Una noche que estaba en casa de Lugones, la lluvia arreció de tal
modo que nos levantamos a mirar a través de los vidrios. El pampero
silbaba en los hilos, sacudía el agua que empañaba en rachas convulsivas
la luz roja de los faroles. Después de seis días de temporal, esa tarde
el cielo había despejado al sur en un límpido azul de frío. Y he aquí
que la lluvia volvía a prometernos otra semana de mal tiempo.
Lugones tenía estufa, lo que halagaba suficientemente mi flaqueza
invernal. Volvimos a sentarnos prosiguiendo una charla amena, como es la
que se establece sobre las personas locas. Días anteriores aquél había
visitado un manicomio, y las bizarrías de su gente añadidas a las que yo
por mi parte había observado alguna vez, ofrecían materia de sobra para
un confortable vis a vis de hombres cuerdos.
Dada, pues, la noche, nos sorprendimos bastante cuando la campanilla
de la calle sonó. Momentos después entraba Lucas Díaz Vélez.
Este individuo ha tenido una influencia bastante nefasta sobre una
época de mi vida, y esa noche lo conocí. Según costumbre, Lugones nos
presentó por el apellido únicamente, de modo que hasta algún tiempo
después ignoré su nombre.
Díaz era entonces mucho más delgado que ahora. Su ropa negra, color
trigueño mate, cara afilada y grandes ojos negros, daban a su tipo un
aire no común. Los ojos, sobre todo, de fijeza atónita y brillo
arsenical, llamaban fuertemente la atención. Peinábase en esa época al
medio y su pelo lacio, perfectamente aplastado, parecía un casco
luciente.
En los primeros momentos Vélez habló poco. Cruzóse de piernas,
respondiendo lo justamente preciso. En un instante en que me volví a
Lugones, alcancé a ver que aquél me observaba. Sin duda en otro hubiera
hallado muy natural ese examen tras una presentación, pero la inmóvil
atención con que lo hacía, me chocó.
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