Textos más vistos de Horacio Quiroga que contienen 'u' | pág. 15

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El Alcohol

Horacio Quiroga


Cuento


Un hombre honrado puede mantenerse tal entre pillos, y a un cuerdo le es posible desempeñar entre locos un papel bastante agraciado. Pero el hombre que se halla ineludiblemente entre borrachos deberá inmediatamente sumergir su cabeza en el alcohol, por poco que su propio interés le inspire respeto.

—Esta máxima es vulgar —dijo el hombre que hablaba con nosotros— pero profunda. Su transgresión ha costado algunos tronos y no pocas cabezas. Otros han perdido su novia, y es una aventura de éstas la que traído al recuerdo aquella sentencia. Ustedes verán cómo.

Hace algunos años, la casualidad, o sea serie de circunstancias anodinas que reúnen alrededor de una mesa de bar a cinco o seis individuos que esa mañana no se conocían, quiso que yo me hallara en esa situación en un nine o’clock rhum del Boston, con cuatro compañeros a la mesa, y tres japoneses enfrente, hundidos en los divanes, que nos observaban en silencio con sus ojillos entornados.

Los divanes del Boston, ustedes lo saben, se prestan a estas irónicas meditaciones.


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Dominio público
6 págs. / 10 minutos / 212 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Hombre Sitiado por los Tigres

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez un hombre que vivía solo en el monte, en compañía de un perro y un loro. Había también muchos tigres, que todas las noches rugían en la otra orilla del río; a veces lo cruzaban a nado. Pero esto pasaba pocas veces, porque el hombre era un buen cazador y los tenía a raya. El hombre pasaba el año cuidando una plantación de caña de azúcar, y la cuidaba también de noche, cuando había luna. Pero en las noches lluviosas venían los chanchos salvajes y le pisoteaban y devoraban su plantación. Por lo cual el hombre estaba desesperado.

Se decidió entonces una noche a ir a la orilla del río a hablar con los tigres para que cuidaran su caña. Desde hacía un tiempo él había notado que entre los rugidos de los tigres había uno que era distinto de los demás. «Este tigre que ruge así ─se dijo el hombre mientras cargaba su escopeta─ debe ser un tigre que los hombres han cazado y que ha vivido mucho tiempo en una jaula, donde ha aprendido a entender nuestro lenguaje. Yo comprendo también un poco el idioma de los tigres, y voy, por consiguiente, a entenderme con él.»

Y en efecto; mientras del otro lado del río la costa se llenaba a todo lo largo de rugidos, el hombre lanzó un gran grito, e instantáneamente los tigres callaron. Entonces el hombre gritó:

─¡Tigres! ¡Quiero hablar con uno de ustedes!

Durante un rato los tigres permanecieron en silencio, como si estuvieran discutiendo entre ellos, hasta que por fin un tigre lanzó un largo rugido, y el hombre comprendió lo que decía.

─¿Con cuál de nosotros? ─había dicho el rugido.

─¡Contigo! ¡Con el que está hablando!

─Está bien: podemos hablar ─contestó el tigre─. Y ¿dónde?

─Aquí, en esta isla que está en medio del río ─agregó el hombre─. Yo voy nadando, y tú puedes hacer lo mismo. Pero cuidado con los otros, porque si veo que otros tigres pasan a la isla, les pongo a cada uno una bala en medio de la frente, ¿entendido?


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10 págs. / 18 minutos / 42 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

El Pan Intertropical

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


La palabra "mandioca" sugiere instantáneamente al hombre del centro o del sur —y sobre todo al porteño— una exclusiva impresión de Corrientes y Paraguay. Cree que la mandioca es la base de la alimentación en aquellas regiones, en lo que tiene razón, y está casi seguro de que sólo allí es utilizada la maravillosa raíz, en lo que se equivoca lastimosamente.

En efecto, en toda una franja de mil doscientas leguas de ancho (del 30° norte al 30° sur) alrededor del mundo, la mandioca es el alimento primordial. Lo que no excusaría ciertamente la ignorancia de aquel joven correntino que volviendo a su tierra después de tres años de Buenos Aires, creyó de su deber preguntar ante una gruesa y evidentísima mandioca: "¿qué es esta raíz?".

Para gloria del mismo correntino, podría decirse que esa raíz es originaria, si no de Corrientes, de su vecino el Brasil, pues sólo en este país ha sido hallada la mandioca en estado salvaje. Difundida rápidamente en toda la zona inter y subtropical, su importancia ha llegado a ser tal que su aniquilamiento arrasaría totalmente la vida humana en una zona del mundo algo mayor que noventa veces la República Argentina.


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Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 6 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2026 por Brian.

El Paso del Yabebirí

Horacio Quiroga


Cuento, Cuento infantil


En el río Yabebirí, que está en Misiones, hay muchas rayas, porque «Yabebirí» quiere decir precisamente «Río—de—las—rayas». Hay tantas, que a veces es peligroso meter un solo pie en el agua. Yo conocí un hombre a quien lo picó una raya en el talón y que tuvo que caminar rengueando media legua para llegar a su casa: el hombre iba llorando y cayéndose de dolor. Es uno de los dolores más fuertes que se puede sentir.

