Textos más populares este mes de Horacio Quiroga que contienen 'u' | pág. 23

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Los Fabricantes de Carbón

Horacio Quiroga


Cuento


Los dos hombres dejaron en tierra el artefacto de cinc y se sentaron sobre él. Desde el lugar donde estaban, a la trinchera, había aún treinta metros y el cajón pesaba. Era ésa la cuarta detención —y la última—, pues muy próxima la trinchera alzaba su escarpa de tierra roja.

Pero el sol de mediodía pesaba también sobre la cabeza desnuda de los dos hombres. La cruda luz lavaba el paisaje en un amarillo lívido de eclipse, sin sombras ni relieves. Luz de sol meridiano, como el de Misiones, en que las camisas de los dos hombres deslumbraban.

De vez en cuando volvían la cabeza al camino recorrido, y la bajaban enseguida, ciegos de luz. Uno de ellos, por lo demás, ostentaba en las precoces arrugas y en las infinitas patas de gallo el estigma del sol tropical. Al rato ambos se incorporaron, empuñaron de nuevo la angarilla, y paso tras paso, llegaron por fin. Se tiraron entonces de espaldas a pleno sol, y con el brazo se taparon la cara.

El artefacto, en efecto, pesaba, cuanto pesan cuatro chapas galvanizadas de catorce pies, con el refuerzo de cincuenta y seis pies de hierro L y hierro T de pulgada y media. Técnica dura, ésta, pero que nuestros hombres tenían grabada hasta el fondo de la cabeza, porque el artefacto en cuestión era una caldera para fabricar carbón que ellos mismos habían construido y la trinchera no era otra cosa que el horno de calefacción circular, obra también de su solo trabajo. Y, en fin, aunque los dos hombres estaban vestidos como peones y hablaban como ingenieros, no eran ni ingenieros ni peones.

Uno se llamaba Duncan Dréver, y Marcos Rienzi, el otro. Padres ingleses e italianos, respectivamente, sin que ninguno de los dos tuviera el menor prejuicio sentimental hacia su raza de origen. Personificaban así un tipo de americano que ha espantado a Huret, como tantos otros: el hijo de europeo que se ríe de su patria heredada con tanta frescura como de la suya propia.


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Dominio público
16 págs. / 29 minutos / 91 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Voluntad

Horacio Quiroga


Cuento


Yo conocí una vez a un hombre que valía más que su obra. Emerson anota que esto es bastante común en los individuos de carácter. Lo que hizo mi hombre, aquello que él consideraba su obra definitiva, no valía cinco centavos; pero el resto, el material y los medios para obtener eso fácilmente no lo volverá a hacer nadie.

Los protagonistas son un hombre y su mujer. Pero intervienen un caballo, en primer término; un maestro de escuela rural; un palacio encantado en el bosque, y mi propia persona, como lazo de unión.

Hela aquí, la historia.

Hace seis años —a mediados de 1913— llegó hasta casa, en el monte de Misiones, un sujeto joven y rubio, alto y extremadamente flaco. Tipo eslavo, sin confusión posible. Hacía posiblemente mucho tiempo que no se afeitaba; pero como no tenía casi pelo en la cara, toda su barba consistía en una estrecha y corta pelusa en el mentón —una barbicha, en fin—. Iba vestido de trabajo; botas y pantalón rojizo, de género de maletas, con un vasto desgarrón cosido a largas puntadas por mano de hombre. Su camisa blanca tenía rasgaduras semejantes, pero sin coser.

Ahora bien: nunca he visto un avance más firme —altanero casi— que el de aquel sujeto por entre los naranjos de casa. Venía a comprarme un papel sellado de diez pesos que yo había adquirido para una solicitud de tierra, y que no llegué a usar.


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6 págs. / 11 minutos / 167 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Cuento para Estudiantes

Horacio Quiroga


Cuento


La disciplina usual quiere que el profesor tenga siempre razón, a despecho de cuanto de inmoral cabe en esto. Las excepciones fracasan casi siempre porque en ellas la cátedra reconoce su equivocación o ignorancia por concepto pedagógico —lo que no engaña nunca al alumno— y no por franca honradez. Es de todos modos dura tarea sostener un error con vergonzosos sofismas que el escolar va siguiendo tangente a tangente, y gracias a esta infalibilidad dogmática ha cabido a la Facultad de Ciencias Exactas la inmensa suerte de que el que estas líneas escribe no sea hoy un pésimo ingeniero.

