

Nos presentamos sin tarjeta alguna, corriendo la hermosa aventura. Esperamos largo rato, pues la hora más que matinal excusaba toda demora mientras saboreábamos a dúo la emoción de la ruda silueta poética que debía aparecer en la puerta. Fue así que en su lugar se presentó un hombre blanco, de expresión cualquiera, juvenilizado por un fresco pijama. La única conciencia de ser él quien buscábamos provenía de un vago parecido con la caricatura. Pero tanto le conocía en sí mismo, que inconscientemente le presenté a mi amigo, y enseguida me presenté yo. Hablamos toda la mañana, poco de letras.


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4 págs. / 7 minutos / 7 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

Paz

Horacio Quiroga


Cuento, fábula


Hacía ya mucho tiempo que el hombre cazaba en el monte. En un principio la novelería de los tiros divirtió a los animales salvajes.

─¿Has visto? ─decía uno al cruzarse con otro en un sendero─, hay un hombre.

─Yo lo vi ─respondía el segundo en voz baja─. Tiene una escopeta. Es un cazador.

─Sí. En el barranco corrió esta mañana. Mata.

─¿Mata? ─intervino un agutí asustado.

─¡Ya lo creo! Yo vi antes uno. Es un hombre. Ninguno de nosotros puede matarlo.

─¿Ninguno?...

─El tigre, sí. A nosotros nos mata.

─¿Han oído?... Anda cerca. ¡Huyamos!

Pero a poco la diversión cesó, porque ya no se encontraban los amigos que solían verse al caer la noche. Se cruzaban ahora corriendo, y apenas tenían tiempo de cambiar tres palabras.

─¡Otro tiro hace un momento! ─jadeaba uno.

─¿A quién habrá matado?

─Yo sé. Al venado. Él lo mató.

─¿Y el tapir? ─preguntaba otro.

─Anteayer en el río... Muerto.

─¿Y el puma?

─Hace una semana... Muerto.

─¿Y el oso hormiguero?

─En la orilla del pantano... Muerto.

─¿Y el tigre?

En ese instante un estampido y un maullido escandaloso resonaron en las tinieblas.

─¿El tigre?... Acaba de morir.

Ahora bien, aunque los animales del bosque no unen jamás sus fuerzas contra el hombre, hay ocasiones en que la naturaleza misma ─encarnada en la luz, la atmósfera, el clima, la selva y sus hijos─ medita su exterminio. Y una de estas ocasiones fue la presente, cuando los animales decidieron hacer una trampa y cazar al hombre.

No contaremos cómo lo cazaron, pues las facilidades abundan en el bosque. Diremos solamente que una noche el hombre se encontró desnudo atado a un árbol, entre los animales que alzaban sus duras nucas a él. Y nada diremos tampoco de quién le desnudó ni de qué lazos eran aquellos que lo ataban al árbol.


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Publicado el 7 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

El Cine Educativo…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


El cine Educativo. Patagonia. —Esta vez no es un drama lo que nos ofrece la cinematografía nacional, sino una cinta descriptiva de las bellezas naturales del sur. 

En igual carácter y forma hemos visto ya el Iguazú y la región de las Orcadas, editadas por la misma casa, Valle, que acaba de lanzar Patagonia. 

Estas cintas tienen o pueden tener una misión instructiva de alto vuelo. Aportan a la enseñanza, y en este caso particular al conocimiento de la geografía física, elementos vivos de primer orden. No todos sabemos qué clase de árboles crían Misiones y la Patagonia, ni qué aspectos ofrecen una catarata célebre, una región de lagos o de riquezas mineras —a pesar de ser las tres cosas tema de diaria unción. 


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Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.

La Inicua Ley De Propiedad Literaria

Horacio Quiroga


Artículo


La circunstancia de haberse creado por tercera y última vez la sociedad argentina de escritores con fines preeminentemente gremiales, presta viva actualidad a las leyes sobre la propiedad literaria, por la cual el escritor goza o debe gozar de su trabajo intelectual, en primer término, y defender en segundo sus derechos a la labor producida. No es, por lo demás, la primera vez que nos ocupamos de esto.

Cae de su peso que la producción artística es un bien propio del escritor. Ni los editores ni las empresas periodísticas a cuyo cargo corre la difusión del producto intelectual, han dudado nunca de la legitimidad de dicho derecho. El tratado de ciencias, el ensayo de filosofía y la colección de poemas son bien, pura y exclusivamente propiedad de su autor.

¿Pero constituyen una propiedad, en el más amplio sentido de la palabra? ¿Puédese asegurar que artículo, ensayo, estudio y novela son un bien propio, ajeno a todo otro derecho, una pertenencia individual de nuestra persona misma?


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Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

El Divino

Horacio Quiroga


Cuento


Jamás en el confín aquel se había tenido idea de un teodolito. Por esto cuando se vio a Howard asentar el sospechoso aparato en el suelo, mirar por los tubitos y correr tornillos, la gente tuvo por él, sus cintas métricas, niveles y banderitas, un respeto casi diabólico.

Howard había ido al fondo de Misiones, sobre la frontera del Brasil, a medir cierta propiedad que su dueño quería vender con urgencia. El terreno no era grande, pero el trabajo era rudo por tratarse de bosque inextricable y quebradas a prueba de nivel. Howard desempeñose del mejor de los modos posibles, y se hallaba en plena tarea cuando le acaeció su singular aventura.

El agrimensor habíase instalado en un claro del bosque, y sus trabajos marcharon a maravilla durante el resto del invierno que pudo aprovechar, pero llegó el verano, y con tan húmedo y sofocante principio que el bosque entero zumbó de mosquitos y barigüís, a tal punto que a Howard le faltó valor para afrontarlos. No siendo, por lo demás, urgente su trabajo, dispúsose a descansar quince días.

El rancho de Howard ocupaba la cúspide de una loma que descendía al oeste hasta la vera del bosque. Cuando el sol caía, la loma se doraba y el ambiente cobraba tal transparente frescura que un atardecer, en los treinta y ocho años de Howard revivieron agudas sus grandes glorias de la infancia. ¡Una pandorga! ¡Una cometa! ¿Qué cosa más bella que remontar a esa hora el cabeceador barrilete, la bomba ondulante o el inmóvil lucero? A esa hora, cuando el sol desaparece y el viento cae con él, la pandorga se aquieta. La cola pende entonces inmóvil y el hilo forma una honda curva. Y allá arriba, muy alto, fija en vaguísima tremulación, la pandorga en equilibrio constela triunfalmente el cielo de nuestra industriosa infancia.


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4 págs. / 7 minutos / 160 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Un Poeta Del Alma Infantil

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Una caricatura reciente nos muestra a un niño doblado con gran preocupación sobre un aparato de radio, que se esfuerza en sintonizar.

—Vamos al circo, ya es hora —le dice su abuelita, entrando en la pieza. A lo que la criatura responde, encogiéndose de hombros:

—Anda tú, abuelita, si eso te divierte...

La caricatura, al servicio de un fino espíritu, tiene felices aciertos. En la que nos ocupa, se halla expresado con sutil eficacia el singular estado de alma de nuestra infancia actual.


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Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

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