Como en el Yabebirí hay también muchos otros peces, algunos hombres van a cazarlos con bombas de dinamita. Tiran una bomba al río, matando millones de peces. Todos los peces que están cerca mueren, aunque sean grandes como una casa. Y mueren también todos los chiquitos, que no sirven para nada.

Ahora bien: una vez un hombre fue a vivir allá, y no quiso que tiraran bombas de dinamita, porque tenía lastima de los pececitos. Él no se oponía a que pescaran en el río para comer; pero no quería que mataran inútilmente a millones de pececitos. Los hombres que tiraban bombas se enojaron al principio, pero como el hombre tenía un carácter serio, aunque era muy bueno, los otros se fueron a cazar a otra parte, y todos los peces quedaron muy contentos. Tan contentos y agradecidos estaban a su amigo que había salvado a los pececitos, que lo conocían apenas se acercaba a la orilla Y cuando él andaba por la costa fumando, las rayas lo seguían arrastrándose por el barro, muy contentas de acompañar a su amigo. Él no sabía nada, y vivía feliz en aquel lugar.

Y sucedió que una vez, una tarde, un zorro llegó corriendo hasta el Yabebirí, y metió las patas en el agua, gritando:

—¡Eh, rayas! ¡Ligero! Ahí viene el amigo de ustedes, herido.

Las rayas, que lo oyeron, corrieron ansiosas a la orilla. Y le preguntaron al zorro:

—¿Qué pasa? ¿Dónde está el hombre?


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10 págs. / 18 minutos / 1.456 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Fantasía Nerviosa

Horacio Quiroga


Cuento


Juan era de un temperamento nervioso, fatalmente inspirado, y cuyas acciones a fuerza de rápidas e ineludibles, marcaban una inconsciencia rígida en el cerebro que había desprendido la concepción.

Su ser cuadraba una neurosis superior, completa, honda, ardiente, sanguíneamente atávica. Era acaso el sentenciado de una antigua y anónima epopeya de sangre, cuyas estrofas de rubí goteaban sobre su destino.

Tenías las cualidades de un gran criminal: la resolución rápida, abofeteada por una necesidad imprescindible de matar; sus brazos tenían una musculatura heroica, y su cabeza, tocada con cincel rudo, tardaba en pasar de la idea al hecho el tiempo que tarda el puñal en salir de la vaina.

Juan mató, porque tenía que matar. Y mató a una mujer, a la primera que encontró, a las doce de la noche de un mes de verano.

Corrió furiosamente, dejando tras de sí una puñalada y marcando su carrera con las manchas de sangre que goteaba su cuchillo enrojecido.

En las calles desiertas resonaba su galope precipitado y jadeante de fiera herida.

Juan fue a un baile de máscaras, y el baile encendió su sangre. Las risas le herían como un insulto, y las parejas que se movían alrededor suyo se burlaban de él. Las colgaduras rojas eran manchas de sangre coaguladas en la pared, y sus ojos se bañaban en una visión de púrpura.

Era siempre la necesidad diatésica de matar. Y Juan mató a una máscara con quien fue a cenar, y la dejó tendida sobre el diván, con el pecho abierto, manando borbotones de sangre que iban a empapar un ramo de rosas pálidas que llevaba prendido al seno.

Juan se acostó y apagó la luz; y en la oscuridad veía sangre, una lluvia de sangre que mojaba su cuerpo. Sentía un furor desesperado, con deseos de volver al restaurante y apuñalar a aquella mujer que seguramente no debía estar muerta.


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2 págs. / 4 minutos / 34 visitas.

Publicado el 11 de enero de 2026 por Edu Robsy.

La Crisis Del Cuento Nacional

Horacio Quiroga


Artículo


Tiene este enunciado cierto aspecto paradojal, precisamente en instantes en que los diarios, revistas y publicaciones semanales luchan con ahínco por recoger, ofrecer y exaltar en su programa literario el mayor número posible de cuentos y novelas breves.

La producción no flaquea, según se ve. Lo que flaquea y está en plena decadencia es el resultado artístico de esa producción. Felizmente su causa es ajena en gran parte a la capacidad de nuestros cuentistas y novelistas breves. Un ligero examen de estas expresiones lo hará comprender mejor.

Un cuentista es, por definición, el hombre que sabe contar. Nada como el ejemplo ofrecido por Tolstoi da idea completa de esta capacidad.

Reúnense cuatro chicos a referirse historias. Como la acción pasa en Rusia, como es de noche y hace frío, los lobos actúan en preferente lugar.