El caso es edificante. Yo tenía, en verdad, cuando muchacho, muy pocas disposiciones para las matemáticas. Pero el profesor de la materia dio un día en un feliz sistema de aplicación, cuyo objeto sería emularnos mutuamente a base de heridas en el amor propio. Dividió la clase en dos bandos: cartagineses y romanos, en cada uno de los cuales los combatientes ocuparían las jerarquías correspondientes a su capacidad. Hubo libre elección de patria; y yo —a fuer de glorioso anibalista— convertime de uruguayo en cartaginés. Éste fue mi único triunfo, y aun triunfo de mi particular entusiasmo; pues cuando se distribuyeron los puestos me vi delegado al duodécimo. Éramos catorce por bando. Luego, en un total de veintiocho matemáticos, sólo había cuatro más malos que yo: mis dos cartagineses del último banco, y los dos legionarios correlativos.

Como se ve, esta imperial clasificación de nuestros méritos, y que me coronaba con tal diadema de inutilidad, debía hacerme muy poca gracia. En consecuencia decidí tranquilamente llegar al mando supremo en mi partido.


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5 págs. / 10 minutos / 223 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Siete y Medio

Horacio Quiroga


Cuento


Cuando el año pasado debí ir a Córdoba, Alberto Patronímico, muchacho médico, me dijo:

—Anda a ver a Funes, Novillo y Rodríguez del Busto. Se les ha ocurrido instalar un sanatorio; debe de ser maravilloso eso. Entre todos juntos no reunieron, cuando los dejé el año pasado, mucho más de 15 ó 20 pesos. No me explico cómo han hecho.

—Pero siendo médicos… —argüí.

—Es que no son médicos —me respondió—, apenas estudiantes de quinto o sexto año. Se hicieron, sí, de cierta reputación como enfermeros. Habían fundado una como especie de sociedad, que ponían a disposición de la gente de fortuna. Claro es que entre pagar diez pesos por noche a un gallego de hospital que recorre el termómetro tres veces de abajo arriba para leer la temperatura, y pagar cincuenta a un estudiante de medicina, no es difícil la adopción. Cobraban cincuenta pesos por noche. Además, su apellido, de linaje allá en Córdoba, daba cierto matiz de aristocrático sacrificio a esta jugarreta de la enfermería. Lo que no me hubiera pasado a mí.

En efecto, llamarse Patronímico y tener el valor de dar el nombre en voz alta, son cosas que comprometen bastante una vida tranquila. Cuantos tienen un apellido perturbador del reposo psíquico, conocen esto. Patronímico, siendo ya hombre, perdió muchas ocasiones de adquirir buenas cosas en remate, por no dar el nombre. Sus vecinos de los costados, de delante, se volvían enseguida y lo miraban. Y ser mirado así, sin tener derecho de considerarse insultado, fatiga mucho.


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8 págs. / 14 minutos / 82 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Muerte del Canario

Horacio Quiroga


Cuento


Rubia, un poco delgada —no mucho— las mejillas arrebatadas en un rojo vivo de camelia, la alegría de Blanca era el encanto de la casa. Sus carcajadas, que habían conservado de la niñez ese ligero timbre de cristal que tiene la voz de las muñecas, eran siempre inopinadas; la madre hacía severas señas y el padre perdonaba sonriendo.

Quince años. De niña había sido enferma. Sólo Dios sabe lo que habían sufrido los padres, los pobres padres que velaron cuarenta noches seguidas, con los ojos rojizos. Una enfermedad caprichosa para la cual el mismo médico era torpe en su diagnóstico.

Y así transcurrieron los cuarenta días de martirio, con inefables esperanzas a veces, agravamientos súbitos en otras horas, como aquellos del infausto 12 de setiembre, cuando Blanca hubo de morir. Pero salvó, y ya crecida no se presentaron las perturbaciones que temía el médico.

Es así como Blanca llenaba toda la casa con su voz poderosa de señorita plena de salud.

Ahora bien, Blanca tenía novio. ¡Oh, no hay que enorgullecerse de haberlo adivinado! ¿Por qué, si no, aquellas risas súbitas que la echaban en brazos de su mamá, besándola cinco minutos seguidos? ¿Y aquellas tristezas que sus padres no veían, pero que eran bien ciertas, puesto que ella misma me las contó?

Pero no hay que pensar en el nombre del afortunado doncel; diré solamente que era alegre, muy alegre, vistoso como el manto de los príncipes, y pequeño, tan pequeño que todo el mundo hubiera reído conociéndolo. Era... era... diré de una vez: era un pájaro, sí, mis señores, un canario, un canario de lo más impertinente que se puede dar.

Figuraos que enamoraba a Blanca cantando, y cantaba aturdidamente, y la miraba, y se colocaba de perfil, e hinchaba la garganta, y piaba dulcemente, todo como un gran seductor, el lindo vanidoso.