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3 págs. / 6 minutos / 7 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

La Novela Y El Público

Horacio Quiroga


Artículo


Es vieja costumbre decir en un artículo: "nosotros pensamos", en vez de "yo pienso". Parece ser que la razón de esta rareza consiste en una bella modestia, sumamente útil a quien escribe. ¿Será verdad? Debe serlo. En cuanto a mí, confieso que nunca me ha parecido vanidoso el hecho de que un buen hombre, al escribir un artículo que se sabe ciertamente que es de él, diga: "yo creo", en lugar de "nosotros creemos".


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4 págs. / 7 minutos / 6 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.

La Serpiente de Cascabel

Horacio Quiroga


Cuento


La serpiente de cascabel es un animal bastante tonto y ciego. Ve apenas, y a muy corta distancia. Es pesada, somnolienta, sin iniciativa alguna para el ataque; de modo que nada más fácil que evitar sus mordeduras, a pesar del terrible veneno que la asiste. Los peones correntinos, que bien la conocen, suelen divertirse a su costa, hostigándola con el dedo que dirigen rápidamente a uno y otro lado de la cabeza. La serpiente se vuelve sin cesar hacia donde siente la acometida, rabiosa. Si el hombre no la mata, permanece varias horas erguida, atenta al menor ruido.

Su defensa es a veces bastante rara. Cierto día un boyero me dijo que en el hueco de un lapacho quemado —a media cuadra de casa— había una enorme. Fui a verla: dormía profundamente. Apoyé un palo en medio de su cuerpo, y la apreté todo lo que pude contra el fondo de su hueco. Enseguida sacudió el cascabel, se irguió y tiró tres rápidos mordiscos al tronco, no a mi vara que la oprimía sino a un punto cualquiera del lapacho. ¿Cómo no se dio cuenta de que su enemigo, a quien debía atacar, era el palo que le estaba rompiendo las vértebras? Tenía 1,45 metros. Aunque grande, no era excesiva; pero como estos animales son extraordinariamente gruesos, el boyerito, que la vio arrollada, tuvo una idea enorme de su tamaño.


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3 págs. / 6 minutos / 154 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Las Hormigas Carnívoras De Misiones

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Un viajero metropolitano y dos peones del país que una noche acampaban al raso en la selva de Misiones, fueron despertados a las tres de la mañana por insoportables picaduras que como alfilerazos candentes les aguijoneaban el cuerpo entero. En el primer momento el viajero no supo a qué atribuir eso, pero la voz de los peones lo libraron muy pronto de dudas.

—¡La corrección, che patrón!... ¡Añamembrú!

Los dos paraguayos se quitaban de encima camisa y pantalón, trepando a un tronco quemado. El viajero hizo lo mismo, desde luego con mucha menor rapidez para su mal, y tirando lejos la ropa, trepó a su vez al tronco con sus compañeros, que con velocidad increíble se restregaban todo el cuerpo, para arrancarse —literalmente— las hormigas prendidas a su piel.


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Dominio público
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Publicado el 25 de julio de 2026 por Brian.

Los Destiladores de Naranja

Horacio Quiroga


Cuento


El hombre apareció un mediodía, sin que se sepa cómo ni por dónde. Fue visto en todos los boliches de Iviraromí, bebiendo como no se había visto beber a nadie, si se exceptúan Rivet y Juan Brown. Vestía bombachas de soldado paraguayo, zapatillas sin medias y una mugrienta boina blanca terciada sobre el ojo. Fuera de beber, el hombre no hizo otra cosa que cantar alabanzas a su bastón —un nudoso palo sin cáscara—, que ofrecía a todos los peones para que trataran de romperlo. Uno tras otro los peones probaron sobre las baldosas de piedra el bastón milagroso que, en efecto, resistía a todos los golpes. Su dueño, recostado de espaldas al mostrador y cruzado de piernas, sonreía satisfecho.

Al día siguiente el hombre fue visto a la misma hora y en los mismos boliches, con su famoso bastón. Desapareció luego, hasta que un mes más tarde se lo vio desde el bar avanzar al crepúsculo por entre las ruinas, en compañía del químico Rivet. Pero esta vez supimos quién era.

Hacia 1800, el gobierno del Paraguay contrató a un buen número de sabios europeos, profesores de universidad, los menos, e industriales, los más. Para organizar sus hospitales, el Paraguay solicitó los servicios del doctor Else, joven y brillante biólogo sueco que en aquel país nuevo halló ancho campo para sus grandes fuerzas de acción. Dotó en cinco años a los hospitales y sus laboratorios de una organización que en veinte años no hubieran conseguido otros tantos profesionales. Luego, sus bríos se aduermen. El ilustre sabio paga al país tropical el pesado tributo que quema como en alcohol la actividad de tantos extranjeros, y el derrumbe no se detiene ya. Durante quince o veinte años nada se sabe de él. Hasta que por fin se lo halla en Misiones, con sus bombachas de soldado y su boina terciada, exhibiendo como única finalidad de su vida el hacer comprobar a todo el mundo la resistencia de su palo.


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Dominio público
15 págs. / 26 minutos / 482 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

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