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5 págs. / 8 minutos / 76 visitas.

Publicado el 24 de enero de 2024 por Edu Robsy.

La Ñacaniná

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


Un hombre, cuya veracidad es para mí el Evangelio, me contó una vez que habiendo encontrado en un naranjal de Misiones una ñacaniná, le tiró, como por broma, una naranja desde diez metros de distancia. La culebra se había vuelto hacia él, observándolo. Como el hombre insistiera con otra naranja, la ñacaniná lo había atacado. Ni el hombre ni yo sabemos nada del carácter de este ataque, pues aquél huyó sin volverse a ver si le seguían. Cuánto puede haber durado la persecución, si llegó a haberla, lo ignora el hombre. 


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2 págs. / 3 minutos / 6 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

El Surucuá

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Arículo


La más fuerte impresión que ofrece el bosque tropical al pasajero que penetra en él por primera y única vez, es su ausencia de pájaros. Ni un canto, ni un pío, ni un fugaz aleteo entre las ramas inmóviles. Unos tras otros, los árboles se alzan solitarios, se enredan, despéjanse por fin allá arriba en ramillas desvanecidas de luz.

Pero esa inmensa jaula está vacía. Diríase que desde el remoto pasado en que se levantó, el bosque está aguardando, rígido y desierto, las aves que le den vida.

El turista mira a todos lados, avanza aún diez pasos, y de pronto siente el frío de esa cárcel milenaria, donde él, el turista, está absolutamente de más.

El pasajero, naturalmente, ha conocido el bosque a las diez de la mañana o a las tres de la tarde, según sean su prisa o la latitud de su siesta. No conservará recuerdo alguno agradable de la selva y sus célebres pájaros.


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2 págs. / 3 minutos / 7 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

La Yarará Newiedi

Horacio Quiroga


Cuento


Siendo yo muy muchacho, en el Salto Oriental, asistí a una mordedura de víbora en la persona de un chico de mi edad, picado en el extremo del índice, justamente cuando se inclinaba a beber de un pozo. Éramos cuatro o cinco sujetos, el mayor de los cuales no alcanzaba a diez años. 

El chico mordido dió un grito y se incorporó, con algo como piolín grueso colgado del dedo. Comenzó a gritar seguido, mirándonos a todos. Le atamos fuertemente la falange, y alguno, feliz poseedor de un cortapluma, abrió la mordedura. Uno operaba, y los otros sujetaban el brazo. Tras la espalda del último, el chico forcejeaba, pateaba y nos rompía los oídos a alaridos. 


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4 págs. / 7 minutos / 9 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2026 por Brian.

El Regreso A La Selva

Horacio Quiroga


Cuento



Después de quince años de vida urbana, bien o mal soportada, el hombre regresa a la selva. Su modo de ser, de pensar y obrar, lo ligan indisolublemente a ella. Un día dejó el monte con la misma violencia que lo reintegra hoy a él. Ha cumplido su deuda con sus sentimientos de padre y su arte: nada debe. Vuelve, pues, a buscar en la vida sin trabas de la naturaleza el libre juego de su libertad constitucional. 

Regresa a la selva. Pero ese hombre no lleva consigo el ánimo que debiera. ¡Ha pasado tanto tiempo desde que colgó tras una puerta su machete de monte! Sus pasajeros retornos al bosque apenas cuentan en la pesada carga de ficciones que no ha podido eludir. Quince años de civilización forzada concluyen por desgastar las aristas más cortantes de un temperamento. 


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4 págs. / 7 minutos / 5 visitas.

Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.

Para Los Ciclistas

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


El Viernes 27 de Noviembre pasado salimos en bicicleta con destino a Paysandú. A las 3.40 a. m. emprendemos el viaje. Marchamos a una semiluz peligrosa, pues se confunde mucho la vista. La madrugada está fría y ventosa: Nos preocupa algo la idea de pasar el Daymán; más por suerte encontramos un paisano oficioso que, entre charla y preguntas, nos pasó a remolque con su caballo. Al efecto, hémonos embarcado en un bote con nuestras máquinas. Tardamos diez minutos en pasar y seguimos viaje a las 4 y 40.

El trayecto a Piñeyrúa es tal vez de los mejores caminos que hemos hallado. Pocas ondulaciones y piso firme.

El sol comienza a despejar las nubes y el viento a sentirse con más fuerza. Por desgracia, lo llevamos de frente.

5.20 a. m. —Pasamos por la parada Piñeyrúa. Nuestras máquinas están empapadas de rocío, alcanzándonos el agua a mojar hasta la rodilla.


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Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 8 visitas.

Publicado el 23 de julio de 2026 por Brian.

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